¡Hasta luego, Carlota!

CarlotaNuestra queridísima Carlota abandona Mostaza: le han hecho una oferta que no podía dejar escapar. Nos alegramos mucho por ella y le deseamos de corazón que el próximo trayecto de su desarrollo profesional le ayude a potenciar todavía más sus múltiples talentos, aunque, al mismo tiempo, nos entristece dejar de disfrutar de su siempre agradable compañía durante el día a día. Porque Carlota no solo es requetelista y está más que preparada para afrontar cualquier reto que se le ponga por delante, sino que es, por encima de todo, una gran persona que se hace querer. Todavía no saben la suerte que tienen sus nuevos compañeros de Seat.

Hoy es su último día en Mostaza, así que ayer, víspera de su despedida, quisimos decirle a Carlota “hasta luego” –me niego a decirle adiós- y darle la bienvenida a Thais, que la sustituye y estuvo un rato con nosotros antes de escaparse al Primavera Sound –tocaba norecuerdoquégrupo que le encanta-. Antes de cenar, tomamos una birrilla en el matusalénico Chipén –un must de la zona alta de Barcelona cuando frecuentaba con mis amigas la noche barcelonesa y la acabábamos en el Otto Zutz-, más que un bar, una esquina de manzana donde quedar antes de ir a otro sitio, ya que es imposible permanecer allí por mucho tiempo: a pesar de su valor sentimental y del encanto de su más que evidente decadencia, es demasiado feo y demasiado angosto –no entraré en si todavía es, además, demasiado pijo-.

Luego nos acercamos al restaurante Kuo, cuyo servicio de take-away, Nomo Market, ha solucionado más de una y más de dos comidas de trabajo en Mostaza. Kuo es uno de esos japochinos que se delatan en medio nanosegundo por tener en su carta las típicas empanadillas gyoza –deliciosas, sobre todo las de langostino con verdura, pero más chinas que la Gran Muralla-, o unos makis de arroz a la cubana tan logrados como curiosos. No obstante, compartimos y disfrutamos los ricos platillos con aquella alegría. A destacar el sashimi de bonito, una muy grata sorpresa para el paladar, y el solomillo de ternera, tan tierno que se fundía en la boca. Yo, como siempre que se presenta la ocasión, pedí mi postre oriental predilecto: helado de té verde.

Al finalizar la velada, y mientras reflexionábamos sobre la conveniencia de los guisantes o el queso de cabra en dietas hipocalóricas –Carlota tuvo una pasajera confusión al respecto-, Eva le pidió a la homenajeada que definiera a cada miembro del equipo Mostaza con una palabra. Su elección para mí fue “energía”. Yo, si tuviera que describir a Carlota con un solo término, escogería “esperanza”. Porque personas como ella me reconfortan el ánimo y me hacen pensar que, después de todo, quizás el mundo adulto en el que se zambullirán mis hijas dentro de unos años será, si no maravilloso, por lo menos bastante llevadero. Ojalá se topen con muchas Carlotas.

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Varietés electorales

Varietes N 10Los adultos de la casa tenemos previsto acudir mañana al estreno de una entretenida obra teatral: “Elecciones europeas 2014”. De acceso libre –o quizás no tanto- del 22 al 25 de mayo en colegios electorales de la zona euro, es una tragicomedia con aires vodevilescos cuyo guión lleva escrito desde tiempos inmemoriales, aunque periódicamente se van actualizando los diálogos para que la ciudadanía continúe inmersa en la ilusión de que su opinión es tenida en cuenta. En este sentido, la pieza logra igualar el efecto de algunos psicotrópicos. Como si se hubiera legalizado el consumo de marihuana desde Cabo Norte hasta Gibraltar, pero sin humo. Peñón incluido, of course.

“Elecciones europeas 2014” tiene previsto atrapar a un nutrido aforo de espectadores-votantes –entre los que me incluyo, llamadme utópica-, que creen verdaderamente que pondrán su granito de arena para transformar su pequeño mundo. Lamentablemente, hay quien se empeña en que esto solo sea posible a la lampedusiana. En ese aspecto, merece una mención especial ese gran mito de los vuelos en primera a costa del contribuyente llamado Alejo Vidal-Quadras, cuya actuación bebe de la de Gloria Swanson en “El crepúsculo de los dioses”. Efectivamente, caracterizado como Nosferatu y alcanzando la culminación de su inveterado registro, se ha atrevido a reaparecer en escena con una frase sin duda memorable: “La solución es cambiar”. Ni Shakespeare lo hubiera expresado mejor.

Se da la jocosa circunstancia de que la abstención, que amenaza con hacer acto de presencia logrando cotas nunca antes alcanzadas –hay quien augura un pírrico 40% de participación en este lado de los Pirineos-, es obviada por las 28 estrellas rutilantes de la obra -ningún mecanismo invalidará las elecciones por ínfima que sea la participación-, quienes, al parecer, se sienten más cómodas con aforos limitados para ejecutar sus evoluciones -¿involuciones?- sobre el escenario. Llevan ya demasiados ensayos como para amedrentarse por un quítame allá esos sufragios y cambiar ni una sola coma de los diálogos, que a menudo recuerdan a “Amadeo o cómo salir del paso” de Eugène Ionesco: Europa desempeñaría el papel de Magdalena y el electorado, el del sufrido Amadeo.

Se notan muchos nervios entre bambalinas. Con el espectáculo a punto de empezar, el apuntador apela, una y otra vez, como un mantra, al recurrente oxímoron del voto útil: se sospecha que las críticas serán implacables. Lo que no impedirá que la obra se siga representando ad infinítum.

Mañana, pasen y voten. Hoy, entre tanto, escucharé a La Lupe, a ver si me inspira un poco y acabo de decidir mi voto inútil.

Como acertar con la candidatura seleccionada se parece bastante a una quiniela, podría decantarme por el Partido X. Otra opción épicamente hermosa sería, considerando que algunos filibusteros se han adueñado de nuestras instituciones, apostar por la Confederación Pirata. O quizás debiera manifestar mi desacuerdo con el sistema electoral vigente a través de, una vez más, Escaños en Blanco.

Ojalá se pudiera desvotar, la jornada de reflexión me resultaría mucho más llevadera.

Siempre Coca-Cola

coke“Que hablen de mí, aunque sea mal”. La verdad es que, por lo menos en este curioso sur de Europa, la multinacional norteamericana está cumpliendo a pies juntillas la máxima de los publicistas vintage, quizás porque su origen se remonta a la lejana época en que charlatanes de diferente pelaje recorrían las ingentes llanuras del Far West.

Hay quien lleva rasgándose las vestiduras las últimas 24 horas por la fulminante retirada del spot que protagonizaba el actor vasco Gotzon Sánchez –leo que Coca-Cola Zona Norte asegura que lo hizo porque el spot “no estaba dando los resultados adecuados”, qué requetelistos-. Pero, vamos a ver, ¿sabemos todos qué es Coca-Cola? Y no me estoy refiriendo tan solo a la marca de un refresco que se comercializa a escala planetaria con gran éxito de público –a mi entender inverosímil, pero ese no es el tema-, sino también al paradigmático icono, al símbolo prototípico de una manera de entender el mundo: the american way of life. Por paradójico que parezca, hay quien critica ferozmente el imperialismo yanqui mientras se mete entre pecho y espalda litros y litros del burbujeante invento. O bien ingiere una pintoresca copia local. Da que pensar.

¿De verdad alguien puede llegar a plantearse que, ante el menor atisbo de duda/sospecha/whatever, Coca-Cola iba a reaccionar de modo distinto al que lo ha hecho? Por favor, entrad en su web corporativa y analizad un poco qué es a través de un simple ejercicio de observación científica. Figura allí una sección llamada movimientoesfelicidad.cocacola.es. En mi opinión, eso ya puede empezar a darnos alguna pista de por dónde va la cosa. Luego, en la esquina superior derecha de ese apartado, destaca un sello que ilustra un poco más el terreno en el que nos movemos: un premio otorgado por La Razón a la mejor iniciativa empresarial del 2013 en el ámbito de la salud. Os animo a que lo comprobéis. Además, la lectura de algunos párrafos os resultará tan edificante como entretenida.

En fin. Es Coca-Cola. Una corporación cuyo principal objetivo es seguir vendiendo su decimonónico jarabe a cuantas más personas, mejor. Así que, si un cliente se queja, intenta calmarle y hace cuanto está en su mano para que se le pase la pataleta, como lo haría el tendero de la esquina. Y más si ese cliente le ataca directamente en la línea de flotación. Porque a los mandamases de Coca-Cola, lo mismo que a los de buena parte de las empresas norteamericanas desde la destrucción de las Torres Gemelas -si no todas-, cualquier asociación de ideas que pueda vincularles –ni siquiera tangencialmente- con la palabra terrorismo, les causa un pánico incontrolable y sudores fríos. Yo creo que, en cuanto saltaron las primeras quejas, empezaron a hiperventilar.

Pues eso, verde y con asas, botijo.

Fernando

FernandoMi padre fue un hombre excepcional. Sé que lo digo desde mi subjetivísimo punto de vista de hija. No obstante, realmente lo fue. Resumirlo en esta entrada no es fácil, pero creo que bastarán un par de ejemplos paradigmáticos para hacerse una pequeña idea.

Llegó a ser el máximo responsable de la cuestión tecnológica de Telefónica en Tarragona. El rimbombante cargo que ostentaba entonces y cómo llegó a él es lo de menos: nadie le regaló nunca nada y todo lo que consiguió, que no fue poco, lo hizo por méritos propios. Entre sus múltiples responsabilidades figuraba el tener que valorar, escoger y decidir las subcontrataciones de algunos servicios. En una ocasión, un posible proveedor entró en su despacho con uno de esos despropósitos heredados del franquismo que, por desgracia, continúan vigentes: si seleccionaba a su empresa para el trabajo, mi padre recibiría su correspondiente comisión. Puedo imaginar perfectamente la cara de mi padre en ese momento, entre el estupor, la incredulidad y la indignación. No obstante, tras dominar las ganas irrefrenables de echarle de allí con cajas destempladas, quiso darle a aquel hombre una segunda oportunidad. “Lo que pensabas darme a mí, descuéntalo del presupuesto de Telefónica y preséntamelo de nuevo”. Su interlocutor quizás pensó que era gilipollas. Yo continúo admirándole por ello. Y por muchas otras cosas, claro.

Cuando mi hermana y yo éramos adolescentes, todavía menores de edad, empezamos a salir de noche durante nuestras vacaciones de verano. Pasábamos julio y agosto en una casa del término municipal del Bruc, en Montserrat, y solíamos ir a una discoteca que distaba unos tres kilómetros. Mi padre se ponía el despertador a las tres o las cuatro de la madrugada -nunca trasnochaba y era de talante más bien matutino- y nos venía a recoger, feliz de hacerlo: nos recibía, sentado al volante de su coche, recién peinado y perfumado con su colonia favorita, su música clásica preferida a todo volumen y la sonrisa puesta. A los padres del nuevo milenio esta costumbre nos parece de lo más normal, pero os aseguro que, a principios de los ochenta, era ciencia ficción.

Sus últimas palabras antes de fallecer fueron: “Mis hijas… ¿qué será de vosotras?”, mientras nos miraba alternativamente con el temor en los ojos, no a la muerte inminente, sino a nuestro inevitable desamparo. Porque, todavía hoy, catorce años después de despedirnos de él –qué terrible momento el de la tapa del ataúd cerrándose sobre aquel rostro tan querido-, no solo le echo de menos como padre, sino también como confidente y amigo.

Añoro a quien tanto me quiso, incondicionalmente y con la misma ilusión de padre reciente hasta el último día. A quien tanto me enseñó, sin adoctrinarme jamás. Al referente de quien aprendí no solo a escuchar sin juzgar, sino también el valor del respeto y la honestidad.

Cuánta suerte tuve, a pesar de gozar de él durante tan poco tiempo. Supongo que, precisamente por eso, siempre le echaré de menos.

La vida es demasiado real como para atraparla con palabras

La frase no es mía, sino de Jonás Arranz, el protagonista de “98 Octanos”. Aurelio González, su autor, no podía haber escogido mejor escenario para hablar de su libro, que diría el insufrible Francisco Umbral: la Biblioteca Bon Pastor. Primero, porque uno de los escenarios donde se desarrolla la novela es, justamente, el barrio del Buen Pastor. Y en segundo lugar, pero más importante, porque mi amigo Aurelio se crió allí y todavía no ha acabado de cortar el cordón umbilical –quizás jamás lo haga- que le vincula con ese territorio barcelonés tan negligentemente obviado, que en su memoria ha quedado congelado en un tiempo pasado que no regresará.

Con Aurelio compartí cuatro años de estudios, los de aquellos casi míticos y ya extintos BUP y COU. Íbamos juntos a clase en el 73, una línea de autobús que todavía une el distrito de Sant Andreu con la plaza Kennedy y pasa muy cerca de la mencionada biblioteca. Él todavía era un niño tan tímido como adorable cuando yo ya estaba en plena efervescencia adolescente –a cierta edad, las chicas parecemos las hermanas mayores de nuestros compañeros de curso-. Aurelio solía observar atentamente a su interlocutor con la misma mirada curiosa y escrutadora que ahora. Escuchaba cada palabra cuidadosamente –yo creo que algún término hasta lo masticaba antes de digerirlo- e intervenía sin estridencias, argumentando impecablemente sus reflexiones, con una agradable y seductora conversación que conquistaba a quien se le pusiera por delante.

Todavía lo hace. Sabe gustar. Y lo mejor de todo es que lo hace sin proponérselo, de una manera tan natural que desarma a cualquiera. Como esta misma tarde, sin ir más lejos. Aunque hay que reconocer que al nutrido e incondicional público que hemos acudido hoy a la Biblioteca Bon Pastor nos tenía ya en el bolsillo antes de empezar. Los espectadores éramos, básicamente, allegados y miembros del club de lectura que Juanjo Arranz, locuaz conductor de la charla y durante años convecino de Aurelio –de pequeños, ambos residían en el número 84 de la calle Estadella-.

Ha querido el calendario que la presentación coincidiera con la fiesta mayor del barrio y un campeonato de ajedrez popular. En el ambiente se notaba un calor tan entrañable como acogedor, un abrazo virtual repleto de cariño y muy buena predisposición. Se estaba bien allí. Y el evento se ha desarrollado en un clima tan familiar como el escenario y la audiencia: más que una presentación editorial al uso, ha sido una conversación entre amigos, trufada de anécdotas vividas y pensamientos en voz alta sobre el proceso de crear. Tan cercano y casual ha sido todo, que Aurelio ha compartido con nosotros algunas de las piezas que ayudan a urdir los argumentos de sus obras y su selección musical de Spotify para “98 Octanos”. Incluso nos ha invitado a participar en una especie de brainstorming casero para la tercera y última novela de su trilogía “Insert coin”.

De momento acaba de publicar la segunda. Os invito a saber un poco de ella cotilleando en este enlace:
http://scriptorium.com.es/?page_id=86

¿A que os apetece un entremés?

10009990_859331817416398_4197993731604465762_oHace un par de horas he disfrutado de un entremés exquisito. No me estoy refiriendo al aperitivo compuesto de tentadores refrigerios que se suele ingerir, bien entre plato y plato, bien como preámbulo de un ágape, sino a la obrilla teatral de un solo acto cuyo objetivo es crear una tan breve como placentera sorpresa.

¿Qué ocurre cuando un hombre y una mujer que llevan cinco años juntos se encierran en una habitación para tomarse el pulso como pareja? Ese es el punto de partida de una pieza de 15 minutos muy bien escrita por Marta Gastón –diálogos frescos y perfectamente engranados-, protagonizada por Marina Font e Isaac Rodergas –brillantes actores y futuribles estrellas- y dirigida por una Mònica Milà en permanente estado de gracia.

Mònica Milà es una mujer tan arrebatadoramente encantadora como increíble, aunque en ocasiones pueda pasar desapercibida ante la fatua mirada de algún ser demasiado pagado de sí mismo. Es de esas personas de eterna sonrisa cuya mera presencia te hace sentir que la vida es bella. Toda ella es como un reconfortante abrazo de buenrollito.

La conocí hace más de 20 años, cuando ambas trabajábamos en una multinacional de publicidad. Un día se puso el mundo por montera y decidió reinventarse. Y vaya si lo hizo. Por suerte para todos: desde hoy mismo, además de profesora en el Estudi Nancy Tuñón–Jordi Oliver, es directora teatral, nueva faceta en la que se ha estrenado a la par que su primera obra, “Si no t’obren la porta”, que se representará todos los miércoles de este mes en la sala MiniTea3 del Raval:
http://www.minitea3.com/

Os recomiendo encarecidamente que vayáis a saborear esta entretenida muestra de teatro de pequeño formato. Por supuesto, porque la obra vale la pena y pasaréis un muy buen rato, pero también porque Mònica se merece que prestéis atención a sus alumnos –es un decir, son ya auténticos pofesionales- durante un simple cuarto de hora. No os defraudará. Nunca lo hace.

Y después, os váis a ravalear con aquella alegría, apurando esa noche que te atrapa sin darte cuenta…