Ventiscas y aguaceros en el Delta del Ebro

Estos últimos días de noviembre tocaba fin de semana de chicas. Aunque nuestra escapada estaba prevista para septiembre, el repentino infarto de mi marido pospuso el deseado encuentro hasta ahora. Lo bueno es que nos libramos de moscas y mosquitos –en verano aquello tiene que ser un auténtico infierno-. Lo malo, que hemos convivido con un atípico temporal que nos ha aguado un poco la estancia. Lo que no ha impedido que fabricáramos serotonina como locas.

Deltebre está a hora y media de Barcelona y a tres horas y media de Andorra, así que Iciar y yo llegamos a media tarde del viernes y Chantal y Meri, sobre las once de la noche, pero todas sin luz solar, discurriendo lentamente entre acequias y arrozales, sin divisar gran cosa más allá de nuestras narices.

Habíamos alquilado una de esas típicas casitas que los ancestros de los lugareños levantaban con cañas, madera de olivo y eucalipto, arena, barro y paja a través de http://www.barracadesalvador.com, la página web de Josefa, que nos vino a buscar a la salida de Deltebre para que no nos perdiéramos. Nuestra barraca era la que ellos llaman La Isla, porque está rodeada de canales y se accede a ella a través de un encantador puentecillo de madera. Nos dio la bienvenida una familia de gatos que ha pasado el fin de semana intentando colarse en nuestro hogar provisional. Una chimenea de hierro colado nos ayudó a caldear el ambiente a toda velocidad: al ser una construcción de barro, en cuanto prendes el fuego, el interior se convierte en un confortable hornillo.

Mientras Iciar y yo esperábamos a que llegaran nuestras amigas andorranas, oímos un leve ruido entre las estanterías de obra de la cocina. Tras buscar unos minutos sin demasiado éxito, por fin descubrimos de dónde procedía: junto con la leña habían entrado unos diminutos ratoncitos de campo. Encantadores. Monísimos. Pero la sola idea de pisar algo blando y con patitas al ir al baño a medianoche nos dio mucha grima. Así que llamamos a nuestra anfitriona, quien nos trajo una trampa para ratones y nos animó a que dejáramos entrar a uno de los gatos. Mamá gata entró, husmeó buscando los pequeños roedores, los cazó hábilmente cual leona de la sabana y entregó sus presas a sus cachorros, que parecían muy hambrientos. Como un episodio de “El hombre y la tierra” de estar por casa.

Contratamos el servicio de catering que nos ofreció Josefa y a las nueve de la noche apareció el cocinero cargado de ricas cositas caseras. Si vais al Delta del Ebro y os alojáis allí, de verdad, no lo dudéis ni un minuto: la comida es excelente y abundante y los precios, muy asequibles.

El sábado el día se levantó nublado, pero todavía contábamos con cierto margen para pasear. Josefa nos había señalado en un mapa los lugares que se podían visitar incluso con tan mal tiempo, así como algunos restaurantes donde almorzar. Con nuestras instrucciones en mano, después de desayunar en casa nos dirigimos a la mayor laguna del Delta, L’Encanyissada.mapa_delta

Nos detuvimos en la Casa de Fusta, un punto de información donde una amable señora nos dio algunas indicaciones que se adaptaban a nuestras circunstancias. En una de las treguas de la pertinaz lluvia pudimos pasear por un tramo del perímetro de la laguna de agua salada y, gracias a la didáctica cartelería del camino, que informaba sobre la fauna y la flora locales, supe que unas aves que habíamos avistado mientras nos dirigíamos allí eran garcetas, y no cigüeñas enanas –como veis, mis nociones de ornitología son bastante rudimentarias-. L’Encanyissada está jalonada por miradores desde los que se pueden observar las aves que en esta época del año huyen del norte de Europa para disfrutar del invierno mediterráneo. Igual que los jubilados alemanes.

Cerca de allí, dejando atrás Poblenou del Delta y La Tancada –que estuvo unida a L’Encanyissada hasta que los años y el cultivo de arroz la segregaron de su hermana mayor-, el istmo de El Trabucador extiende su lengua de arena de 100 metros de ancho hasta la pequeña península de La Punta de la Banya, que solo se puede visitar –a pie- del 15 de julio al 15 de septiembre. En cualquier caso, ayer era imposible acercarse siquiera a El Trabucador, que cuando hay mala mar es literalmente engullido por la Badia dels Alfacsbahía de los alfaques-, el mayor puerto natural de Europa. O eso dicen ellos.

Se acercaba la hora de comer, así que decidimos dirigirnos hacia la desembocadura del Ebro para almorzar en Casa Nuri, una de las recomendaciones de Josefa. Tienen otro restaurante en la carretera de Riumar, Lo Mas de Nuri, que ayer estaba cerrado. También ostentan un negocio de cruceros por el Delta y otro de alquiler de bicicletas. Lo gracioso es que, leyendo su historia en su página web, compruebo que la cosa empezó en 1973 con un chiringuito en el paso hacia la Isla de Buda. Así que puedo teletransportarme a mi más tierna infancia y visualizarme, con nueve años, encaramada en el tosco transbordador con mis compañeras de 4º de EGB, mientras nos observaba la señora Nuri Puell Franch desde su tabernilla. Quién sabe, quizás le sirvió algún refresco a alguna de mis “seños” –sí, entonces a las maestras las llamábamos señoritas, qué horror-.

Pero regresemos a 2014, a nuestro opíparo almuerzo de ayer. A pesar de que en Casa Nuri disponían de una amplia variedad de arroces, nos decantamos por la recomendación del camarero y optamos por pescado fresco. “Del terreno”, como le llaman allí. Qué graciosos. Compartimos una ensalada de queso de cabra y unas almejas servidas en su cazuela -el doble de las que nos hubieran ofrecido en Barcelona-, y luego una dorada con un sofrito de frutos secos y jamón ibérico y una lubina con marisco del Delta. Aunque no nos cupo el postre, igualmente acabamos con un dulce sabor de boca, porque nos invitaron a un chupito de licor de crema de arroz, cuyo sabor recuerda bastante al de crema catalana.

Nuestra mesa tenía vistas al embarcadero desde donde parten las excursiones fluviales por los aledaños de la Isla de Buda. No obstante, ayer preferimos estirar un poco las piernas por el muelle y luego, como aquel paseo se quedó corto, por el litoral de Riumar.

Antes de regresar a nuestra barraca callejeamos brevemente por Amposta –en mi opinión, una visita obviable-, que forma parte de una de las frases que aprendí de carrerilla cuando era niña: “El Ebro nace en Fontibre, provincia de Santander, y desemboca en Amposta formando un delta”. Lamentablemente, muchísimos años después, mis hijas continúan memorizando datos absurdos. Les siguen enseñando la lengua como objeto de estudio, y no como instrumento de comunicación. Y les obligan a volcar información en exámenes inverosímiles, como si fueran pequeños discos duros con piernas. Qué poco hemos avanzado desde mi excursión escolar al Delta de hace casi 40 años. O cuánto más podríamos haberlo hecho.

Esta mañana el día ha amanecido borrascoso. Hemos decidido regresar temprano para intentar soslayar la climatología adversa durante el camino de vuelta –en vano, nos han atacado fuertes ráfagas de viento y lluvia- y claro, el fin de semana me ha sabido a poco. Aunque se han prodigado las risas y los abrazos, me han faltado más. Siempre es así cuando veo a mi querida Chantal, tan cerca de mi corazón y tan lejos de mi día a día.

La distancia no es el olvido, pero escuece. De modo que, ¡hasta muy pronto!

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Tres días muy intensos en Pozuelo de Alarcón

060314-Kinépolis-Sala-25-06_0Eso de tres días en Pozuelo es un decir, porque lo cierto es que han sido tres jornadas laborales maratonianas, durante las que apenas me he movido de la Ciudad de la Imagen. Cosas de permanecer entre las bambalinas de una convención.

Como curiosidad, quisiera compartir aquí un artefacto que me ha parecido sensacional: el espejo de aumento con luz nocturna. Me explico. La primera noche en Pozuelo, que fue eterna, llegué agotada a la habitación del hotel y caí en la cama fulminada por el agotamiento, aunque mi cerebro, que no tiene interruptor –con lo bien que me iría tener instalado uno-, se quedó funcionando a toda máquina durante un buen rato. Y en esas que veo que, desde el cuarto de baño, se proyecta sobre el parqué un haz luminoso tipo Poltergeist -“¡camina hacia la luz!”-. Así que me acerco a cotillear y veo, oh sorpresa, que el perímetro del espejo de aumento –sí, el que pone en evidencia las arrugas y esos pelos a los que les da por brotar en los rincones faciales más inverosímiles- es una aureola incandescente. Qué práctico, a ver si me puedo hacer con uno de esos aparatejos para tenerlo en casa. Sería lo más.

El hallazgo de mi segunda noche –la que tocaba desmelenarse un poco tras dos jornadas de infarto- fue tan terrenal como estratosférico: mi querida Eva, siempre fabulosa, decidió que nos merecíamos un homenaje, así que le pidió a nuestro hombre de recursos, Xavi Barenys, que buscara un buen restaurante en Pozuelo. Por supuesto, lo hizo. Y con nota. Zurito, en el número 2 de la calle Lope de Vega –de Pozuelo, que no de Madrid-, es un restaurante de decoración un poco trasnochada –demasiada moldura de madera por todas partes- donde, no obstante, el servicio es afable y acogedor y la carta, memorable, que al fin y al cabo es lo que verdaderamente importa.

A veces pasa que, cuando pruebas un restaurante, hay platos que son sublimes, pero otros simplemente correctos. Pues no. En Zurito, todo, absolutamente todo lo que tomamos, estaba exquisito: jamón ibérico de bellota recién cortado, alcachofas confitadas con vieiras, trompetas de la muerte y lenguas de vaca -me refiero a las setas- sofritas con jamón ibérico y aderezadas con yema de huevo en el momento de servir, bolitas de risotto de calamar, merluza rellena de erizo y espinacas, cocochas de bacalao al pil-pil, chuletón de ternera a la brasa, tan tierno que se fundía en la boca… ¡Espectacular!

Así que ahora, ya en casa, me quedo con ese sabor de boca y decido que Pozuelo de Alarcón sabe a crema de níscalos y chips de morcilla de arroz, con permiso de los millonetis que viven allí.

Y os dejo con un poco de publicidad de la buena. Tuve el placer de descubrir este spot en la susodicha convención -no se emite por televisión- y me encantó. Lo protagonizan los habitantes de Valdelinares, espero que os guste.

http://www.guardianesdelinvierno.es/

La venganza del boquerón

Esta semana, a raíz de una reflexión en voz alta que publicó la bloguera Pi, recordé este cuento cruel de hace 10 años -ya no ejercito ese minigénero, más que literario, terapéutico-. Así que lo comparto aquí para quien quiera leerlo. Visto desde la distancia, reconozco que fui un poco bruta y hoy creo que no lo hubiera escrito así, pero debo decir que en su día me fue la mar de bien para desahogarme.

“¡Madre sólo hay una, pero aquí ya hay doce!”, exclamó furiosa Doña Testosterona cuando Candela le comunicó su recién estrenado embarazo.

Doña Testosterona no se llamaba así, pero ya nadie se refería a ella por su auténtico nombre. Peor aún, eran muy pocos quienes todavía lo recordaban. Doña Testosterona era una mujer de rostro enjuto, eterno ceño fruncido, boca tortuguil y gesto hosco, tanto, que había quien, cuando por fin lograba cambiar de trabajo y perderla de vista, la recordaba con móviles verrugas pululando por su cara.

Inexplicablemente, Doña Testosterona había parido cinco criaturas que crecían rodeadas de cuidadoras, asistentas y mucamas, misterios de La Obra. Durante los primeros años de su matrimonio había practicado el sexo de forma convencional con su aún más convencional marido, pero tras el nacimiento de su último hijo, Doña Testosterona decidió ceñirse estrictamente al sexo oral: estaba convencida de que si engullía el esperma de su consorte autoestimularía su masculinidad. En ese secreto de alcoba radicaba el éxito de una pareja aparentemente inverosímil, ¿cuántos hombres darían lo que fuera por compartir su vida con una mujer que estuviera permanentemente dispuesta a succionar su glande y tragarse hasta la última gota de su semen?

Candela era el reverso de Doña Testosterona. De hecho, Doña Testosterona era el reverso de todas las mujeres que trabajaban en su empresa y de la inmensa mayoría de los hombres. Sin embargo, se daba la desafortunada circunstancia de que Doña Testosterona era la presidenta.

“¡Qué! ¿Y también pedirás jornada reducida después de tus 16 semanas de vacaciones?”, continuó fuera de sí Doña Testosterona, que por supuesto nunca había completado sus bajas maternales. Sólo había faltado lo justo para recuperarse tras cada cesárea, que siempre había programado después de estudiar minuciosamente su apretada agenda, como quien hace un hueco para un simposio o un seminario.

Desde aquel día, Doña Testosterona le retiró la palabra a Candela, como ya había hecho en su día con las otras once mujeres que habían osado acogerse a una ley que algún pusilánime, o algún anarquista infiltrado en el gobierno, vete tú a saber, había pergeñado. A ellas dejó de hablarles en cuanto regresaron de su baja maternal, pero a Candela decidió fulminarla con el látigo de su indiferencia desde el instante en que supo que su útero albergaba un engendro que desbarataba todos sus planes.

Candela había sido su discípula, su mano derecha, su gran apuesta de futuro para abrir delegaciones en París, Roma, Bruselas, Valdemorillos del Monte… ¿Cómo se atrevía a manifestarle, con lágrimas en los ojos, que quería ver crecer a su hijo arropado por sus abuelos y mecido por el sol y la brisa del Mediterráneo?

Candela lloraba y reía a la vez mientras daba rienda suelta a sus emociones como nunca antes lo había hecho, por lo menos en su augusta presencia. Doña Testosterona no daba crédito a lo que estaba viendo y escuchando, así que llegó a la conclusión de que Candela se había trastornado, sobre todo cuando constató que su jornada laboral pasó de sus 12 o 13 horas diarias a las 8 reglamentarias que estipulaba su contrato, el convenio de su sector y el Estatuto de los Trabajadores.

El día a día de la empresa transcurría como de costumbre, con todos los empleados cumpliendo su cometido con diligencia y eficacia y Doña Testosterona haciéndoles perder el tiempo innecesariamente. “Roberto, no me has informado de que has grapado ese informe”, le comunicaba solemnemente al agraciado, y aprovechaba para largarle un discurso infumable. La víctima se entretenía en contar cuántas veces incluía en su perorata “Digamos que…”, una muletilla que aprendió en un curso por correspondencia, “Tú también puedes hablar en público y hacer punto de cruz”. El récord lo tenía una bronca al contable, con 23 “Digamos que…” en su particular contador.

Una mañana, Candela llegó llorando. Cuando Doña Testosterona la vio, no pudo -no quiso- disimular su fastidio. Candela entró a su despacho para contarle, entre sollozos, que había perdido al bebé. La cara de Doña Testosterona sufrió una instantánea transmutación, se le escapó un extraño rictus que se parecía sospechosamente a una sonrisa y sus ojos brillaron con maliciosa intensidad. Candela la observó, codificó en su memoria su aviesa reacción y, en ese mismo instante, decidió que su venganza sería terrible. Implacable. Memorable. Y se acordó de Mae West: “Cuando soy buena, soy buena; cuando soy mala, soy mucho mejor”.

Al día siguiente, Candela apareció en el despacho vestida de Rafaella Carrá y cantando “Para hacer bien el amor hay que veniiiiiir al sur, para hacer bien el amor iré donde eeeeeestás tú…”. Luego, entró a saludar a Doña Testosterona, le dio el abrazo más fuerte que había dado a nadie jamás y le estampó un sonoro beso en la mejilla. Doña Testosterona se quedó paralizada. Le repelía el calor humano. Detestaba las demostraciones de afecto. Odiaba las carantoñas, los mimos, la ternura. Y, por supuesto, que alguien osara, no sólo tocarla, sino además abrazarla y besarla, le provocó tal ataque de pánico que tuvo que correr al baño a vomitar.

Doña Testosterona intentó despedir a Candela, pero la empresa no era suya, es lo que tiene la aldea global. El departamento de recursos humanos verificó que Candela, como trabajadora, era infinitamente más rentable que cualquiera de sus compañeros. Su extravagante manera de vestir y su exótico comportamiento se podía pasar por alto perfectamente si mantenía sus buenos resultados. Al fin y al cabo, ella no tenía relación directa con ningún cliente, así que, ¿qué problema había?

Candela cambiaba de indumentaria cada nueva jornada laboral, ayer de Bárbara Rey, hoy de azafata de United Airlines, mañana de cupletista. Lo que era tan inmutable como la insondable inmensidad del universo, era aquella fascinante combinación de abrazo y beso matutino que tanto enervaba a Doña Testosterona. Cuanto más empeño mostraba la víctima en zafarse, más estridentes eran los aullidos de Candela: “¿Y a quién le importa lo que yo hagaaaaaa? ¿A quíén le importa lo que yo digaaaaaaa? Yo soy así, así seguiré, nunca cambiareeeé…”, y más sonoro era el ósculo que literalmente adhería, a modo de ventosa, en alguna de sus angulosas mejillas.

Tras su aparente enajenamiento mental transitorio, Candela ocultaba un plan que había urdido con rencoroso rencor. Un boqueróndía fue a su pescatera habitual y le pidió un kilo de boquerones: “Hoy pónmelos tal cual, voy a hacerlos en vinagre y prefiero limpiarlos yo misma en casa”. Ya en su cocina, se dedicó a destriparlos con mucho mimo, y a amontonar los boquerones limpios en una bandeja para dejarlos en vinagre toda la noche. Los despojos los iba depositando, con el mismo cuidado, en una pequeña fiambrera que luego guardó en la nevera. A medianoche metió la fiambrera en su bolso, se lo colgó del brazo, salió de casa y, no sin antes asegurarse de que ya no quedaba nadie allí trabajando, entró en las oficinas de su empresa utilizando para ello las llaves que la mismísima Doña Testosterona le había entregado no hacía tanto tiempo, aunque a Candela las semanas transcurridas le parecían más de mil años.

Ni siquiera tuvo que preocuparse por las cámaras de seguridad del edificio. Gracias a la mala gestión de Doña Testosterona, eran tan habituales las horas extras no remuneradas, que ningún empleado que paseara ante ellas en la franja horaria nocturna llamaría la atención de nadie, ni siquiera Candela, quien, siguiendo con su estrategia de simular una locura repentina, iba disfrazada de puta transexual, con una llamativa verga hipertrófica sujeta a la entrepierna como complemento. Pensó que era una bonita metáfora que simbolizaba, por un lado, la prostitución de su cerebro en el lupanar de esa atípica madame que era Doña Testosterona y, por el otro, cómo la iba a sodomizar con su fétida venganza.

Así que, una vez dentro, se encaminó hacia el despacho de Doña Testosterona. Abrió la puerta con los guantes de goma que usaba para fregar los platos, para no dejar huellas. Con la ayuda del mismísimo abrecartas de Doña Testosterona, desencajó el zócalo que ocultaba todo el cableado y, siempre con sus guantes de cocina bien puestos, introdujo las tripas de los boquerones muy, muy adentro, mientras se alegraba de que sus manos fueran tan pequeñas. Luego volvió a cerrar el tapacables y salió de allí a toda prisa, sintiéndose ligera, libre y liviana como un diente de león en un torbellino de viento.

Al día siguiente, apareció en el despacho de Doña Testosterona disfrazada de odalisca, pero esta vez se detuvo en seco a medio metro de ella. “Huy, hueles a perfume barato, ¿ahora te pones Cucal?”, le espetó con cara de asco mientras se alejaba de allí, contoneándose y jugando con uno de los rizos de su melena. Lo bueno de su papel de perturbada es que podía cambiar los matices de su interpretación de manera voluble y caprichosa.

Desde aquel postrer encuentro, Candela cesó su asedio matutino. Al principio Doña Testosterona se sintió tan sorprendida como aliviada. Sin embargo, empezó a preocuparse porque notó que todos los empleados evitaban, cada vez con menor recato y disimulo, acercarse a más de cinco metros de su despacho. Ella, que padecía una atrofia pituitaria congénita, no percibía el putrefacto hedor que desprendía su cubículo, aunque se impregnaba de él de tal modo que, no ya sus retoños, que apenas la conocían, incluso su marido empezó a esquivarla.

La naturaleza siguió su curso y, muy pronto, los conductos del aire acondicionado del edificio empezaron a desarrollar unas membranas viscosas de aspecto indefinido. Era tal el poder corrosivo de aquel conglomerado de podredumbre que empezó a afectar la estructura de hormigón hasta sus cimientos, así que Candela, que era ingeniera de caminos, canales y puertos, calculó con total exactitud cuándo podría desplomarse aquel lugar maldito, o aquel maldito lugar, según se mire.

Como conocía a la perfección a Doña Testosterona, sabía que el último domingo de cada mes, de madrugada y a solas consigo misma -de hecho, siempre lo estaba, aun en una multitud-, aprovechaba para entrar en los ordenadores de todos sus empleados, con nocturnidad y alevosía. Aquella noche de luna llena, el edificio sólo necesitó una pequeña ayuda para derrumbarse.

Candela llegó vestida de Camilo Sexto con un equipo de música dolby-sensorround que depositó en la misma entrada. Luego se alejó unos cuantos metros de allí y, cuando accionó el mando a distancia, los altavoces megavoltaicos empezaron a atronar al vecindario: “Y ya no puedo más, ya no puedo más, estoy harto de ver siempre la misma histooooooooria…”.

Mientras regresaba paseando hacia su casa, Candela oyó un estruendoso estrépito tras ella, pero ni siquiera se giró. Simplemente se sacó la peluca y empezó a cantar: “Ella no quiso ni mirar, nunca daría marcha atrás, una y no más Santo Tomás…”.

El primer día del resto de tu vida

Pilar, tenías que llamarte así. Durante cuatro décadas repletas de vicisitudes –la peor, perder al padre de tus hijos por el camino-, has sido el alma de Cortacans, un pilar que ha sostenido el tejido social del barrio desde el número 24 de la calle Craywinckel. Tu sonrisa incondicional, tu mirada risueña, tu eterno corazón de niña y, sobre todo, tu valioso talento innato de gran nave nodriza, me han hecho sentir como en casa en cuanto he pisado el umbral de la entrada de tu establecimiento. Y es que, cuando estoy en ese refugio que has sabido crear, me reconforta tener la certeza de que allí puedo ser yo misma, sin trampa ni cartón.

Hay razones objetivas para adorar la cafetería-charcutería Cortacans, y todas son el fruto de acertadas decisiones tuyas. Que los bocadillos estén generosamente repletos de relleno -fuet cortado en finísimas lonchas y dispuesto en varias capas, atún acompañado de pimiento escalivado casero y aceitunas, láminas de jamón de york que se deshacen en la boca, coronadas por un sabroso queso manchego…-. O que en las estanterías haya de todo un poco, pero siempre primorosamente seleccionado -yogur llegado desde Grecia 0% materia grasa, exquisitos marrons glacés preparados por vosotros mismos, patatas chip gallegas, las insuperables anchoas del Cantábrico Codesa, monorraciones de verduritas al vapor envasadas al vacío y listas para tomar…-. O que todo el personal, complementario en su diversidad de habilidades, atienda siempre con diligencia y cortesía.

Hoy, primero de noviembre y superfestiva jornada de difuntos -un día inmejorable para dar por finalizada una etapa e iniciar otra-, es el primer día de tu nueva vida. Tú, que abandonaste el Albaicín de tu Granada natal hace tantísimos años, que olvidaste la maleta en el tren huyendo de aquel escenario parisino que retratara con más o menos acierto “Las chicas de la sexta planta”, que te enamoraste de Joan, un maestro panadero de Terrassa, y fundaste con él no solo una familia, sino todo un proyecto de vida que continuaste cuando él falleció, que trabajaste de lunes a domingo sin desfallecer, echándole tu entusiasmo, tu energía y todas las horas del mundo a las fechas más señaladas, empiezas hoy el merecido reposo de la guerrera junto a Rafa, tu compañero. Tú, que has luchado tanto, tantísimo, que te has hecho a ti misma desde la atávica sabiduría del eterno femenino –pocas cosas me resultan tan odiosas como las mujeres que prosperan asimilando lo peor de los machos alfa dominantes-, empiezas hoy, con un cosquilleo de mariposas en el estómago similar al del amor adolescente, el retiro soñado. Por fin tendrás tiempo para disfrutar de tu terraza de azulejos andaluces, para pasear sin prisas por el parque de Vallparadís, para tomar clases de catalán y de otras asignaturas pendientes, para aprender a manejarte con el whatsapp –sí, por favor, hazlo- y, por descontado, para recorrer los mil y un destinos atesorados en el deseo durante tantos años.

Hoy dejas de ser Pilar de Cortacans para ser, por fin, tú misma, Pilar Cambil, apasionada viajera del pequeño y ancho mundo y gran amiga. Le digo adiós a la primera, pero a la segunda la saludo con un “hasta luego, nos vemos en Terrassa”.

Qué inmensa suerte haberte conocido, Pilar. Gracias por existir.