Que no te la den con tofu

Odio el tofu. Supongo que habrá quien lo encuentre delicioso, incluso indispensable en su dieta, pero yo detesto con vehemencia esa cuajada de soja indodora e insípida que es pura ambrosía para veganos y vegetarianos.

La primera vez que probé el tofu fue en casa de mi cuñado. Un año, por Nochebuena, su mujer, que es japonesa, nos preparó un maravilloso menú que incorporaba deliciosas especialidades gastronómicas niponas, desde sushi y makis, hasta una especie de fondue de ternera, que había sido encargada para la ocasión en una carnicería de Barcelona especializada -tendré que preguntarle el nombre a mi cuñada-. El secreto está en el corte, a medio camino entre el bistec y el carpaccio. Las porciones de tierna y sabrosa carne se bañaban en un caldo con salsa de soja y se tomaban, ya en el cuenco de cada cual, con huevo crudo batido y wasabi al gusto, ¡estaba exquisita!

Pero volvamos al tofu. Aquel 24 de diciembre había también en la mesa un bloque de la susodicha cuajada de soja que, previamente aderezada, todos comían con fruición. Yo me resistía a probarla porque su aspecto no me parecía nada prometedor, pero ante la insistencia de los demás, me decidí a tomar una pequeña porción. Y tras hacerlo concluí que sería difícil que repitiera la experiencia.

La textura del tofu es similar a la del queso fresco, pero su sabor no tiene nada que ver. Es como si alguien hiciera un conglomerado de brotes de soja hervidos millones de veces hasta perder del todo cualquier matiz identificable por el paladar. En mi opinión, el tofu es tan apetecible como una gelatina de panga o un requesón de agua terrosa.

Sí, ya sé que contiene proteínas vegetales de calidad, diez aminoácidos esenciales y más calcio y minerales que la carne. Y sí, es de lo más saludable: ayuda a reducir los niveles de colesterol en sangre y regula los estrógenos. Así que supongo que podría disfrazarlo (mucho) e incorporarlo en algún plato. Sin embargo, no me apetece. En parte porque el fervor de sus fanáticos me tira un poco hacia atrás –las creencias sectarias me dan grima-, pero sobre todo porque no como simplemente para alimentarme, o no solo con ese objetivo –llamadme rara-: intento que cualquier ingesta sea un efímero momento de placer.

126_foto_05-pate-de-algasPor eso me he sentido muy estafada cuando he recibido mi pedido de Caprabo Online y he comprobado, con estupor, que lo que yo creía que era paté de algas era, en realidad, paté de tofu (45,27% de ese engendro gomoso en la receta). Entro en la web de Toki Eco, el fabricante, y veo que pasa lo mismo con su hipotético paté de setas (44,65% de tofu) y con su mal llamado paté de finas hierbas (49,36% de tofu). Ahí les veo un poco de mala idea. Eso, o les gusta el tofu tanto como a mí y disimulan.

Así que, ya sabes, antes de comprar según qué a una marca bio, no presupongas su buenismo y fíjate bien en la etiqueta. Que no te la den con tofu como a mí.

Anuncios

Crímenes de San Valentín

El maltratador permanece en estado de latencia, agazapado y acechante cual insidiosa garrapata, olisqueando hábilmente la vulnerabilidad de su próxima presa. Es capaz de hacerlo escarbando entre capas y capas de autoestima postiza y detectar, donde nadie más lo haría, la debilidad en la que poder hendirse, la grieta en la que hurgar, la lesión en la que clavarse con más virulencia.

Es abyecto. Canalla. Rastrero. El más pendejo de entre todos los pendejos. No obstante, se oculta el maltratador bajo una apariencia inofensiva e inocua. Sabe hacerse pasar con facilidad por el hombre atento, educado y detallista que no es. Teje patrañas y relaciones tóxicas cual araña violinista, mientras espera cobardemente la ocasión más propicia para exhibir su auténtica naturaleza: pura ponzoña medrosa.

El maltratador aparece en el juzgado hoy, 14 de febrero –empalagosa festividad de esos amores que matan-, con su máscara de muchacho ingenuo, incluso bonachón. Su abogado particular le ha recomendado que vista ropa discreta y se muestre dócil. Se le ve tranquilo. Se sabe seguro, prácticamente intocable: aquí cualquier escoria puede abusar de las mujeres con impunidad, les basta con seguir el edificante ejemplo del desministro de injusticia. Verdugo y espectador, podrá observarla a su antojo en cuanto ella entre: por un tecnicismo que ni el juez ni la abogada de oficio de la víctima se han dignado en corregir a tiempo, la mampara de protección, que de tan obvia debería formar parte del paisaje, simplemente no está.

1900156_666848356711928_1566484223_nLa maltratada se agarra al brazo de su testigo y asiste más o menos entera a la vista, ansiosa por dar sepultura a ese amargo episodio de su vida. Mientras espera, recuenta mentalmente los trances sufridos. Las pequeñas amenazas cotidianas. Y la brutalidad que no se olvida. Lo recuerda vapuleándola, con sus garras de alimaña atenazándole el cuello. Se ve a sí misma esquivando un jarrón-proyectil. Y a su nueva pareja amenazada por aquella navaja de matasiete de pega. Ya van tres, pim-pam-pum, pasaporte y fuera: el maltratador ha perdido la partida y le toca regresar a la casilla de salida. No le concederán la nacionalidad española ni le podrán contratar legalmente. Desaparecerá de su vida. Por fin. Aunque no de la de las futuras mujeres que puedan caer en su urdida trampa de engaños. Absolutamente todos los abusadores –maltratadores, violadores, pederastas, politicastros- deberían ser desterrados al espacio exterior.

Si hubiera sido un maltratador ibérico cualquiera y la maltratada no hubiera conseguido volatilizarse, continuaría orillando los aledaños de su objeto de deseo. Hostigándola con su sola presencia. Asomándose a la barandilla de la orden de alejamiento como el insecto que es. Hasta que alguien cercano a la víctima, rebosante de hartura, acabara rociando con Cucal a ese mal bicho. Al fin y al cabo, es lo que se merece todo hombre-cucaracha.

Si tú me dices ven lo dejo todo y me planto en Artà

Mi prima Marta, que viste originalísima ropa de colores y sería una excelente interiorista –lástima de talento desperdiciado-, trabaja y reside en la localidad mallorquina de Artà desde hace un par de meses. Como está recién separada y la noté algo pachucha, volé a su encuentro para animarla un poco. Literalmente, claro: tomé un avión de Ryanair y me fui allí a pasar el fin de semana.

Debo reconocer que me he reconciliado con la aerolínea low cost irlandesa. Tras mi última y desastrosa experiencia con Vueling, decidí arriesgar y, mira por dónde, quedé gratamente sorprendida. De repente, todo el personal de Ryanair se ha vuelto afable, obsequioso, sonriente y solícito –incluso llegué a preguntarme dónde estaba la cámara oculta-. Te permiten llevar encima un pequeño bolso además de la maleta de mano -¡increíble, dos bultos sin tener que facturar!- y la tarjeta de embarque incluye asiento numerado sin extracoste. El único contratiempo fue que, al finalizar el trayecto Barcelona-Palma, como había turbulencias, más que aterrizar, casi nos incrustamos en la pista de Son Sant Joan. Nobody’s perfect.

Mi escapada mallorquina ha sido muy de estar por casa. Más que para hacer turismo, el motivo de mi visita era disfrutar de dos días con mi prima, así que enseguida me mimeticé con los lugareños y repartimos nuestro tiempo juntas entre Manacor, Cala Ratjada y, por supuesto, Artà.

majorica_workersManacor es una ciudad en mi opinión soslayable, a no ser que te pirres por las perlas –no es mi caso- y desees visitar la planta de producción de Majorica, donde a sus perlas falsas las llaman pomposamente perlas orgánicas fabricadas por el hombre, como si no hubiera ninguna empleada dedicada a ello –solo les faltaba apostillar para adornar a la mujer-. De hecho, las primeras perleras de Majorica –mujeres y niñas que trabajaban de diez a doce horas diarias- protagonizaron, en 1903, una de las primeras huelgas femeninas a nivel estatal. Y eso que la alemana familia Heusch se había trasladado a Mallorca huyendo de las revueltas sociales de Barcelona, donde habían fundado su negocio en 1892.

A la salida de Manacor –o a la entrada, según se mire- hay una de esas enormes tiendas Müller que se han propagado por la isla cual pequeña plaga, aunque, que yo recuerde, hace doce años –cuánto tiempo llevaba sin pisar la isla- todavía no existían. Supongo que no debería sorprenderme: no sé si será otra leyenda urbana, pero pulula la creencia de que muchos alemanes consideran a Mallorca como el lander número 17. Lo cierto es que cualquier cartelería isleña incluye siempre tres idiomas, catalán, castellano y alemán.

Cala Ratjada es, como quien dice, el puerto de Capdepera y donde se concentra buena parte del turismo estival de la zona. Como suele suceder con los desastres arquitectónicos perpetrados para albergar turistas a toda costa –nunca mejor dicho-, Cala Ratjada en invierno tiene un aspecto desangelado, tristón y un punto hortera, aunque sus establecimientos no están cerrados al 100%, cosa que se agradece enormemente en febrero.

A pesar de carecer de encanto alguno y de necesitar una limpieza más a fondo, el restaurante Can Maya ofrece unas bonitas vistas al puerto e ingredientes de calidad –delicioso el filete de gallo, aunque el pimiento y la cebolla de mi plato de verduras a la brasa, por lo demás muy sabrosas, estaban crudos-.

Ya entrada la noche, el Café 3 es un bar de copas sin pretensiones, con camareros simpáticos y clientela fija que, como es habitual en esta época del año, en su mayoría son viejos conocidos del lugar. Tras distraernos un poco a costa de algún que otro personaje allí presente –nos pasamos un buen rato intentando adivinar si un ser de sexo indefinido era un hombre con pinta de abuela, a lo Paul McCartney, o simplemente una alemana hombruna, que es lo que realmente era-, nos invitaron a unos chupitos cuatro mozalbetes –de veintiescasos a treintaypocos- que se conocían de jugar juntos a fútbol desde pequeños y hablaban con un encantador acento mallorquín –adoro escuchar el català de ses illes-. Marta seguro que vuelve al Café 3 más pronto que tarde, a mí me pilla un pelín lejos.

No obstante, de mi breve estancia en la Comarca de Llevant me quedo con Artà. Pese a estar prácticamente desierto en estas fechas, es un pueblecito con encanto que estoy segura de que en primavera lucirá, en todo su esplendor, sus pequeñas casitas típicamente mallorquinas, sus calles peatonales y sus alrededores tan mediterráneos. Se agradece que no hayan prosperado allí esos mamotretos de cemento que han asolado otros rincones de la isla.

El café-restaurante Sa Grípia, en la calle de la Rosa número 1, es una muy buena opción para cenar. Además de ubicarse en un espacio acogedor y con mucha personalidad, la camarera que nos atendió fue amabilísima y los platos que escogimos, excelentes –a destacar las exquisitas berenjenas rellenas de setas-. Desde allí vale la pena acercarse al número 20 de la calle Antoni Blanes, donde se esconde el Bar Total, una coctelería muy elegante con una amplia variedad de tónicas y ginebras.

En invierno, el domingo por la mañana Artà parece un pueblo abandonado. Pues no. Lo que pasa es que absolutamente todo el mundo está desayunando en la cafetería Almudaina, también denominada por las viejecitas del lugar como bar dels deixats, ya que, según ellas, allí se reúnen los hombres dejados por sus parejas -Marta, tendrás que investigarlo-. En la Almudaina cualquier bocadillo que pidas, también para desayunar, te lo sirven con aceitunas sevillanas y, si no especificas que lo quieres pequeño, te plantan en el plato media barra de pan rellena de tropecientas cosas. Yo pedí uno de atún y me lo sirvieron con juliana de lechuga, rodajas de tomate, alcaparras y las ya mencionadas aceitunas. Como curiosidad, el batido de chocolate local –nuestro Cacaolat de toda la vida- se llama Laccao.

Con un desayuno así entre pecho y espalda, una se atreve a casi cualquier cosa, incluso a bordear el litoral desde Cala Millor hasta Cala Murada –indescriptible ese chabacano horror de dimensiones estratosféricas llamado Cales de Mallorca-. Entre tanto, descubrí una letra inverosímil del inefable Melendi –a mi prima le gusta escuchar radiofórmula mientras conduce-. No lo pude evitar. En cuanto oí “tu amor de garrafón”, permanecí atenta al resto del engendro musical y mis orejas captaron, muy a su pesar, la que quizás sea la estrofa más deleznable que se haya pergeñado en el último lustro: “mis sentimientos van en chándal y los tuyos visten de Dior”. Digo yo que de tanto plancharse el pelo se le han chamuscado las neuronas.

Suerte que, de camino al aeropuerto, nos detuvimos en Llucmajor para comer. Me crié cerca de la plaza Llucmajor de Barcelona, en Nou Barris, y me hacía ilusión conocer la población, que no me defraudó. Escogimos un restaurante situado en el número 17 de la plaza de España, el Café Colón, y tuvimos la suerte de sentarnos en una mesa junto a los grandes ventanales que daban a la calle. Compartimos una inmensa ensalada de salmón ahumado con salsa de eneldo –en la mezcla demasiada mayonesa, además la odio- y ambas pedimos las manitas de cerdo, que para nuestra sorpresa iban acompañadas de patatas fritas de las de verdad, cortadas a mano, en su punto de cocción, sin chorrear aceite y deliciosamente saladas. Casi se nos saltan las lágrimas de la emoción. Así que me las tuve que comer, a pesar de mi colesterol. Qué buen sabor de boca antes de partir, ¿verdad?

No obstante, todo tiene su contrapunto. Porque tiene guasa que haya visitado Mallorca el mismo fin de semana que esa pequeña campechana que confía en su marido. Y que la susodicha haya anidado, con sus rubias larvas, en Suiza, paraíso de evasores y evadidos.

Pero no pasa nada. Nunca pasa nada. Seguro que el próximo verano los reales parásitos continúan disfrutando de Marivent con aquella desfachatez. Para ellos, para siempre jamás, como cantaban Los Mismos, será maravilloso viajar hasta Mallorca.

No sé si cortarme las venas o dejármelas largas

Virgen_del_Rocio_Novia_de_MalagaUn 14,6%. Eso es lo que ha subido mi cuota de autónomos: hoy he visto la flamante entrada en mi cuenta corriente. Tan corriente y moliente como la de los autónomos que han sido ninguneados por Fátima Ibáñez, la Virgen del Rocío y sus secuaces con esta nueva ley -aprobada de tapadillo y envuelta para regalo justo antes de empezar las vacaciones de Navidad- que, como diría Vicenç Navarro, solo busca exprimir como limones a las ciudadanas y los ciudadanos a costa de proteger a las grandes fortunas –tanto rentistas como Sicavs, que lo mismo da-. Conste que no me repele tanto pagar más como carecer de control sobre ese dinero que abono en forma de cuotas a la inseguridad social e impuestos, pero no repercute en el derecho universal e inalienable de una sanidad y una educación en condiciones.

Leo, con estupor, que esta subida se aplica a los autónomos con más de 10 trabajadores a su cargo –no es mi caso- y –ahora sí- a autónomos societarios. Claro, como nuestra nanoempresa factura tropecientos millones de euros, nos podemos permitir el aumento que haga falta para que sus señorías mantengan sus privilegios, su corte de acólitos y sus sobres. Para que usen el dinero del BCE para financiar a los bancos, en lugar de utilizarlo para salvaguardar la dignidad y la vida de las personas. Quizás esté resumiendo demasiado escuetamente la política neoliberal del desgobierno, pero es que estoy un pelín cabreada. Estoy, como cantan Don Vito y los CorleOle, harta.

Pues no. No facturamos tropecientos nada. Si lo hiciéramos, ya seríamos una Sicav y disfrutaríamos de un trato fiscal preferente y exclusivo. Como apunte: recordemos que las Sicav están protegidas del control de la Agencia Tributaria gracias a la enmienda propuesta por CiU en 2005 –y a la que se sumaron rápidamente los ppsoes, por supuesto-. Si os apetece ampliar información, os recomiendo la edificante lectura de este artículo al respecto, de cuando “El País” era un periódico: http://elpais.com/diario/2005/07/01/economia/1120168813_850215.html

Hace tres o cuatro días tuve que leer en un foro, en relación sobre la incorporación de Hervé Falciani a los bolos de presentación del Partido X, el comentario de un ser criogenizado que sospechaba que esa nueva plataforma era de derechas porque no nombraba ni una sola vez a los sindicatos y, en cambio, había mencionado a los autónomos por lo menos doscientas. Lo de derechas e izquierdas en base a ese razonamiento es que me da la risa, pero si es cierto que algún partido muestra cierta sensibilidad por el colectivo del que formo parte -y que no se visualiza públicamente porque (1) somos independientes y diversos en nuestras particularidades y (2) la huelga no nos sirve como forma de protesta-, bienvenido sea. Alguien piensa, por fin, que los autónomos existimos.