It’s Friday I’m in love

En cuanto pude independizarme y salir del nido, instauré la buena costumbre de montar cenitas en casa con mis amigas cada viernes, el mejor día de la semana para salir. Nos íbamos por ahí a petardear luciendo eyeliner y rouge absolu a discreción, encaramadas a unos desafiantes taconazos y con el toque indispensable de las lentejuelas, el charol o la purpurina. Budweiser en mano, bailábamos como locas entre sinuosos contoneos, culazos para hacernos espacio en la concurrida pista, miradas de complicidad y cánticos compartidos cuando sonaba alguno de nuestros himnos –casi siempre de Alaska-. Muchas, muchas risas en un reconfortante paréntesis que se alargaba hasta la madrugada. A veces regresábamos paseando desde la Plaza Real hasta la Avenida Gaudí –yo entonces vivía en un principal de 50 metros con 50 metros de terraza, el escenario ideal para las noches de verano- y, como lo mucho conversado todavía nos sabía a poco, continuábamos charlando en el soportal mientras algún vecino salía a pasear a su can.

Más de 20 años después, mis rutinas de los viernes han cambiado bastante, pero mi devoción por mi día preferido permanece inmutable. Qué le voy a hacer, me encantan los viernes. Y el que finalizó hace tan solo unas horas no pudo haber sido mejor.

De entrada, tras varios días grises y lluviosos, volvió a lucir ese sol mediterráneo que adoro y, por fin, pudimos darle la bienvenida a la primavera. A la hora de comer me regalé una sesión de estilismo: en cuanto te pintan las canas, te sientes muchísimo mejor. Más joven. Más guapa. Hasta más alta. Por no hablar del maravilloso masaje craneal en el lavacabezas. Es lo más. Y luego, cómo usan el cepillo redondo y el secador de mano, chas, chas. Te dejan un pelazo de un liso deslumbrante, imposible repetir ese prodigio en casa. Mañana me lavaré el pelo yo y mi cuero cabelludo volverá a parecer el lecho de una madriguera de liebres. Pero ya será otro día –de 23 horas, por cierto-, y os estaba hablando de ayer.

totSuma_casa-usherA media tarde me acerqué a la inauguración de Casa Usher, una nueva librería que ha abierto sus puertas en el número 79 de la calle Santaló gracias a la plataforma Tot Suma, en la que 179 sumadores reunimos los 11.695 euros necesarios para llevar adelante el proyecto de los libreros Maria, Anna y Gerard –una de las paredes luce un cartel con una bonita mancha tipográfica en la que aparecen nuestros nombres-. El pequeño local es más bien un amplio pasillo que conduce a un recoleto patio con algunas sillas, tan luminoso como prometedor: a partir de mayo iniciarán sus tertulias, cafés literarios y otras actividades interesantísimas que espero con mucha ilusión. Entre tanto, me estrené allí con tres ejemplares: “La condición humana” de Hannah Arendt de Paidós –mi editorial de referencia cuando cursaba la ya extinta licenciatura de Ciencias de la Información -; “Tres mujeres” de Sylvia Plath con ilustraciones de Anuska Allepuz, en una cuidada edición bilingüe de Nørdica Libros; y un regalo para Ángela, “La búsqueda en sueños de Kadath la Desconocida” de H.P. Lovecraft, editada por Alpha Decay y prologada por el escritor Javier Calvo. Qué inmenso placer atesorar libros. Y cuánta lectura pendiente a causa de esta afición mía.

Tras previo paso por casa para engalanarme, puesto que la ocasión lo merecía, acudí a mi cita en el Ikibana del Paralelo. Mi amiga Mei, que acaba de finalizar una etapa laboral y comienza otra, quiso celebrarlo por todo lo alto con Mireia y conmigo. De modo que cenamos las tres en ese restaurante de cocina japonesa al estilo brasileño.

Llegué la primera y me recibió una chica aficionada al postureo, de esas que van soltando “amor” a sus compañeros de trabajo de una manera tan artificial que dan ganas de estrangularla. Eso sí, era un pibón. Como todo el personal que correteaba de un lado a otro: camareros mulatos y mestizos, mancebos tatuados y musculosos, muchachas de mirada angelical… Es evidente que se han esmerado mucho en el casting. Y en la decoración, más si cabe.

ikebana-interiorNada más atravesar el umbral de la entrada, penetras en un bosque minimalista que rinde homenaje a la selva amazónica a través de un diseño de líneas depuradas a la manera nipona. El techo está revestido con láminas de madera tropical que crecen desde los asientos y se entrelazan como las ramas de un hipotético bosque, mientras que las mesas son perfectos pictogramas gigantes de pétalos multicolores. Verdaderamente, El Equipo Creativo, que se encargó del interiorismo del local, hizo un excelente trabajo.

Mis amigas aparecieron enseguida y optamos por uno de los tres menús de degustación y un vino de Montsant para acompañar los ricos platillos que fuimos saboreando durante la velada: edamame con sal maldon, un exquisito ceviche de pescado blanco, gyozas al vapor -cuánto me gustan-, makis con tartar de salmón –impresionantes, lo que más me gustó-, salmón envuelto en anguila ahumada, langostinos en tempura con salmón, fideos udon con dátiles, un arroz salteado con coco tostado que nos trajeron por error, bocaditos de ternera y, de postre, una suave mousse de maracuyá y pastelillos de chocolate.

xixbarAl salir de allí mis amigas, que se conocen muy bien la zona -Mireia, además, está muy al día de los locales que son tendencia en la ciudad-, me llevaron al XIXBar, una antigua vaquería reconvertida en gintoniquería que ha sabido preservar los decimonónicos azulejos, el encantador suelo de mosaico y la preciosa barra de mármol. Nos dejamos aconsejar y pedimos lo que nos recomendaron: la maceración del mes. Mientras disfrutábamos de nuestras copas balón con aroma a cítricos y compartíamos confidencias apostadas en la mesa más cercana a la entrada, aparecieron Álex y mi queridísima Eva. Casualidades de la vida, justo ayer por la mañana habíamos hablado por teléfono y me había dicho que me añoraba. Nos dimos uno de esos abrazos con onda expansiva que alcanzan lo más hondo del corazón.

Sí, tiene que haber un orden cósmico. Porque mira que es difícil coincidir una noche cualquiera en Barcelona. Aunque, bien pensado, ayer no era una noche cualquiera, sino la de un fantástico viernes. Y los viernes todo es posible.

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¿Y después de la ESO?

Cada año, por primavera, se celebra en Barcelona el Saló de l’Ensenyament, una feria donde los alumnos y alumnas catalanes pueden curiosear las propuestas formativas que tienen a su alcance. Ángela, que está estudiando 3º de ESO, me pidió acudir a esta última edición.

El sábado pasado la recogí del Instituto Francés y almorzamos allí al lado, en el restaurante vegetariano Za’atar, c/ París nº 200. A pesar de su aspecto desangelado y de su pésima iluminación, es un lugar muy recomendable: tal y como avanza su nombre, sus propuestas mediterráneas están sazonadas divinamente y el servicio es impecable –detalle revelador: limpian la mesa cada vez que te sirven un nuevo plato-. Ángela pidió un zumo natural para acompañar su comida y yo, cerveza ecológica. Enseguida llegaron unos mezze con pan de pita y macarrones integrales con salsa napolitana, y luego lasaña de verduras con queso de cabra –sí, mi hija pidió dos platos de pasta- y berenjena gratinada. Como postre, escogimos macedonia de fruta y compota de manzana con frutos secos. Todo estaba bien preparado y con el sabroso y genuino toque de las especias. “Es el mejor restaurante en el que he comido nunca, mamá”. Cosas de la adolescencia.

Ensenyament2015Barcelona_CrrA pesar de la lluvia, o quizás gracias a ella –a Ángela le encanta- nos acercamos al Saló de l’Ensenyament paseando. Como ya había comprado nuestras entradas por internet, nos evitamos la cola de las taquillas y accedimos directamente al recinto, que aunque eran las tres de la tarde se veía bastante concurrido.

Llamó poderosamente mi atención el trasnochado titular de un periódico gratuito dispuesto en un expositor de la entrada: “¿Eres de ciencias o de letras?” Buf. Empezábamos bien. Más allá, el caos. Ni un plano de ubicación por zonas. Ni un poco de orden y concierto. Y, en general, nula señalización y pésima comunicación en las casetas. Me dieron ganas de dar la vuelta y salir corriendo. No obstante, no lo hice. Necesitaba recabar más información antes de poder formarme una opinión sobre esa cita tan esperada por tantos estudiantes desorientados.

Empezamos a recorrer pasillos: a falta de algún folleto orientativo o de una óptima cartelería con suficientes indicaciones, no nos quedaba otra que peinar el recinto. El colosal mostrador de la Generalitat estaba solicitadísimo y Ángela prefirió desestimar la cola de la sección “bachilleratos”, así que vagamos entre ofertas variopintas, desde centros de idiomas y academias de fotografía hasta el mismísimo ejército de las españas, que era vecino del stand de la productora Gestmusic -¿qué enseñarán? ¿marketing escénico?-. A destacar Grup Montcau y sus vistosos “nuevos bachilleratos”. El truco: combinar el ciclo formativo de aquí con un diploma británico de formación profesional. Al final su “bachillerato de comunicación audiovisual” no era tan maravilloso como parecía. No obstante, por lo menos saben comunicar.

No puedo decir lo mismo de los Salesianos de San Juan Bosco. Reconozco que nos acercamos a su mostrador porque no me había fijado en quién eran, sino en un llamativo “bachillerato artístico” que incluían en la oferta educativa detallada en un inmenso plafón.

– Hola, quisiéramos informarnos sobre el bachillerato artístico.

– Ay, lo siento, ese bachillerato no lo tenemos nosotros. Es que somos los salesianos de Sarriá, y el artístico lo ofrecen los salesianos de Horta –nos respondió un niñobién largándonos un tríptico infumable de los salesianos ausentes que no podía ser más horroroso-.

– Entonces, ¿qué pinta ese “bachillerato artístico” ahí detrás? ¿Es un mero elemento ornamental?

– Sí, sí que tenemos bachillerato artístico, en Horta, pero nosotros somos de Sarriá.

Y tal y tal. Solo le faltó un “o sea”. Estupefactas, abandonamos ese bucle de diálogo para besugos. Para conversaciones absurdas, ya habíamos tenido suficiente con una muchacha que iba a la caza de estudiantes con problemas de memoria, concentración y otras cosillas que pudieran o pudiesen afectar su rendimiento escolar. Muy Wert. Mientras hablaba, me dediqué a escrutarla: italiana, guapetona, de unos 25 años y requetelista. Interpelaba constantemente a Ángela a base de preguntas con las que pretendía dirigirla hasta donde quería llegar. Me fijé atentamente en los documentos que llevaba. Allí descubrí, pequeñito y como escondiéndose, el logotipo de RBA. ¡Ajá, era eso, un coleccionable! De modo que interrumpí inopinadamente su perorata: “Mira, muchas gracias, pero no creemos en el aprendizaje a través de la memorización, preferimos reflexionar, analizar la información y fomentar el pensamiento crítico”. Se quedó muda. Por fin. Y nos fuimos.

– Mamá, ¿por qué has tardado tanto?

– Estaba haciendo un ejercicio de observación sociológica.

Visto lo visto, y ya que estábamos, nos adentramos en el área de las universidades, en busca del stand de Escac, la escuela superior de cine y audiovisuales. Por el camino, un hombrecillo nos ofreció una bonita bolsa roja, que resultó ser de una escuela de hostelería marbellí de cuyo nombre no quiero acordarme –pordiosquégrima-. También nos topamos con la microcaseta de Eòlia, la escuela superior de arte dramático de la compañía Dagoll Dagom, que aporta la parte técnica en el bachillerato de artes escénicas, música y danza de Granés Batxillerat.

De pronto, en un rincón entre el stand de la Universidad Autónoma y el de la Universidad de Barcelona, ¡albricias!, avisté la paradigmática escuela municipal de arte y diseño: La Massana. Tomamos asiento ante una pizpireta exalumna de veintipocos años que sedujo a mi hija de inmediato. Nuestra heroína del momento fue hilvanando mil y un detalles que ya habíamos aventurado los adultos de la familia pero que, en su boca, cobraron repentina credibilidad. También animó a Ángela a asistir a la sesión informativa del 24 de marzo. Fue un auténtico flechazo. “¡Mamá, quiero hacer bachillerato artístico en La Massana!”, exclamó, exultante, en cuanto nos levantamos. Ya no quiso investigar más. Solo deseaba que llegara el martes para poder conocer, de primera mano, ese asombroso lugar. “Todavía estás en 3º, ¿no prefieres asistir a la sesión informativa del año que viene?” De ninguna manera. No. Mi queridísima Ángela, que suele ser serena y paciente, no podía –no quería- esperar. De modo que, después de todo, la visita al desorganizado y tremebundo Saló de l’Ensenyament había merecido la pena: habíamos encontrado la aguja en el pajar.

La Massana se ubica en una maravillosa joya arquitectónica del siglo XV que albergó el Hospital de la Santa Cruz hasta que se le quedó pequeño a la ciudad y se trasladó a su acbiblioteca de catalunyatual sede modernista, muy cerca de la Sagrada Familia –curiosidad artística: entre las paredes del edificio gótico de la calle Hospital falleció Antoni Gaudí tras ser atropellado por un tranvía-. En 1926 el Ayuntamiento de Barcelona adquirió el singular conjunto, que hoy acoge tanto la Biblioteca de Catalunya y el Institut d’Estudis Catalans (IEC) como la emblemática escuela de arte, que en año y medio se trasladarmassana1948á a la renovada plaza de la Gardunya -justo hoy se ha puesto la primera piedra de la construcción, cómo se nota que se acercan las elecciones municipales-. La Massana se llama así porque pudo fundarse gracias a las 500.000 pesetas que donó para tal fin el adinerado pastelero Agustí Massana i Pujol, inventor de las monas de chocolate.

Bajo la fina lluvia, hoy la magnífica edificación anclada en el Raval parecía más Hogwarts que nunca. Padres, madres e hijas –el 95% de los estudiantes interesados eran niñas- nos hemos arremolinado en la entrada hasta las seis en punto, cuando hemos acudido en tropel a la sala de actos, rebosante de asistentes a pesar de que era la segunda reunión informativa. Lo bueno ha sido absolutamente todo lo que nos han explicado: a cualquier personita con espíritu artístico le parecerá un sueño poder cursar los dos años de bachillerato en La Massana. Lo malo, que solo hay plazas para la mitad de quienes quisieran hacerlo. Ya empezamos. Con la nota media de lo que llevamos de ESO andamos un poco justitas, aunque es cierto que con Ángela cada año escolar es mejor que el anterior –lástima que no se ponderen las asignaturas afines-.

La Massana inició su andadura un 14 de enero, el mismo día que nació Ángela. Más que como una feliz coincidencia, prefiero verlo como un presagio. ¡Ojalá sea así!

Próxima parada electoral: Barcelona

Pensamiento_críticoUna de mis extravagantes aficiones es colaborar en el mantenimiento del periodismo independiente. Llamadme rara, pero tengo la extraña convicción de que la información –rigurosa, contrastada y plural- nos hace un poco más libres. Y llamadme también escrupulosa, pero la prensa que suelo leer y creerme –aunque no a pies juntillas, que para eso ejerzo de escéptica- es la que no recibe subvenciones de ningún color y, en consecuencia, me veo en la obligación moral de financiar mínimamente.

Puntualmente he hecho alguna pequeña contribución económica para que se publique la revista Cafè amb Llet y para que se materialice el documental “Corrupció, organisme nociu”. En estos momentos soy suscriptora de la plataforma digital eldiario.es/catalunyaplural.cat, la revista satírica Mongolia y mis dos cabeceras de referencia, La Marea, cuya versión en papel espero cada mes con verdaderas ganas, y Sentit Crític, que, además de ofrecerme sus documentados artículos en línea, ayer me invitó a presenciar Barcelona, cap a on vas? Barcelona, ¿hacia dónde vas?-.

Mi amiga Mireia y yo llegamos a las siete menos cuarto al Casinet d’Hostafrancs, donde se celebraba el acto, y nos acomodamos en la zona reservada a los subscriptores, muy cerca del escenario. Desde allí pudimos seguir una conversación en profundidad sobre micropolítica alrededor de la ciudad de Barcelona. En estos términos definió el encuentro el periodista y moderador Sergi Picazo, quien abrió la sesión con una provocación: ¿Sirve de algo la izquierda en esta ciudad muerta? Sobre el escenario, cuatro candidatos al consistorio barcelonés: Alfred Bosch, d’ERC, Ada Colau, de Barcelona en Comú, Jaume Collboni, del PSC, y Mª José Lecha, de CUP-Capgirem Barcelona.

En verdad que, más que un debate, fue una agradable conversación, qué alivio. Sin gritos. Sin increpaciones. Sin estridencias. Ni siquiera cuando Mª José Lecha lanzó algunos respetuosos pero firmes dardos dialéticos. Ella fue, como era previsible, la que expresó con más vehemencia su posicionamiento de guerrillera urbana. Incluso advirtió que tendría que abandonar el acto antes de que finalizara: debía acudir a la concentración-repulsa contra la sentencia del Tribunal Supremo que condena a tres años de prisión a ocho manifestantes de “Aturem el Parlament”. Igualito que Narcís Serra cuando plantó al movimiento vecinal para celebrar una victoria del Barça, como recordó luego Ada Colau.

Cuando Alfred Bosch se quejó de que Barcelona fuese una ciudad de provincias y no la capital de una Cataluña independiente, Mª José Lecha le preguntó, siempre incisiva, si esa idílica capitalidad iba a erigirse a costa de dejar fuera del sacrosanto perímetro de su Barcelona soñada todo aquello que pudiera afear la postal. Me hizo pensar en Javier Pérez Andújar y las rebabas industriales que asolan los márgenes del Besós. Jaume Collboni, que llevaba muy bien preparada su intervención –consultó reiteradamente su cuaderno de notas-, apuntó que Nueva York, Frankfurt o Milán son ejemplos de éxito urbano sin capitalidad, a lo que Alfred Bosch respondió citando a Leonard Cohen, first we take Manhattan, then we take Berlin. Ada Colau zanjó el tema con una de sus frases prototípicas: el 24 de mayo no se decide la independencia de Cataluña, sinó el modelo de ciudad.

Hubo algún momento en que los candidatos ropearon –aclaración para los jovenzuelos: verbo que rinde homenaje a la mítica serie británica “Los Roper”-. Jaume Collboni y Alfred Bosch se enzarzaron en un absurdo “y tú más”, acusándose mutuamente, o mejor, a sus respectivas formaciones, de votar a favor de la privatización de los estacionamientos públicos de Barcelona o de Barcelona World.

Aunque en algunos aspectos clave coincidieron –“no queremos solo las migajas, sino todo el pastel para repartirlo entre la ciudadanía”- también Ada Colau y Mª José Lecha se enrocaron en el desencuentro que les llevó a que no confluyeran en una misma candidatura para las municipales. Límite de sueldos y número de mandatos a parte, el principal obstáculo fue el escollo ICV, como insinuó la pregunta nada inocente de Sergi Picazo.

En más de una ocasión ambas candidatas identificaron a Alfred Bosch con CiU. A lo que, sin apavientos y de buen talante, el interfecto se defendió arguyendo que él no era Xavier Trias. Tanto él como Collboni mostraron su habilidad para soslayar temas espinosos relacionados con sus respectivas formaciones y echar balones fuera. No obstante, algunas interpelaciones fueron incontestables, como la actuación de la exministra de vivienda promotora de los deshaucios exprés, Carme Chacón.

Cuando ya se habían ido tanto Mª José Lecha como una parte del público, ausentes por esa muestra de solidaridad con los encausados de “Aturem el Parlament”, Ada Colau detalló su posición respecto al Mobile World Congress, que según ella fue tergiversada por algunos medios de comunicación: absolutamente a favor, siempre que ello suponga un beneficio para toda la ciudadanía. A vueltas con la metáfora de las migajas, manifestó que no se trataba de la caridad que practica el actual alcalde, sino de repartir la riqueza que genera Barcelona, que ha cerrado 2014 con un superávit de 22,2 millones de euros.

A Mireia y a mí nos quedó una pregunta en el tintero: cuando Alfred Bosch alardeó de que en ERC se escogen a los candidatos a través de primarias desde hace lustros, nos preguntamos, ¿también ha sido así con Juanjo Puigcorbé, mediático número dos de la lista por Barcelona? Es una duda existencial que agradeceríamos que alguien nos aclarara. Entre tanto, aunque todavía faltan un par de meses largos para las municipales, ambas salimos del Casinet d’Hostafrancs con nuestro voto decidido, lo cual ya es mucho. Próxima parada: Barcelona. En cuanto a las otras dos convocatorias electorales de este año pródigo en urnas pero parco en eficiencia –en mi opinión, hubiera sido mejor votarlo todo de una sola tacada-, ya se verá.

Somos iguales porque somos diferentes

Es una suerte tener un cine multisalas en versión original a cinco minutos de casa. En cualquier momento puedes improvisar una incursión y acudir a ver un largometraje casi en pantuflas, con las llaves de casa en una mano y el dinero en la otra. El viernes por la noche nos escapamos a ver “Camino a la escuela”, el maravilloso documental de Pascal Plisson. Cuatro niños y sus asombrosas peripecias hasta que llegan al colegio. Cuatro historias conmovedoras que invitan a reflexionar sobre la desigualdad de oportunidades y el afán de superación.

Carlitos vive en medio de la nada, en plena Patagonia argentina. Cada día recorre más de 18 kilómetros de montes y llanos sobre la grupa de su caballo, con su hermanita Micaela bien agarrada a la espalda. Su sueño es ser veterinario y permanecer en esa tierra áspera y montaraz que ambos niños adoran.

Zahira, que está convencidísima de que su futuro pasa por ser una mujer instruida –quiere ser médico-, ayuda a su humilde familia durante los fines de semana y durante la semana lectiva estudia en un pensionado que está a cuatro horas de camino de su casa. Acompañamos a Zahira y a dos de sus amigas durante su recorrido por las laderas de los escarpados montes del Atlas. zahiraCuando tienen suerte -lo que no siempre sucede, los hombres con que se cruzan suelen ser broncos con esas niñas que tienen la rara pretensión de estudiar-, alguna camioneta les facilita el último tramo, que es una pista de tierra apta para el tráfico rodado.

Impresiona la seriedad de Jackson, quien, junto con su hermana Salomé, debe atravesar 15 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta por la sabana keniata –y sortear los animales salvajes que moran en ella- para asistir a clase. Su gesto de niño viejo refleja un permanente estado de alerta, así como una férrea e inquebrantable voluntad, gracias a la cual ha conseguido una beca para continuar estudiando: al final del documental nos explica, en inglés fluido, que quiere ser piloto de aviación. Sobrecoge su circunspecta seriedad. Da la impresión de estar cargando sobre sus espaldas el peso del universo. Y en cierto modo es así.

En las antípodas del semblante de Jackson está la eterna y contagiosa sonrisa de Samuel, que no tiene nada y lo tiene todo: es el paradigma de la felicidad. Cada día, su madre le masajea a conciencia porque cree firmemente que, gracias a ello, algún día su hijo llegará a caminar. SamuelCada jornada escolar, sus dos hermanos pequeños empujan su silla de ruedas atravesando 4 kilómetros de arenales, vaguadas y caminos sin asfaltar. Lo hacen contentos, sin desfallecer jamás y colmando de mimos y abrazos a su hermano. Samuel, el niño feliz rodeado de amor.

Niños que sueñan. Que superan obstáculos sin prestarles más importancia de la que tienen y sin mirar atrás. Que luchan movidos por una misma ilusión: el derecho a la vida que ellos desean.

Aunque la apoya su familia, Zahira tendrá que luchar el doble: no solo es pobre, también es mujer. En el documental Samuel nos cuenta que los adinerados padres de una brillante compañera de clase le impidieron continuar estudiando. Quizás consideraron que un buen matrimonio era la mejor carrera a la que podía optar. Por ella, pero también por tantas otras niñas y mujeres, en nuestro país y en todo el mundo, debemos seguir reclamando la igualdad de oportunidades cada 8 de marzo.

Hay muchos ochos de marzo reivindicativos en nuestra historia reciente. No obstante, el más estremecedor, el nudo gordiano de los ochos de marzo que habían de venir, fue el de 1908, cuando 129 costureras industriales en huelga perecieron quemadas en la fábrica Textil Cotton de Nueva York a consecuencia de las escabrosas maniobras disuasorias de su empleador: las encerró y provocó un incendio para que desistieran, pero el fuego se le escapó de las manos. Seguramente le importaron más las pérdidas materiales que esas muertes terribles. Esas obreras carbonizadas exigían, entre otras peticiones, que su jornada fuera de 10 horas y que se igualase su salario con el de sus homólogos masculinos. Más de un siglo después, parece que tampoco hemos avanzado tanto.

Qué bonito sería poder dejar de celebrar el Día Internacional de la Mujer. Y cuán lejos lo veo.

Ravaleando

Cuando mi prima Marta me avisó de que venía a Barcelona a pasar el fin de semana, convoqué al Purpurina Team en medio nanosegundo: sé que le chifla petardear por el sur de mi ciudad. Así que el viernes quedamos a las nueve de la noche para picar algo en A tu bola, en la calle Hospital 78.

Suerte que nuestra reserva era para cinco personas, porque el angosto establecimiento solo cuenta con una espaciosa mesa para grupos de hasta seis comensales, así que la mayoría de clientes tienen que encaramarse en los taburetes que jalonan las estanterías de madera del local o apostarse en alguna de las escasas micromesitas para dos. a-tu-bolaCómodo no es, pero es que ellos se posicionan como Gourmet Street Food –toma ya-, así que, cuando el clima acompaña –en febrero no es el caso-, la idea es que pidas y te tomes tu pitanza, si es necesario, a pie de calle. Vamos, como han hecho los vascos toda la vida sin inventarse palabros con ínfulas cosmopolitas.

No obstante, nosotras nos sentimos allí como unas reinas, aupadas alrededor de una bonita puerta-mesa, decapada y recubierta con una lámina de vidrio, y estupendamente atendidas por el simpatiquísimo camarero, que nos llamó “chicas” y “guapas” y con eso ya nos dejó contentas para el resto de la noche. Quizás lo hizo para agradecernos que no nos dirigiéramos a él en inglés, o tal vez porque notó que le habíamos dedicado su merecido tiempo a maquearnos: aquello estaba minado de guiris que se habían puesto lo primero que habían pillado -marrones, grises y tal-.

La carta de A tu bola es tan corta como resultona: bolas y bolas, o sea, albóndigas en diferentes variantes. Pero no a la española, sino a la israelí, a la manera de Shira Ben Shitrit, la chef y propietaria. En cuanto a sabores, puedes tomarlas de ternera, de pollo, de cerdo, de garbanzos, de gambas, de boniato e incluso de chocolate.a-tu-bola2 Y por lo que respecta al formato, en función del hambre o del momento del día –abren de 13:00 a 1:00-, puedes optar por un pincho de una bola, por un pan de pita relleno con dos de esas deliciosas pelotas, o por tres albóndigas bien acompañadas: con una guarnición de hummus y tomate picante, con una ensalada coleslow de manzana, o con cualquier otro acompañamiento que te podrían servir al pedir un mezze en Jerusalén –todavía recuerdo lo bien que comimos allí cuando fuimos, hace tantísimos años, ñam-.

Otro detalle curioso de A tu bola es que en el baño hay tizas de colores a disposición de los clientes para decorar paredes, puertas y lo que haga falta. Ni qué decir tiene que debo regresar allí, sí o sí, con mi hija Mariola, que lo pasará en grande tanto saboreando las cositas ricas como coloreando a su aire esos aseos tan ideales para ella.

En cuanto acabamos de cenar nos acercamos, atravesando la Rambla del Raval y adentrándonos en Nou de la Rambla –pasamos por delante del London, que tanto había frecuentado mi prima y que continúa igual de concurrido-, al Cangrejo, donde habíamos reservado mesa para disfrutar de las varietés. Lamentablemente, Rubén estaba de vacaciones y lo sustituía, mal que bien, Marvin Salas, que carece de su desparpajo y no se acaba de soltar en el escenario, aunque imita a La Pantoja como nadie y tiene más cintura que yo -lo cual es fácil, porque mi abdomen es absolutamente abejorril-. Suerte que estaba Desirée, nuestra versión local de Barbra Streisand, tan divina y graciosa como siempre. gilda_loveTambién hizo su actuación la casi centenaria Gilda Love, que durante muchísimos años fue peluquero –en una ocasión incluso le atusó las pelucas a la Callas- y cuya abuela era conocida como Lorenza la de los jazmines. Especifico estos detalles para que se comprenda mejor su espectacular pelucón floral y sus inenarrables atuendos multicolores y reverberantes.

Poco después de que finalizara el espectáculo, el Cangrejo se abarrotó hasta tal punto que tuvimos que abandonar el local: imposible contar con el espacio mínimo para bailar un poco -para conseguirlo tendríamos que haber acudido allí vestidas de after-punks, con cueros claveteados de afilados pinchos disuasorios-. Dimos un breve paseo Rambla arriba para tomar un poco el aire y sufrimos la típica invasión de ultracuerpos extemporáneos: ciudadanas británicas en plena horridespedida de soltera, hooligans estridentemente ebrios –pordiosquégritos-, camellos de baja estofa –de los de porretes, para entendernos- y, por supuesto, lateros. Qué bonita es Barcelona. A veces.

Por eso, necesariamente, volveremos al sur. Porque, entre tanto guiri esperpéntico, alguien tiene que preservar el escaso glamour que le queda a la ciudad. Qué le vamos a hacer, somos así de irreductibles. A las penas, purpurina. Siempre.