8 de marzo en Sevilla

Cuando los descendientes de los parabolanos que desollaron a Hipatia se incrustaron en el parlamento andaluz, decidí que el 8 de marzo estaría en Sevilla: quería apoyar a las hermanas andaluzas con conciencia de género y a los compañeros que nos quieren vivas, libres e iguales: la lucha feminista será compartida o no será. Mi amiga Eva se apuntó en medio nanosegundo, no tanto por acudir a la manifestación hispalense –aunque también- como por conocer la capital andaluza. Olé.

A las siete menos cuarto de la mañana, mi maleta de cabina violeta sufragista atruena las calles. La jornada de huelga no aplica para una tendera que abre su pollería de madrugada: es la vida de la autónoma, me la sé bastante bien. Ya en el bus que me lleva al aeropuerto, una señora encantadora entabla conversación conmigo por pura complicidad: mi camiseta con proclama, “Ni un paso atrás”, me delata. Eva y yo nos encontramos en la T1 y en menos que canta un Vueling nos plantamos en Sevilla.

Nos alojamos en el Hotel Goya, un alojamiento requetebién ubicado con un personal amabilísimo. A pesar del bullicio nocturno de esa zona, nuestro dormitorio es monacalmente silencioso y tanto el baño como la habitación lucen impolutos. Qué delicioso refugio.

Gracias a las recomendaciones de John, el viajado marido de Eva, almorzamos a dos minutos de allí, en el restaurante San Marco de la calle Mesón del Moro, que ocupa unos antiguos baños árabes del siglo XII. El intenso aroma a jazmín y los buqués de flores frescas diseminados por el recinto nos envuelven como un vaporoso abrazo.

smartcaptureDespués de comer nos acercamos en apacible paseo, atravesando la calle de las Cruces, a los Jardines de Murillo y después a la renombrada Plaza de España. Aunque sus dimensiones son imponentes, nos parece un homenaje cerámico rancio y trasnochado y enseguida nos escapamos al anejo Parque de María Luisa, mucho más agradable.

Proseguimos nuestra caminata buscando la sombra -el sol aprieta- y entramos en el Archivo General de Indias, cuya visita es gratuita. Una exposición temporal, “Sabores que cruzaron los océanos”, detalla cómo afectó el comercio con ultramar, sobre todo con Filipinas, a los hábitos alimenticios patrios. En uno de los plafones leo que algunos bodegueros descubrieron que el vaivén de las olas y la humedad beneficiaban a la evolución de los caldos que transportaban los barcos, de modo que empezaron a pasearlos para mejorar su envejecimiento. Los viajes son enriquecedores incluso para los vinos.

Se acerca la hora de la cita feminista en el Puente de Triana y nos encontramos con la otra Eva de esta escapada en el bar El Cairo, que queda muy cerquita de la cabeza de la manifestación. Nuestra Eva sevillana había trabajado conmigo en Barcelona y ahora reside en la capital hispalense para estar al ladito del padre de su pimpollo. Pero esa ya es otra historia.

En el baño del bar El Cairo, una coqueta setentañera se fija en el color de mi boca.

– Oh, ese pintalabios que llevas sí que es violeta -se dirige a mí, mohína.

– Bueno, mujer, el tuyo también lo es -la consuela su amiga.

– No, el mío es más granate. Esto el próximo 8 de marzo lo tengo que solucionar.

La comprendo perfectamente, yo también pienso que el feminismo no está reñido con la feminidad. Antes muerta que sencilla.

smartcaptureLa calle es una fiesta transversal donde todas tenemos cabida. Me fascinan algunas muchachas hermosas, desafiantes y a la vez risueñas, que alzan orgullosas las pancartas que han rotulado para la ocasión. También detecto a abuelas con mucha mani a las espaldas, la melena al viento o recogida en moño caracoleante. Una Dolly Parton andaluza agita el puño con tanto entusiasmo que su sortija de Shazán, preparada para un sortilegio, deslumbra con sus brillos carmesíes como un faro de Alejandría. Más adelante, una pandilla exhibe su actitud queer con mantillas en las que han bordado, en punto de cruz, “mujer tenía que ser”. Qué a gusto se está entre ellas. La única nota discordante la dan unos sindicalistas viejunos y desnortados: un macho alfa atrona desde su megáfono rodeado por sus compañeras. Así no, caballero. Así, de manera tajante, no.

Nuestra sevillana acompañante nos conduce hasta una abarrotada Alameda de Hércules para cenar y conseguimos mesa en la azotea del restaurante Al Aljibe. Ojipláticas nos quedamos cuando el camarero no incluye en la cuenta un risotto que no resulta de nuestro agrado, el servicio hispalense está en las antípodas del de Barcelona. La noche no se alarga mucho más, estamos exhaustas. Tras despedirnos de nuestra Eva sevillana, quien nos acompaña hasta la puerta del hotel, caemos en coma onírico.

toro disecadoEl sábado por la mañana nos sentamos en el recoleto comedor de la Bodega Belmonte todavía somnolientas. Cuando ya hemos pedido lo que nos apetece para desayunar, levanto la cabeza y me doy cuenta de que nos observan siete testas de toro disecadas. Casi me da un siroco. Y luego otro cuando diviso un gran lazo amarillo en la reja de la catedral. No me restriego los ojos porque me emborronaría la cara de eyeliner y parecería un mapache. Me acerco para verificar lo que tengo delante y sí, es un lazo amarillo, pero por el cáncer infantil, que era su primera adscripción hasta que lo expropiaron los independentistas catalanes. En fin.

Hemos concertado una visita a pie por el centro histórico de Sevilla. A la hora convenida aparecen en Puerta de Jerez cuatro guías de Free Tours y en un momento montan los grupos, uno en inglés, otro en francés y dos en español. Tenemos la suerte de que nos toca con Yis, una chica pizpireta nacida en Tánger y enamorada de Sevilla que nos va desgranando información a lo largo del paseo. Así nos enteramos de que en el barrio de Santa Cruz, las casas más pudientes protegían sus muros y sus esquinas con ruedas de molino y columnas, a fin de evitar el desgaste de los guardaejes de los carruajes al discurrir por las angostas callejuelas.smartcapture

Yis también nos desvela que, aunque se ve blanca, la Giralda es, en realidad, roja, como han manifestado los trabajos de restauración: al parecer la recubrieron para igualarla cromáticamente con la catedral. La función de las rampas de su interior era que los islamitas pudieran subir a rezar a caballo o en burro, ya que tenían que hacerlo cinco veces al día. Así mismo nos detalla que, en realidad, los musulmanes no se lavan antes de orar, sino después de expulsar de su cuerpo orina, heces o gases. Cada cual con sus costumbres.

Yis es antitaurina, sobre todo desde que supo cómo atormentan a los toros de lidia antes de arrojarlos al ruedo: les taponan con cera la nariz y las orejas, les cubren los ojos y los encierran en una angosta caja durante 24 horas, de manera que salgan tan desorientados como asustados a la plaza. La crueldad humana es esperpéntica. Me reafirmo en mis convicciones: la tortura no es arte ni cultura.

Enfrente de la Torre del Oro, Yis nos relata las visicitudes de su heroína, María Coronel, que se desfiguró la cara con aceite hirviendo para evitar que la violara el rey Pedro el Cruel. A pesar del suceso, vivió largos años y dejó instrucciones de que la momificaran cuando falleciera: deseaba ser la prueba fehaciente de que ese episiodio fue real y no leyenda. Quien desee verificar el lance, solo debe acudir al convento de clausura de Santa Inés el 2 de diciembre, único día en que pueden contemplarse sus restos –explicaciones novelescas a parte, el cadáver incorrupto de la aristócrata sevillana fue descubierto por casualidad, con motivo de unas obras que obligaban al traslado de su féretro-.

Nos despedimos de Yis antes de finalizar el periplo de Free Tours: hemos comprado en la web oficial las entradas para visitar los Reales Alcázares y el Cuarto Real y debemos ser precabidas con los horarios. Por suerte, nuestra encantadora guía nos da un consejo que nos resulta de gran utilidad cuando vagamos por los laberínticos jardines: para encontrar la salida, basta con que nos fijemos en que la muralla quede a nuestra derecha.

alcázar2El origen de los Reales Alcázares se remonta al siglo X, cuando Abd al-Rahman II manda edificar la Dar al-Imara, la casa del gobernador. El conjunto se va ampliando durante los sucesivos reinados, también cuando Fernando III invade Sevilla y los reyes de Castilla deciden establecer su regia residencia en los arrebatadores palacios almohades. Pedro el Cruel ordena construir el primer edificio civil de la Baja Edad Media en estilo mudéjar: en sus obras participan alarifes y carpinteros cristianos y musulmanes venidos de Toledo y Granada, y también sevillanos, prueba de que hubo un tiempo en que cristianos, judíos y musulmanes convivieron en provechosa armonía.

alcázar3Vendrían luego nuevas ampliaciones, una de las cuales es el Cuarto Real que, aunque puede visitarse, no es fotografiable porque hoy por hoy son los aposentos de los compiyoguis cuando pasan por Sevilla: si deseas que te invada una humillante sensación de súbdita, es el lugar ideal. El protocolo obliga a pasar los bolsos por un detector y, adicionalmente, guardarlos en unas taquillas. Unbelievable. En la cola, una doble de la difunta Cayetana –la misma boca de pato operada, idéntica pelambrera amarilla, blazer de terciopelo y sleepers en los pies- vive ajena a nuestro plebeyo ajetreo, ella lo comprende todo porque también pertenece a ese rancio abolengo que perdura por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Una vez dentro, un segurata perruno husmea cualquier atisbo de abandono de las normas estipuladas, a saber: recorrer todos juntos cada estancia y escuchar, al unísino y de manera simultánea, las explicaciones de la audioguía, que de tan hagiográficas con los sucesivos inquilinos dan náuseas. Ganas de vomitar sobre algún horritapiz o sobre los reclinatorios de los adalides del yugo y las flechas. Nota marginal: el yugo por la inicial de Ysabel y las flechas por la de Fernando. Siempre se aprende algo nuevo, aunque sea intrascendente.

Tanto panegírico de la monarquía nos asfixia, necesitamos salir a tomar aire. Siguiendo la recomendación de nuestra guía de Free Tours, intentamos almorzar en la Taberna Coloniales de la calle Jimio. Imposible, es demasiado tarde para conseguir mesa: una pequeña romería de lugareños se agolpa en la entrada. Nos encaminamos hacia la calle Sierpes y entramos en el primer lugar que nos parece bien, la Taberna El Papelón, al principio de la calle Granada, donde nos atienden divinamente y picamos lo que nos apetece. Luego callejeamos Sierpes arriba. IMG-20190309-WA0016Optamos por no adquirir nada en la célebre Confitería La Campana porque sus nazarenos de chocolate o caramelo nos dan grima. A nuestro lado, unos turistas italianos creen que tienen algo que ver con el kukluxklan.

De cerca, el inexplicable mirador denominado Setas de Sevilla nos parece tan desconcertante como de lejos. Desestimamos subir a “la construcción de madera más grande del mundo” –no somos fácilmente impresionables- porque preferimos continuar nuestro paseo y regresar hacia el hotel. De camino compro algunas hierbas para infusión y unas pastillas de incienso en el Herbolario Esencias de Sevilla de la calle Córdoba, donde una mujer más maja que las pesetas nos da palique un buen rato. Claro que yendo con Eva lo raro sería que no entablase conversación con nosotras: mi locuaz amiga ha dedicido ejercer un pintoresco apostolado de catalanidad integradora.

Nos espera nuestra noche flamenca, así que urge una pausa en el hotel para reponer fuerzas. Me duelen tantísimo los pies que sopeso salir con mis zapatillas de satén de viaje de Woman Secret, pero desestimo la idea porque no coordinan con lo que llevo y soy incapaz de salir a la calle desconjuntada.

Cenamos muy cerquita del hotel, en Las Moradas de la calle Santa Teresa, un nombre que nos define requetebién, no tanto por el violeta feminista de nuestro fin de semana reivindicativo como porque nos ponemos ídem de jamón del bueno, pescaíto frito y un Emilio Moro que nos ventilamos a toda velocidad porque nos aguarda el tablao Los Gallos.mde

Llegamos cinco minutos antes de que empiece el espectáculo, y sin embargo Beatriz, la mejor camarera del mundo mundial, nos hace un hueco en primera fila. Mi amiga Eva se pide un gintonic.

– ¿Qué ginebra tienes?

– MG.

– No la conozco, ¿es buena?

– Nadie ha vuelto para decir que le había sentado mal…

– Bueno, pues tráeme un gintónic de MG.

smartcaptureMG es un bebercio que se fabrica en Vilanova i la Geltrú, pero entonces todavía no lo sabemos y caen dos rondas de combinado. El mío es facilón, Barceló con naranja, pero el de Eva es todo un reto. Suerte que es una hembra aguerrida y se lo bebe todo como si nada, qué grande. Entre tanto Beatriz, que se ha encariñado con nosotras –quizás ayude que seamos las únicas españolas del patio de butacas-, nos facilita una lista escrita de su puño y letra con el programa de la noche, que nos parece fabuloso y nos requetechifla. Que sí, que en el barrio de Triana quizás haya tablaos más auténticos, pero qué queréis, somos prácticas y preferimos la comodidad: en cuanto acaba la fiesta, solo nos separan de nuestras camas tres minutos de paseo, literalmente. Felicidad máxima.

El domingo hemos contratado con Naturanda una espléndida excursión a Itálica y San Isidoro del Campo. Nos recibe Patricia, historiadora, arqueóloga y guía turística, y disfrutamos del privilegio de viajar con ella y otra turista como nosotras en su monovolumen. Patricia es muy maja y el trayecto se nos hace muy corto. En la entrada de Itálica se suman algunos visitantes más, pero entre todos no sobrepasamos la docena.

Durante el recorrido del sitio arqueológico, Patricia pone en contexto todo lo que vamos viendo y nos glosa las costumbres y la manera de vivir de los antiguos moradores de la urbe. Así nos enteramos de que muchos gladiadores, los autoracti, venían a ser como los actuales deportistas de élite, y que no luchaban a muerte porque eran demasiado valiosos –nada que ver con la imagen que nos ha inoculado el cine hollywoodiense-. O que, como los excusados eran públicos, los patricios quedaban para conversar sobre sus negocios mientras depositaban sus heces. Para que luego digan que las tradiciones catalanas son escatológicas.

mdeFinalizada la visita de Itálica, nos subimos de nuevo al monovolumen y nos dirigimos a San Isidoro del Campo, una fortaleza monacal donde nos sorprende, como ya nos había sucedido en los Reales Alcázares, la presencia de elementos árabes en la construcción y la decoración del conjunto arquitectónico gótico: sus murallas presentan almenas almohades y en las paredes del claustro se pueden apreciar hermosos frescos de estilo mudéjar. Pura fusión.

El singular monasterio fue construido por ese ser conocido como Guzmán el Bueno, aunque bien debiera llamarse el Parricida: cuando los musulmanes que asediaban Tarifa le advirtieron de que ejecutarían a su hijo mayor si no se rendía, arrojó su propia daga para que lo hicieran. Eso sí, los apuñalados restos de Pedro Alonso de Guzmán reposan en el panteón familiar. Otro cadáver inverosímil que allí yace es el de Leonor Dávalos, dama de compañía de Urraca Osorio, a quien Pedro el Cruel condenó a morir en la hoguera: una ventolera le arremangó la falda a doña Urraca y doña Leonor corrió a bajársela, por lo que pereció carbonizada con ella. A menudo la estupidez humana no tiene límites.

El paseo por la historia de la mano de Patricia finaliza en La Pañoleta, que es como se conoce popularmente al bar San Rafael de Camas. En cuanto llegamos, un par de gorrillas acechan en la zona de estacionamiento. Patricia tiene esta práctica mafiosa tan interiorizada que les sonríe y les avanza que cuando salgamos abonará el extorsionante impuesto. Eva y yo nos sentimos tan invadidas como cuando en Barcelona, aprovechando un semáforo en rojo, un limpia arroja un trapo pringoso sobre el parabrisas. Qué ascazo. Y sin embargo se nos olvida todo en cuanto el bar nos engulle con sus parroquianos arracimados junto a la barra, sus tapas y raciones servidas en papel encerado y su cartelería cañí. Eva y yo pedimos sendas manzanillas que nos saben a gloria.

Aunque el taxista que nos acompaña al aeropuerto parece un tipo afable e inocuo, a mitad de camino deducimos que es votante de Vox. La banalidad del mal ante nuestras narices. Como estamos ya en la autovía y saltar del vehículo en marcha nos parece una idea extravagante, optamos por trivializar la conversación para que sea asimilable por su minúsculo cerebro. Que no se nos olvide que en estos tiempos hostiles es 8 de marzo durante todo el año.

A ver qué pasa el 28 de abril. Ibsen pensaba que la mayoría –desinformada, añadiría yo- tiene la fuerza, pero no la razón. Y sin embargo prefiero la sabiduría canalla, curtida en la calle, de mi amiga Eva.

– ¿No te preocupa que a tu hijo no le guste el fútbol? –le suelta un mentecato un día cualquiera.

– No, lo que me aterra es que tú votes.

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Dormir en La Alhambra

Dentro del mismísimo recinto amurallado de La Alhambra hay dos hospedajes disponibles para quienes, como yo, anhelen experimentar un sueño de mil y una noches por lo menos una vez en la vida. El más conocido es el Parador de Granada, auténtico lujo andalusí en todos los sentidos –también en sus tarifas-. El otro, cuya existencia desconocía hasta que me lo comentó mi amiga Dolors, es el Hotel América, nuestra elección para homenajearnos el 26 de mayo, la noche en que se cumplían 20 años de nuestra primera cita.

Una vez resuelto el alojamiento, había que reservar por internet las entradas a La Alhambra a través de la web oficial, http://www.alhambra-patronato.es. Os aconsejo adquirirlas con antelación. En mi opinión, la mejor opción para conocer los Palacios Nazaríes es la visita de las 8:30h, la primera de la mañana. Luego, según van pasando las horas, es un desborde de humanidad.

MiradorMezquitaMayorAlambra

La Alhambra no fue pensada para ser admirada por las hordas de turistas que la asolamos a diario, sino para vivirla en preciosa intimidad. Sus huertos y jardines, sus volúmenes, sus juegos de agua y su envolvente luminosidad la convierten en un ejemplo paradigmático de arquitectura para la vida. Fue concebida como residencia y fortaleza de la última dinastía musulmana en la península ibérica, la Nasr. Su primer sultán, Ibn al-Ahmar, inició la construcción de la ciudadela en La Sabika, la colina que se elevaba frente a la Alcazaba Antigua –al-Qasba Qadima– del Albayzín. De hecho hay quien asegura que el origen de al-Hamrā -la roja- hay que buscarlo en la bermeja barba del primer rey de Granada, y no en el color de la tierra de la loma en que se levantó o en la tonalidad de la arcilla con que se edificó.

El Patronato de la Alhambra y Generalife es tan espléndido con los turistas de quienes obtiene pingües beneficios que obliga, sí o sí, a imprimir las entradas desde un cajero de ServiCaixa de Andalucía –no valen los chorrocientos que tenemos en Barcelona- o desde los terminales de una pecera acristalada que se ubica junto a las taquillas del conjunto monumental. Nacidos para sufrir.

HotelAmérica2Desde la entrada principal, dejando para más tarde el desvío que conduce al Generalife, enseguida se atraviesa un puente por el que se accede al interior de la fortaleza por la Calle Real Alta. A la izquierda pueden apreciarse los vestigios de lo que fuera la medina artesanal, mientras que a la derecha se contemplan agradables jardines y, más allá, el perfil del antiguo Convento de San Francisco reconvertido en Parador de Granada. Un poco más abajo de la entrada al mismo se asoma, discreto y coqueto, el Hotel América, y más abajo aún, flanqueados por una frondosa higuera, los discretos baños públicos nazaríes que preceden a la Iglesia de Santa María. Luego, antes de alcanzar el Alcázar, hiere como un bloque-meteorito el Palacio de Carlos V, una mole aberrante que se incrusta con arrogante imposición en el paisaje. Cuán lejos de los arrebatadores yesos, ladrillos y azulejos del vergel de los Palacios Nazaríes vecinos.

PalacioCarlosV_1Aunque nos daba repelús entrar en el Palacio de Carlos V –no per se, sino por su lacerante agresión al entorno-, nos asombraron el inmenso patio circular interior y la afable voluntaria que comentó nuestro itinerario por el Museo de La Alhambra. Más allá de los detalles de las piezas expuestas, me pareció cautivadora su manera de referirse a la invasión de los cristianos. Porque fue exactamente eso, un asalto –cuán perverso me parece el término reconquista-. Redunda en esa idea un librito que adquirí en la tienda aneja –que, por cierto, gestiona la barcelonesa Laie-, “La Alhambra de Granada” de Triangle Books, con fotografías de Lluís Casals y textos de Félix Bayón.

Los Palacios Nazaríes no responden a ningún estilo determinado, ni siquiera califal: presentan elementos persas, egipcios, hebreos, grecorromanos, mozárabes y góticos. Pura fusión. Sus parientes más cercanos son las pirámides de Egipto: la torre de Comares mide 18 metros de altura por 11 de lado, justo 150 veces menos que la pirámide de Keops. Por eso conmueve a los expertos en geometría: su proporción áurea es práticamente perfecta, aunque se cometieron errores milimétricos intencionados para reservar la perfección a Allah.

Si desde el exterior la fortaleza de La Alhambra sorprende por la continuidad con el PalaciosNazaríes_techos_patio_leonespaisaje, como si se hubiera posado suavemente sobre la colina en la que se asienta, ya en el interior de los Palacios Nazaríes hechiza la sensación de que gravita sobre la tierra: la superestructura de arcos, bóvedas y techos es mucho más pesada que las columnas, bases y capiteles en que se apoya y que los patios de mármol y los fascinantes espejos de los estanques, albercas y fuentes que la pueblan. Todo un canto a la alegría terrenal y al íntimo regocijo. Es el reverso de las catedrales góticas coetáneas, que invitaban a elevar la mirada –la plegaria, la esperanza- hacia el cielo: en La Alhambra el edén está entre nosotros y a ras de suelo. Por eso hay quien asevera, como el escritor granadino Antonio Enrique, que es el paradigma del gótico invertido.

PulpoTras la larga e intensa mañana –nos habíamos levantado a las cuatro y media-, nuestro paraíso particular nos esperaba en el Restaurante Especia del Parador de Granada –su pulpo es uno de los mejores que jamás hayamos probado, solo a la altura del de Matosinhos- y en nuestra habitación abuhardillada –qué siesta tan reparadora-.

A última hora de la tarde abandonamos La Alhambra por la Cuesta de los Chinos, que serpentea por la parte posterior de la ciudadela en agradable y vertical paseo –los suelos empedrados granadinos no son aptos para calzado inverosímil- y va a parar al Puente del Aljibillo. Una vez cruzado el Darro, empezamos a trepar por las callejuelas del Albayzín hasta alcanzar la Mezquita Mayor de Granada, desde cuyo jardín se divisa una imponente panorámica de La Alhambra. Es una atalaya mucho más apacible que el cercano y atestado Mirador de San Nicolás, solo apto para amantes de las aglomeraciones.

CenaVista_ventana

Mi amiga María nos había recomendado tres restaurantes del Albayzín desde donde se puede otear La Alhambra: el Carmen Aben Humeya, El Huerto de Juan Ranas y el Mirador de Morayma. Finalmente optamos por reservar mesa en este último porque nos sedujo su interior con vistas, a salvo de los distorsionantes efluvios de posibles vecinos fumadores. Aunque no habían tomado nota de mi petición, lo solucionaron enseguida y nos ubicaron en una de las habitaciones del carmen, donde cenamos los dos solos mientras contemplábamos cómo La Alhambra iba mutando su tonalidad, según iba cayendo el sol, del dorado al carmesí y al plata. Luego regresamos sin prisa en larga caminata, orillando el Darro por el Paseo de los Tristes y regresando a La Alhambra por la Cuesta Gomérez hasta la Puerta de la Justicia. Antes de retirarnos al hotel, nos embriagó el perfume de los jardines y nos sentamos en un banco de piedra junto al Alcázar para impregnarnos de la noche. Qué delicioso momento, me basta con recordarlo para sentirme bien.

Ayer nos levantamos temprano para recorrer el Albaycín siguiendo el rastro de sus monumentos hispanomusulmanes. Desayunamos en la Cafetería Lisboa, en una esquina de la Plaza Nueva, y nos acercamos al Corral del Carbón, la alhóndiga nazarí, para imprimir nuestras entradas –insisto en que, en cuanto a los necesarios trámites del turisteo, la practicidad brilla por su ausencia-.

Antes de eCalle_Zaframpezar a encaramarse por las empinadas callejuelas del Albaycín, conviene llegarse al centro de interpretación de la Casa de Zafra para documentarse someramente sobre el emblemático barrio. Recomiendo iniciar el recorrido ascendiendo hasta el antiguo predio de la dinastía zirí para visitar el recoleto Palacio de Dar Al-Horra, donde residió la reina Aixa, madre de Boabdil –aprovecho para señalar que la mezquina frase “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre” no es suya, la maquinó el padre Juan Echevarría-. De camino hacia las Casas del Chapiz y su vivificante jardín, merece la pena detenerse en la Casa Museo Max Moreau, un carmen con soberbias vistas a La Alhambra que el pintor belga donó a la ciudad. Más cerca de la ribera del Darro se pueden apreciar la Casa Morisca de la calle Horno de Oro, en cuya planta alta se conserva una extraordinaria techumbre en madera policromada, y el Bañuelo, unos baños árabes de la época zirí que los expertos datan entre los siglos XI y XII. Justo allí nos pilló la procesión de la Hermandad del Rocío de Granada: una carroza de plata tirada por un par de bueyes encabezaba la romería, aunque lo que más nos llamó la atención fueron los recios ropajes que lucían los participantes. La fe mueve montañas y sorbe sudores. Apuesto a que ellas usaban maquillaje waterproof.

AlcachofasHellenMaría nos había recomendado también tapear en Los Diamantes de la Plaza Nueva –no entramos porque estaba abarrotado- y en Bodegas Castañeda, donde recalamos antes de almorzar en El Arce, en la calle Obispo Hurtado nº 13. A quince minutos del bullicioso centro histórico, es un oasis-restaurante donde la cocinera es feliz –dispone de un espacio tipo sala de baile para trabajar- y eso se nota en sus platos. Recomiendo sus alcachofas de la vega granadina con foie y virutas de jamón –sublimes-. No nos convenció el pulpo seco de Motril porque resultaba extraño a nuestro paladar. Y sin embargo, teníamos que probarlo. Que viva el pulpo.

El calor sofocante –ayer en Granada se rozaron los 40 grados- nos impidió disfrutar más de la ciudad. Por lLouisFaurera tarde nos arrastramos por el centro histórico como orugas. Nota mental: los vuelos de regreso tardíos no son aptos para climas hostiles. Nos decepcionó el Museo Casa de los Tiros, que alberga cuadros, publicaciones y mobiliario a modo de desván. Entre los abigarrados enseres inidentificados, brillaba con luz propia algún que otro cartel de los años 20 y 30 del siglo pasado, pero ni por esas: es un lugar obviable. En cambio nos sorprendió gratamente el Centro José Guerrero, donde descubrimos al fotógrafo estadounidense Louis Faurer gracias a una exposición temporal que finaliza el 25 de junio. Googlead un poco y maravillaos ante sus reflexiones fotográficas y sus atemporales retazos de realidad.

Al salir del Centro José Guerrero, casi te das de bruces con la Catedral de Granada, donde todavía duermen su sueño eterno Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Quisieron permanecer muy cerca de su más preciado botín de guerra: La Alhambra les enamoró de tal modo que la preservaron -parcialmente, eso sí- en lugar de arrasarla. Me imagino a sus almas en pena, vagando por La Alhambra y mesándose los cabellos cada vez que transitan ante el Palacio de Carlos V, el crimen arquitectónico que se perpetró en nombre de su nieto. Qué poética venganza.

Ocho locas en Jerez

“Lo tengo todo a punto. ¿Por dónde andáis? Preguntadle al taxista, son muy simpáticos”. Y ya nos da la risa. “Dice que estamos atravesando la Avenida de los Sementales”.

Cuando Dolors nos propuso hace unos meses una escapada a Jerez de la Frontera, enseguida nos precipitamos a la web de Ryanair a reservar nuestros vuelos, cada una desde nuestros distantes rincones de la aldea global: Andorra, Barcelona, Cardedeu, Dubai, Matadepera y Rotterdam. “Yo llegaré un día antes para prepararos la bienvenida”, avanzó Dolors. Trantrantrán.

De Dolors me admira, sobre todo, su rara habilidad para soslayar impertinencias sin perder la compostura, con flemática elegancia y, por supuesto, sin dar voces. Es una mujer fabulosa en todos los sentidos, y nos ha agasajado con un fin de semana inolvidable en ese Jerez de sus amores en el que está echando raíces poco a poco, como una exuberante buganvilla.

jaima“¡Eo, chicas, estoy aquí! ¡Ahora bajo!” La vemos saludándonos desde la azotea del edificio y tarda un rato en asomarse a la puerta. Y sí, el casoplón que será nuestro pied-à-terre –no cabíamos en su coqueto apartamento jerezano- es solo para nosotras, con sus cuatro dormitorios, sus cuatro baños, su patio interior andaluz y, lo mejor: una terraza entoldada, en plan jaima, con un refrescante vaporizador y unas vistas incomparables a la Iglesia de San Miguel. Clinclonc clinclonc clinclonc clinclonc clinclonc. Las cinco de la tarde, hora de merendar. Cerveza, vino blanco y cositas ricas antes de acercarnos a la escuela de flamenco reservada para nosotras por una maestra de excepción: nuestra queridísima amiga y anfitriona. Vámonos pallá.

Antes de empezar, Dolors nos asegura que el flamenco es mucho más que el cante y el baile. Es toda una forma de vida. Y nos habla del respeto reverencial con que debe relacionarse con él el foráneo: pobre de quien se le ocurra lanzarse a hacer el payaso cuando los jerezanos, que se sienten guardianes de ese arte que llevan en vena, improvisan una jarana en menos que cae un fino. De cómo la técnica sirve de poco si no se canta y se baila desde el estómago. De la epifanía de sentir que tienes el duende. De compases. De palos –alegrías, bulerías, tangos-. De Cádiz, Jerez y Triana. Me encantaría continuar escuchándola, pero hay que empezar a bailar.

Intento ese femenino y asombroso mariposear de manos, pero solo consigo que mis torpes dedos se muevan a la manera de las tenazas de un buey de mar. Persevero con algunos pasos básicos y constato que mi imagen reflejada en el espejo se parece bastante a la versión femenina del monstruo de Frankenstein. Así que desisto y Chantal se refugia a mi vera, muy a la verita mía. Ambas observamos desde una esquina cómo nuestras voluptuosas amigas cimbrean sus caderas siguiendo las indicaciones de Dolors, que se mueve como una diosa.

Tras la clase, cervecita fresca en la Plaza Plateros –qué bien la tiran en Jerez- y para casa a engalanarnos. Algunas duchas, risas y taconeos después, y tras otear las posibilidades que nos ofrece la noche, Dolors, nuestra guía espiritual y flamenquil, opta por el mesón Antonio, en la plaza Asunción, donde por el precio de la opípara cena –excelentes las puntillitas y las coquinas- disfrutas del club de la comedia gracias a un camarero que habla igual que Gilda Love, pero en hétero. Qué salao. Lo mismo pone el abrebotellas en modo pinganillo para hablar con Shakira, que nos va piropeando alternativamente con desparpajo y gracejo –atención, chicas que me estáis leyendo: si algún día tenéis un bajón de autoestima, pasaros un ratito por Jerez y os sentiréis las hembras más hermosas del planeta-.

Cuando el sábado por la mañana nos echamos a la calle, notamos que el calor se viene parriba, como nosotras mismas. Desayunamos en el evitable La Vega de la Plaza Esteve, donde nos sirven tarde, caro y mal, pero Núria puede comer los prototípicos churros. Está al lado del Mercado Central de Abastos, cuyos precios nos dejan ojipláticas: cerezas picotas a 3 euros el kilo, cañaíllas frescas a 6, a 12 la ventresca de atún de la cercana Barbate –donde por cierto reside una pequeña colonia de japoneses que hablan con gracioso acento gaditano-. Las paradas del mercadillo de los aledaños ofrecen prendas a precios inverosímiles. Bikinis a 1 euro, por ejemplo. Unbelievable.

Hay que apresurarse. Las tiendas cierran sobre la una y media –el sábado por la tarde Jerez parece una ciudad fantasma del desierto de Arizona- y todavía no he ido a Fátima Canca, en el Pasaje Santo Ángel del número 6 de la calle Tonería. Tengo una misión: encargar unos zapatos de flamenca para salir a petardear. De piel, hechos a mano y a medida, escojo tipo de tacón, material, diseño, color y bordado. Mi amiga Dolors me los traerá cuando regrese de sus vacaciones de agosto, ¡viva! Será mi autoregalo de cumpleaños.

El Festival de Jerez es el certamen internacional de flamenco más importante del mundo. El juez más temible, quien decide si el espectáculo que allí se estrena tendrá éxito o no cuando esté en gira, es el experto público que se arremolina en “La Reja” tras las representaciones en el vecino Teatro Villamarta. En la pasada edición, cuando la talentosa granadina Fuensanta La Moneta presentó “Paso a paso”, disfrutó de una ovación de cinco minutos de aplausos en el emblemático tabanco donde Dolors nos sugiere almorzar.

lasOchoCuando llegamos a “La Reja”, el establecimiento se ve prácticamente vacío, de modo que podemos escoger dos mesas gemelas y encaramadas, que parecen el trono del lugar. En la pizarra, la oferta del día: salmorejo, ensaladilla rusa, pulpo, cola de toro y secreto. Una maceta –la medida de cerveza jerezana- más una tapa, 2 euros. Tres tapas por cabeza –y qué tapas, el pulpo se deshace en la boca- nos bastan y nos sobran.

Por la tarde, siestas, confidencias y gintonics bajo la jaima vaporizada. Y, cuando menos lo esperamos, la guinda del pastel: la salida de los invitados de una boda de postín en la Iglesia de San Miguel, que podemos contemplar desde nuestro mirador privilegiado con todo lujo de detalles. Criticamos como locas –y aún nos quedamos cortas: tanto pijerío para luego dejar la plaza hecha unos zorros-, nos admiramos del colorido de los vestidos de las féminas –ni un solo vestido negro- y gritamos “viva los novios” arrebatadas.

LolaFloresHemos reservado mesa para nuestra noche flamenca y entre risa y risa se nos echa el tiempo encima. La segunda sesión de maqueo tiene un plus: a medianoche Mireia empezará a celebrar su cumpleaños. Estrena vestido y sombra de ojos y está radiante. Acicaladas como pimpollos nos llegamos a la casa donde nació Lola Flores –que permanece cerrada por deseo de su propietario, un ferviente admirador-, quien al parecer bailaba desnuda para los gerifaltes del franquismo –incluyendo “Paca, la Culona”-.

RocíoA pesar del perico –abanico king size– que agito cual ventilador, el calor es sofocante en el Tabanco El Pasaje –calle Santa María número 8- mientras esperamos a que empiece el espectáculo. Entre tanto llegan las tapas, las cervezas y el fino y el único regocijo nos lo da el apuesto mozo, que nos alegra la vista y nos hace más liviana la espera gracias a su diligencia –otro agua, otra cerveza, otro vino, por favor-. Por fin suben a la tarima Rocío Parrilla, que canta con tanto sentimiento cuando abandona el micro que nos saltan las lágrimas, y Antonio Jero, que la acompaña –divinamente- a la guitarra. “No me llames Dolores, llámame Lola, que ese nombre en tus labios sabe a amapola”.

Mientras abonamos la cuenta que han escrito con tiza en la barra, Andrew, un renombrado lutier inglés que se ha mimetizado con su tierra de adopción –no producirá más guitarras hasta noviembre porque ha reunido lo suficiente como para disfrutar de Jerez durante los próximos meses- nos recomienda que continuemos la noche en El Guitarrón de San Pedro, en Bizcocheros 16.

Llegamos cuando Juan Lara al cante y Jesús de Rebeco al toque están acabando su actuación, que se alarga insospechadamente porque el clan Carpio y Manuel de la Momi se arrancan para prolongar la fiesta. Qué gran regalo de cumpleaños para Mireia, que a medianoche nos tiene que soportar, a voz en grito, aullándole el inevitable cumpleaños feliz. Ruido de fondo para los profesionales que unos metros más allá, ajenos a la estridencia, continúan con su jaleo cañí.

Nos quedamos enganchadas al maravilloso espectáculo que se despliega espontáneamente ante nuestros ojos y acabamos entablando conversación con el mismísimo Manuel y con su encantadora novia, Pepa, que se encarga de coordinar las visitas a las Bodegas Williams & Humbert, 100% jerezanas a pesar de su británico nombre, y nos revela que el recorrido de los viernes incluye el acceso a su pista ecuestre para contemplar a sus caballos andaluces de pura raza –qué bellos y esbeltos ejemplares se aprecian paseando por Jerez-.

A punto de cerrar el local, nos invitan a la noche flamenca puertas adentro. Qué extraordinario privilegio. No obstante, declinamos la tentadora oferta porque nos sentimos incapaces de permanecer despiertas hasta que amanezca, y escaparnos antes sería una imperdonable falta de cortesía. De modo que finalizamos nuestra incursión nocturna en el Damajuana, local abarrotado donde pinchan eclécticamente música ochentera –hacía siglos que no escuchaba a Los Ronaldos- y se congrega tout Xérès. Duramos poco allí porque la aglomeración y la algarabía obstaculizan las dos únicas actividades que nos interesan: bailar y conversar. Así que, tras apearnos de nuestros tacones y retirar las máscaras de afeites, lunares, sedas y brillos, nos cobijamos bajo la jaima de casa en íntima charla bajo las estrellas.

A la mañana siguiente, con las maletas dispuestas y todo en orden, tras el abrazo colectivo con que continúa la celebración del cumpleaños de Mireia –emotivo discurso de la interfecta mediante-, salimos a desayunar a la carrera a La Parra Vieja, en el número 9 de la calle San Miguel, al ladito de casa: nada mejor que carecer de café para arrancarnos de ese dejar discurrir las horas perezosamente tan nuestro. Molletes para todas –de jamón, de jamón y queso y de melba- y café con leche hirviendo –a la jerezana-. Qué sofoco.

El implacable sol nos acompaña hasta la Alameda, que más allá del estío alberga un concurrido rastro los domingos por la mañana. El Patio de San Fernando del Conjunto Monumental del Alcázar, que se alza majestuoso ante nosotras, acoge cada viernes de julio y agosto sus Noches de Verano Jerez 2015, que incluye otros espectáculos en los Claustros de Santo Domingo y en la Plaza de la Asunción. La visita del Alcázar y la famosa Cámara Oscura del Palacio de Villavicencio, un ingenioso juego de lentes y espejos creado por los árabes que permite divisar la ciudad a vista de pájaro, queda postergada para una próxima ocasión.

Bordeamos las calles cobijándonos en los escuetos laterales umbríos que se deslizan bajo los voladizos. No se divisa ni un alma en varios metros a la redonda y arden los adoquines y las palabras hasta el vahído.

A la hora del almuerzo nos refugiamos en el El Asador, donde el aire acondicionado nos da cierto respiro y los camareros cuchichean cuando nos oyen hablar en catalán. Tomamos unas tapas, las fumadoras entran en combustión en la tórrida sombra de la terraza y nos empezamos a ir, ahora sí. Porque ir a por las maletas es iniciar un poco la despedida. Aunque lo cierto es que nunca te acabas de ir de Jerez. Que se lo digan a Dolors. Lo supo expresar muy bien –como tantos otros sentimientos y emociones- Federico García Lorca:

“¡Oh, ciudad de los gitanos!

¿Quién te vio y no te recuerda?

Que te busquen en mi frente,

juego de luna y arena.”