El día después

Esta mañana hemos ido a desayunar a Cortacans, como de costumbre. Cuantos llegaban buscaban con la vista alguno de los periódicos que hay siempre a disposición de los clientes, hoy más solicitados que nunca. El titular de portada de “La Vanguardia” era toda una declaración de guerra: Cambio radical. Así, para empezar a hacer boca.

Montse, una abogada de sesenta años que suele coincidir en nuestra franja horaria, ha comentado nada más llegar: “Me da miedo que haya ganado Ada Colau”. Ha dado un respingo cuando le he revelado que había optado por su candidatura. Y que no entendía por qué tenía miedo. Y que era la lista más votada pero, afortunadamente, no tenía mayoría absoluta –ese cheque en blanco sí que es verdaderamente aterrador, sea cual sea su color-. No hemos alargado la conversación porque me tenía que ir, pero he leído el pavor en sus ojos: soy una antisistema. Supongo que tiene razón.

Entre tanto, en el colegio de Ángela, sus compañeros hacían su particular lectura de la noche electoral, cada cual sesgado por lo que había escuchado en casa.

– ¡Qué horror, esa mujer va contra el independentismo!

– Pero si ayer se manifestó a favor del derecho a decidir –le ha contestado Ángela, que escuchó con nosotros la primera intervención de Ada Colau tras el laaaaaaaargo recuento, dilatado por el ministerio del condecorador de vírgenes y santos, que esperaba en vano que sus catastróficos resultados mejoraran.

– ¡Pobre Trias!

Sí, pobre Trias, que pactó con el PP un muelle para yates de lujo que tiene vedado el acceso a los vecinos -como tantas otras cosas-. Pobre Trias, que ha comprometido las arcas municipales hasta el año 2023 firmando contratos con “la Caixa”, el BBVA, FCC, ESADE y una empresa de limpieza de Florentino Pérez, tal y como desveló “Sentit Crític” el pasado 12 de mayo. Pobre Trias, que ha preferido engalanar la Diagonal –con un embaldosado tremendo que provocará más de una caída-, ese largo escaparate de tiendas de lujo, a promover políticas sociales. Pobre Trias, que es más partidario de la caridad, en plan Sor Lucía Caram, que de repartir la riqueza. Pobre Trias, que como quien no quiere la cosa ha ido privatizando que privatizarás con aquella alegría neoliberal.

hl_nosotros_o_el_caosEso sí, que quede claro que todo lo ha hecho por la patria. Para fer país. Artur Mas lo repitió ayer de nuevo con esa irritante actitud mesiánica suya tan genuina, heredada del maestro Pujol –Catalogne c’est moi!-. Se le escapaba la rabia entre los dientes cuando verbalizó su preocupación por una Barcelona imposible de gobernar. Creo que jamás aprenderá a apreciar la indómita e impredecible diversidad sociológica de su joya más codiciada. Pues yo, como aquel chiste de Hermano Lobo que recuperó Forges recientemente, entre ellos y el caos, volvería a escoger el caos. Entre otras cosas, porque me parece mucho más interesante. Pero, sobre todo, porque cuando les miro solo veo tierra quemada. Y hay que empezar a plantar.

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La ilusión de la primera vez

Cuando empecé secundaria en un instituto de la Diputación de Barcelona todavía lo gestionaban hermanos salesianos, aunque solo lo hicieron durante mi primer año académico. Fuimos legión los que escogimos la optativa de Religión en lugar de la de Ética y Moral, por razones asaz alejadas del fervor católico: el gancho “en Religión no hay exámenes” fue bastante poderoso.

Ya estudiábamos 3º de BUP cuando el joven teólogo que impartía la clase de religión tuvo la ocurrencia de equiparar su asignatura con las demás, de modo que nos comunicó su intención de evaluarnos mediante exámenes. Por mucho que le argumentamos que nos habíamos inscrito a esa optativa justamente para evitarlos, él insistió con terquedad y marcó una fecha en el calendario escolar. No obstante, decidimos boicotear tamaño despropósito y entregar el examen en blanco. Recuerdo que, cuando llegó el día del desafío a la autoridad, me levanté la primera: obtenía buenas calificaciones porque mis talentos estaban sobrevalorados en el parcial y limitado sistema educativo, luego debía ser yo quien rompiera ese momento de tensión dramática. Y sí, todos cumplimos nuestro acuerdo asambleario. El profesor desistió de su propósito, no hubo sermones por parte del colegio y no hubo consecuencia alguna. O sí: nuestra clase nunca jamás hizo ningún examen de Religión.

Hace poco, la clase de 3º de ESO de mi hija mayor fue víctima del abuso de poder de uno de sus profesores, quien decidió, de manera arbitraria y con tres días de margen, adelantar una semana la presentación de un trabajo colectivo, con el agravante de que la nueva fecha era justo al día siguiente de un examen -densísimo- de su asignatura. Ángela hizo lo posible por propiciar un debate sobre ello para encontrar una solución. Tras intentar -en vano- razonar con el profesor titular y con el tutor de curso, se atrevió a proponer una pequeña huelga, pero dos compañeras de clase cuyos talentos están sobrevalorados en el parcial y limitado sistema educativo –hay cosas que nunca cambian-, manifestaron su discrepancia porque tal acción les iba a bajar la nota –yo, yo, yo, ¿dónde quedó el nosotros?-. No, finalmente no hubo acuerdo y los alumnos sumisos cumplieron los designios del despótico profesor, por injustos que fueran. Sin embargo, si hubiera habido unanimidad, estoy segura de que el colegio –progresista, promotor de la educación en valores- hubiera enviado una circular a todas las familias advirtiéndonos de que no había que permitir conductas así por parte de nuestros vástagos.

Todo ello me hizo reflexionar sobre el proceso involutivo que hemos experimentado como sociedad durante estos años de inmodélica Transición y que, hasta fechas muy recientes, nos ha domesticado hasta parecernos peligrosamente a los consumidores de soma de “Un mundo feliz”. Y concluí que, definitivamente, para recuperar la cordura, el sentido, el orden cósmico que hace que todo funcione, no bastará con un cambio, sino que será necesaria una revolución –en su acepción número 4 del diccionario de la RAE: “Cambio rápido y profundo en cualquier cosa”-.

OTANnoPor eso hoy, en plena víspera de una convocatoria electoral como nunca antes la habíamos vivido –por fin hay plataformas ciudadanas con posibilidad de empoderarse de nuestras instituciones-, ante la perspectiva de poder sentirme, por primera vez, orgullosa de mi alcaldesa, me invade la misma ilusión que sentí al depositar mi primer sufragio en una urna. Fue el 12 de marzo del 86 y voté “no” en el referéndum de la OTAN. Tras aquella enorme ilusión –pancartas, manifestaciones y plantadas reivindicativas en el campus de la UAB- llegó la gran decepción. Espero que esta vez, tres décadas después, mi ilusión compartida se transforme en la satisfacción de empezar a construir algo nuevo y diferente para que mis hijas vivan en un mundo un poquito mejor. Empezando, de momento, por el ayuntamiento. Porque, como diría el Capità Enciam, los pequeños cambios son poderosos.

Madrid envuelto para regalo

Las últimas Navidades mi amiga Iciar tuvo una idea fabulosa: obsequiarme con una escapada a Madrid para ver el espectáculo AmaLuna del Cirque du Soleil. Ahora puedo afirmar que la espera merecía la pena. Y cuánto.

Salimos ayer de la Estación de Sants –que necesita urgentemente una remodelación, pordiosquégrima- y tres horas después, AVE mediante, llegamos al precioso recinto en hierro y ladrillo visto de Atocha, que fue inaugurado en 1892 y un siglo después lo reformó y amplió el arquitecto Rafael Moneo. El jardín tropical que alberga bajo la marquesina de la antigua estación le da un curioso aspecto de invernadero decimonónico.

Habíamos almorzado sobre la una y a las seis de la tarde ambas estábamos verdaderamente hambrientas, así que, tal y como nos había recomendado mi amiga María, nos precipitamos al bar El Brillante, nos encaramamos en los taburetes de la mugrienta barra y engullimos sendos bocadillos de calamares, acompañados de sus respectivas cañas –Mahou, por supuesto-. Lo cierto es que la ingesta se nos quedó trabada como un travesaño en el estómago y ya no pudimos tomar nada más durante el resto de la jornada.

Subimos paseando por una calle de Atocha extrañamente vacía a causa de las fiestas de San Isidro y tardamos relativamente poco en llegar a nuestro efímero alojamiento, el hotel Suites Alhambra, que ocupa un par de plantas del número 8 de la calle Espoz y Mina –qué extraordinaria escalinata en madera de roble-. Nos abrió la puerta un vecino muy amable que tomamos por hípster porque lucía una gorra y un chaleco medio abierto, aunque en cuanto salimos de nuevo a la calle supimos que iba vestido de chulapo informal porque la rúa –ayer Madrid lucía más villa que nunca- estaba invadida por ellos. Y por ellas, con el indispensable mantón de manila y el pañuelo blanco atando moño y clavel. Ojipláticas nos quedamos ante el pintoresco y abundante chulapeo.

Como el centro de la capital del reino estaba vallado y el tráfico rodado proscrito, nos llegamos en agradable caminata hasta la Casa de Campo, en cuyos lindes se levantaban las fantásticas carpas del Cirque du Soleil. Intentamos en vano tomar un refresco en una cafetería cercana –el bocata de calamares permanecía, impertérrito, atravesado en nuestro estómago-: la única camarera no daba abasto para atender al nutrido grupo de espectadores que querían cenar algo rápido antes de entrar. Entre tanto, tres parroquianas entradas en años se entretuvieron escuchando algunos chotis por el móvil y, lo que es peor si cabe, cantándolos. En fin.

Mi primer Cirque du Soleil fue uno de los mejores espectáculos que yo recuerde haber presenciado jamás. Todo -pero absolutamente todo- fue maravilloso. La concepción del espacio, el impresionante casting, el grupo de música que tocó la banda sonora en directo –100% femenino, tanto voz como percusión y guitarreo-, la elaborada escenografía, el fascinante vestuario, el trabajado maquillaje… Fue mágico. De principio a fin. Un hombre-iguana que se movía de manera idéntica a un reptil. Hombres y mujeres atléticos que, a mitad de camino entre la coreografía y la disciplina olímpica, desafiaban cualquier proeza y prácticamente volaban ante nuestros ojos. Una bailarina-cisne capaz de hacer ondular la musculatura de su espalda como si fuera el suave oleaje de la mar en calma. Un marinero prodigioso que trepó por un poste plantado en mitad del escenario como lo hubiera hecho el hombre-araña –llegué a conjeturar que tal vez llevaba imanes en los pies-. AmalunaÁrbolY el momento culminante: una voluptuosa joven, hermosa como una diosa griega, levantó ante nuestros ojos, asiendo sinuosamente largos tablones de madera y superponiéndolos en frágil equilibrio los unos sobre los otros, un asombroso árbol volátil y móvil, tan cautivador que lo mismo hubiera podido emerger de un manglar. Si tenéis ocasión de asistir a AmaLuna, no dejéis de hacerlo. Es una experiencia memorable.

A pesar del cansancio que arrastrábamos regresamos al hotel a pie, en parte porque nos apetecía, pero también porque nos dio cierto repelús que, por aquellas casualidades de la vida, paráramos un taxi y fuera uno de los que publicitan la cara –¿más bien la jeta?- de la lideresa. No es una leyenda urbana, alguno vimos, en efecto. Que, por cierto, menudas pintejas de Condesa de Bhátory luce en la foto de campaña.

Hoy hemos empezado la mañana en el Museo Thyssen. Habíamos reservado entradas y audioguías para visitar la exposición temporal de Raoul Dufy, que acaba mañana. El recorrido, que sigue un riguroso orden cronológico, se inicia con su primera etapa, que evoluciona del impresionistmo al fauvismo, continúa con su etapa constructiva, se detiene en los grabados que desarrolló para el Bestiario de Guillaume Apollinaire –se pueden apreciar tanto las ilustraciones finales como algunos bocetos- y en su obra de deelCampoDeTrigocoración cerámica y textil, y concluye con su madurez artística. La sobrecogedora tela “El campo de trigo” (1929) refleja su dominio de lo que él mismo denominará “color-luz”: manchas de color que se escapan del objeto que representan y, encima, un dibujo suelto, casi de filigrana, perfilando cada elemento del lienzo. Es un cuadro hipnótico.

Antes de irnos se nos ha ocurrido pedir en la elegante cafetería del museo un café con leche y un cappuccino, que hemos dejado casi intactos: eran –además de carísimos- infectos. Hemos subido hasta Sol por la Carrera de San Jerónimo –aunque el Congreso de los Diputados estaba cerrado algunos gorilas uniformados merodeaban por los aledaños- y hemos decidido callejear un poco por los alrededores de la bulliciosa Plaza Mayor –sí, la de la “relaxing cup of café con leche”-, cuyos pórticos están invadidos por espeluznantes tiendas de recuerdos inolvidables, valga la redundancia, por el daño que causan a la vista. Son idénticos a los que pueden observarse en las Ramblas de Barcelona, cosas de la globalización turística mal entendida. En la plácida Plaza de la Villa hemos podido contemplar la Casa y Torre de los Lujanes, la Casa de Cisneros –no del famoso cardenal, sino de uno de sus familiares- y la Casa del Ayuntamiento. Nos han sorprendido las cóncavas fachadas de la Cava de San Miguel –que es una calle, no una bodega de espumosos- y hemos optado por comer temprano en El Pimiento Verde, un restaurante vasco sito frente a una de las puertas del encantador Mercado de San Miguel. Lo cierto es que el opíparo almuerzo ha superado ampliamente nuestras expectativas. Si vais no dejéis de pedir las flores de alcachofa, tan tiernas que se funden en la boca. Y otro detalle revelador: las croquetas de calamar estaban tanto o más ricas que las del Bar el Pla de la calle Montcada de Barcelona.

Tras nuestro pequeño homenaje gastronómico nos hemos dirigido al Paseo del Prado, atravesando, sin prisas, la agradable calle Huertas, sobre cuyos adoquines pueden leerse algunas citas literarias -seleccionadas con un criterio bastante extravagante, me atrevería a decir- de, entre otros autores, Quevedo, Cervantes, Pérez Galdós, Larra y Bécquer. Hemos aprovechado nuestros últimos minutos disponibles en el Real Jardín Botánico, un parque rebosante de fragantes perfumes florales que alberga robustos y frondosos árboles centenarios: algunos de ellos observan el devenir de los tiempos desde el siglo XVIII.

En un par de semanas regreso a Madrid en compañía de mi familia –qué mayo tan castizo-, así que ya os seguiré contando. Nos vemos por aquí.

Vinos y territorio en Casa Usher

puntRajolaAntes que librería, el local donde ahora se ubica Casa Usher fue una antigua bodega de barrio. Desde el precioso patio se ven los vistosos azulejos que todavía revisten las paredes. Allí hemos escuchado esta misma tarde a Oriol Pérez Tudela, todo un filósofo del vino que hoy nos ha transmitido su pasión por la Denominación de Origen Terra Alta, esa lengua de polvo entre el Ebro y Aragón donde la garnacha –blanca, negra y peluda- ha sabido desafiar los asaltos del cierzo desde el interior y los embates del garbí desde el Mediterráneo.

Nos ha contado Oriol que si en la comarca de Terra Alta hay ahora tan buenos caldos es porque en su día hubo un nutrido éxodo a Barcelona y los viñedos, recios, de solera –allí el promedio de edad de las viñas es de 40 a 50 años-, permanecieron congelados en el tiempo. Pertinaces. Inmutables. Arraigándose cada vez más a ese terruño de secano –de ahí la acidez mineral de los vinos de esos pagos-. Saber preservar la manera de producir el vino hizo el resto.

Previo paso a los dos vinos dispuestos para la cata, Oriol nos ha recomendado el Aureo de Muller, un vino rancio, de los llamados de misa, que, si bien tiene la Denominación de Origen Tarragona, se elabora con garnacha de Terra Alta. Es, según él, un vino muy complejo que marida muy bien con foie u otras exquisiteces gastronómicas.

Hemos empezado con el Ciutats, un vino de cooperativa que combina garnacha con cariñena y cuyo aroma recuerda a la algarroba e incorpora también alguna nota de fruta roja –son matices que hoy he aprendido a apreciar, es mi primera cata guiada por un profesional-. Luego hemos probado el Mesies Garnacha, un vino ecológico que se produce artesanalmente siguiendo criterios biodinámicos y priorizando la calidad a la cantidad. Son vinos sencillos que acompañan el cotidiano devenir de manera cercana, como una pequeña sorpresa.

Alguien le ha preguntado a Oriol a cuántos grados debía tomarse un tinto. Por lo visto, lo de mantenerlo a temperatura ambiente –le vin rouge chambré– se empezó a decir en París. Hay que tener en cuenta que allí las condiciones climatológicas no son las de aquí, por lo que sería del todo absurdo tomar el vino a 35 grados: solo notaríamos el alcohol. Lo ideal es servirlo de 14 a 16 grados, máximo 18.

Cuando nos íbamos, Gerard, de Casa Usher, nos ha comentado que el segundo jueves de cada mes continuarán su recorrido por las denominaciones de origen catalanas. Personalmente, espero que más adelante hagan también maridajes de vino y literatura: disfrutar del íntimo regocijo de la lectura mientras se saborea, sin prisas, de una copa de buen vino es uno de los mayores placeres que existen.

La familia nepalesa de Samjhana

Samjhana ingresó en un orfanato tras el fallecimiento de su madre biológica. Shiva, su padre, a diferencia de otros progenitores nepaleses, que se desentienden de su descendencia en cuanto atraviesan el umbral de ese asilo provisional, acudía a visitarla periódicamente. La amaba –cómo no querer a esa niña-cascabel, compañera de juegos de mi cachorro Mariola-, pero no podía hacerse cargo de ella. Cuando Marta la adoptó quiso mantener los vínculos con la primera familia de su hija, hasta tal punto que este verano tenían previsto viajar a Nepal para disfrutar allí de sus vacaciones estivales. Ya habían comprado sus billetes de avión cuando el suelo se abrió en el corazón del Himalaya.

TerremotoNepalTodos conocemos los estragos que causó el terremoto que asoló el pequeño y montañoso país el pasado 25 de abril. El número de víctimas. La arrasadora destrucción. Las terribles consecuencias de la devastadora catástrofe que se cirnió sobre quienes pasaron de tener una vida ya de por sí azarosa y difícil a la nada más absoluta. No obstante, nuestra estupefacción y nuestro pesar no son comparables con el profundo dolor que sufren Samjhana y Marta: sus seres queridos han perdido sus hogares y lo poco que tenían y Rajan, el tío más joven de Samjhana, también la vida. Saben de primera mano que la alimentación y el agua potable escasean. Y que el riesgo de epidemias es ahora, junto con los incesantes temblores de tierra, la peor de las amenazas.

Además de hacer aportaciones a las oenegés que están colaborando con los nepaleses, también podemos contribuir a que Marta y Samjhana apoyen a sus familiares comprando alguno de los collares Besari que ellas elaboran artesanalmente, y cuyos beneficios de venta destinarán, íntegramente, a ayudarles. Os animo a hacerlo a través de su web, http://darimdrm.blogspot.com.es/. Si estáis en Barcelona este mes de mayo, también podéis encontrar a Besari per Nepal el sábado 16 en la Plaça Nicolás Salmerón -Gran de Gràcia con Jardinets de Gràcia- y el sábado 23 en la tienda Lola, Muntaner 530 bis. Con lo recogido el pasado sábado ya hay suficiente para iniciar la construcción de una nueva casa familiar en Archale.

Gracias a todos y a todas.

Un ratico en Zaragoza

Reconozco que con Zaragoza no puedo ser objetiva: fue el escenario de felices episodios de mi infancia en compañía de mis abuelos paternos. Hacía tiempo que no disfrutaba de unos días en la ciudad en la que disfruté de muchos veranos de mi niñez y tantas otras ocasiones festivas en familia, de modo que este fin de semana largo ha sido un paréntesis de íntimo reencuentro.

Nos hemos alojado en el Hotel Sauce, desde ya mismo mi dirección en la capital aragonesa –entre los huéspedes, mucho guiri y algún que otro hípster-. Es un hotelito muy bien ubicado -en el corazón del casco antiguo, que por cierto ahora está notablemente rehabilitado-, sencillo, coqueto y requetelimpio, con un personal amabilísimo y un bar-cafetería encantador donde los desayunos son una pequeña y cotidiana alegría: la jugosa tortilla de patata ha hecho las delicias de todos durante nuestra estancia, y las lionesas de nata de esta mañana festiva le han encantado a mi golosa madre. limonadaRosaIndispensable tomarse una refrescante limonada rosa por la tarde, y opcional alargar la noche con un cóctel antes de subir a la habitación.

Desde el Hotel Sauce quedan muy cerca tanto la emblemática Basílica del Pilar como la Catedral del Salvador, La Seo, cuyo magnífico muro lateral gótico-mudéjar es, en mi opinión, lo más destacable del conjunto arquitectónico, que incorpora elementos medievales, renacentistas y barrocos, aunque también sorprenden, ya en el interior, los óculos que proporcionan luz natural a las capillas que jalonan la nave central.

Si nos llegamos a los márgenes del Ebro, merece la pena acercarse hasta el Puente de Santiago para divisar desde allí el soberbio Puente de Piedra, construido en el siglo XV, descender las escaleras hasta la Arboleda de Macanaz, orillar el río en agradable paseo con vistas a la gigantesca basílica y sus aledaños y luego regresar a la otra ribera cruzando el pintoresco Puente de Hierro, que se finalizó en 1895 y ahora es peatonal.PuenteHierro

Una de las visitas indispensables de la antigua Saraqusta –que así se llamaba el reino taifa de Zaragoza- es el palacio de La Aljafería, que tras sucesivas intervenciones de reconstrucción y restauración ha recuperado parte del antiguo palacio islámico del siglo XI y de los inevitables añadidos de los cristianos que lo ocuparon luego: Pedro IV el Ceremonioso y los incestuosos Isabel y Fernando. Nos dirigimos allí ayer antes de las 10 para soslayar los horarios de mayor afluencia de visitantes y asegurarnos la visita guiada. Lamentablemente nos topamos con una exposición temporal que finaliza el 7 de junio y cuyo nombre lo dice todo: “Fernando II de Aragón. El rey que imaginó España y la abrió a Europa”. Tomayá.

El sujeto que nos acompañó durante 60 minutos –me niego a llamarle guía- pasó como de puntillas por donde realmente nos interesaba, el recinto en sí -cuatro explicaciones someras-, y enseguida nos arrastró hacia la susodicha exposición, en cuyo umbral un cartel de dimensiones colosales anunciaba los valedores del panfletario recorrido, entre los que figuraban sus borbónicas majestades –que no Trastámara- y los señores –es un decir- Rajoy y Wert. Una frase que puede leerse en la web del engendro resume a la perfección el talante del mismo: “La figura de Fernando fue rodeada muy pronto de un halo prodigioso que le dio la consideración de elegido para las mayores empresas en defensa de la Cristiandad”. Leed este gracioso texto con voz atiplada y, como quien no quiere la cosa, os teletransportaréis al NODO.

Para abreviar, las explicaciones neofranquistas llegaron a su momento más hilarante cuando nos detuvimos ante un mapa del mundo de la época –el fantasticuloso Imperio, en plan “rey sol”- que incluía las famosas Indias Occidentales, cuando justamente en ese ámbito Fernando fue mero consorte de Isabel de Castilla, y sus reinos -sí, esos mismos que estaban hartos de surcar el Mediterráneo- tuvieron vetado el comercio con las Américas. Nada, nimios detalles que no mencionó el personajillo parlante.

No obstante, como de todo se aprende –por ejemplo, a no vomitar al escuchar según qué-, debo reconocer que me llevé de allí dos lecciones. La primera, el origen del yugo con la soga cortada y la leyenda Tanto monta del emblema de Fernando II de Aragón: el mismísimo nudo gordiano que cortara Alejandro Magno para cumplir la profecía del oráculo y acabar conquistando toda Asia. Como si diera igual cortar que deshacer. O, en versión contemporánea, guerrear –bombardear, masacrar- que negociar. Así que aquello de “El fin justifica los medios” de Maquiavelo era, verdadera y literalmente, el lema de su ídolo, en quien se inspiró para escribir “El príncipe”. Madremíaquégrima.

La segunda lección fue que, en la época de esa estratégica confederación matrimonial –lo de Reyes Católicos se lo ganaron con la ignominiosa expulsión de los judíos, debería causar vergüenza usar el deleznable título-, los armarios no se utilizaban todavía y se almacenaba todo tipo de objetos en cofrecillos y baúles. Pues qué incomodidad.

ArracadaRegresando de nuestra decepcionante incursión a La Aljafería, callejeamos un poco y recuperamos el buen sabor de boca en cuanto entramos a cotillear en una tiendecita adorable, Fulanita Retal, en la calle Manifestación 17, donde una pareja encantadora vende monísimos tesoros fabricados por ellos mismos a precios más que asequibles. Lástima que nos hemos perdido el mercadillo de artesanos de hoy porque teníamos que regresar a Barcelona.

En las antípodas del individuo que nos acompañó en La Aljafería está su némesis, Lara, nuestra fabulosa guía del Museo Goya – Colección Ibercaja, que hasta el 28 de junio acoge “Goya y Zaragoza, sus raíces aragonesas”, cuya visita no debéis perderos, ya que algunos lienzos forman parte de colecciones particulares y han sido cedidos para la ocasión. Tal es el caso de “Aníbal vencedor que por primera vez miró Italia desde los Alpes”, la culminación de su etapa de aprendizaje en Italia.

Lara es una admiradora incondicional del pintor de Fundetodos y sabe contagiar su pasión a cualquiera que la escuche. Las explicaciones de las obras que fuimos observando con ella, trufadas de detalles del contexto histórico y de la vida y el carácter del artista, nos mantuvieron pendientes durante un recorrido de más de hora y media –desde la exposición temporal hasta la permanente- que pasó como una exhalación. Qué gran placer haber podido contar con ella.

Salimos del Museo Goya eufóricos y nuestra felicidad continuó en la taberna Al Alba –en la calle Jordán de Urriés número 10-, donde todas las raciones que compartimos estuvieron exquisitas y fue escogida, por unanimidad, la mejor casa de comidas de nuestra estancia. Cabe decir que en Zaragoza en cualquier establecimiento, por popular que sea, el tomate sabe a tomate y las patatas fritas son caseras –“a lo pobre”, que decía mi abuela la maña-. Otra tapería donde saborear cositas ricas es El viejo negroni -Plaza Santa Cruz 13-, y un sitio curioso donde picar algo es La Republicana –www.larepublicana.net-: aunque la comida es regulín, las colecciones de cachivaches antiguos que forran las paredes justifican la visita.

Quedan pendientes para otra escapada a Zaragoza –además de una nueva visita a La Aljafería- la singular Escuela Museo Origami Zaragoza, EMOZ, y el Museo Pablo Gargallo, que se ubica en la preciosa Plaza San Felipe. ¿Quién se anima?