Dormir en un faro

No sé de dónde viene mi pertinaz fijación por esos vigías oceánicos, en general odio la playa porque soy más de tierra adentro. Claro que el mar salvaje es otra cosa: me fascina observar cada movimiento brusco del oleaje contra las rocas y contemplar cómo acecha la tormenta desde el cielo procelosamente plúmbeo, henchido de rayos y truenos.

faroDormir en un faro era un deseo largamente codiciado pero nunca cumplido, de modo que hace trece meses decidí finalizar mi año de autohomenajes materializándolo. Husmeé y escarbé por los entresijos de Google y fueron cayendo alternativas en Holanda, Escocia y Croacia: ninguna igualaba siquiera el Phare de Kerbel, quizás porque estoy más acostumbrada a moverme por territorio galo y me manejo bastante mejor en francés que en inglés. Así que enseguida envié por correo electrónico mi petición de reserva e hice una transferencia con la paga y señal para bloquear la fecha. También planteé mis dudas por cibermensaje.

– Veo que el contrato de alquiler especifica que no están incluidas las toallas.

– Es que la gente se las llevaba, así que optamos por eliminarlas.

En ese momento pensé que, por el precio estipulado, bien podrían regalarnos no solo las toallas, sino también la tetera de la abuela. No obstante preferí no ponerme borde.

– Viajaremos con maleta de cabina y no dispondremos de espacio para toallas. Por favor, ¿sería tan amable de proporcionárnoslas?

– Está bien, lo indicaré en su dossier.

La primera noche cuesta una pequeña fortuna, pero para las sucesivas la tarifa es más normal, de modo que decidí que una duración de tres días sería ideal para amortizar mejor mi inversión. Y de paso la expedición milkilométrica.

El Phare de Kerbel se levanta en la costa del departamento de Morbihan, que en bretón significa mar pequeño, y para llegar hasta allí desde Barcelona hay que subirse a un avión de Vueling -la única compañía con conexión sin escalas- y luego alquilar un automóvil en el aeropuerto de Nantes.

El horario del vuelo Barcelona-Nantes nos obligó a llegar el día de Navidad y pernoctar en un Ibis Style cercano. Hasta la mañana siguiente no podíamos ir a por nuestro coche de alquiler y nos acercamos a una de las navettes que transportan pasajeros desde el aeropuerto hasta Nantes. Tras cruzar con él una breve conversación, el conductor, amabilísimo, se ofreció a acercarnos a nuestro hotel, aunque no se ubicaba en su ruta y tuvo que desviarse para acompañarnos. Sin embargo hizo mucho más que eso: rodeó la rotonda de la autovía y nos depositó en la mismísima puerta de nuestro alojamiento. Atómico.

El 26 por la mañana pedimos un taxi para acudir al aeropuerto a por nuestro coche de alquiler y su chófer corrigió –reiteradamente- mi forma de pronunciar Morbihan. “Bon, ça viendra”. Qué fácil es mofarse de la dicción ajena cuando la complejidad fonética de tu lengua materna te permite imitar cualquier sonido de cualquier idioma. Y no, no me estoy refiriendo al francés, sino al árabe. De hecho, nuestro segundo islamita políglota de la mañana nos atendió en el mostrador de Sixt en un castellano más que correcto. Además era joven y guapetón, a mis hijas les hubiera requetechiflado.

Hicimos las dos horas de conducción hasta el Phare de Kerbel del tirón. Madame Muin, el ama de llaves, nos acompañó hasta nuestro alucinante apartamento a ras de cielo. Subió los 126 escalones con pasitos cortos: era la segunda o tercera vez que lo hacía aquella misma mañana y se le notaba el agotamiento en el casi inaudible jadeo. Como para que se te olvide algo antes de alcanzar la cúspide.

vistas3Depositamos nuestras maletas, tomamos nota mental de las escuetas instrucciones y desandamos la caracoleante escalera para almorzar en Port-Louis, solitario en esa semana de vacaciones escolares de Navidad. Después, la larga y reparadora siesta en nuestro querido faro, mecidos por la tormenta. Y al despertar, acurrucados en nuestra cama, el devenir del atardecer, de la marea, de las gaviotas, de los matices que dibuja la luz en el paisaje. El mundo podía esperar. Por lo menos unas horas.

A unos sesenta minutos de nuestro singular alojamiento, en la playa de Port Maria de Quiberon, el oleaje trepa por los muros del muelle intentando agarrarse a ellos. Continuando por carretera hasta el último extremo de la Presqu’Île de Quiberon se llega a la Pointe du Congel, un paraje surcado por senderos de arena con vistas al Phare de la Teignouse, que se empezó a levantar en 1843 y empezó a funcionar un par de años después.

le café de mariaLa caminata al borde del mar nos abre el apetito. La placha gourmande de Le Café de Maria consiste en sopa de pescado, salmón, atún –se habían acabado las sardinas-, merluza, vieiras, langostinos, mejillones tan minúsculos como carnosos y un pequeño rodaballo. Todo tierno y jugoso, sin aderezos -ni falta que hace-. El sol nos acaricia a través de la ventana, pero resulta engañoso: en cuanto salimos del restaurante, la glacial ventisca nos azota como un cilicio.

Regresamos a nuestro faro por la Côte Sauvage de Quiberon, que orilla el océano sobre acantilados que hienden sus afiladas rocas en el abrupto oleaje. La arisca galerna es implacable y hiela hasta las ideas. Las sendas que serpentean por lomas y riscos se ven sorprendentemente populosas estos últimos días de diciembre. Es fácil imaginar que, en cuanto llegue la temporada alta, cada sendero acogerá tumultuosas romerías.

Otra deliciosa excursión que se puede hacer desde el Phare de Kerbel es visitar Aurey y su cautivador puerto, Saint-Gustan, que en coche quedan a unos 40 minutos. En Aurey se puede estacionar en la Place Notre-Dame, llegarse a la cercana Place aux Roues y continuar por la peatonal Rue du Belzic hasta la Rue Gachotte, jalonada de casitas con entramado de madera. Más allá, la empinada Rue du Château, con sus coquetas tiendas de artesanos, conduce al puerto de Saint-Gustan, donde ya habíamos recalado hace tres años durante nuestro viaje a Finistère en familia.

Como el obsequio de bienvenida al faro es una botella de champagne, no tenemos más remedio que comprar un par de docenas de ostras para hacerle los honores. Bretonas y del número 2, nos alternamos en abrir nuestros sabrosos bocados de mar con la habilidad que nos otorga un práctico tutorial de menos de un minuto. Que viva Google.

El sol de invierno bretón no calienta, tan solo irradia su fría luz septentrional para crear un trampantojo: estamos a -1 °C. De camino hacia el interior de Morbihan, los campos de cultivo ocultan su manto verde esmeralda bajo el níveo tul de la escarcha.

josselin2El Château de Josselin es idéntico a mi castillo Exín infantil, cuyas piezas guardaba como un tesoro en el cubo de detergente Colón que me cedió mi abuela paterna -los que estáis en edad provecta sabéis de lo que os hablo-. Me hospedaría en el hotel que lo contempla desde la otra ribera del Canal de Nantes a Brest para observarlo durante horas, apoyada en el alféizar de la ventana. Por desgracia, permanece cerrado desde noviembre hasta abril, así que debemos conformarnos con callejear por Josselin. La antigua capital del condado de Porhoët fue fundada en 1008 por Guéthénoc, quien decidió bautizar el incipiente villorrio con el nombre de su vástago. Amor de padre. Nota marginal: sus descendientes, los Rohan, hoy pertenecen a una de las más antiguas familias de la nobleza francesa. Ducados al margen, fueron los artesanos y los comerciantes de Josselin quienes dinamizaron la villa: las 54 casitas en pain-de-bois que todavía se conservan –la más antigua data de 1538- dan fe de sus prosperidades pasadas.

A pesar de que la mañana avanza, como no superamos el umbral de los 0 °C intentamos tomar un café con leche en una taberna. Ya es mediodía y tienen las mesas dispuestas para el almuerzo, de modo que la camarera nos mira con desdén y nos escupe que nos instalemos en la terraza. Cuatro parroquianos, acodados en la minúscula barra sin consumir nada, no hacen el menor gesto de cedernos un hueco, de modo que desistimos y abandonamos el pueblucho hostil a toda velocidad. Eso nos pasa por cambiar de tercio y adentrarnos en el interior en lugar de seguir saboreando la arrebatadora costa. En fin.

Desde la Presqu’Île de Gâvres se ve, al otro lado de la Petite Mer de Gâvres, nuestro faro, al que se llega dando un largo rodeo por tierra, aunque está a tan solo un kilómetro y medio atravesando las aguas. Cuando entramos en Gâvres la marea está baja y hay quien aprovecha para ir con un cubo a por frutos de mar. Y quien pasea bajo la lluvia como si fuera verano. Sin calcetines. Sin paraguas. Con un liviano chubasquero. Son la versión bretona de los superhéroes de Marvel.

Nos acercamos a cotillear el Fort de Porh Puns, construido para proteger Port-Louis de las huestes británicas, y coincidimos con la visita guiada de unos friquis de los asuntos bélicos, que soslayamos a toda velocidad: además de que el tema no nos interesa demasiado, el chubasco arrecia y nos guarecemos en una cálida librería-cafetería donde nos tomamos un café con leche y un chocolate caliente. Hipótesis que formulamos mientras permanecemos allí, al abrigo de las inclemencias atmosféricas: la circunspecta muchacha que lo regenta se recluyó en la pequeña población marinera por amor, de modo que decidió crear un rincón de doméstica tertulia literaria para sobrellevar mejor los inviernos bretones y arrebujarse con sus autores preferidos durante las lánguidas tardes de atlántico hastío. Tras esta reflexión de estar por casa, nos retiramos a nuestro añorado aposento.

vistas7Cuando el cielo está despejado, el Phare de Kerbel ofrece una vista panorámica circular que corta el aliento. Por la noche, al abrir los ojos desde la cama, te sientes en un íntimo y acogedor observatorio astronómico. En cuanto asoma el sol, el mar se funde con el cobrizo alborear y las embarcaciones parecen ancladas en una pradera de escamas de espejo. Alojarse más de una noche en ese torreón-guarida invita a saborear con más matices cada momento, desde las caprichosas tormentas, que balancean el aéreo refugio como un balandro entre las nubes y envuelven su perímetro de crepitantes silvidos, hasta las silenciosas calmas, que colman cada minuto de luz y serenidad.

Qué reconfortante paréntesis de raro sosiego disfrutamos hace ya una semana en el Phare de Kerbel.

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Selandia

De regreso hacia Selandia en la penúltima etapa de viaje, con pernocta en Esbjerg para no desplazarnos hasta Copenhague del tirón, Ribe nos parece una reparadora bocanada de aire fresco. La villa más antigua de Dinamarca está perfectamente preservada y resulta muy agradable para pasar el día sin hacer nada especial, salvo observarlo todo con los ojos bien abiertos: en cada callejuela se alinean primorosas casitas que atesoran siglos de historia. Ribe_RestaurantAprovechamos para almorzar en Postgaarden, un hostal coqueto y risueño en el que trabaja una camarera tan alta como la luna de la canción. Al principio pensamos que hay una tarima tras el mostrador, pero no: en cuanto viene con los platos que hemos pedido, comprobamos que es enjuta y larguirucha como una espiga de trigo. Los daneses están supervitaminados e hipermineralizados.

Pasear un sábado soleado por Copenhague puede resultar muy estresante, sobre todo cuando Radhus Pladsen y Kogen Nytorv, sus dos plazas más emblemáticas, están patas arriba, blindadas con vallas infranqueables -tanto para los pies como para los ojos- y solo practicables por los laterales. De entrada nos sumergimos en la marea humana que asola Strøget y Nyhavn, pero al final optamos por soslayar las hordas de turistas como nosotros y nos escabullimos por la intransitada Laederstraede. Tras un reparador almuerzo en la cafetería Spis, nos acercamos a Gråbødretorv y permanecemos un buen rato escuchando absortos a un músico callejero que interpreta piezas de Joaquín Rodrigo con su guitarra española. RundetaarnAdemás de las preciosas casas que se conservan intactas desde hace siglos, en el centro histórico nos impacta especialmente la Rundetaarn. Construida entre 1637 y 1642, su rampa caracolea hasta una azotea que alberga un observatorio astronómico, el más antiguo de Europa todavía en funcionamiento. A mitad de camino hasta lo más alto de la torre se puede curiosear el espacio donde se ubicó la primera biblioteca universitaria de la ciudad, aunque en 1861 hubo que traladarla de allí por falta de espacio.

Mis adolescentes hijas están menstruantes y agotadas, aborrecen la ciudad y se niegan a entrar al decimonónico parque de atracciones Tivoli. Así que las escoltamos hasta nuestro hotel Cabin Express y nos dedicamos a inspeccionar los alrededores. Comprobamos que en nuestro barrio abundan los establecimientos orientales e italianos y, tras un agradable paseo por el vecindario, subimos al coche para nuestra particular panorámica de la ciudad. Las siete de la tarde de Copenhague son como las diez de la noche de Barcelona. Todo se ve tranquilo e intransitado y recorremos la ciudad sin prisas -qué hermosa arquitectura- hasta Churchill-parken. En efecto, nos dirigimos a perpetrar el crimen recurrente de todo turista que se precie: ver Den Lille Havfrue, la archiconocida Sirenita. A última hora son ya escasos los visitantes que se hacinan en el perímetro de esa escultura insignificante y absurda, una especie de Elsa Pataky de los iconos urbanos. Aún no le acabo de ver la gracia.

De regreso a nuestro hotel estacionamos el automóvil en el parking y, un par de calles más allá, nos instalamos en un rincón de la barra de la coctelería Salon 39. Cuánto necesitábamos este paréntesis a solas. Yo me tomo tres cócteles como si fueran Fanta y el alcohol con sus necesarios aderezos me sienta de fábula. Pequeños placeres mundanos. Como en la habitación familiar no disponemos de demasiada intimidad, acabamos en el coche muertos de la risa, rememorando nuestra lejana juventud.

Decidimos pasar el domingo explorando Selandia. Cuando llegamos al Vikingeskibs Museet de Roskilde a primera hora, nos topamos con algunos ánades que todavía duermen. Lo hacen de pie sobre una pata, la otra recogida y la cabeza acurrucada, escondiendo el pico entre su plumaje.

BarcosVikingosEl Vikingeskibs Museet es más que recomendable. Expone lo que queda de cinco naves vikingas que se hallaron en 1962, durante unas excavaciones en el fiordo de Roskilde. Formaban parte de un sistema de barreras defensivas y han ayudado a reconstruir cómo se relacionaban los vikingos con el mar. En la dársena del museo se pueden contemplar algunas embarcaciones ensambladas allí mismo como un gran rompecabezas, siguiendo antiguas técnicas de carpintería naval recuperadas. Durante el instructivo recorrido los visitantes conviven con diferentes artesanos, que trabajan en nuevos prototipos destinados a mejorar el fondo museístico.

Nos acercamos a la imponente catedral de la población, la Roskilde Domkirke, y decidimos cambiar de lugar y almorzar en la cafetería del Louisiana Museum. No obstante, nos vemos obligados a desistir: hay tal concurrencia de visitantes que cualquiera diría que toca una banda de rock. Y es más o menos así, porque del 24 al 27 de agosto se celebra “Louisiana Literature, Festival Events in English”. Así que sin bajar del coche ponemos rumbo a Helsingør –la Elsinore shakespeariana-. Por suerte: la carretera que bordea la costa del estrecho de Øresund, jalonada de preciosas casas de veraneo, es un placer inesperado. KronborgEl mayor atractivo de la localidad costera, con su majestuoso perfil divisándose desde varios kilómetros a la redonda, es Kronborg, el castillo de Hamlet. A pesar de la parquetematización ad nauseam, el entorno es agradable e invita al paseo. Rodeando la fortaleza hasta su zona posterior, que linda con el mar, se llega a una plácida playa de guijarros desde la que se divisa Suecia.

Sobre las cuatro insistimos en llegarnos al Lousiana Museum. En esta segunda ocasión  sí que conseguimos estacionar nuestro auto de alquiler y adentrarnos en el renombrado recinto expositivo, tan interesante o más que las numerosas y eclécticas obras que alberga. Museo_pulgarMientras nuestras hijas juegan a las cartas en el jardín, recorremos pasillos, salas y veredas –hay esculturas también en el exterior-, absorbiendo aproximaciones diversas de artistas daneses y foráneos. Aunque lo más hermoso es el lugar en sí, todavía más mágico envuelto con el manto de purpurina del atardecer.

Regresamos a Copenhague por el litoral, disfrutando de la puesta de sol, y decidimos obsequiarnos con una cena por nuestro barrio. La camarera de un pub donde solo sirven pastel de carne con patata –Mariola se pone estupenda y rehúsa tomarlo, aunque huele que alimenta- nos recomienda Madklubben, en Vesterbrogade 62. Es un establecimiento con onda y de cuidado diseño a precios ajustados –para ser Copenhague y en la franja noche-. Está abarrotado y los adultos amenizamos la espera con un cóctel buenísimo, Dark’n’stormy. Lleva ron, cerveza al gengibre y lima. Espectacular. Las adolescentes se quejan todo el tiempo y prefieren comprar el postre en el supermercado de al lado: una tarrina de arándanos para cada una. En fin.

Esta mañana, en la cotidiana normalidad de un día laborable -las bicicletas circulando en colorida diversidad-, Copenhague lucía radiante y despierta. Puente_MalmoNos despedimos de Dinamarca en Dragør, desde donde se contemplan unas excelentes vistas del puente de Øresund, que enlaza Copenhague con Malmö. Al otro lado, Suecia. A diez minutos de allí, el aeropuerto. Y a tres horas de vuelo, de nuevo nuestras vidas. También el Alzheimer de mi madre, pertinaz e implacable. Qué duro regresar a esa realidad.

El extremo norte del sur de Escandinavia

Tras un par de días en el centro de Jutlandia, dejamos atrás Århus para dirigirnos a Aalborg, la siguiente etapa de nuestra ruta. Como durante este viaje nos levantamos especialmente temprano –en Dinamarca amanece a las seis de la mañana-, nos despedimos de los excelentes desayunos del hotel The Mayor sin prisas y nos encaminamos hacia Mariager, una deliciosa pausa en el camino. 1.MariajerEstacionamos nuestro coche en Egepladsen y nos dejamos arropar por la soleada mañana: llevamos un par de días con un clima poco escandinavo, aunque a primera hora siempre refresca bastante. Desde la bonita plazoleta nos encaminamos a un par de callejuelas adoquinadas, Teglgade y Vestergade, cuyas coloridas casitas de madera son primas hermanas de las que pudimos observar en Aerøskøbing. En la estación de ferrocarril del puerto curioseamos los vagones de madera del veterantog, el tren vintage que une Mariager con Handest durante los fines de semana de julio y agosto y los martes y jueves de julio –el mes de temporada alta aquí-. Uno de los vagones me enternece especialmente porque es muy parecido al que solíamos ocupar mi abuela y yo cuando me venía a buscar en tren a Barcelona para llevarme con ella a Zaragoza.

2.fortaleza vikingaA unos 15 kilómetros de Mariager hacemos otro alto en el camino en Hobro para conocer Vikingegården Fyrkat, un conjunto de nueve casas de madera levantadas a la manera vikinga. Las que están abiertas son la vivienda y el taller del herrero, el almacén de lanas y el taller de alfarería, las demás están en construcción. Un kilómetro más adelante, después de recorrer un agradable sendero que orilla un lago, se alza Fyrkatborgen, una de las fortalezas levantadas durante el reinado de Harald I Dienteazul –sí, el de las estelas rúnicas de Jelling-.

4.cementerio vikingoYa en Aalborg los avistamientos vikingos continúan en Lindholm Høje, un imponente cementerio que se ha preservado hasta nuestros días porque permaneció enterrado bajo la arena durante siglos. Más allá del interés histórico que pueda tener el yacimiento, el relajante paraje –murmullo de hojas mientras el viento hace cosquillas a las arboledas que lo rodean- invita a la reflexión y al recogimiento. Aunque, cuando lo visitamos, un ecléctico rebaño de cabras y ovejas no mostraba ningún reparo en mordisquear el pasto anejo a los monumentos funerarios. Maravillosa indiferencia ovina.

Técnicamente Lindholm Høje se ubica en Nørresundby, la zona norte de Aalborg: la ciudad está partida en dos por el Limfjorden, el estrecho que separa la península de Jutlandia de la isla de Vendsyssel-Thy. Nuestro alojamiento, un hotel Cabinn bastante básico –Cabinn es una cadena danesa tipo Ibis Budget-, se ubica en la zona sur de Aalborg, a dos pasos de Nørregade, una bulliciosa calle peatonal que luego cambia de nombre a Bredegade y Algade. 3.Aalborg +++Desde esa arteria comercial se accede a dos callejuelas absolutamente arrebatadoras, Peder Barkes Gade y Hjelmerstald, cuyas preciosas casitas-joya serían el sueño de cualquiera. Qué suerte gozar del privilegio de habitarlas. Uno de los vecinos presenta en su puerta, orgulloso, la lista de quienes han morado en su vivienda desde el siglo XVIII. Allí al lado un buen lugar para tomar un Caffè Latte y alguna pieza de bollería local –suelen llevar mantequilla a cascoporro- es Herman’s Café & Bageri. Un poco más allá, en Boulevarden 1, se pueden saborear especialidades danesas –entre ellas el recurrente smørrebrød de salmón- en Penny Lane, un  establecimiento acogedor y coqueto. Cerca de nuestro hotel hay otra deliciosa cafetería, Behag Din Smag. Sí, en Dinamarca hay buenas opciones para alimentarse sin maltratar la economía familiar.

A 100 kilómetros de Aalborg, los estrechos de Skagerrak y Kattegat, que conectan el mar Báltico con el mar del Norte, se funden en choque de oleajes en el extremo más septentrional de Dinamarca, la punta de Grenen. 5.GrenenAunque se puede pasear hasta allí por cualquier sendero de la playa de Kattegat, lo mejor es hacerlo muy arrimados a la orilla: sobre la prieta y húmeda arena que bordea el mar, la caminata es mucho más cómoda. Cuando alcanzamos el vértice de esa esquina entre dos mares, nos topamos con un cachorro de foca varado en el costado de Skagerrak. No sabemos si está herido o simplemente asustado, ni tampoco qué hacer, si acercarlo al agua o pedir ayuda a algún lugareño. Entre tanto llega el tractor de Sandormen acarreando a turistas perezosos, de modo que le consultamos al conductor cómo podemos socorrer al animalillo. Nos mira con gesto de fastidio –seguro que no somos los primeros que le comentamos lo mismo- y nos responde de manera tajante y contundente. “No hay que intervenir, la naturaleza debe seguir su curso. Cuando la playa esté tranquila –como si eso fuera posible, el flujo de visitantes es incesante-, su madre vendrá a por él. Y si está herido, morirá. Así es la vida”.

Desandamos el camino y nos dirigimos al puerto de Skagen a almorzar. En el embarcadero, yates suecos con tripulantes alegres y distendidos, cada cual con su fiesta privada y sus risas. 6.SkagenFrente a ellos, una hilera de tabernas ofrecen productos del mar para comer en sus terrazas, que disponen de toldos y estufas para cuando el clima se pone báltico –como es el caso-. Tras una rápida prospección, nos decantamos por Havfruen Fiskehus, donde las mantas a disposición de los comensales las patrocina Carlsberg -ese merchandising escandinavo-. A pesar de las bajas temperaturas, el camarero va en manga corta, como si el día gris no fuera con él. Cuando ya hemos escogido lo que queremos, vemos que junto al mostrador hay cartas en varios idiomas, también en español. Albricias. Aunque la palabra tapas y cortado aparece de manera recurrente en bares y cafeterías, incluso en este extremo de Dinamarca.

Damos una vuelta por el centro peatonal de Skagen y luego nos acercamos a Råbjerg Mile, una duna inmensa que se mueve a su aire varios metros cada año –cosas que las ventiscas norteñas-. Una recuerda a Omar Sharif en “Lawrence de Arabia” y piensa que se va a desenvolver igual que él en el desierto, con ese porte distinguido y gentil. Pues no. Desengañémonos: trepar por una montaña de arena es lo más parecido a patear uvas en un lagar. Total, para encaramarte a una duna que está en mitad de la campiña, ni siquiera te queda el consuelo de ver el mar. 7.faroPara eso es mucho mejor acercarse a Løkken y contemplar la duna que se tragó el faro de Rubjerg Knude. Es alucinante. De lejos es un aparición marciana, como si un agujero negro que conectara con otra dimensión asomara la nariz a través de un cráter. De cerca parece el escenario de un bombardeo, hay cascotes desperdigados, retorcijones metálicos, recovecos rebosantes de arena y carpintería reventada. Resulta chocante porque no parece Dinamarca, donde todo es tan ordenado, tan pulcro, tan perfecto. Un pedacito de caos que perdurará hasta que el mar engulla duna, faro y escombros como si nunca hubieran existido.

Adentrándonos en Jutlandia

1.StonesGeográficamente Dinamarca es un archipiélago anejo a una península: su único territorio continental es Jutlandia. De camino a Aarhus, la segunda población del país en cuanto a número de habitantes, decidimos detenernos en Jelling, el asentamiento donde el caudillo vikingo Gorm el Viejo estableció el trono real danés, aunque fue su hijo Harald I Dienteazul quien unificó los territorios daneses y cristianizó el territorio. Así lo explica una de las dos estelas rúnicas que se conservan en Jelling, que está dedicada a los progenitores de Harald, Gorm y Thyra. A escasos metros de las estelas merece la pena entrar en el Kongernes Jelling, un museo nacional de acceso gratuito cuyo recorrido interactivo da algunas pinceladas sobre la vida vikinga y la transición de la mitología nórdica al cristianismo, además de plasmar en un mural la indestructible tenacidad de la casa real danesa: es la dinastía más antigua de Europa. No obstante, lo mejor de este centro de interpretación se ubica en la azotea: unos prismáticos digitales que apuntan a la iglesia y los dos túmulos funerarios de Jelling permiten disfrutar de una recreación de la evolución del paisaje a través de los siglos.

2.Pg_DelganbleEste par de días que nos hemos alojado en Aarhus –por cierto, qué fabulosa nuestra habitación familiar abuhardillada del hotel The Mayor- han dado mucho de sí. Personalmente, me ha entusiasmado Den Gamle By, un museo al aire libre en el que se levantan casas históricas procedentes de todos los rincones de Dinamarca. El objetivo es rememorar cómo vivían los daneses en tres períodos distintos: 1864, 1927 y 1974. Además de admirar las magníficas construcciones trasplantadas, en Den Gamle By se puede contemplar cómo se distribuía el espacio doméstico y se vivía la cotidianidad y cómo y con qué instrumentos trabajaban los artesanos. En cuanto a los inmuebles dedicados a los años de mi más tierna infancia, me encantó descubrir un taller de electrónica gemelo al que tenía mi padre, así como curiosear en los apartamentos que reproducen un consultorio ginecológico setentero y diferentes tipos de inquilinos, desde una familia hasta una pequeña comuna: vestidos pop en los armarios, muebles de fórmica, vajillas de duralex, vinilos… ¡qué lejano y, a la vez, qué familiar me resultaba todo!

4.Exterior museo2Otro lugar más que recomendable en los aledaños de Aarhus –y donde, al igual que en Den Gamle By, la entrada es gratuita para los menores de 18 años- es el Moesgaard Museum, especializado en antropología y etnografía. Arquitectónicamente es todo un hallazgo: el exterior, que se alza como si a la colina donde se asienta se le hubiera abierto una colosal rendija, es una mullida y extensa pendiente tapizada de césped, mientras que el interior ha sido adaptado para albergar tanto las exposiciones permanentes –sí, también hay sección vikinga- como el conjunto de salas donde ahora se exhibe “The Journey”, una interesantísima creación audiovisual que invita a reflexionar sobre la condición humana. En estos tiempos en los que se tiende a focalizar en aquello que nos divide, “The Journey” recoge diferentes testimonios en siete lugares del planeta sobre siete elementos básicos que compartimos pero experimentamos de maneras diversas: el nacimiento, el amor, el miedo, la pérdida, la fe, la racionalidad y la muerte. En efecto, lo que nos une es más –o más importante- que lo que nos separa, aunque a veces lo olvidemos.

Desde Aarhus queda relativamente cerca –está a menos de 50 kilómetros- el llamado Distrito de los Lagos, donde se ubica el mayor lago de Dinamarca, el Mossø, y también el río más largo, el Gudenå. Desde Silkeborg, la principal localidad de la zona, parte el Trækstien -en danés camino de sirga-, un apacible sendero peatonal que orilla el Gudenå hasta Randers. En su origen, a mediados del siglo XIX, era la vereda desde la que se tiraba de las barcazas de remolque que se usaban para transportar mercancías desde y hacia Silkeborg.

5.Pico_AltoA unos 15 kilómetros de Silkeborg el paisaje se ondula en Himmelbjerget, que con 147 metros de altura es la colina más alta de Dinamarca. Merece la pena acercarse allí para pasear por los frondosos alrededores y contemplar las vistas. Aunque lo que más le ha gustado a Ángela de nuestra incursión a Søhøjlandet –que así se llama en danés esa zona- es el vikingo que nos ha atendido durante nuestro almuerzo en Rye. De hecho mis dos adolescentes hijas están tan fascinadas con los lugareños que les adivino unas inminentes e irresistibles ganas de aprender danés. Y si no, al tiempo.

Dinamarca en familia

Se ha hecho esperar, qué largo se me estaba haciendo este mes de agosto por circunstancias que no hace falta detallar. No obstante, por fin ha llegado la anhelada escapada de nueve días a Dinamarca, el proyecto compartido para el que habíamos estado engordando la hucha familiar desde hacía tantísimo tiempo. Bueno, en realidad el destino soñado era Nueva Orleans, sin embargo esa señora de nombre alemán que está usurpando a mi madre -Frau Alzheimer- me hizo desestimar la idea: demasiados kilómetros de por medio.

Copenhague está a tres horas de avión de Barcelona y a dos de coche de Odense, la primera escala de nuestro periplo. En el mismo aeropuerto de Kastrup, previo paso por la oficina de alquiler de coches de Sixt, nos subimos a nuestro flamante y novísimo Renault Scenic, dispuestos a recorrer durante nueve días las islas de Selandia y Fionia y la península de Jutlandia. Mientras atravesábamos el puente colgante más largo de Europa, Storebaeltsbro, nos fascinaron la asombrosa luz del cielo escandinavo y las geométricas coreografías de las bandadas de gansos.

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Llegamos al Hotel Ansgar de Odense agotados, así que dimos un paseo por los agradables aledaños para otear las opciones que teníamos más a mano para la cena. Por suerte escogimos bien, www.papacucina.dk, una pizzería en la que nos atendieron una camarera griega simpatiquísima y un cocinero persa encantador. Aunque las pizzas tenían una pintaza impresionante, optamos por unos suculentos bocadillos. El pan lo preparan con la misma masa con que elaboran las pizzas y los rellenos son abundantes y sabrosos: el de bresaola con rúcula, parmesano y salsa pesto estaba exquisito. Sí, se puede comer bien y a un precio razonable en territorio danés. Por lo menos en Odense.

Al día siguiente, tras arrasar en el apetitoso bufé de desayunos de nuestro hotel –su otro punto a favor es que disponen de aparcamiento gratuito para los clientes-, nos dirigimos a Svendborg, desde donde parten los ferrys a la isla de Aerø. Aunque no habíamos reservado plaza para nuestro automóvil, pudimos embarcar sin problemas. Mientras disfrutábamos plácidamente de la travesía, un empleado de la naviera se acercó a cobrarnos los billetes, que a partir del 14 de agosto, día en que se inicia la cheap season, son muchísimo más baratos.

-¿Cuál es el número de matrícula de su coche?

– No, no figura en su lista, no habíamos hecho reserva.

Y entonces nos mira ojiplático.

– ¿No tienen reserva? Hoy todos los barcos van muy llenos, quizás no consigan plaza para regresar…

Pues qué bien. El empleado que nos había animado a subir, aun sin reserva, no nos advirtió de que luego tal vez no podríamos volver. Qué gran profesional. Enseguida telefoneé a la naviera y la chica que respondió cortó la comunicación –se ve que la cobertura era pésima y no me oía-. Mariola quiso insistir personalmente y a ella no le colgó -quizás su timbre de voz es más transoceánico-. Pero le aseguró que no quedaban plazas para automóviles. Que nos acercáramos a la hora de embarcar y que, si teníamos suerte y alguien no se presentaba, podríamos ocupar su lugar. Seguro que lo de encomendarnos a un santo no nos lo propuso porque era protestante.

Quise verificar por mí misma que no había ni una sola plaza disponible –llamadme desconfiada- y entré en la web de Aerøfaergerne desde mi móvil. Y comprobé que, a pesar de lo que acababa de afirmar la empleada del año, quedaba alguna plaza en el trayecto que salía a las 20:35 h, el último del domingo. Tardísimo. Pero reservé plaza a toda velocidad, mejor eso que nada.

Desembarcamos en el puerto de Aerøskøbing y, en lugar de empezar a callejear por la colorida población, nos dispusimos a recorrer la isla, al fin y al cabo contábamos con largas horas por delante. Comprobamos que es un lugar encantador, incluso cayendo chuzos de punta -el clima danés es así, a ratos sol refulgente, a ratos lluvia torrencial-. Mientras avanzábamos por la carreterilla, observábamos bonitas granjas pintadas de brillantes colores, algunas muy parecidas a los cottages de la campiña inglesa. Al cabo de nada ya estábamos en Søby, la diminuta población que se asoma al mar desde la otra punta de la isla y que cuenta con un embarcadero similar al de Aerøskøbing. Entonces volví a mirar el folleto que indicaba los horarios. Y se hizo la luz: desde Soby había un ferry a las 15:45 h que conectaba con Faaborg. Entré de nuevo en la web, ¡y había plaza disponible para nuestro coche! De modo que reservé, rauda cual plusmarquista. Enseguida me llegó un correo electrónico de la naviera, advirtiéndome de que anulaban la primera de mis reservas para evitar duplicidades. Qué cosas, la plataforma online es más eficaz que los empleados de a pie. Tomad buena nota: si queréis tomar el ferry que conecta la isla de Fionia con la isla de Aerø, reservad plaza para vuestro coche en http://www.aerøe-ferry.dk. No es necesario abonar nada por adelantado, solo indicar la matrícula.

Blog_2Ya más relajados porque teníamos el regreso garantizado a la hora que deseábamos, volvimos a Aerøskøbing para caminar por sus calles adoquinadas y contemplar sin prisas sus preciosas y coloridas casas de madera, que se conservan primorosamente desde hace cientos de años. Algunas viviendas disponen de espejos en las ventanas para poder ver quién llama a la puerta sin tener que salir a la calle. O para curiosear quién pasea por el vecindario. En otras, los vecinos exponen mercancías a la venta –los precios perfectamente indicados en cartelitos caligrafiados- junto con una hucha en la que insertar el importe. Un autoservicio así solo es posible en una comunidad honesta, confiada, íntegra. Me quedaría a vivir en Aerøskøbing. Si no fuera por el ferry.

Una taberna marinera del puerto de Aerøskøbing, aerørøgeri.dk, ofrece platillos de ahumados –arenques, salmón, incluso mejillones-, tanto en bocadillo como acompañados de pan o de patatas fritas. Cuentan con tres o cuatro veladores con sillas metálicas en el interior –ideales para mediterráneos como nosotros, que preferimos refugiarnos del clima hostil-, así como con mesas y bancos de madera junto a la entrada y en un patio posterior. Qué almuerzo tan agradable.

Antes de partir desde Søby en nuestro ferry, todavía tuvimos tiempo de acercarnos al pequeño faro –modesto, más semáforo que faro- que se levanta en el extremo de Aerø más próximo a la isla de Fionia. Sí, reconozco que tengo cierta fijación con esos pétreos periscopios, que lanzaban reconfortantes destellos de esperanza a los navíos sumidos en la negra noche del ancho mar. Quizás porque todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos faros que nos iluminen. Que nos ayuden a evitar los escollos. Que nos impidan naufragar.

 

Las almagras

El término lo acuñó Mimonti cuando nos preguntó vía móvil si habíamos iniciado nuestra incursión hacia los campos de Castilla: “¿ya estáis en marcha, almagras?”. Enseguida adoptamos el mote como nombre de guerra, nos pareció lo más.

Acudir al Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, que justo este año celebra su 40 edición, era uno de mis sueños, eternamente pospuesto por dos motivos fundamentales: que se celebra en julio, uno de mis dos meses laboralmente más complicados –el otro es diciembre-, y que la aldea manchega está mal comunicada con mi ciudad. No obstante, como Almagro era un must de mi año de homenajes, investigué cómo montar la largamente anhelada escapada y empecé a hilvanarla en febrero.

Lo primero que hice fue reservar alojamiento: la pequeña población es un pañuelo y las opciones se agotan enseguida, aun reservando con anticipación. Desconocía qué fin de semana empezaba el evento, así que a opté por bloquear los dos primeros fines de semana de julio a través de Booking. En ese momento ya intuí cuándo se iniciaba el encuentro de teatro clásico del año: del 7 al 9 de julio apenas quedaban opciones de hospedaje.

En Semana Santa se publicó el programa de este año y, mientras Ángela y yo decidíamos qué obras podríamos ver, se nos sumó mi amiga Eva: gracias a nuestra previsión, pudimos pillar entradas en la fila cinco tanto para la representación del viernes como para la del sábado, ¡yupi!

En mayo pudimos, por fin, comprar los billetes del AVE Barcelona-Ciudad Real que tanto nos habrían de facilitar el desplazamiento. El pasado viernes subimos a nuestro tren a las cuatro de la tarde y alcanzamos nuestro destino en menos de cuatro horas -como quien dice, un suspiro-. Al salir de la estación preguntamos a un taxista cuánto costaba la carrera hasta Almagro. Cuando nos respondió que 29 euros, no nos lo pensamos ni medio segundo y en 20 minutos nos estábamos instalando en nuestros aposentos, ubicados a unos 10 minutos de paseo de la Plaza Mayor de Almagro.

Almagro es una villa deliciosa: sus casitas de hasta tres plantas engalanan las callejuelas con su arquitectura popular en piedra, carpintería y forja, mientras que en el centro histórico, el firme adoquinado y los bordillos rematados por sillares le dan un aire a otro tiempo que enamora. La soberbia Plaza Mayor se desparrama entre elegantes soportales con columnas de piedra caliza y zapatas de madera, que sostienen las vistosas galerías con cuarterones pintados de verde. Tras deambular brevemente bajo los pórticos, optamos por instalarnos en la terraza del bar Platea. 3.MusclosTapaPedimos un tinto crianza de Valdepeñas y nos sirvieron una ración de mejillones a la vinagreta que nos dejó atónitas: viniendo de Barcelona no estamos acostumbradas a algo así. Luego continuamos con un variado de tapas que nos ayudaron a adentrarnos en la gastronomía local. Así supimos que las berenjenas de Almagro son encurtidas, que el asadillo se prepara con pimiento y tomate al comino, o que las magras con tomate manchegas, de magro de cerdo, son distintas de las aragonesas, que son de jamón. El camarero se multiplicó para atendernos y nunca nos perdió de vista, soslayando tanto el estrés por la atiborrada terraza como los rebuznos de un encargado con aspecto de troll. Cuánta paciencia.

5.ApuntdecomençarBien cenadas, así como reconfortadas por el vino local -las adultas, que no la menor-, nos dirigimos al Hospital de San Juan, donde la Compañía Nacional de Teatro Clásico representaba La dama duende de Calderón de la Barca. Debo reconocer que en algunos momentos me costó seguir el español antiguo de esta comedia de enredos barroca, no obstante la excelente escenografía y la interpretación magistral de absolutamente todos los actores hicieron que las dos horas de función nos pasaran volando.

El sábado desayunamos unas tostas con asadillo en la Plaza Mayor y callejeamos sin prisa por los alrede17.ClaustroCalatravas_detalledores, admirando los primorosos encajes de bolillos y recreándonos en los magníficos pórticos, vigas y ventanales de los edificios. Anduvimos hasta el Convento de la Asunción de Calatrava, donde la entrada de 2 euros incluye el uso de una audioguía. Su claustro renacentista presenta dos tipos de columnas distintas, jónicas en la planta baja, cercana al mundanal devenir de las monjas que lo frecuentaban, y dóricas en la planta superior, más próxima al cielo y a los próceres que las pastoreaban. Me irritó bastante escuchar el machismo rampante de toda la construcción –qué le voy a hacer, a veces el pensamiento crítico me abruma- y me chiflaron algunos frescos y la sillería del coro de la iglesia.

28bis.CorraldecomediasPor la tarde visitamos el ineludible Corral de Comedias, el único que se ha preservado hasta hoy. Claro que con él también se han conservado otras inquietantes reliquias: antes de entrar, a la izquierda, sorprende que todavía perdure un cartel franquista en su fachada, aguilucho incluido. Levantado en 1628, el Corral de Comedias consta de un zaguán por el que se accede al interior, un soportal llamado alojería, donde se vendían víveres y bebida, el patio, hoy reconvertido en platea pero en su día sin asientos y reservado a los espectadores menos pudientes, que presenciaban los espectáculos de pie, más dos galerías y, por descontado, el tablado o escenario. A modo de curiosidad: las mujeres accedían por una entrada diferente a los hombres y no se podían relacionar con ellos, en cambio las personalidades de la ciudad sí que podían mezclarse en rijosa fusión, además de que ocupaban las localidades que estaban más cerca del escenario, no solo para ver mejor, sino también para ser vistos. Sí, siempre ha habido clases.

29.ExposanagustínA sugerencia de Montse, la adorable dependienta de El baúl de Iris –en general los lugareños son encantadores y amabilísimos-, nos acercamos a la Iglesia de San Agustín, que este mes de julio alberga la exposición Festival de Almagro: 40 años vistiendo emociones, en la que pueden apreciarse 34 caracterizaciones utilizadas en algunas de las representaciones de estas cuatro décadas. A mí me dieron ganas de probarme un miriñaque o las galas de Don Gil de las calzas verdes, a Ángela le fascinó el traje de árbol de El Sueño de una noche de verano. Qué exhibición tan evocadora. Si tenéis ocasión de visitarla, no os la perdáis.

A la hora de cenar nos dirigimos, muy ufanas, al bar El Gordo, que nos había recomendado un comerciante de la calle Feria. Como era temprano y la terraza aún estaba vacía –el sol abrasador la hacía inhabitable- nos acomodamos en el interior y enseguida un solícito camarero llamado Pepe nos recomendó un sencillo tinto Tierra de Castilla que nos entusiasmó, Séptimo sentido, y nos sugirió que nos moderáramos al pedir porque las raciones eran abundantes. La tapa que acompañó a la bebida fueron unas rebanadas de pan con asadillo con atún –el mejor que probamos en Almagro- y al poco nos sirvieron los famosos duelos y quebrantos, un revoltillo contundente, sabroso y adictivo. La decepción llegó con la tortilla de patata que había pedido Ángela –reseca e incomible- y lo que sucedió después: Pepe cambió de escenario sin mediar palabra y se dedicó a atender la terraza, mientras que nosotras nos quedamos huérfanas en el interior, sin un solo camarero que nos atendiera -había tres más- o que nos mirara o escuchara cuando intentábamos reclamar su atención. Al final pagamos en la barra –todavía tuvimos que esperar a que Pepe apareciera para conseguirlo- y acabamos de cenar –a destiempo y con la digestión maltrecha- en la Taberna Candilejas. Entre nosotros y sin que salga de Europa: la experiencia gastronómica en Almagro ha sido un pelín irregular. Y mira que están ricos los platillos. En fin.

Suerte que luego se nos pasó todo en el Espacio Miguel Narros, donde presenciamos el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, una de mis obras preferidas. Y qué Cyrano: aunque el conjunto de actores fue desigual –pésima Roxana la de Ana Ruiz- y la escenografía solo estuvo correcta, para nuestra sorpresa, el muy televisivo José Luis Gil estuvo inmenso. Contemplamos la función arrebatadas y, como el resto del público, que se puso en pie al finalizar, aplaudimos hasta desollarnos las palmas.

Qué a gusto hemos estado en Almagro. Sin polución. Sin prisas. Sin multitudes. Sin ruido. Y, lo más importante, transportándonos a otro tiempo a través del teatro. Ha sido un placentero bálsamo de paz y tranquilidad. Nos ha gustado tanto que hemos decidido institucionalizar la expedición, así que para la próxima edición del festival regresaremos a Almagro. Después de todo, la vida es puro teatro.

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Dormir en La Alhambra

Dentro del mismísimo recinto amurallado de La Alhambra hay dos hospedajes disponibles para quienes, como yo, anhelen experimentar un sueño de mil y una noches por lo menos una vez en la vida. El más conocido es el Parador de Granada, auténtico lujo andalusí en todos los sentidos –también en sus tarifas-. El otro, cuya existencia desconocía hasta que me lo comentó mi amiga Dolors, es el Hotel América, nuestra elección para homenajearnos el 26 de mayo, la noche en que se cumplían 20 años de nuestra primera cita.

Una vez resuelto el alojamiento, había que reservar por internet las entradas a La Alhambra a través de la web oficial, http://www.alhambra-patronato.es. Os aconsejo adquirirlas con antelación. En mi opinión, la mejor opción para conocer los Palacios Nazaríes es la visita de las 8:30h, la primera de la mañana. Luego, según van pasando las horas, es un desborde de humanidad.

MiradorMezquitaMayorAlambra

La Alhambra no fue pensada para ser admirada por las hordas de turistas que la asolamos a diario, sino para vivirla en preciosa intimidad. Sus huertos y jardines, sus volúmenes, sus juegos de agua y su envolvente luminosidad la convierten en un ejemplo paradigmático de arquitectura para la vida. Fue concebida como residencia y fortaleza de la última dinastía musulmana en la península ibérica, la Nasr. Su primer sultán, Ibn al-Ahmar, inició la construcción de la ciudadela en La Sabika, la colina que se elevaba frente a la Alcazaba Antigua –al-Qasba Qadima– del Albayzín. De hecho hay quien asegura que el origen de al-Hamrā -la roja- hay que buscarlo en la bermeja barba del primer rey de Granada, y no en el color de la tierra de la loma en que se levantó o en la tonalidad de la arcilla con que se edificó.

El Patronato de la Alhambra y Generalife es tan espléndido con los turistas de quienes obtiene pingües beneficios que obliga, sí o sí, a imprimir las entradas desde un cajero de ServiCaixa de Andalucía –no valen los chorrocientos que tenemos en Barcelona- o desde los terminales de una pecera acristalada que se ubica junto a las taquillas del conjunto monumental. Nacidos para sufrir.

HotelAmérica2Desde la entrada principal, dejando para más tarde el desvío que conduce al Generalife, enseguida se atraviesa un puente por el que se accede al interior de la fortaleza por la Calle Real Alta. A la izquierda pueden apreciarse los vestigios de lo que fuera la medina artesanal, mientras que a la derecha se contemplan agradables jardines y, más allá, el perfil del antiguo Convento de San Francisco reconvertido en Parador de Granada. Un poco más abajo de la entrada al mismo se asoma, discreto y coqueto, el Hotel América, y más abajo aún, flanqueados por una frondosa higuera, los discretos baños públicos nazaríes que preceden a la Iglesia de Santa María. Luego, antes de alcanzar el Alcázar, hiere como un bloque-meteorito el Palacio de Carlos V, una mole aberrante que se incrusta con arrogante imposición en el paisaje. Cuán lejos de los arrebatadores yesos, ladrillos y azulejos del vergel de los Palacios Nazaríes vecinos.

PalacioCarlosV_1Aunque nos daba repelús entrar en el Palacio de Carlos V –no per se, sino por su lacerante agresión al entorno-, nos asombraron el inmenso patio circular interior y la afable voluntaria que comentó nuestro itinerario por el Museo de La Alhambra. Más allá de los detalles de las piezas expuestas, me pareció cautivadora su manera de referirse a la invasión de los cristianos. Porque fue exactamente eso, un asalto –cuán perverso me parece el término reconquista-. Redunda en esa idea un librito que adquirí en la tienda aneja –que, por cierto, gestiona la barcelonesa Laie-, “La Alhambra de Granada” de Triangle Books, con fotografías de Lluís Casals y textos de Félix Bayón.

Los Palacios Nazaríes no responden a ningún estilo determinado, ni siquiera califal: presentan elementos persas, egipcios, hebreos, grecorromanos, mozárabes y góticos. Pura fusión. Sus parientes más cercanos son las pirámides de Egipto: la torre de Comares mide 18 metros de altura por 11 de lado, justo 150 veces menos que la pirámide de Keops. Por eso conmueve a los expertos en geometría: su proporción áurea es práticamente perfecta, aunque se cometieron errores milimétricos intencionados para reservar la perfección a Allah.

Si desde el exterior la fortaleza de La Alhambra sorprende por la continuidad con el PalaciosNazaríes_techos_patio_leonespaisaje, como si se hubiera posado suavemente sobre la colina en la que se asienta, ya en el interior de los Palacios Nazaríes hechiza la sensación de que gravita sobre la tierra: la superestructura de arcos, bóvedas y techos es mucho más pesada que las columnas, bases y capiteles en que se apoya y que los patios de mármol y los fascinantes espejos de los estanques, albercas y fuentes que la pueblan. Todo un canto a la alegría terrenal y al íntimo regocijo. Es el reverso de las catedrales góticas coetáneas, que invitaban a elevar la mirada –la plegaria, la esperanza- hacia el cielo: en La Alhambra el edén está entre nosotros y a ras de suelo. Por eso hay quien asevera, como el escritor granadino Antonio Enrique, que es el paradigma del gótico invertido.

PulpoTras la larga e intensa mañana –nos habíamos levantado a las cuatro y media-, nuestro paraíso particular nos esperaba en el Restaurante Especia del Parador de Granada –su pulpo es uno de los mejores que jamás hayamos probado, solo a la altura del de Matosinhos- y en nuestra habitación abuhardillada –qué siesta tan reparadora-.

A última hora de la tarde abandonamos La Alhambra por la Cuesta de los Chinos, que serpentea por la parte posterior de la ciudadela en agradable y vertical paseo –los suelos empedrados granadinos no son aptos para calzado inverosímil- y va a parar al Puente del Aljibillo. Una vez cruzado el Darro, empezamos a trepar por las callejuelas del Albayzín hasta alcanzar la Mezquita Mayor de Granada, desde cuyo jardín se divisa una imponente panorámica de La Alhambra. Es una atalaya mucho más apacible que el cercano y atestado Mirador de San Nicolás, solo apto para amantes de las aglomeraciones.

CenaVista_ventana

Mi amiga María nos había recomendado tres restaurantes del Albayzín desde donde se puede otear La Alhambra: el Carmen Aben Humeya, El Huerto de Juan Ranas y el Mirador de Morayma. Finalmente optamos por reservar mesa en este último porque nos sedujo su interior con vistas, a salvo de los distorsionantes efluvios de posibles vecinos fumadores. Aunque no habían tomado nota de mi petición, lo solucionaron enseguida y nos ubicaron en una de las habitaciones del carmen, donde cenamos los dos solos mientras contemplábamos cómo La Alhambra iba mutando su tonalidad, según iba cayendo el sol, del dorado al carmesí y al plata. Luego regresamos sin prisa en larga caminata, orillando el Darro por el Paseo de los Tristes y regresando a La Alhambra por la Cuesta Gomérez hasta la Puerta de la Justicia. Antes de retirarnos al hotel, nos embriagó el perfume de los jardines y nos sentamos en un banco de piedra junto al Alcázar para impregnarnos de la noche. Qué delicioso momento, me basta con recordarlo para sentirme bien.

Ayer nos levantamos temprano para recorrer el Albaycín siguiendo el rastro de sus monumentos hispanomusulmanes. Desayunamos en la Cafetería Lisboa, en una esquina de la Plaza Nueva, y nos acercamos al Corral del Carbón, la alhóndiga nazarí, para imprimir nuestras entradas –insisto en que, en cuanto a los necesarios trámites del turisteo, la practicidad brilla por su ausencia-.

Antes de eCalle_Zaframpezar a encaramarse por las empinadas callejuelas del Albaycín, conviene llegarse al centro de interpretación de la Casa de Zafra para documentarse someramente sobre el emblemático barrio. Recomiendo iniciar el recorrido ascendiendo hasta el antiguo predio de la dinastía zirí para visitar el recoleto Palacio de Dar Al-Horra, donde residió la reina Aixa, madre de Boabdil –aprovecho para señalar que la mezquina frase “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” no es suya, la maquinó el padre Juan Echevarría-. De camino hacia las Casas del Chapiz y su vivificante jardín, merece la pena detenerse en la Casa Museo Max Moreau, un carmen con soberbias vistas a La Alhambra que el pintor belga donó a la ciudad. Más cerca de la ribera del Darro se pueden apreciar la Casa Morisca de la calle Horno de Oro, en cuya planta alta se conserva una extraordinaria techumbre en madera policromada, y el Bañuelo, unos baños árabes de la época zirí que los expertos datan entre los siglos XI y XII. Justo allí nos pilló la procesión de la Hermandad del Rocío de Granada: una carroza de plata tirada por un par de bueyes encabezaba la romería, aunque lo que más nos llamó la atención fueron los recios ropajes que lucían los participantes. La fe mueve montañas y sorbe sudores. Apuesto a que ellas usaban maquillaje waterproof.

AlcachofasHellenMaría nos había recomendado también tapear en Los Diamantes de la Plaza Nueva –no entramos porque estaba abarrotado- y en Bodegas Castañeda, donde recalamos antes de almorzar en El Arce, en la calle Obispo Hurtado nº 13. A quince minutos del bullicioso centro histórico, es un oasis-restaurante donde la cocinera es feliz –dispone de un espacio tipo sala de baile para trabajar- y eso se nota en sus platos. Recomiendo sus alcachofas de la vega granadina con foie y virutas de jamón –sublimes-. No nos convenció el pulpo seco de Motril porque resultaba extraño a nuestro paladar. Y sin embargo, teníamos que probarlo. Que viva el pulpo.

El calor sofocante –ayer en Granada se rozaron los 40 grados- nos impidió disfrutar más de la ciudad. Por lLouisFaurera tarde nos arrastramos por el centro histórico como orugas. Nota mental: los vuelos de regreso tardíos no son aptos para climas hostiles. Nos decepcionó el Museo Casa de los Tiros, que alberga cuadros, publicaciones y mobiliario a modo de desván. Entre los abigarrados enseres inidentificados, brillaba con luz propia algún que otro cartel de los años 20 y 30 del siglo pasado, pero ni por esas: es un lugar obviable. En cambio nos sorprendió gratamente el Centro José Guerrero, donde descubrimos al fotógrafo estadounidense Louis Faurer gracias a una exposición temporal que finaliza el 25 de junio. Googlead un poco y maravillaos ante sus reflexiones fotográficas y sus atemporales retazos de realidad.

Al salir del Centro José Guerrero, casi te das de bruces con la Catedral de Granada, donde todavía duermen su sueño eterno Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Quisieron permanecer muy cerca de su más preciado botín de guerra: La Alhambra les enamoró de tal modo que la preservaron -parcialmente, eso sí- en lugar de arrasarla. Me imagino a sus almas en pena, vagando por La Alhambra y mesándose los cabellos cada vez que transitan ante el Palacio de Carlos V, el crimen arquitectónico que se perpetró en nombre de su nieto. Qué poética venganza.