Les Cols Pavellons: menos es más

Este fin de semana he disfrutado de un regalo excepcional: una noche para dos en Les Cols Pavellons, el singular alojamiento ubicado en el corazón de la Garrotxa. Para acudir allí hay que adentrarse en Yellowland, ese terruño atiborrado de pintorescos lazos, grafitis y estandartes: el amarillo es tendencia en las comarcas gerundenses. Lástima que es un color que no me sienta bien, me favorecen más el violeta y el rojo pasión.

La población de Castefollit dBlog1Castellfollite la Roca cabalga sobre un peculiar risco de basalto en el que superponen dos coladas de lava. Según se llega, contamina la imponente panorámica una estelada de dimensiones colosales que se despliega, cual eccema formidable, sobre el cerro volcánico. Suerte que existe el Photoshop.

A primera hora de la mañana la aldehuela se ve tranquila, apenas un par de paseantes tan madrugadores como nosotros. En la calle de la iglesia, una abuelita que vende fesolets de Santa Pau –las famosas alubias autóctonas- escucha “Ay, pena, penita, pena” por la radio. El villorrio es mucho más interesante desde los aledaños del río Fluvià que desde sus entrañas, de modo que, tras estirar brevemente las piernas, decidimos cambiar de paisaje -que no de paisanaje-.

A 20 minutos en coche desde Castellfollit de la Roca, Santa Pau es un conjunto monumental que fue declarado de interés histórico-artístico en las postrimerías del franquismo. Su castillo medieval y su iglesia gótica son los lugares favoritos de los visitantes, aunque personalmente prefiero el Firal dels Bous, una plaza mayor cuyos porches albergaban un mercado de animales que acabó dándole nombre, y las viviendas de los siglos XVII y XVII que han preservado las inscripciones de sus frisos. Santa Pau es tan cuca que, por supuesto, está totalmente parquetematizada. Aún así optamos por almorzar allí porque nos pilla cerca de Olot. Cosas del turisteo.

En la sobria recepción de Les Cols Pavellons –bien podría ser el granero de un convento- nos recibe Emma, una muchacha encantadora que nos da la bienvenida y nos explica cómo funciona este hotel tan inusual. Los pabellones de Les Cols, cinco cubos de cristal que gravitan sobre el firme volcánico de la Garrotxa, son obra de RCR Arquitectes –las siglas corresponden a Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta-, un estudio de Olot que en 2017 fue galardonado con el prestigioso premio Pritzker.

Delimitadas por adarves de láminas de cristal esmerilado y juncos metálicos de color verde bosque, las poliédricas habitaciones son armónicas guaridas. Según se accede a la nuestra, a la derecha queda el espacioso y vítreo dormitorio, y a la izquierda un recoleto patio donde una joven haya proporciona, más que sombra, refugio y calidez.

Blog2SpaEl baño presenta un austero lavamanos sin grifería. Es una cubeta metálica rebosante de agua caliente con un singular sistema de renovación automático, parecido al de la pequeña piscina climatizada a la que se accede atravesando el pedregoso suelo de la ducha. Minutos después, acomodados y sumergidos hasta el cuello en nuestro spa de minerales aguas rasantes, nos entretenemos en observar las ondas de inspiración basáltica del suelo del pavimento y la hiedra que se cuela por los resquicios y salpica de verde cada recoveco. Desconexión total.

Según nos vamos familiarizando con el insólito hospedaje, reconocemos en cada detalle una fascinante reinterpretación franciscana del lujo. Un práctico mecanismo domótico controla la climatización y permite cubrir la vítrea estructura para protegerse de los rayos del sol. No hay televisor, ni equipo de música, ni teléfono, tan solo dos tomas de electricidad camufladas en una rendija. Tampoco dónde colgar los albornoces con que nos acabamos de secar, aunque nos bastan las ramas de nuestra hospitalaria haya para tenderlos. El gris oscuro del tejido de nido de abeja le da al patio un aire de jardín zen.

Blog3EspelmesPoco antes de la cena, Emma prepara la puesta en escena y ubica estratégicamente algunas velas. A la hora acordada, regresa con todo lo necesario para nuestro íntimo ágape, mobiliario de quita y pon incluido. El cava -un Blanca Cusiné Parés Baltà de burbuja suave y delicada- está helado y los platos se disponen por orden de ingesta en los cajones que se ocultan bajo la mesita. El postre, un primoroso plato de frutos rojos con un par de pedacitos de brownie, se mantiene inmune a los trasiegos gracias a una ingeniosa estrategia: fijar cada elemento al soporte de loza con una tenue película de gelatina rosada.

Blog4NocheCuando ya es noche cerrada -la luna lunera escondiéndose entre las nubes-, la oscuridad y el silencio nos envuelven con su apacible abrazo. Un gato pasea bajo nuestros pies y nos fisgonea a través del cristal del suelo. Las velas de la cena continúan prendidas, flotando en sus transparentes vasos y respondiendo en lumínico diálogo a las tenues luces de nuestra habitación. Fuera refresca. Todavía hay tiempo para tomar un último baño en nuestro particular hammam: me quedaría en remojo hasta que me crecieran escamas.

Nos despiertan el trinar de los pajarillos y el alborear. Remoloneamos en la cama hasta poco antes de las ocho y elevamos todas las cortinas para dejarnos acariciar por la luz natural, que aun con el cielo encapotado inunda la acristalada estancia. Las piedrecillas de la ducha masajean los pies en agradable pediluvio y el gel desprende un aroma a polvos de talco cautivador.

Blog5DesayunoAunque podríamos desayunar en nuestro pabellón, preferimos hacerlo en el huerto, plantados en mitad del praderío y junto a cebollas, coles y hierbas aromáticas. Mientras nos habilitan mesa y asientos, nos entretenemos en contemplar una docena de gallinas felices que exhiben un lustroso y tornasolado plumaje. Las custodia la madre de todas las encinas, cuyas frondosas ramas se desparraman como una fuente de color verde oceánico.

Antes de partir, al pasar por la recepción nos entregan una bolsa de pícnic que incluye lo que quedaba del queso de oveja y la longaniza olotense de nuestro desayuno, algunas vituallas y ocho rutas distintas para explorar los alrededores. Optamos por dos de ellas, una que desconocíamos y otra ya transitada en otras ocasiones.

Sin abandonar Olot nos acercamos al volcán de Montsacopa, el paseo recurrente de los lugareños. Invadido por la vegetación y los humanos desde hace siglos, no parece un volcán, aunque merece la pena ascender, en breve pero pronunciada pendiente, hasta su cima: ofrece unas atractivas vistas a la ciudad y al parque natural del que forma parte. En el perímetro de su arbolado cráter se alzan la horriglesia de Sant Francesc y dos torres de vigilancia, vestigio de las guerras carlistas.

No podemos dejar de visitar la Fageda d’en Jordà, un hayal enraizado en un sustrato de lavas rugosas procedentes del volcán de Croscat. En geomorfología, la colada sobre la que se asienta se califica como malpaís: nunca se han podido aprovechar sus tierras para el cultivo, circunstancia que ha facilitado que se preservara el extraordinario bosque.

Blog6FagedaTomamos el sendero Joan Maragall, un itinerario de 35 minutos que parte del aparcamiento. La mullida hojarasca que cruje bajo nuestros pies y abriga el suelo recuerda vagamente al otoño, cuando el paisaje se entinta de conmovedores tonos ocres. Cobijados por la grandiosa pérgola de copas centenarias del hayedo, nos impregna un olor húmedo a tierra y musgo de reminiscencias ancestrales.

Caminando por la Fageda d’en Jordà se entiende mejor a los artífices de Les Cols Pavellons: su manera de relacionar arquitectura y territorio está tan enraizada en su comarca como esas longevas hayas que amparan e inspiran. Que conversan con el entorno. Y que invitan a la conexión con uno mismo. Exactamente igual que nuestro añorado pabellón.

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#Cuéntalo

Cuida-tus-alas-625x625Hace unos meses salí por ahí de fiesta con mi hija mayor –conste que fue a petición suya, muestra cierta afición a lo vintage-. En un bar musical, un individuo ebrio, birra en mano, empezó a seguirnos allá donde íbamos. Para mí tan solo formaba parte del paisaje, en cambio a Ángela le chocó de manera hiriente: se sintió tremendamente importunada. “¿Por qué hace eso?”. Bendita inocencia. Y, sin embargo, mi hija tenía toda la razón del mundo. Según maduramos, vamos interiorizando que, solo por ser mujeres, seremos acosadas, agredidas o maltratadas en algún momento de nuestras vidas, cualquiera diría que es tan natural como la caída de las hojas en otoño o el flujo de las mareas. Ahí radica, en mi opinión, buena parte del problema: en normalizar la anormalidad. En endurecernos ante lo intolerable hasta la indiferencia, por pura supervivencia mental.

Pienso en la niña violada por cinco alimañas. 18 primaveras. Deambula por la calle confiada, tanto por su reconfortante entorno y su propia idiosincrasia como por las circunstancias que le han tocado vivir hasta ese aciago día –afortunada ella-. Está contenta y se besuquea con un chico que le parece guapo. Cómo se le va a pasar por la cabeza que él y sus compinches tienen intención de forzarla en grupo –y que el sistema judicial sería luego tan injusto, pero ese ya es otro tema-. Entonces hago el ejercicio de recordar cómo fui perdiendo mi candidez adolescente.

Tengo 19 años. Son las once de la mañana de un día laborable y estoy sentada en un autobús casi vacío. Permanezco ensimismada, pensando en mis cosas, cuando noto un extraño vaivén, un leve traqueteo rítmico que no se deriva de la marcha del vehículo. Buscando el motivo de tal movimiento, reparo en el ser que se sienta junto a mí, al lado de la ventana: se la está meneando a conciencia por debajo del jersey mientras me examina como si yo fuera una revista porno. Reprimo la náusea, me levanto a toda velocidad y me limito a cambiarme de asiento, esta vez junto a la puerta de salida. No me enfrento a él. No grito. No reacciono. Me quedo atónita, pasmada, perpleja. Ignoro cómo manejar la situación y me embarga, sin comprender la razón, una mezcla de asco y vergüenza, como si me hubiera puesto yo en esa tesitura. Por supuesto, no se lo cuento a nadie.

Un par de años después, en la pista de una discoteca. Visto una escueta minifalda blanca que la cultura patriarcal vigente –todavía hoy- interpreta como licencia para acosar. Mientras bailo y me divierto con mis amigas, alguien empieza a sobarme el culo a dos manos. Me giro. Un mequetrefe, rodeado de una pandilla de cretinos, se congratula de su ocurrencia. Le borro la carcajada de la boca de un guantazo cuyo chasquido estalla como un latigazo. El instinto se ha impuesto sobre la cautela, corro el riesgo de que el bofetón tome forma de bumerán. Pero no, no pasa nada. Los amigotes se ríen del imbécil esférico –lo mires por donde lo mires, es imbécil- y la noche continúa sin más incidentes.

Ya he cumplido veintipico. De madrugada por la zona alta de Barcelona, un par de amigas y yo cambiamos de bar. Taconeamos, charlamos, reímos. Al doblar una esquina nos topamos con un exhibicionista. Las tres observamos su pene como si fuera una nueva variedad de araña o una molesta grieta en la pared. Antes de reanudar nuestro camino –nuestro taconeo, nuestra charla, nuestras risas-, le espetamos, “¿eso qué es, un tumor?”, y su miembro se arruga como una oruga achicharrada por un lanzallamas. Ya no me escandaliza, son cosas que pasan. Pero solo a nosotras, aunque entonces no caiga en ello. Me temo que he normalizado la anormalidad.

No conozco a ninguna mujer que no haya padecido en sus carnes algún incidente parecido o, por desgracia, mucho más grave. Todas, absolutamente todas, hemos sentido con mayor o menor frecuencia miedo, repulsión, indignación o incomodidad por el mero hecho de habitar un cuerpo femenino. No deberíamos acostumbrarnos a ello como si fuera algo normal, porque no lo es. Cada vivencia personal es un retazo de un mismo relato colectivo que no solo despierta sororidad en nosotras, sino también solidaridad en esos maravillosos hombres –cada vez son más- que nos quieren libres e iguales. Por eso agradezco a Cristina Fallarás su excelente iniciativa y os animo a participar en ella. #Cuéntalo, tú también. Como cantaba Bebe, pa’ fuera telarañas.

https://www.youtube.com/watch?v=IhTOKqwXgzQ