Willkommen auf Mallorca

El pasado fin de semana mi amiga Laura y yo nos escapamos a Mallorca para visitar a mi prima Marta. El jueves, una vez finalizada nuestra jornada laboral, abordamos un taxi a la carrera para acudir al aeropuerto a toda velocidad, con la mala suerte de que nos tocó un taxista en prácticas con tan solo tres días de experiencia: nos acompañó hasta El Prat por el carril lateral de la Diagonal –como le indicaba su absurdo GPS- y en segunda. Entre nosotros y sin que salga de Europa, son cosas que me suceden con más frecuencia cuando viajo con Laura.

Mi prima nos recogió puntualmente en el Aeropuerto de Son Sant Joan y, entre pitos y flautas, nos sentamos a cenar en el restaurante Sa Grípia sobre las once de la noche. En la terraza se estaba mejor que bien y degustamos nuestros exquisitos platos cansadas pero felices. Aunque ya lo hice en mi anterior entrada mallorquina, os vuelvo a recomendar este cautivador restaurante de Artà porque merece mucho la pena.

El viernes Marta trabajaba –qué dulce placer disfrutar de un festivo laborable para vivir los sitios cotidianamente-, pero aún así desayunamos con ella en La Almudaina, donde Miquel nos invitó a un esmorzar de forquilla con gerret frito recién pescado, gentileza de Llucià. Hay que reconocer que los amigos mallorquines de mi prima son absolutamente adorables. Luego Laura y yo nos dedicamos a recorrer con esmero las encantadoras callejuelas de Artà y a quemar un poco la VISA. Pero claro, si te ponen por delante una liquidación de maravillosas albarcas de piel de infrecuentes colores, a ver quién es la guapa que se resiste. Yo no.

brevasLa medianoche del viernes, tras devorar las exquisitas brevas recién cogidas con que nos había obsequiado Llucià –un facilitador de primera, también nos regaló docena y media de huevos frescos- y la sublime e insuperable tortilla de patata de Laura –en casa es toda una leyenda-, acometimos los trabajos de chapa y pintura y, ya maqueadas, nos dirigimos a Cala Ratjada, donde nos topamos con el espeluznante espectáculo de La Pequeña Alemania. Efectivamente, nada más acercarnos a la zona de copeteo, comprobamos, estupefactas, que estava invadida por turistas germánicos. “Yo os espero en el coche”, bromeó Laura. Hubiéramos huído de allí a toda velocidad en plan tacones lejanos, pero no conviene dejarse llevar por la primera impresión -la segunda fue bastante peor, de la tercera ni hablemos-.

Nos tomamos un gintonic en el bar Angels –yo no tenía previsto ingerir alcohol, pero viendo el panorama me entró una sed repentina- y disfrutamos de un rato agradable en la terraza, charlando de todo un poco y ajenas al entorno. Angels está puerta con puerta con la discoteca Bolero, la prueba definitiva e irrefutable que confirma la existencia de los universos paralelos: su entrada es un agujero negro que comunica directamente con alguna rústica población de Turingia o Westfalia. Si no, no se explica la inverosímil arrogancia que exhiben allí los Deutsch Menschen: no solo te ladran en alemán mientras te avasallan –“aparta que quiero sentarme donde estás tú” o “quítate de ahí que me molestas”-, sino que además te observan como si fueras un insecto, intentando fulminarte con la mirada para que te volatilices –más que estar en ínfima minoría, nuestra presencia era puramente anecdótica-. Hasta por megafonía aullaron en alemán un Hallo Bolero! para presentar a la inefable Orquesta Géminis, que perpetra desde hace 40 años los mismos horrores musicales sobre el escenario. En cuanto empezaron a tocar, su entregado público se lanzó a bailar arrítmica y desacompasadamente, haciendo tintinear tanto cadenas moteras como chatarra bling-bling –la indumentaria de los danzantes era, como poco, pintoresca-. Unas sesentonas equinas intentaron hacernos mover de donde estábamos a empujones: nos interponíamos entre ellas y un tipo con aspecto de psicópata recién salido de la trena que encontraban atractivísimo. Al segundo intento, mi prima, que tiene casi tanta mala leche como yo, en lugar de caer hacia donde pretendían –encima de mí-, tomó impulso y se precipitó sobre dos de ellas. No hubo una tercera tentativa: desistieron y se fueron a bailar enloquecidas junto a su objeto de deseo. Quien, como era de esperar, puso pies en polvorosa en medio nanosegundo.

Sí, lo sé, una noche raruna la tiene cualquiera. Pero no me busquéis por Cala Ratjada.

El sábado por la mañana cambiamos de tercio y paseamos por el encantador pueblecito amurallado de Alcudia. Temporalmente bajo el dominio de la Taifa de Denia, su nombre procede de la voz árabe al kudi -el cerro-. Cuando el rey Jaume I incorporó Mallorca a la Corona de Aragón, la mayor parte de los territorios de Alcudia y Pollença se repartieron entre la orden de los Templarios. Fue Jaume II quien ordenó la construcción de la villa de Alcudia y la primera muralla, que se finalizó en 1362. La ciudad ha sabido preservar su singular trazado medieval: paseando por sus encantadoras callejuelas peatonales, estrechas e irregulares, pueden contemplarse algunos edificios magníficamente conservados y primorosamente restaurados. Y alguna que otra tentadora tienda, no nos vamos a engañar.

Aunque estábamos muy cerca de allí, ni se me ocurrió mencionar la posibilidad de acercamos a la Ciudad Romana de Pollentia: si encima de dejarla sin playa la castigo con visitar los vestigios de la antigua capital de las Baleares, creo que Laura directamente me estrangula. Así que pasamos la tarde en Port de Pollença, cuyo Paseo Vora Mar, como su nombre indica, bordea el Mediterráneo a través de un agradable sendero que discurre entre coquetas ensenadas, pinos centenarios cuyas ramas se desparraman sobre las aguas cristalinas y casas imponentes con preciosas vistas de postal. Mi prima sesteó brevemente sobre el muro de piedra que delimita el camino: un golpe de calor le dejó muy mal cuerpo después de comer y necesitaba recuperarse un poco. A mí me suele suceder lo mismo cuando el clima está en modo grill –estábamos a unos 30 grados-, pero por suerte paseé bien protegida por la pamela-sombrilla que compré en Colliure hace unos meses.

Ya de regreso a Artà, cenamos en la agradable terraza del Cafè Parisien, cuyo nombre no describe con demasiada exactitud el local, que, si bien es afrancesadamente charmant, es más provenzal que parisino. Para acompañar los entrantes que tomamos a modo de refrigerio –los precios de los platos de la carta eran prohibitivos-, Laura pidió una Pep Lemon, una limonada local bastante curiosa, mi prima su sempiterno té “con mucha agua y medio limón”, que en realidad es un pretexto para tomarse un zumo de limón caliente –con lo fácil que sería que pidiera simplemente eso-, y yo un Hugo, la bebida de moda allí. Amenizó la velada una banda de jazz que, si bien no contaba con una vocalista especialmente virtuosa, supo envolver la noche con una grata banda sonora.

Pasamos por casa para restaurarnos un poco –mi prima está viviendo una segunda adolescencia y este fin de semana hemos vuelto a salir de casa a medianoche, como cuando éramos jovenzuelas- y nos llegamos a la Colònia de Sant Pere, donde se celebraba la revetlla del patrón que da nombre a la aldea marinera. Allí se completó la regresión experimentada el fin de semana: me teletransporté a mis verbenas familiares de hace tres décadas, con padres e hijos compartiendo espacio y risas en armónica diversión. En efecto, mallorquines de todas las edades se dejaban mecer por la suave brisa y la música en directo, bajo un ondulante mar de banderines blancos que dibujaban en el cielo olas de papel. Nosotras nos retiramos, como trasnochadoras cenicientas, antes de que dieran las cinco, cuando el tercer grupo inició su actuación con los temas-proclama “A quién le importa” y “Las chicas son guerreras”. Ambos himnos eran el mejor fondo musical posible para hacer un mutis por el foro: en unas horas teníamos que levantarnos para tomar nuestro avión de vuelta y recuperar nuestra vida adulta. Eso sí, gracias al paréntesis reparador, hemos regresado a nuestra cotidiana realidad más guerreras que nunca. Por lo menos yo.

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El efecto multiplicador de escuchar a Diego “El Cigala” en el Palau de la Música

Debo reconocer que el flamenco enlatado no me conmueve si no es en circunstancias muy determinadas. No obstante, presenciarlo en vivo, a pelo, es una experiencia incomparable, un raro privilegio del que disfruto enormemente en cuanto surge la ocasión. Como hace menos de 24 horas, sin ir más lejos. diego-el-cigala-thumbnailPorque ayer hubo recital de Diego “El Cigala” en el Palau de la Música gracias a esa maravillosa iniciativa que es el Festival de Guitarra de Barcelona que promueve TheProject, que este año conmemoraba su 25 aniversario.

El Palau de la Música Catalana es, en mi opinión, el recinto con más encanto donde disfrutar de un concierto en Barcelona. Si Diego “El Cigala” me chifla, que me abrace su voz hipnótica en esa gran caja de música concebida por Lluís Domènech i Montaner eleva la intensidad de la experiencia a la enésima potencia. De hecho, su sala de conciertos modernista fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1997 por la singularidad de sus esculturas, vidrieras, mosaicos y trabajos en hierro forjado. Os recomiendo encarecidamente la visita diurna del recinto: la luz natural se filtra por los coloridos ventanales creando una ilusión caleidoscópica fascinante. Una buena ocasión para hacerlo es mañana mismo: se celebra la tradicional jornada de puertas abiertas con motivo del Día Internacional de la Música. Efectivamente, de diez de la mañana a tres de la tarde, se podrá acceder libremente a todos los espacios.

Interior Palau

El espectáculo de Diego “El Cigala” empezaba ayer a las nueve y media de la noche, así que mi amiga Isabel, que siempre me descubre lugares deliciosos, propuso una merienda-cena un par de horas antes en el concurrido Bar del Pla, que está en el número 2 de la calle Montcada, a solo unos minutos del Palau de la Música si se ataja por las calles cercanas al Mercat de Santa Caterina. Isabel frecuenta bastante el lugar y me recomendó probar –obviando mi colesterol- las croquetas de calamar, simplemente espectaculares. También estaba especialmente sabrosa la burrata, que nos sirvieron acompañada de unos gajos de tomate que sabían a tomate, un logro tan fácil y tan difícil a la vez.

Diego Ramón Jiménez Salazar acabó llamándose “El Cigala” por el apodo que le pusieron los hermanos Losada, los guitarristas con quienes empezó a cantar, porque por aquel entonces era un muchacho flacucho y nervioso como un camarón. Su espectáculo “Vuelve el flamenco” –garantizo que el montaje responde fielmente al nombre- regresa, precisamente, a sus más hondas raíces y rinde un particularísimo homenaje a Paco de Lucía, así que necesariamente tenía que acompañarle en el escenario Diego Del Morao, prodigioso guitarrista que también toca con José Mercé, Diego Carrasco y Montse Cortés.

Fue justamente Diego Del Morao –qué inmenso placer escucharle y qué buenrollito irradia- quien arrancó el espectáculo con los tres palmeros y los dos percusionistas. Cuando finalizó el primer tema, entró en el escenario, con su imponente porte regio, “El Cigala”. Su mera presencia arrancó una sentida ovación del público, que ayer abarrotó el Palau para admirarle en vivo y en directo –la platea y los palcos anejos, rebosantes de barceloneses, los pisos superiores, repletos con una ecléctica mezcolanza de lugareños como nosotras y turistas nórdicos y asiáticos-.

Diego “El Cigala” es, en sí mismo, parte del espectáculo: la leonina melena caracolera bien despejada de la frente, las manos con largas uñas y centelleantes sortijas rasgando el aire al ritmo de su voz prodigiosa y, marcando el compás, los pies, envueltos para regalo en negro charol. El glorioso momento llega en cuanto emerge el monstruo, ese otro yo que se le despierta cuando canta. Porque aunque habla en un susurro casi inaudible, es empezar a expresarse con grave y prolongado quejío y, de inmediato, colarse hasta el menor recoveco posible de quien le escucha, cual susurro ectoplásmico, tanto en sentido físico como figurado: es un rugido tan poderoso que tañe las entretelas del alma.

Los siete miembros del clan fueron desgranando melodías festivas y sonidos negros en perfecta simbiosis, haciando gala de una sorprendente improvisación coral, tan inesperada para los demás como absolutamente armónica para ellos: se deslizaban, como un solo organismo pluricelular en constante y plena epifanía orgánica, por vericuetos musicales insospechados repletos de guiños a ellos mismos.

Fue una experiencia memorable que culminó con otra prolongada ovación, las luces del Palau ya encendidas, que les hizo regresar al escenario, donde un bebé del clan mostró que todavía camina a trompicones pero ya baila como un demonio y Diego “El Cigala” exhibió su poderío negándose a cantar “Lágrimas negras”, a pesar del repetido e irritante clamor de buena parte de los asistentes –al parecer no habían entendido que el espectáculo era un auténtico regreso a los orígenes-, e improvisando lo que le vino en gana.

Viva la música. Viva el flamenco. Viva las emociones. Y viva Paco de Lucía, que es Dios. Así se manifestó ayer un apátrida Diego “El Cigala” cuando se dirigió a su entregado público. Y cuánta razón tiene.

Todos tenemos un precio y algunos también cierto desprecio

Esta mañana he tenido un pequeño susto. Como mi hija Ángela ha heredado parcialmente mi pésima calidad de piel, en su última visita pediátrica la derivaron al Hospital Vall d’Hebron para hacerle una revisión dermatológica. Hoy me ha llegado el aviso de citación, que incluía, en un bonito destacado, el coste orientativo de las pruebas, y añadía una especificación (cito textualmente): “si la visita y/o prueba a realizar es a cargo de una compañía de seguros (mutua) tiene que traer el documento que acredite que ésta acepta hacerse cargo de los gastos que la visita y/o prueba ocasione. En caso contrario, se le facturará la asistencia.”

Me he quedado patidifusa porque Ángela no está asegurada en ninguna mutua. Siempre hemos recurrido al Servei Català de Salut que, salvo alguna rara excepción –un médico del Hospital de Figueres confundió la apendicitis de Mariola con unos gases-, en general nos ha atendido mejor que bien. Por otra parte, jamás había recibido ninguna citación médica con ese tipo de literatura mercantil. Así que, como a día de hoy me espero casi cualquier barbaridad de nuestras instituciones, y con la nefasta precipitación que me caracteriza, he puesto el grito en el cielo en mi muro de facebook.

27-Octubre-11blogSuerte que dos sabias amigas, por desgracia expertas en este tipo de avisos médicos, me han indicado que estaba malinterpretando la carta –gracias, gracias, gracias, perdón, perdón, perdón-, así que he telefoneado para cerciorarme. Efectivamente, la visita no conlleva ningún abono añadido, el importe indicado es a título informativo. Y sí, están recibiendo un alud de llamadas de usuarios tan atónitos –e impulsivamente malpensados- como yo. Se ve que nuestros preclaros representantes han tenido esa ocurrencia para que seamos conscientes de lo que vale un peine. Para aleccionarnos. Como si fuéramos menores de edad -otra vez más-: “Desconsiderados, mirad lo que estáis derrochando caprichosamente. Pudiendo estar sanos, os ponéis enfermos”. Pues que se lo digan a mis dos amigas.

Al margen de que esta astuta táctica disuada o no a quienes abusan del sistema de sanidad público, resulta que esa asistencia médica no nos la regala nadie: la pagamos con nuestros impuestos. Como tantas otras cosas, por otra parte. Así que, si puedo -¿debo?- saber cuánto cuesta la revisión dermatólogica de mi hija, me interesa saber también, por ejemplo, cuál es el montante de un día de coche oficial (leasing/renting del automóvil en cuestión, sueldo del chófer, seguros, etc.). Debiera lucir un llamativo rótulo en la puerta por donde sube y baja el egregio representante electo: “tropecientos euros/día”. Claro que entonces podría confundirse con el sueldo, las dietas y los ingresos sobrecogedores del susodicho. Así que tendría que complementarse, necesariamente, con un simpático estampado en la ropa del sujeto, o en un reluciente pin: “tropecientos euros/mes”.

Es más, si esta práctica abunda, podría marcarse todo con adhesivos fluorescentes, como los que exhiben los productos de las tiendas de ultramarinos. Ya veo a politicastros, garrapatillas anejas y miembros de la familia real, bien etiquetados con el Precio del Servicio Público, PSP. Las mismas siglas que la famosa videoconsola portátil que justo ahora se ha dejado de fabricar. Qué encantadora coincidencia: al fin y al cabo, todos ellos viven en esa lejana realidad virtual que muchos quisiéramos finiquitar. A ver si nos dejan.

Fabulosa a los 50 en Caldes de Malavella

50 no se cumplen cada día, ¿verdad Heidi? Así que la homenajeada, Iciar y yo nos hemos regalado una placentera y reconfortante escapada termal. Tres locas fabricando serotonina durante 24 horas en el Balneari Prats de Caldes de Malavella, ¡qué buen plan!

Aunque también se conserva un conjunto termal del siglo I dC del municipio romano d’Aquae Calidae, la mayoría de construcciones de Caldes de Malavella datan del siglo XIX y principios del XX, época en que se puso de moda disfrutar de las aguas minero-medicinales –sódicas, alcalinas, litínicas y fluoradas- que manan a 60ºC. Se calcula que transcurren unos 50 años desde que el agua de lluvia se inflitra por las múltiples fracturas de la roca granítica y llega, adentrándose 1.000 metros en el subsuelo, al acuífero donde se enriquece con los preciados minerales, hasta que regresa al exterior atravesando velozmente la gran falla sobre la que se asienta la población. Así que, al parecer, hoy hemos estado toda la mañana en remojo en aguas coetáneas de Heidi, lo que no deja de tener su gracia.

chalets-balneario-caldesMientras que el monumental Hotel Balneario Vichy Catalán cuenta con un elegante parque con pinos y plátanos y un edificio de estilo neoislámico típicamente modernista –incluso alberga una reproducción de la fuente del Patio de los Leones de la Alhambra-, el Balneari Prats, donde nos hemos alojado nosotras gracias a la recomendación de mi amiga María, es más familiar y, precisamente por ello, más de nuestro gusto. E igualmente señorial: los primeros Baños Prats datan de 1840 y el edificio neoclásico, de finales del siglo XIX.

Recogimos a Heidi ayer por la tarde, tras su comida familiar con motivo de su reciente ingreso en la década prodigiosa, y nos dirigimos a Caldes de Malavella emocionadísimas. Ella más si cabe, porque no sabía a qué lugar nos dirigíamos. Era una sorpresa. O quizás no tanto: un pequeño desliz de Iciar y chivarle, entre otras pistas falsas, que llevara consigo chanclas y traje de baño, seguro que le sugirieron de qué iba la cosa. No obstante, la corazonada definitiva venía de sus más íntimos deseos, “¡ojalá me llevaran a un balneario!”, y claro, si anhelas algo con vehemencia, a menudo se cumple. Sobre todo si te lo mereces. Porque cuando has dado mucho sin esperar nada a cambio, una parte de todo lo entregado vuelve a ti como un bumerán.

Heidi es una buena amiga que siempre ha estado ahí, siempre está y siempre estará. La recuerdo en momentos de mi vida muy complejos. Sin tener que pedir su ayuda y, lo que es más infrecuente, de manera nada invasiva, ella sabe cómo hacerte sentir que puedes contar con ella si lo necesitas. Todavía conservo dos emails que me envió cuando nació Ángela, uno la víspera de mi cesárea programada, el otro, el día en que abandoné la clínica y mi hija mayor se incorporó de verdad a nuestro hogar. Solo por esos dos correos electrónicos que tanto bien me hicieron le estaré eternamente agradecida. Qué menos que irme con ella de escapada termal por su 50 cumpleaños, ¿verdad?

El Balneari Prats tiene el encanto de los balnearios clásicos de toda la vida. Nuestra habitación, ubicada en el edificio original, del que solo se ha preservado la fachada –en el interior todo es absolutamente nuevo-, daba al jardín y era muy confortable, aun siendo tres las ocupantes –qué pintoresca la disposición de la supletoria, a los pies de las otras dos camas-. Tras confirmar los tratamientos de nuestro pack antiestrés para hoy domingo, nos dirigimos al bar y pedimos un gintonic de Bombay Sapphire para cada una –que, por cierto, nos prepararon la mar de bien-. Como merienda quizás os pueda parecer una opción un tanto extraña. No obstante, como dice mi madre, la ginebra es muy saludable porque se elabora con hierbas, y qué decir de la tónica, tan digestiva, o del toque cítrico del limón. Todo muy medicinal.

La cena fue simplemente correcta. Yo me pedí un milhojas de foie y salmón ahumado que, para mi sorpresa, estaba montado entre lonchas de manzana –un plato demasiado dulce para mi gusto- y el lenguado estaba un poco crudo –aunque mejor así que pasado-. No obstante, la cuajada que tomé de postre, casera a la manera cantábrica e insospechada por tierras gerundenses, me reconcilió con el restaurante. Mis amigas prefirieron una porción de pastel de nata de aspecto muy goloso. Sí, Heidi se saltó un poco su recién estrenada dieta y pecó, pero por un buen motivo: estábamos celebrando su cumpleaños.

Esta mañana, tras ingerir, ya en albornoz, nuestro delicioso desayuno bufé, nos hemos dirigido a la zona termal, a la que se accede sin tener que salir al exterior, detalle que se agradece incluso ahora con buen tiempo –Iciar y yo recordamos, con horror, la excursión que hay que hacer en el monstruoso Hotel Termes Montbrió-. La acogida no podía ser más calurosa –nos han dado besos y abrazos para recibirnos- y los cuatro tratamientos de nuestro pack nos han sentado realmente bien.

Dolors, mi terapeuta, enseguida me ha acompañado a la primera etapa de mi periplo termal: la bañera de burbujas. Se escondía en una cabina privada, embaldosada de arriba abajo, que me ha recordado ligeramente a ese curioso cinecuento llamado “El Gran Hotel Budapest”.

Luego me ha compañado a una luminosa sala –da al exterior, pero una persiana gradolux protege a los efímeros inquilinos de las miradas curiosas- donde las cabinas de tratamiento quedan separadas a través de cortinas, a la manera de los boxes de algunos servicios hospitalarios. Allí me ha masajeado durante no recuerdo cuánto –me he relajado tanto que he perdido la noción del tiempo- y luego me ha hecho pasar a otro habitáculo similar, pero con ducha anexa, para untarme con arcilla como si fuera un bratwurst, vuelta y vuelta, la cara incluida.

Tras la necesaria ducha para eliminar el potingue, Dolors y yo hemos entrado en otra cabina embaldosada de arriba abajo, en mitad de la cual había una camilla y, encima, suspendida del techo, como una creación de artista postindustrial, una cañería-ducha. Mi terapeuta se ha quedado en traje de baño y, mientras el agua caía sobre mí –la cara protegida por una minicortina-, ella me iba masajeando. Se ve que el curioso artilugio tiene constantes tareas de mantenimiento por la elevada mineralización del agua: en alguna ocasión, me ha revelado Dolors, incluso ha caído alguna piedra por el caño. Como un riñón de latón.

Al acabar la ducha-masaje he podido secarme y ponerme el traje de baño en un coqueto vestidor individual, con su espejo, su estantería de mármol y su banco de madera. ¡Me ha encantado!

Tras finalizar nuestro reconfortante recorrido por la zona termal, todavía nos quedaba mucha mañana por delante, así que hemos aprovechado el solete para disfrutar de la piscina exterior y del jardín. Heidi, que no quería perder detalle de nada, también se ha apuntado a la sesión de aquagim, aunque la clase no ha cumplido sus expectativas: “No me ha gustado mucho el yayagim”, ha sido su resumen. Creo que se lo ha pasado mejor columpiándose conmigo en un encantador balancín de madera, mientras Iciar nos miraba lánguidamente desde la tumbona.

Para compensar un poco la cena de ayer, el almuerzo de hoy ha sido simplemente espectacular. Hasta el vino nos ha sabido mejor –claro que ayer, después del gintonicazo, apenas probamos el tinto ecológico que habíamos pedido-. L’esqueixada de bacallà con tapenade que hemos escogido Heidi y yo era sublime –me voy a copiar el plato ya mismo-, y los pies de cerdo guisados con setas, tan tiernos como deliciosos. Así que hoy no me ha cabido otra cuajada. Qué pena. A Heidi, como había pedido lubina, sí que le ha cabido un trozo de pastel de coco, a modo de despedida. Adiós, postres golosos, adiós.

Tras abandonar la habitación –nos han permitido permanecer en ella hasta después de comer- hemos querido pasear un poco por Caldes de Malavella, que se recorre de extremo a extremo en diez minutos. Nos ha sorprendido ver tantas peluquerías –incluso caninas- en una población tan minúscula. Otra cosa no, pero los lugareños seguro que van bien peinados. Quién sabe, quizás sea un intento de paliar los efectos de la tramuntana. Lo que es imposible, por otra parte.

En los aledaños de las termas romanas, dos niños nos lanzaban miradas de soslayo mientras jugaban. Hasta que por fin la niña, pizpireta y graciosísima, se nos ha acercado:
– ¿Estáis buscando la fuente de agua caliente?
– No –cara de disgusto de la niña-. Pero si nos acompañas tú, iremos a verla –cambio a sonrisa en su cara-.
– Es por aquí. Está un poco lejos. Pero no tanto.
– ¿Cómo te llamas?
– Soraya. ¿Y tú?
– Helena.
– ¿Y tú?
– Heidi.
– ¿Y tú?
– Iciar.
– Yo voy al colegio allí, ¿lo veis? Tengo ocho años.
– Ah, entonces estás haciendo 3º de Primaria.
– Sí. Tengo un hermano que tiene 13 años y está haciendo 1º de ESO. Luego tengo otro hermano, no sé si tiene 16 o 17. Claro, como tengo dos hermanos, a veces me hago un poco de lío. Él ya acabó de estudiar, ahora es mecánico. Aquí hoy ha habido mercado –indicando una calle junto a la que estábamos pasando-.
– Ah, por eso hay toda esa basura ahí –he señalado un montículo de cajas de cartón y restos de fruta y verdura-.
– Sí. Mi padre ha trabajado hoy allí. A veces trabaja en otros sitios. Trabaja en muchos sitios diferentes… Mi hermano y yo acompañamos a la gente que llega cerca de casa, porque si no dan vueltas por allí mucho rato. A veces va él, otras voy yo, como ahora. Antes ha ido él a acompañar a otras personas.
– Entonces es como si trabajaras para la oficina de turismo del ayuntamiento.
– ¡Sí! –ha dicho Soraya sonriendo- ¡Mira, ya hemos llegado!
Heidi le ha dado una moneda de dos euros que la niña ha mirado dos veces, bastante ojiplática.
– ¿Sabes?, a veces acompaño a gente que no me da nada. Bueno, ahí está la fuente de agua caliente. ¡Adiós!

Esa moneda entregada a Soraya ha sido nuestro talismán para regresar al Balneari Prats, o para acudir a cualquier otro. No la hemos arrojado a la Fuente de la Mina –también conocida como Raig d’en Mel-, pero se la hemos dado, allí mismo, a una niña encantadora. Y tengo más fe en Soraya que en la Fontana di Trevi, aunque se haya bañado en ella la voluptuosa Anita Ekberg.

Mi preciosísima Vespa Primavera del 83

Querida nueva propietaria de mi primera moto,

Te escribo estas líneas porque la Vespa de la que te enamoraste a primera vista viene con un extra: un bonito currículum emocional que he pensado que, quizás, te gustaría conocer. Así que lo comparto contigo.

En su juventud, mi padre recorrió miles de kilómetros en su Lambretta. Incluso viajó con ella a Portugal para visitar a una novia que tuvo antes de conocer a mi madre. En su opinión, esa scooter legendaria era mejor que la que fabricaba Piaggio: mientras que el motor de la Lambretta estaba centrado, el de la Vespa, en cambio, estaba instalado en un lateral, lo que en cierto modo la desequilibraba. Por lo menos eso me explicó mi padre. No obstante, en mi adolescencia, hace 30 años, la moto prototípica era la Vespa y, por otro lado, su adorada moto milanesa tampoco se comercializaba con tanta profusión como antaño.

Durante los veranos que pasábamos en la casa que mis padres tenían en Montserrat, todos nos movíamos por caminos de montaña en moto –mi hermana y yo de paquete-. Sin licencia. Sin casco. Sin teléfono móvil. Tragando polvo y algún que otro bichejo volador. Qué maravillosa sensación de libertad.

Por fin, llegó el esperado momento de mi motorización. Mamá, aterrorizada, quizás visualizándome en un catastrófico accidente a causa de ese recurrente pánico que todas las madres padecemos respecto a nuestros retoños, se opuso con vehemencia. No obstante, papá la convenció con una sola frase: “Me fío más de ella que de cualquiera de esos amigos suyos con los que va de paquete”. La decisión ya estaba tomada. ¡Viva!

En 1983 se llevaban las hombreras y en la radio sonaban “Moonlight Shadow” de Mike Oldfield, “Blue Monday” de New Order y “Change” de Tears For Fears, aunque el temazo que triunfaba en todas las pistas era “Last Night A DJ Saved My Live” de Indeep –que nosotras tarareábamos como “las maravillas de bailar”-:

Yo cumplía los 16 en agosto y Tráfico cerraba ese mes por vacaciones, así que tuve que pasar otro verano más sin moto. Mi padre era así, muy legal. Por fin, llegó septiembre. Aprobé el examen de conducción y el de circulación y, ya con mi permiso A-1 en mano, fuimos a por mi nueva y flamante Vespa Primavera. Qué preciosa era. Qué preciosa es, ¿verdad?

vespa-primavera-1Empecé 3º de BUP y abandoné el autobús como medio de transporte: lógicamente, prefería utilizar mi nueva moto para moverme por Barcelona. La cabeza, bien protegida con un casco integral –innegociable en casa que llevara uno de esos cascos tipo orinal-. Siempre acompañada, por mi hermana o por alguna amiga. Siempre feliz. Y cada verano, 50 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para desplazarme en Vespa durante mis vacaciones en Montserrat. Incluso paseé con ella por Ibiza: la embarqué conmigo cuando me escapé una semana a Figueretes con dos amigas de la facultad.

Años más tarde, mi hermana heredó esa moto. La cuidó amorosamente, como has comprobado tú misma. Fue repintándola, retapizando el asiento y añadiéndole preciosos accesorios. Hasta hoy. Fue allí precisamente donde te topaste con ella: en su última puesta a punto en el taller.

Mi padre falleció hace 14 años. Uno de los recuerdos que nos queda de él, porque formaba parte de esas pequeñas cosas que él adoraba, es la Vespa Primavera que ahora será tuya. Confieso que una parte de mí está triste por ello. Pero, por otro lado, también reconozco que me reconforta que seas justamente tú, y no otra persona, su nueva dueña. En cierto modo, es como pasarte el relevo: una moto así no merece ser pieza de museo, sino permanecer en marcha. Facilitar la movilidad de alguien. Bueno, de alguien no, de ti. La has deseado durante largo tiempo. Y la quieres para un obsequio muy especial: el regalo de boda de tu futuro marido. Así que, después de todo, no podría estar en mejores manos. Es bueno que sea así.

Gracias por haber empezado a quererla un poco. Espero que seas tan feliz con ella como lo fue mi padre al regalármela y como lo hemos sido mi hermana y yo disfrutándola. Y, por favor, cuídala bien: es un poco como de la familia.

Felices kilómetros por delante. Ahí fuera, en la calle. Pero, sobre todo, en lo mucho que os queda por vivir juntas.

Tuamor maligno

En plena crisis de pareja por el nacimiento de las mellizas, Él tiró por el camino de en medio y se lió con su amor platónico de la adolescencia. La misma que no le dio bola en el instituto, la que estaba a punto de viajar a China con su marido para ir a por su tercera hija –nunca llegó a serlo-, se echó en los brazos de Él sin dudarlo: cuán tentador resulta tener una aventura con un famoso -famoso a lo Belén Esteban, como puntualizaría su sagaz exsuegro-. Los padres de La Otra recortaron una foto de la revista Lecturas en la que Él aparecía y la enmarcaron para la posteridad. Orgullo de papel cuché.

The_Picture_of_Dorian_Gray-_Ivan_AlbrightAntes de esa foto presidiendo el salón de los nuevos suegros, antes del tú a Boston y yo a California, se desarrolló la primera parte de la pesadilla. Acostumbrado a mentir con la naturalidad y las tablas que da el plató de televisión, Él negó, una y otra vez, los encuentros furtivos con La Otra, las ausencias blindadas con excusas inverosímiles y ese living-la-vida-loca que no abandonará jamás: es demasiado fácil salir a divertirse con deportistas de élite. Y también ligar siendo un rostro popular, aunque el tiempo haya dejado tu cara como el retrato de Dorian Gray.

Al fin, varios meses después, saturada de hartura pero resuelta, Ella dijo basta. Y Él abandonó el domicilio conyugal –que no a su familia: no se puede abandonar lo que nunca has atendido-. En cuanto empezó a cohabitar con La Otra, ambos decidieron que lo mejor para ellos -¿para qué pensar en sus hijos?- sería que hicieran coincidir los turnos de niños. Dicho y hecho: las gemelas, desde el minuto uno, tuvieron que compartir a su padre con La Otra y sus dos vástagos. Superidealdelamuerte. Todavía es así. Amor de padre.

Luego vino el divorcio. Y el quirófano y la quimioterapia. Porque a Ella el dolor le reconcomió las entrañas y le provocó un cáncer. Afortunadamente, Ella es fuerte. Firme. Voluntariosa. Tenaz. Y tenía el mejor motivo del mundo por el que luchar: sus hijas. Así que luchó, luchó y luchó, sin desfallecer jamás. Cuando aquel tumor ya era tan solo la sombra de un espectro, cambio de marco legal mediante, apareció la demanda carroñera de Él para arrancarle la custodia. Un juez misógino con malas experiencias con las mujeres –sobre todo con la suya- hizo cambiar el acuerdo inicial. Veredicto: custodia compartida. No para que las niñas pasaran más tiempo con su padre –más bien con sus abuelos paternos-, sino por la pensión. Por el vil metal. Todo por la pasta.

Quizás habrá quien me lea y piense, “qué exagerada, no habrá para tanto”. Soy subjetiva, estoy del lado de Ella al 100%. No obstante, lo cortés no quita lo valiente. Baste una pequeña anécdota para ilustrar su inverosímil mezquindad.

Las mellizas tienen casi 10 años. Cuando se desplazan en autobús con Él, las instrucciones son claras: “si el conductor os pregunta cuántos años tenéis, responded que seis”. Será porque es famoso a lo Belén Esteban, porque mira que es curioso que nadie se haya asombrado de lo altas y espabiladas que están para poder viajar sin billete.

Cuán pedagógico es enseñar a tus hijas a engañar. Intentar inculcarles, día sí, día también, el valor del incivismo y el embuste –lluvia fina que, gracias a Ella, jamás llega a calar-. Claro que Él miente como respira y al parecer no le va tan mal. Quizás lo siguiente sea saltar la zona de acceso al metro o entrar los tres muy juntos, en plan oruga, para marcar la tarjeta multiviaje una sola vez. Esa es la idea. Cada pequeño importe, suma. Igualito que Ebenezer Scrooger. Solo que el personaje de Charles Dickens es ficción y Él, real.

Escribo todo esto del tirón, todavía alucinada de que la última apelación de Ella haya caído en saco roto. La ley es la ley y ahora favorece las custodias compartidas. Que sean o no pertinentes es, al parecer, irrelevante. Pero también, sin duda, tremendamente injusto. Lex dubia, Lex nulla. O así debiera ser.