El asombroso parecido entre el azúcar moreno y las toallitas autobronceadoras

Cuando me comentaron que el azúcar moreno tan solo era azúcar blanco coloreado me quedé patidifusa. Me reconforté íntimamente dando por hecho que eso solo podía suceder con el de Azucarera Española -su variedad tintada cuesta casi el doble que la albina- y alguna otra marca de gran consumo, de modo que en ese momento prevacacional no le concedí mayor importancia. No obstante, como se me quedó la mosca tras la oreja, la semana pasada decidí investigar un poco y hacer mis propias comprobaciones.

Empecé por el azúcar moreno ecológico Odinea que tenía en casa -3,4 € el paquete de 500 gr. en Caprabo- y la prueba no falló: en cuanto vertí un poco de agua sobre el azúcar en cuestión, el supuesto moreno –la melaza del azúcar de caña- quedó en el agua, mientras que los granos de dulce aderezo quedaron limpios y relucientes como la calva de Don Limpio. Continué con el “azúcar moreno de caña, sin refinar” –eso es lo que indica su envase- Diet Rádisson y obtuve idéntico resultado: agua turbia, azúcar níveo. De modo que por eso eran tan oscuros mis espectaculares mojitos –para qué andarme con falsas modestias, me salen muy ricos, verdad de la buena-, no porque los preparara con ron añejo, sino porque el azúcar bronceado artificialmente desteñía. Qué cosas.

azucarEntonces, ¿por qué azúcar podía optar? Escarbé un poco por los entresijos de la red y, a partir de la información que encontré, concluí que el más recomendable, en general, era el mascabado –también llamado moscabado-. No obstante, las especialidades más puras eran la melaza de azúcar de caña y la panela, el jugo de la caña de azúcar solidificado y casi siempre molido, aunque también se comercializa en porciones de pan de azúcar. Con estos datos en la mano, decidí darme un paseo por el barrio para encontrar esas mágicas glucosas que endulzaban de manera un pelín más saludable.

Lo más fácil fue la melaza, la tienen en cualquier supermercado. Su apetitoso aspecto tostado es muy parecido al de la miel de castaño. Al paladar tiene un regusto a regaliz muy agradable que matiza el sabor de yogures e infusiones –sí, soy de esas sacrílegas que toma casi todo lo amargo con un poco de azúcar, en plan Mary Poppins-.

El azúcar mascabado y el azúcar panela los encontré en el herbolario más cercano a mi casa. Opté por el segundo porque era un producto de comercio justo, fabricado por la Asociación Cumbres en Ecuador. Más que grano, por lo fino y casi terroso –como si envasaran un poquito de arena de playa todavía húmeda-, es polvo de azúcar. Su sabor es especialmente intenso, similar al de los caramelos que compraba para las niñas de mis ojos cuando eran pequeñas pero acababa ingiriendo yo: siempre había algún familiar o alguna amiga que las sobornaba con chuches multicolores rebosantes de aditivos, y tampoco era cuestión de ponerse estupenda –sí, confieso que yo también acabé comprándoles Sugus y Chupachups-.

Os dejo, me voy a preparar una deliciosa leche merengada con mi maravilloso azúcar panela recién adquirido. Si tenéis más información sobre el tema, siempre será bienvenida. ¡Gracias de antemano!

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Cañón de Añisclo

Nuestro último día de vacaciones en el Pirineo Aragonés lo invertimos en acercarnos al cañón de Añisclo, un desfiladero de origen glaciar de unos 10 kilómetros de longitud. Para llegar a sus lindes hay que tomar en Aínsa la A-138 en dirección a Francia –a la derecha se eleva, como un hercúleo Atlante, la Peña Montañesa– y, justo al salir de Escalona, hacer un quiebro a la izquierda –está perfectamente indicado-.

Cañon_AñiscloNos adentramos por la carretera del desfiladero de Las Cambras, una vía asfaltada de una sola dirección que nos regaló unas vistas sobrecogedoras: hoquedades cinceladas por el agua en la roca caliza, paredes esculpidas a zarpazos por el hielo glaciar, saltos de agua impredecibles, pozas que invitan al baño –aunque como es parque nacional no está permitido- y celosías arbóreas que por momentos vedan las vistas sobre el río Bellós con su tupida maraña vegetal.

Al cabo de unos 13 kilómetros estacionamos nuestro vehículo y optamos por la llamada ruta del agua, un paseo circular requetefacilísimo de unos 40 minutos, apto para todos los públicos. Otras opciones eran subir hasta la Ripareta en una excursión que solo ida requería unas tres horas, o incluso continuar más allá, hasta la Fon Blanca, y echarle una horita más de marcha. Huelga decir que ambas opciones eran implanteables para nuestras adolescentes hijas.

El circuito que elegimos pasa por la ermita rupestre de San Úrbez, patrón de la lluvia a quien los lugareños todavía dedican romerías. El viernes estaba cerrada a cal y canto: la verja estaba bloqueada y desde el exterior solo se divisaba lo que parecía un altar cubierto de plásticos, así que no puedo contaros si es bonita, regulín u horrenda.

Otro de los puntos de interés indicados en la ruta del agua es el Molino de Aso, que más que un molino es una ruina con escaso –por no decir nulo- interés. Además de que no se puede acceder a lo que queda de él para observar de cerca la muela, tampoco facilita buenas vistas sobre el río. Os podéis ahorrar el caminillo perfectamente.

Río_AsoMucho más interesantes son el coqueto puente románico que atraviesa el Bellós para llegar a la ermita o la estimulante cascada del río Aso, sin ir más lejos. Que por cierto, el baño estará prohibido en la reserva protegida, pero las actividades deportivas, se ve que no. Misterios de los designios públicos, que hace excepciones donde hay negocio.

Una vez que finalizamos nuestro paseíllo, tomamos de nuevo el coche y comprobamos que la carretera unidireccional desemboca en el mirador de Sestrales –sí, donde nos asomamos el día que hicimos la ruta desde Buesa hasta Buerba-. Desde allí tomamos el camino de regreso en dirección Fanlo, pero nos desviamos un poco para entrar en Nerín, una población diminuta encaramada en la montaña donde los lugareños hicieron caso omiso de nosotros porque estaban enfrascados en los preparativos de su fiesta mayor.

El artesano que trabajaba la madera de boj tenía cerrado el taller, de modo que, un poco resignados, nos dirigimos al único bar del pueblo, el Albergue Añisclo –requetelimpio y, para alojarse, con unos precios imbatibles, http://www.albergueordesa.com-. Nos atendió una anciana menuda y arisca que iba en zapatillas. Después de servirnos salió sin despedirse y ya no la volvimos a ver. Nos sentamos en una agradable mesa a la sombra de una frondosa morera y disfrutamos de uno de aquellos efímeros paréntesis de íntima felicidad: las vistas eran espléndidas, la aldea encantadoramente rústica y la aspereza de los rudos habitantes –que no era por descortesía, sino porque sabían priorizar- tenía su gracia. Hasta que llegó una avispa. Creo que Ángela preferiría enfrentarse a un velocirráptor a escuchar el zumbido de un himenóptero.

Intentamos almorzar en el hotel restaurante Casa Frauca de Sarvisé, aun sabiendo que sería en vano: es el mejor restaurante de los alrededores y está muy solicitado, imposible conseguir mesa sin haber reservado previamente. De modo que nuestra última comida la hicimos al lado de casa, en el Hotel El Mirador, donde escogí unas chuletas de cordero de Broto tan tiernas que se deshacían en la boca, y tan sabrosas como las que preparaba mi abuela. Ñam.

Qué rápido se preparan las maletas y cuánto tarda uno en deshacerlas. Por suerte, al parecer una fresca llovizna pirenaica se coló en nuestro equipaje, así que llevamos un par de días sin notar demasiado el cambio de temperatura, saboreando todavía estas dos semanas de vacaciones en el Pirineo. A ver dónde nos lleva el próximo viaje.

Jaca

Después de tantos días de vida bucólico-pastoril, a las niñas de mis ojos les apetecía un poco de civilización -llámale civilización, llámale tiendas de rebajas-. Tras arduas negociaciones, hemos acordado disfrutar de la jornada en Jaca, que está a 50 minutos de Oto en coche.

Nada más llegar nos hemos dirigido a la magnífica catedral románica de San Pedro, que se empezó a construir en el año 1076, casi a la par que la de Santiago de Compostela, aunque las obras se detuvieron en 1082 y hasta el año 1104 no se reemprendieron. Desde el exterior llama poderosamente la atención, dimensiones colosales aparte, la llamada “Lonja chica”, con un bonito porche de madera del siglo XVII que se apoya en columnas románicas procedentes del claustro.

Lamentablemente, una de las zonas que más me gusta admirar de cualquier templo religioso, el claustro, no se conserva. No obstante, lo que quedaba de él ha sido acondicionado –con mayor o menor fortuna, según los habitáculos- para albergar el Museo Diocesano, que fue renovado hace unos años para mejorar la experiencia museística. Su especialidad es la pintura románica, y lo cierto es que la explicación de la guía, Lorena, ha resultado muy interesante.

Antes de acercarnos a los frescos medievales, hemos observado con ella los detalles escultóricos e iconográficos de dos capiteles, el del sátiro y el de los músicos. También hemos visto la sala capitular, cuyos arcos y columnas exteriores se conservan aceptablemente, pero cuyo interior luce redecorado con un diseño contemporáneo bastante aséptico –por no decir desangelado- porque se utiliza para cursos, charlas y reuniones.

En el refectorio hemos podido apreciar llamativas pinturas murales románicas y góticas, y en las capillas laterales algunos ejemplos de imaginería religiosa –admito que la talla en madera de cristos, vírgenes y otros seres fabulosos me seduce poco-.

VerjaEl acceso a la Sala Bagüés, la reina del recinto, se hace a través de unas preciosas rejas de hierro forjado medievales que incorporan sorprendentes elementos decorativos vegetales, animales y humanos. En mi opinión y muy a mi pesar, no están lo suficientemente iluminadas y deslucen bastante. Una vez que nos adentramos, podemos contemplar los frescos que fueron arrancados de su templo original en los años 60 del siglo pasado –los de Boí y Taüll fueron descuajados mucho antes, hace casi un siglo- y disfrutar de un audiovisual que explica el proceso de creación de esta gran pintura mural y la técnica con que se transportó tamaño fresco desde Bagüés hasta su nuevo emplazamiento, maniobra un pelín más complicada que descolgar un lienzo.

En una sala anexa de la planta principal se pueden curiosear algunos documentos antiguos de la diócesis de Jaca, así como escuchar cómo suenan el chiflo y el salterio, dos instrumentos populares del Alto Aragón, y algunos estilos de repique de campanas. Curioseando este rincón he descubierto que el oficio de campanero se solía transmitir, matrilinealmente, a través de la familia del sacristán.

Otro monumento emblemático de Jaca es su singular ciudadela pentagonal. Fue levantada por orden del mismo rey, Felipe II, según las instrucciones del mismo ingeniero, Tiburzio Spannocchi, y por exactamente el mismo motivo que llevó a levantar la fortaleza de Aínsa: proteger la frontera de los hugonotes en plena Contrarreforma. Hoy la ciudadela ha abandonado su belicista uso original, aunque los cañones todavía apuntan, siempre amenazantes, desde las casamatas de los baluartes.

Fortaleza_ciervosLos alrededores de la fortaleza son un agradable parque donde grupos de familias y amigos sestean, se divierten o simplemente conversan disfrutando de la vivificante brisa que llega desde el cercano Pirineo, que enmarca el paisaje con su grandioso perfil. En el foso mora una manada de ciervos en la que conviven varios machos en perfecta y serena armonía -si alguien conoce el motivo de esta cérvida presencia, le agradeceré que me lo cuente porque me tiene intrigadísima-.

PuertafarmaciaJaca es una pequeña ciudad señorial que me recuerda más a Pamplona o Donosti que a otras poblaciones aragonesas. Invita al agradable paseo por las calles peatonales de su centro histórico donde, crímenes arquitectónicos setenteros aparte –que también los hay-, se pueden contemplar edificios soberbios, como el del número 20 de la calle Mayor, que aloja en sus bajos la decimonónica Farmacia Borau, o el pintoresco porche que se asoma frente a la catedral y cobija el paraíso de los golosos, la centenaria confitería Echeto, donde hemos improvisado la merendola de mi familia. Qué dulce despedida.

Los miradores de Ordesa

Como nos daba entre pereza y grima formar parte de la marea de visitantes al Parque nacional de Ordesa y Monte Perdido, optamos por una alternativa para acercarnos hasta allí, si no a pie de valle, por lo menos desde las alturas, de modo que nos apuntamos al circuito clásico de http://www.miradoresdeordesa.com, una caminata de 9 kilómetros a 2.150 metros para otear la magnífica reserva protegida. Os la recomiendo al 200%.

Nos convocaron el martes un poco antes de las tres de la tarde en el Hotel Sorrosal, que es donde se hacen las reservas, y, después de abonar el importe -25 euros por plaza-, nos subimos los cuatro a nuestro vehículo, que compartíamos con otra pareja. Salva, nuestro empático y ameno guía, hizo las presentaciones pertinentes y, mientras arrancaba y salíamos de Broto, nos avanzó que el trayecto en coche se prolongaría durante unos 50 minutos montaña arriba.

Enseguida tomamos la carretera de Buesa y, cuando estábamos a punto de llegar a esa pedanía de Broto, giramos a la izquierda por la pista forestal. Salva nos explicó que hasta que no superáramos los 1.800 metros, atravesaríamos una densa y umbría zona boscosa.

Pasamos junto a la fuente del Paso del Onso –en aragonés, paso del oso-, de la que brota agua pura filtrada por la roca caliza de la montaña. A los pies de ese surtidor se pueden observar las pringosas hojas de la grasilla, nombre popular de la pinguicula grandiflora, una planta insectívora que crece allá donde rezuma el agua y se nutre de los incautos bichejos que se posan sobre ella. Un ácaro carroñero, que es inmune a sus jugos adherentes, se alimenta de los caparazones de quitina de los minúsculos cadáveres en un claro ejemplo de comensalismo.

Las interesantes lecciones de biología continuaron por el camino y Salva nos explicó que el boj –en aragonés bucho-, un arbusto de crecimiento lento, proporciona una excelente y duradera madera con que todavía trabajan algunos artesanos de Nerín. También nos desveló que el topónimo de Bujaruelo deriva de este pequeño árbol de hoja perenne.

Otro vegetal ligado a la flora local es el rosal silvestre, cuyas flores de cinco pétalos son las madres de todas las rosas, de modo que, si nos molestamos en contar los pétalos de la corola de cualquier rosa, siempre obtendremos un número múltiplo de cinco -por lo menos eso le aseguró a Salva un jardinero-. El fruto del rosal silvestre es el escaramujo, conocido popularmente como tapaculos por su poder astringente.

Cuando superamos los 1.800 metros, cambiamos de paisaje y nos adentramos en los pastos alpinos, donde, a excepción del pino negro -el único árbol que crece a tan elevada altitud-, reina el erizón, también llamado cojín de monja o cojín de suegra, un matorral que se desarrolla en las cumbres de las sierras calizas. Los pastores solían reposar sobre estos espinosos y punzantes colchoncillos vegetales –obviamente, cubriéndolos primero con la piel de un animal-, ya que son muy mullidos y aislan de la humedad del suelo.

1.Vista_generalEn plenas cumbres alpinas nos apeamos del Land Rover y continuamos la ruta en agradable caminata. Nada más comenzar, las vistas eran ya sobrecogedoras. Estábamos en el techo del montañoso panorama y divisábamos, ante nosotros, el escultórico perfil de Mondarruego. A su izquierda se extendía el valle de Bujaruelo y a la derecha, el ala oeste del parque nacional, que en realidad abarca cuatro valles: el de Ordesa, con su concurridísima Cola de Caballo; el fluviokárstico cañón de Añisclo, cincelado por el río Bellós; la garganta de Escuaín, frecuentada por espeleólogos; y el valle de Pineta, donde brota el Cinca en espectacular cascada desde el glaciar del Monte Perdido. Por cierto, al famoso pico el nombre se lo pusieron los franceses porque desde su vertiente pirenaica queda oculto tras otras montañas galas y no pueden divisarlo. Vous avez déjà trouvé le mont perdu?

2.MiradorEl primer mirador al que nos asomamos quedaba justo a 900 metros por encima de la pradera de Ordesa. Podíamos apreciar los detalles de la apabullante orografía gracias a los prismáticos que nos prestó Salva, y tuvimos la suerte de ver a algunos buitres leonados sobrevolando la cascada de Catatuero -220 metros de caída, ahí es nada-. Se me nota la edad en que cuando oigo hablar de quebrantahuesos o de buitres leonados pienso en los legendarios programas de “El hombre y la tierra” de Rodríguez de la Fuente.

Proseguimos el itinerario por la pista forestal y observamos los líquenes adheridos a las rocas, prueba fehaciente de la pureza del aire. A nuestra derecha, en un roquedal que albergaba numerosas madrigueras de marmotas, avistamos a un par de estos animalillos.4.Fosiles

Un poco más adelante Salva nos mostró la abundante arena del camino y, sobre las rocas calcáreas, las huellas fósiles de caracolas, equinodermos y otros animales marinos. Eran los vestigios de Tetis, el mar interior que se desecó hace más de cinco millones de años.

5.Flor_del_SolEn un margen del camino nos topamos con una flor del sol, espléndida y radiante como la estrella que le da nombre. Antiguamente se usaba como amuleto y se colocaba en puertas y ventanas para impedir el paso de brujas y malos espíritus. No muy lejos de allí pudimos ver otra flor que, por su infrecuencia, atesoraba todavía más virtudes mágicas. Se trataba del edelweiss, la flor de las nie6.flordenieveves, una especie protegida que florece entre julio y septiembre y cuyo suave tacto recuerda al mullido tejido hibernal del forro polar. Cuenta la leyenda que era la mejor prenda de amor que un enamorado podía entregar a su amada: tenía que ir en su busca a 2.000 metros de altitud. Qué pasión.

Desde la ladera donde se ocultaban del sol las flores de nieve divisamos, frente a nosotros, el pico de Taillón y la Brecha de Rolando, una puerta geológica abierta en la cresta montañosa que solo es accesible en automóvil desde Francia, en las cumbres del circo de Gavarnie, cuya cascada cae desde más de 400 metros de altura.

7.ParquevistaSegún Salva, hace más de 40 años algunos vecinos de Broto pusieron dinero de su bolsillo para que la carretera llegara hasta la frontera desde el lado español. No obstante, el capital se volatilizó y las obras nunca se llevaron a cabo. Ahora ya es del todo inviable: el parque natural es territorio protegido, por lo que los valles del río Ara, sin pistas de esquí ni buena conexión con Francia, permanecen en estado de letargo, como las marmotas que pueblan estos pagos, desde noviembre hasta que llega la primavera. El invierno es largo, duro y solitario para quienes viven aquí.

Bordeamos un barranco al que ni me asomé por el vértigo, y casi me dio un soponcio cuando Mariola, que más que osada es arrojadiza, se acercó peligrosamente al borde del precipicio. Su padre la arrancó de ahí a riesgo de precipitarse en caída libre con ella a tropecientos metros de altura. Todavía tengo taquicardias cuando lo recuerdo. Sí, soy una histérica. En cualquier caso, mi recomendación es que nunca, jamás de los jamases, hagáis esta excursión ni con niños ni con adolescentes díscolos.silex

Conflictos familiares al margen, en los aledaños del despeñadero de mis horrores comprobamos cómo los nódulos de sílex afloraban de las rocas calizas. En el magma en que se formaron, el carbonato cálcico y el sílex nunca se acabaron de mezclar del todo, “como los grumos del colacao que no se terminan de disolver en la leche”, de modo que, cuando se solidificaron, quedaron así de burbujeantes. El agua erosiona la piedra caliza, pero no el sílex, por eso emerge a la superficie el secreto mejor guardado de esas rocas.

8.vista_dramaticaEl último mirador al que nos asomamos –esta vez sí, como el primero, contaba con un reconfortante parapeto de piedra- quedaba frente al circo de Soaso y el Monte Perdido. Más allá, oculta a nuestra vista, quedaba la famosísima Cola de Caballo, que conoceremos en otra ocasión -en agosto, lo dudo-.

Recorrimos los 9 kilómetros de regreso envueltos por la hipnótica luz del atardecer. A nuestro paso, algunas marmotas se escondieron mientras una adormecida oveja, extrañamente solitaria, se despertó asustada y empezó a trotar, desorientada, en busca de su rebaño.

Siempre queda alguna oveja descarriada. Perdida. Desnortada. Lo importante es que sepa –y quiera- regresar al redil.

Desde el puente de Bujaruelo hasta el vado de Ordiso

Confieso que esta mañana se nos han pegado las sábanas. La primera noche pirenaicamente fresca, de esas que te acurrucas como un gato, te fundes con la cama y te tapas hasta la nariz, nos ha sumido en un sueño tan profundo como reparador.

“¡Cielos, pero si son las nueve!” Los dos adultos de la casa hemos saltado de la cama como empujados por un resorte, simplemente era tardísimo para la excursión que habíamos previsto. No obstante, como todo tiene su lado bueno, justo porque eran ya esas horas Ángela se ha apuntado a venir con nosotros. Mariola, en permanente modo adolescente, solo se ha movido para darse la vuelta sobre el colchón, ovillándose más si cabe, y darnos la espalda. Como no era plan de empezar el día, además de tarde, de mal rollo, no hemos insistido demasiado y nos hemos ido sin más.

Hemos desayunado los tres en el Refugio de Bujaruelo para iniciar desde allí el ascenso hasta el vado de 3.OrdisocascadaOrdiso. Hemos atravesado el popular puentecillo de piedra para tomar la senda que costea el río por la derecha y, antes de llegar al puente de Oncins, hemos subido por la pista forestal que conduce al valle de Ordiso y Vignemale.

El tramo más duro de esa pista es el primero: una cuesta muy empinada invita a desistir nada más empezar –de hecho, Ángela ha hecho el amago de abandonar-. Sin embargo, el resto del camino es tan fácil como placentero. A la izquierda se puede ir contemplando el magnífico desfiladero, con las pozas y los saltos del río Ara alternándose al fondo. Por la derecha, el agua que a veces va cayendo por la pared del barranco y la cascada del Pich refrescan el ánimo y la vista.

Durante un trecho, un imponente hayal nos ha amparado bajo su apacible sombra. A lo largo del camino hemos podido advertir también encinas, álamos y abedules, que se iban colando entre la frondosa abundancia de pinos y abetos para poner a prueba nuestras básicas nociones de botánica -menos 2.Ordisohayasaula y más paseos de observación por el bosque, por favor-.

Al cabo de una hora desde que hemos salido de Bujaruelo, hemos llegado al refugio del vado de Ordiso. A sus pies, un pequeño puente de cemento feúcho y decrépito nos ha permitido pasar al otro lado del río para comprobar que, tras la tormenta del fin de semana, las aguas bajaban a ariscas –por lo gélidas- temperaturas: permanecer con los pies sumergidos era lo más parecido a caminar descalza por una pista de hielo.

4.OrdisocascadafinalAntes de desandar el camino para regresar, hemos permanecido allí media hora larga, relajados, escuchando el murmullo burbujueante del torrente y saboreando la fruta que llevábamos. Unos, tomando el sol, otras –yo misma-, soslayándolo: no sin mi paraguas -más bien quitasol-, en plan turista japonesa. Un día de estos me haré con una sombrilla de dama antigua y, en mis paseos por la montaña, causaré sensación.

El parque faunístico de Lacuniacha

A petición de Ángela hoy hemos abandonado el Sobrarbe y nos hemos adentrado por unas horas en la Jacetania. Hemos atravesado el túnel de Cotefablo y el río Gállego para acercarnos hasta Piedrafita de Jaca a visitar el parque de Lacuniacha, tremendo palabro que usaban los lugareños para referirse a la laguna natural que antaño cubría lo que hoy es un prado de bisontes. Me imagino el diálogo durante el que se gestó:

-Pero hijo mío, ¡cómo te has puesto de barro los zaragüelles!

-Es que he estado persiguiendo ranas, mamá…

-¡Pues no te acerques más a la lacuniacha esa, que todavía no se ha inventado la lavadora!

Lacuniacha es un monte boscoso tapizado de helechos donde los animales -desde grandes herbívoros como corzos, muflones o renos hasta predadores como linces y lobos- campan bastante a sus anchas, cada especie en su perímetro delimitado, aunque está a años luz del maravilloso parque de Cabárceno, en Cantabria. Los visitantes siguen un itinerario pautado a través de una senda no apta para sillas de ruedas ni carritos de bebé: el firme es suelo pedregoso y algunos tramos son muy empinados. Aunque advierten que se necesitan unas tres horas para recorrer todo el recinto, sin peques de corta edad bastan dos horas y media para completar el circuito.

gamos1En Lacuniacha hemos comprobado de primera mano que las manchas blancas del pelaje de los gamos, que desaparecen en cuanto llega el invierno, les ayuda a camuflarse mejor: imitan el juego de luces y sombras que filtran las hojas de los árboles en el sotobosque. Mientras los observábamos, las blancas pestañas de una frágil hembra albina aleteaban lánguidamente.

A veces las reservas de animales creadas por el hombre son el último reducto para intentar salvar algunas especies. El lince boreal –qué hermoso su felino movimiento- es una especie en peligro de extinción, lo mismo que el oso pardo europeo –en el Pirineo ya ha desaparecido, tan solo sobreviven algunos ejemplares en Cantabria y en Escandinavia- o el lobo. Que, por cierto, es el único enemigo natural de los poderosos ciervos –escopetas de cazador aparte-. De hecho, hubo un tiempo en que los antecesores de nuestros perros se alimentaban de los cérvidos más viejos y de los más débiles, con lo que ayudaban al equilibrio del ecosistema y a fortalecer la especie.

La zona más elevada del parque faunístico es el mirador de Telera, al que se asciende por una cuesta muy pronunciada. Un agradable banco de madera, al cobijo de un frondoso pino, permite tomar aliento antes de retomar el recorrido.

Un poco más allá, andaba yo tan concentrada en fijar los ojos entre la maleza para distinguir a los animales que, sin darme cuenta, he pisado una babosa –había muchas, quizás por la lluvia de ayer-. Ángela ha tenido un pequeño disgusto porque las encuentra muy monas –qué niña tan friki-, a ver si le va a dar por adoptar una y traérmela a casa, con el asco que me dan.

cabra_montesaMientras se desarrollaba nuestro pequeño drama familiar, un paseante un poco despistado ha confundido una cabra montesa con un rebeco. Ya puestos, como el animal se había encaramado a una roca, lo mismo podría haber pensado que era la cabra de la legión –que tampoco es una cabra y en realidad es un carnero-. En fin.

Más adelante, desde el mirador que hay encima de la pradera de los bisontes europeos, hemos podido contemplar una radiante panorámica de la sierra de Tendenera. Sí, la misma que enmarca el valle de Otal, pero desde el otro lado. Hoy parecía que las nubes brotaran del pico de Peña Blanca.

caballos2A partir de ese punto, ya hemos empezado a bajar. Y entonces, sí, hemos podido contemplar, por fin, los hermosos caballos de Przewalski, extintos en estado salvaje desde 1970. No obstante, gracias a que se conservaban algunos ejemplares en cautividad, han podido ir reintroduciéndose de nuevo en su hábitat natural, las estepas de Mongolia, aunque el mayor peligro que corren es su hibridación con caballos domésticos.

El recorrido de Lacuniacha finaliza con la guarida de los lobos, unos animales fascinantes, sociales y monógamos: en época de celo el macho corteja a la hembra y, si ella lo acepta, permanecen juntos para siempre. “Claro, por eso los hombres-lobo solo se enamoran una vez en la vida”, ha reflexionado Ángela al saberlo. Mis dos hijas están ahora en plena fase de películas y novelas pobladas de seres fabulosos. No obstante, ahora mi cachorro mayor ha empezado a leer “La sombra del viento” de Carlos Ruiz Zafón, por su propia iniciativa. Cuánto me conmueve verla crecer.

Acoso y derribo en Jánovas

20080708103743-janovas202-203Hasta hace poco más de 50 años, Jánovas era una de las más prósperas poblaciones del Sobrarbe. Las cercanas aguas del río Ara facilitaban que las huertas de su vega fueran pródigas, sus pastos jugosos y sus cosechas abundantes. Tenían la escuela repleta de críos y una preciosa iglesia románica que preservaba sus antiguas pinturas murales. Pero ya sabemos qué sucedía con las cuencas fluviales caudalosas durante las aciagas tinieblas de la ignominiosa dictadura: donde se posaban los ojos de las compañías eléctricas, no volvía a crecer la hierba. Literalmente, porque las tierras quedaban anegadas bajo las aguas. Nunca habían suficientes presas para contener aquel ímpetu hidrológico.

En 1961, a fin de construir un pantano, otro más, Iberduero –hoy Iberdrola, o, como dice un amigo mío, Ibertrola- solicita la expropiación forzosa de tres poblaciones, Jánovas, Lacort y Lavelilla, y de una importante extensión de cultivos de regadío y tierras de secano de otras aldehuelas. Sin escatimar en medios tan persuasivos y dialogantes como dinamitar viviendas, cortar el agua o recurrir a la benemérita, finalmente Iberduero se adueña de todos los bienes y derechos afectados. No obstante, algunas familias irreductibles se niegan a abandonar sus hogares –¿sus vidas?- hasta que no vean crecer las aguas ante sus ojos, de modo que el pulso se prolonga durante años.

El advenimiento de esta pseudodemocracia nuestra, heredera del franquismo, no supone grandes cambios para los vecinos afectados por el proyecto de embalse. Los más obstinados –concretamente, los Garcés Castillo- resisten hasta 1984, pero la burocracia se dilata: hasta el 2005 no se desestima legalmente la construcción del pantano y hasta el 2008 no se conmina a iniciar el procedimiento de reversión, que finalmente empieza a materializarse en 2013, cuando nueve familias firman con Endesa –la compañía que tiene entonces la concesión hidroeléctrica- la devolución de las tierras y de las casas. O de las ruinas, tal es el estado deplorable en el que están.

Hoy hemos querido acercarnos a visitar Jánovas para comprobar de primera mano cómo están recuperando el pueblo los descendientes de aquellas aguerridas familias del “no nos moverán”. Sin embargo, el paso desde la N-260 estaba cortado por obras –espero y deseo que sean trabajos de mejora para esta indomeñable aldea, digna de Uderzo y Goscinny- y el acceso por la pista forestal que parte desde la carretera de Planillo, impracticable por la tormenta de las últimas horas, ni en 4×4 con el firme tan embarrado. Hemos intentado acercarnos a pie, en agradable paseo campestre, pero nos ha atacado un enjambre de pseudotábanos enloquecidos por la lluvia, así que finalmente nos hemos dado por vencidos. ¿Nos perseguirá alguna misteriosa maldición ibertrólica?

portada_janovasEn fin, espero poder visitar Jánovas algún día. Entre tanto, intentaré hacerme con algún ejemplar de “Jánovas, víctimas de un pantano de papel” de Marisancho Menjón: la historia de las personas siempre me ha parecido más interesante que la historia oficial.