¿Plaza Llucmajor o de la República?

Un vecino de Nou Barris está promoviendo una campaña a través de change.org contra el cambio de nombre de una de sus plazas más emblemáticas, la de Llucmajor, que a partir del 14 de abril pasará a llamarse plaza de la República. La fecha no es baladí, porque en tal día se celebra el 85 aniversario de la proclamación de la II República.

Curiosamente, el autor de la petición se dirige en primer lugar a Xavier Trias, y tras él añade el nombre de nuestra actual alcaldesa, en un ejercicio de ninguneo previo bastante interesante. Tipo “Xavier, moralmente nuestro verdadero alcalde eres tú, haz algo”. Lo cual sería lógico viniendo de un vecino de Sarrià o Les Corts, pero no deja de ser insólito por parte de alguien que reside en el distrito donde triunfó el naranja en las últimas elecciones autonómicas y el morado en las generales. Quizás por eso luego lo arregla añadiendo, por este orden, a Alberto Fernández Díaz y Carina Mejías –y a nadie más, aclaro-.

Sigo por las redes sociales otras opiniones que tildan el cambio de nombre de hispanocentrista –parece que la proclamación de la república de Francesc Macià alberga la siniestra sombra de la confederación-, o que consideran que es un gasto innecesario –la asignación presupuestaria es de 3.000 euros-. Incluso leo que el alcalde de la localidad de Llucmajor ha enviado una carta a Ada Colau para que la población mallorquina continúe representada en esa plaza tan significativa del “Cap i Casal de Catalunya”.

Esas argumentaciones me parecen entre erráticas e insuficientes. Y sin embargo, la alteración de la actual denominación de la plaza me provoca sentimientos encontrados.

La plaza Llucmajor es un referente para quienes hemos crecido en Nou Barris. Frecuentada un poco por todos desde que yo recuerde -y todavía más desde que el metro abriera sus tripas en una de sus esquinas y en otra le creciera un parque-, fue una pieza clave de cohesión social, fundamental para urdir una verdadera comunidad de conciudadanos en la barriada-dormitorio. Aquella explanada de urbanización porciolista ayudó a construir el sentimiento de pertenencia de los recién llegados a un territorio que se había levantado a trompicones. Y que durante décadas ha estado viviendo casi de espaldas a la Gran Barcelona: todavía hoy, basta con tomar el bus que comunica Sant Andreu con Sant Gervasi para comprobar que en mi ciudad conviven distintas barcelonías y que cada distrito cuenta con sus propias señas de identidad. En Nou Barris, la plaza Llucmajor –así, con ese nombre- es una de ellas.

No veo mala fe en la voluntad del consistorio, en todo caso desconocimiento. Es bienintencionado intentar dotar a Nou Barris de símbolos con los que identificarse, de representaciones que proclamen el orgullo de las clases populares en ese núcleo irreductible de la barcelonía proletaria. Pero no a costa de destruir los propios.

200px-La_república,_escultura.JPGUna opción sería trasladar a su emplazamiento original la estatua de La República que hoy preside la plaza Llucmajor. La idea de una obra escultórica para homenajear a Francesc Pi i Margall surgió en 1915, pero no se materializó hasta la II República. Lluís Companys inauguró la estatua de bronce de Josep Viladomat el 12 de abril de 1936 y el monumento permaneció en la confluencia de Diagonal con Paseo de Gracia –que enconces se llamaba plaza del Cinco de Oros- hasta que el franquismo decidió retirarlo. Ya en democracia, nadie se atrevió a colocar la estatua de La República en la actual plaza de Joan Carles I porque hubiera provocado una extravagante paradoja. Pero lo suyo sería ubicarla allí y llamar plaza de la República a la concurrencia de las dos avenidas más renombradas de la ciudad. Me parece lo más razonable.

Claro que solo es mi opinión y, para gustos, los colores. O las palabras, que son más sabias.

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Y el verbo se hizo esperpento

Permítaseme la licencia de empezar valleinclanescamente, es que todavía estoy conmocionada por lo que acabo de leer en la prensa. A saber: un centenar de cristianos que se autodenominan “Más libres” –el nombre tiene su guasa- se concregaron ayer ante el ayuntamiento de mi ciudad para recitarle a la alcaldesa el Padrenuestro en varios idiomas. Así demuestran al mundo que son monoteístas pero políglotas. Se ve que andan muy ofendidos con la Madrenuestra que leyó Dolors Miquel en los premios Ciutat de Barcelona. Detalle de formas: mientras el ínclito Alberto Fernández Díaz abandonó el acto airadamente, el tan católico como él -o más si cabe- Xavier Trias permaneció impertérrito en su asiento e incluso aplaudió, haciendo gala de un saber estar exquisito.

En mi opinión, aunque no se mentaba el nombre de dios en vano, los versos eran de rima facilona y vulgar: “Madre nuestra que estás en celo, santificado sea tu coño” podría haberlo dicho cualquier borrachuzo de tres al cuarto en un lupanar. Supongo que la intención no era urdir unas cuantas frases elegantemente rimadas, sino provocar, muy al estilo de Albert Pla.

Personalmente, si tuviera que callarle la boca a alguien, antes que amordazar a la susodicha poetisa les cosería los labios a muchos otros. Así, a bote pronto, me viene a la cabeza Andrea Fabra y su archipopular “que se jodan”. O Dolores Ripoll advirtiéndonos de que hacienda no somos todos, que eso solo era un eslogan de publicidad. O cualquier expresidente con incontinencia verbal cada vez que hace declaraciones a los mass media. O los padres de unos exalumnos de los maristas –sí, sí, los mismos con varias acusaciones de pederastia y un abusador confeso- que se manifestaron para salvar el buen nombre de la institución y argumentaron que sus hijos, que son ingenieros, no habían visto nunca nada raro en el colegio, no como los denunciantes, que no son nadie.

Será eso. Será que no somos nadie los que consideramos que las acciones importan más que las palabras. Que no somos nadie quienes no nos sentimos tan heridos por unos reyes magos vestidos de lagarterana, una obra de guiñol mal programada, o un poema soez, como por un sinfín de tropelías perpetradas impunemente. Que no somos nadie quienes creemos que lo verdaderamente indignante –infame, criminal- es la violencia ejercida sobre un menor para abusar de él. ¡Qué pintorescos, los que no somos nadie!

Todavía no he visto a ninguna familia cristiana plantarse ante colegios y sedes parroquiales para clamar por tamaña ignominia. Por no hablar del blindaje que practican los encubridores con sotana -alguna cardenalicia-. Lo que nos lleva a un pecado colectivo de omisión –de los de pensamiento, palabra y obra ya se ocupan los presuntos estupradores-.

mong_30portadaaltaSi yo fuera católica –que conste que tengo buenas amigas que lo son de corazón y las admiro por ello-, exigiría una limpieza a fondo de las alcantarillas eclesiásticas para eliminar la escoria incrustada en el aparato de la iglesia. Pero como soy atea, continuaré leyendo la revista Mongolia mientras pueda. Al paso que vamos, cualquier día la prohíben.