Días de libros y rosas

Sant Jordi llamó a mi puerta esta semana cuando recibí, tras una espera de largos meses, “Al final, ganamos las elecciones”, más conocido como “El Libraco”. Es un recopilatorio de las campañas de marketing político de guerrilla que se desarrollaron en Barcelona y Madrid con motivo de las últimas municipales. Además de reproducir las vistosas piezas gráficas, incluye abundantes reflexiones de interés para cualquier profesional de la comunicación. Cada cual con sus particulares frikadas.

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Y más libros. La tradicional recolección de tesoros impresos de cada 23 de abril la adelantamos a ayer sábado a causa de la agenda familiar, así que por la noche llegué a casa feliz como una perdiz con mi ecléctico botín de este año: “Las cosas del querer” de Flavita Banana, editorial Lumen; “¡Estás fatal!” de Monstruo Espagueti, Lunwerg Editores; “Volver a casa” de Yaa Gyasi, Salamandra; “La invasión de las bolas peludas” de Luke Rhinehart, Malpaso –en una edición que incluye el e-book- y una “Breve historia de la literatura española” de Carlos Alvar, José-Carlos Mainer y Rosa Navarro, Alianza editorial –el próximo julio quiero asistir más que preparada al Festival de Teatro de Almagro-.

Ahora vamos a por las rosas. A las siete de esta misma mañana Mariola se ha vestido de dragona –aunque hay quien la ha confundido con una jirafa- y se ha echado a la calle a escoger una buena ubicación para vender las rosas solidarias de “Save the Children”, que un año más han invadido las calles de Barcelona: en cada esquina podía verse a un grupo de amigos adolescentes que habían invertido sus ahorros en comprar las rosas y adelantar el correspondiente donativo –la organización que hay detrás de todo ello me parece un pelín mafiosa, aunque quizás solo sea mi subjetivo punto de vista-. Luego, durante la jornada, cada cual se las ha apañado para intentar recuperar lo avanzado, el gran reto de la maratón floral. Felizmente, mi quinceañera y sus amigas lo han conseguido. Ha sido su primera iniciativa por su cuenta y riesgo y se han topado con no pocos imprevistos que ha solventado, cómo no, la red familiar. No obstante, valoro positivamente la lección de vida. Y, lo más importante, ella también.

Yo por mi parte he aprendido mucho en el Palau de la Música. He invitado a mi madre a la visita guiada y ambas hemos revisado brevemente la historia del encantador edificio modernista, así como los fascinantes detalles del jardín de piedra del interior, desde el rutilante sol del techo que baña las bonitas flores que trepan por vidrieras y muros, hasta las chocantes arañas-girasol, inclinadas por siempre jamás hacia la enorme lámpara-estrella, como si las hubieran colgado al bies.

Hemos finalizado nuestro recorrido acomodadas en la platea, desde donde hemos presenciado un delicioso concierto de pequeño formato: un pianista, un tenor y algunas sopranos han colmado de emoción la gran bombonera acristalada y han dado vida al jardín que ideara Lluís Domènech i Montaner por encargo de l’Orfeó Català. Cada vez que se llena de música, el Palau se empapa de una recurrente e íntima primavera. Como si cada día pudiera ser, como hoy, Sant Jordi.