Ventiscas y aguaceros en el Delta del Ebro

Estos últimos días de noviembre tocaba fin de semana de chicas. Aunque nuestra escapada estaba prevista para septiembre, el repentino infarto de mi marido pospuso el deseado encuentro hasta ahora. Lo bueno es que nos libramos de moscas y mosquitos –en verano aquello tiene que ser un auténtico infierno-. Lo malo, que hemos convivido con un atípico temporal que nos ha aguado un poco la estancia. Lo que no ha impedido que fabricáramos serotonina como locas.

Deltebre está a hora y media de Barcelona y a tres horas y media de Andorra, así que Iciar y yo llegamos a media tarde del viernes y Chantal y Meri, sobre las once de la noche, pero todas sin luz solar, discurriendo lentamente entre acequias y arrozales, sin divisar gran cosa más allá de nuestras narices.

Habíamos alquilado una de esas típicas casitas que los ancestros de los lugareños levantaban con cañas, madera de olivo y eucalipto, arena, barro y paja a través de http://www.barracadesalvador.com, la página web de Josefa, que nos vino a buscar a la salida de Deltebre para que no nos perdiéramos. Nuestra barraca era la que ellos llaman La Isla, porque está rodeada de canales y se accede a ella a través de un encantador puentecillo de madera. Nos dio la bienvenida una familia de gatos que ha pasado el fin de semana intentando colarse en nuestro hogar provisional. Una chimenea de hierro colado nos ayudó a caldear el ambiente a toda velocidad: al ser una construcción de barro, en cuanto prendes el fuego, el interior se convierte en un confortable hornillo.

Mientras Iciar y yo esperábamos a que llegaran nuestras amigas andorranas, oímos un leve ruido entre las estanterías de obra de la cocina. Tras buscar unos minutos sin demasiado éxito, por fin descubrimos de dónde procedía: junto con la leña habían entrado unos diminutos ratoncitos de campo. Encantadores. Monísimos. Pero la sola idea de pisar algo blando y con patitas al ir al baño a medianoche nos dio mucha grima. Así que llamamos a nuestra anfitriona, quien nos trajo una trampa para ratones y nos animó a que dejáramos entrar a uno de los gatos. Mamá gata entró, husmeó buscando los pequeños roedores, los cazó hábilmente cual leona de la sabana y entregó sus presas a sus cachorros, que parecían muy hambrientos. Como un episodio de “El hombre y la tierra” de estar por casa.

Contratamos el servicio de catering que nos ofreció Josefa y a las nueve de la noche apareció el cocinero cargado de ricas cositas caseras. Si vais al Delta del Ebro y os alojáis allí, de verdad, no lo dudéis ni un minuto: la comida es excelente y abundante y los precios, muy asequibles.

El sábado el día se levantó nublado, pero todavía contábamos con cierto margen para pasear. Josefa nos había señalado en un mapa los lugares que se podían visitar incluso con tan mal tiempo, así como algunos restaurantes donde almorzar. Con nuestras instrucciones en mano, después de desayunar en casa nos dirigimos a la mayor laguna del Delta, L’Encanyissada.mapa_delta

Nos detuvimos en la Casa de Fusta, un punto de información donde una amable señora nos dio algunas indicaciones que se adaptaban a nuestras circunstancias. En una de las treguas de la pertinaz lluvia pudimos pasear por un tramo del perímetro de la laguna de agua salada y, gracias a la didáctica cartelería del camino, que informaba sobre la fauna y la flora locales, supe que unas aves que habíamos avistado mientras nos dirigíamos allí eran garcetas, y no cigüeñas enanas –como veis, mis nociones de ornitología son bastante rudimentarias-. L’Encanyissada está jalonada por miradores desde los que se pueden observar las aves que en esta época del año huyen del norte de Europa para disfrutar del invierno mediterráneo. Igual que los jubilados alemanes.

Cerca de allí, dejando atrás Poblenou del Delta y La Tancada –que estuvo unida a L’Encanyissada hasta que los años y el cultivo de arroz la segregaron de su hermana mayor-, el istmo de El Trabucador extiende su lengua de arena de 100 metros de ancho hasta la pequeña península de La Punta de la Banya, que solo se puede visitar –a pie- del 15 de julio al 15 de septiembre. En cualquier caso, ayer era imposible acercarse siquiera a El Trabucador, que cuando hay mala mar es literalmente engullido por la Badia dels Alfacsbahía de los alfaques-, el mayor puerto natural de Europa. O eso dicen ellos.

Se acercaba la hora de comer, así que decidimos dirigirnos hacia la desembocadura del Ebro para almorzar en Casa Nuri, una de las recomendaciones de Josefa. Tienen otro restaurante en la carretera de Riumar, Lo Mas de Nuri, que ayer estaba cerrado. También ostentan un negocio de cruceros por el Delta y otro de alquiler de bicicletas. Lo gracioso es que, leyendo su historia en su página web, compruebo que la cosa empezó en 1973 con un chiringuito en el paso hacia la Isla de Buda. Así que puedo teletransportarme a mi más tierna infancia y visualizarme, con nueve años, encaramada en el tosco transbordador con mis compañeras de 4º de EGB, mientras nos observaba la señora Nuri Puell Franch desde su tabernilla. Quién sabe, quizás le sirvió algún refresco a alguna de mis “seños” –sí, entonces a las maestras las llamábamos señoritas, qué horror-.

Pero regresemos a 2014, a nuestro opíparo almuerzo de ayer. A pesar de que en Casa Nuri disponían de una amplia variedad de arroces, nos decantamos por la recomendación del camarero y optamos por pescado fresco. “Del terreno”, como le llaman allí. Qué graciosos. Compartimos una ensalada de queso de cabra y unas almejas servidas en su cazuela -el doble de las que nos hubieran ofrecido en Barcelona-, y luego una dorada con un sofrito de frutos secos y jamón ibérico y una lubina con marisco del Delta. Aunque no nos cupo el postre, igualmente acabamos con un dulce sabor de boca, porque nos invitaron a un chupito de licor de crema de arroz, cuyo sabor recuerda bastante al de crema catalana.

Nuestra mesa tenía vistas al embarcadero desde donde parten las excursiones fluviales por los aledaños de la Isla de Buda. No obstante, ayer preferimos estirar un poco las piernas por el muelle y luego, como aquel paseo se quedó corto, por el litoral de Riumar.

Antes de regresar a nuestra barraca callejeamos brevemente por Amposta –en mi opinión, una visita obviable-, que forma parte de una de las frases que aprendí de carrerilla cuando era niña: “El Ebro nace en Fontibre, provincia de Santander, y desemboca en Amposta formando un delta”. Lamentablemente, muchísimos años después, mis hijas continúan memorizando datos absurdos. Les siguen enseñando la lengua como objeto de estudio, y no como instrumento de comunicación. Y les obligan a volcar información en exámenes inverosímiles, como si fueran pequeños discos duros con piernas. Qué poco hemos avanzado desde mi excursión escolar al Delta de hace casi 40 años. O cuánto más podríamos haberlo hecho.

Esta mañana el día ha amanecido borrascoso. Hemos decidido regresar temprano para intentar soslayar la climatología adversa durante el camino de vuelta –en vano, nos han atacado fuertes ráfagas de viento y lluvia- y claro, el fin de semana me ha sabido a poco. Aunque se han prodigado las risas y los abrazos, me han faltado más. Siempre es así cuando veo a mi querida Chantal, tan cerca de mi corazón y tan lejos de mi día a día.

La distancia no es el olvido, pero escuece. De modo que, ¡hasta muy pronto!

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