Los inhumanos

A veces los inhumanos ladran. Hoy uno de ellos, en plena clase de francés, me ha levantado la voz. Hemos visto un vídeo en el que entrevistaban a los dibujantes satíricos Philippe Geluck y Jean Plantu, debíamos debatir sobre los límites del humor. A mí se me ha ocurrido opinar que, aunque todos tenemos algunos temas que nos escuecen –sí, yo también, por supuesto-, el derecho a la libertad de expresión debería estar por encima de todos ellos, y que el propósito del humor es, o debería ser, zarandear la sociedad e invitar a la reflexión. Se ve que el vídeo ya le había calentado el ánimo –es un energúmeno intolerante, senil, retrógrado-, así que mi intervención le ha sacado de sus casillas. Como afirma el gran caricaturista Kap, el tabú no está en el dibujo, sino en la mirada y el espíritu de quien mira.

Esta mañana los cachorros de Arran han cercado una sede del Partido Popular. Han empapelado la entrada con sus pegatinas y han voceado sus proclamas parapetados tras una pancarta. Niñatos aquejados de idiocia. Perversos polluelos que señalan y acosan a quienes no piensan como ellos -a ver quién va a ser el facha-. Cobardes que han buscado el objetivo fácil, inocuo, simplón. Me han violentado profundamente y me han hecho pensar en estrellas amarillas. O en el libro de Fernando Aramburu que estoy leyendo ahora, “Patria”. Miedo, vergüenza y asco, todo a la vez.

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Y, antes de estos dos episodios lamentables -¿como causa o como síntoma?-, el terror global. Fue un ciudadano británico nacido en Kent, nacido Adrian Russel, quien atacó con un auto de alquiler y una navaja a quien se le puso por delante en Westminster. Cualquier delincuente común o simplemente alguien que no ha sido demasiado afortunado en la vida es presa fácil del discurso del odio: ellos tienen la culpa de lo que te pasa, te han robado lo que era tuyo, hay que exterminarlos. Luego está el otro lado del odio: los que no son como nosotros quieren dominar el mundo, van a matarnos a todos, hay que expulsarlos de nuestra tierra. Marine Le Pen entona la cantilena divinamente. Antes que ella muchos otros la afinaron muy bien –no hace falta irse demasiado lejos, recordemos al ínclito Heribert Barrera-. Entre tanto, unos y otros nos atrincheramos tras la barrera del miedo y la animadversión y, cuanto más lo hacemos, más perdemos nuestra humanidad.

Si alguien quiere matar y no le importa morir mientras lo hace, es imposible anticiparse a ello, de modo que es absurdo vivir atenazados por el pánico. Lo que hay que intentar es que esa persona no alcance tamaño grado de inhumanidad. Y que no vaya por la vida ladrando, atosigando, atacando al prójimo. Como hace mi compañero de clase de francés. Quién sabe, quizás de pequeño no le dieron suficientes abrazos y por eso es tan poco humano. Tan animal.

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