¿Dónde está el guionista?

captain_america__the_winter_soldier___fan_poster_by_superdude001-d68na0lAyer fuimos a ver, en familia, el último bodrio de Marvel, el que protagoniza ese superhéroe que de tan perfecto da grima llamado Capitán América –yo soy más de Iron Man-.

Lo peor no fue el individuo que me tocó al lado, un trol que se desparramaba hasta mi asiento y engullía palomitas sin cesar. Ni el coloso que se sentó delante de mí, cuyo voluminoso cráneo me impedía ver la mitad inferior de la pantalla –por favor, persona que mides dos metros y me estás leyendo, en cualquier recinto repleto de espectadores, colócate en la fila de atrás-. No, lo peor fue la cosa en sí, ese larguísimometraje que dura 128 interminables minutos.

Por supuesto, no espero gran cosa de este tipo de superproducciones hollywoodienses: disfrutar de un rato agradable, sonreír con unos diálogos algo ingeniosos y empezar el fin de semana con un poco de entretenimiento tan trivial como inocuo. Ya veis, poca cosa. Eso sí, albergaba la secreta esperanza de que, entre tanto efecto especial superespialidoso, tanta coreografía mamporril y tanta explosión multicolor de artefactos inverosímiles que devoran a protagonistas ignífugos, hubiera un mínimo guión. Pues no. Ni por asomo.

Ya me pasó cuando tuve que asistir, arrastrada por mis adolescentres hijas, a una sesión del último engendro protagonizado por Lobezno –o el penúltimo, que parece que hay otra aberración cinematográfica a punto de estrenarse-. Simplemente, tuve que salir de la sala. No aguanté el último cuarto de hora de la proyección. Para hacerlo, hubiera tenido que ir drogada. O ebria. O padecer una enajenación mental transitoria. O todo a la vez.

Googleo un poco para hallar a los seres que han perpetrado el no-guión: Christopher Markus y Stephen McFeely, los coguionistas de las tres adaptaciones a gran pantalla de las crónicas de Narnia. Así que existen de verdad, no son personajes inventados para los títulos de no-doy-crédito. Ya se lo dijo el torero El Gallo a Ortega y Gasset: hay gente pa’ to’.

Guateque en el Otto Zutz

bola_discoteca_s59526586.jpg_369272544Lo de ayer no fue para nada un guateque, que es más bien un tipo de fiesta que se celebraba en los sesenta y además en plan casero, pero ya que los asistentes compartimos espacio profesional hace más de un par de décadas en la calle Tuset, y además pertenecemos al babyboom de los años del esplendor del guatequismo, pues mejor bautizar con ese nombre en desuso al encuentro.

Mis amigas y yo quedamos para mojitear un poco antes de asistir al evento, que incluía cena pica-pica y una copa en los altos del Otto. Entre mojito y mojito, conversamos, reímos y recordamos viejos tiempos en plan “chicas de oro” –qué gran serie, por cierto-. También esparcimos un poco de maquillaje más allá de nuestros ojos y labios, a ver qué gracia tiene pintarse si no aprovechas para embellecer tu entorno.

En el Otto Zutz disfruté de fabulosas noches en los 90. La música invitaba a bailar y había mocetones altos y guapos de los que le encantaban a mi amiga Marielo, mi media naranja creativa, como solíamos decir. A mí me gustaba más el portero, un hombre canoso interesantísimo a quien apodamos como Hemingway, vete tú a saber por qué –no se parecía en nada al autor de “Adiós a las armas”-. En aquella época remota, hicimos juntas algún que otro Ibiza y muchos, muchos Ottos, medio disfrazadas –no sin mi purpurina- y la mar de felices. Así que siempre sentiré un cariño especial por el emblemático local de la calle Lincoln, que se va manteniendo en el mundo de la noche generación tras generación. Pronto podrán ir mis hijas allí. Si quieren, claro, que igual se me hacen perroflautas y prefieren baretear por Gracia, who knows.

Aunque suelo ser de una precisión británica, llegamos una hora tarde: imposible acudir a tiempo a convocatoria alguna con mi amiga Chantal, a la que adoro a pesar de su sempiterna impuntualidad. Digo yo que su mente le otorga, misteriosamente, una elástica e inverosímil plasticidad al minutero.

A diferencia de la fiesta con que se conmemoró el 50 aniversario de BBDO hace cuatro años en el mismo sitio -y que también organizaron admirablemente Heidi Güells, Mireia Mallol y Txell Costa, un hurra por ellas-, había poco más de 40 personas en la sala –la primera convocatoria atrajo al doble de asistentes-. Por supuesto, no saludé a todo el mundo. Lo bueno de ser miope es que, si te quitas las gafas, solo fijas tu atención en lo que verdaderamente te interesa, y el resto se queda como difuminado y prácticamente se mimetiza con la decoración. Así que entre tanto cráneo radiante –hay calvas muy bien llevadas, pero otras son una mala copia de Don Limpio-, hubo algún que otro personaje indeseable que quedó en el limbo de lo inexplorado. O sea, que desempeñaron un bonito papel de figurantes. Como yo para ellos, por otra parte.

Comprobé, una vez más, que, en general, a cierta edad las mujeres estamos de mejor ver que los hombres, en parte porque la cosmética moderna consigue resultados espectaculares, y también porque de noche, y con la iluminación adecuada, las patas de gallo y las arrugas de expresión desaparecen mágicamente. Como si alguien nos hubiera pasado por el photoshop.

Las Nurias acudieron a la cita recorriendo cientos de kilómetros de distancia para no perderse la fiesta: una desde Madrid, la otra desde Londres y la tercera desde Rotterdam, las tres estupendas. Suerte que me puse taconazos, porque las Nurias que ahora viven por las europas son altísimas. Con razón tuvieron que irse por ahí para encontrar hombretones a su altura –en todos los sentidos-. Se nota que están muy viajadas y les sienta bien.

A diferencia de ellas, hay quien los años le han pasado por encima como una apisonadora. Un señor de cuyo nombre no quiero acordarme se parece cada día más a los golfos apandadores del Tío Gilito. Cuánto daño hizo Don Johnson y su barba de tres días, que a según quién le deja la cara cual papel de lija.

Otra curiosa constatación es que, salvo alguna excepción, todos estamos ya en otras tesituras profesionales, algunos en otra multinacional, pero los más trabajando por su cuenta como freelance o en su propia agencia. Incluso descubrí algún nuevo emprendedor cambiando totalmente de tercio y adentrándose en el negocio de las automatizaciones de las pistas de paddle. O algo más o menos así. El concepto no lo acabé de entender muy bien porque lo mío no es el deporte. Yo, como me dijo ayer Mar Guerrero -maravillosa directora creativa en una especialidad tan difícil como es el tema de la salud y sus aledaños-, soy más de bailar que de ir al gimnasio o ponerme a correr de buena mañana. Y si encima me ponen temazos como éste, se me van los pies:

https://www.youtube.com/watch?v=9kXiLeBXzG4

Luego ya cambió la música porque empezó a aparecer el público habitual del Otto –replicantes de Justin Bieber y Selena Gomez-. Suerte que en guardarropía quedaba un último reducto de normalidad, un gay que se ocupaba de las chaquetas y que en sus ratos libres, según me indicó él mismo, se dedica al travestismo. “Nena, qué guantes tan divinos, a mí también me encanta el rojo”. Y es que los dos sabemos que, al contrario de lo que se dice, con un poco de purpurina y strass, una buena noche la tiene cualquiera.

20 Feet From Stardom

20feetfromstardom_grandeAyer tuve la suerte de poder asistir al preestreno de A 20 pasos de la fama, que ganó el Óscar al mejor documental hace un par de semanas. Fui invitada por www.eldiario.es, que tiene alguna que otra deferencia con sus socios. Luego me supo mal no haber abonado las dos entradas con que me obsequiaron, porque se trataba de un preestreno solidario para Intermón Oxfam: la sala la cedió Cinesa y la película, A Contracorriente Films, que distribuye esta pieza de Morgan Neville que se estrenará dentro de dos meses. Me consuela un poco que colaboro con Intermón mensualmente -desde mi punto de vista, es una de las pocas oenegés con credibilidad-.

A 20 pasos de la fama tiene un arranque soberbio. Empieza con “Walk on the Wild Side” de Lou Reed –And the coloured girls go, doo doo doo– y continúa con “Slippery People” de Talking Heads. Solo con ese par de detalles iniciales, el guionista-director se ganó mi nostálgico corazón y me dejó más que predispuesta a que su largometraje me encantara.

El documental combina –en mi opinión, magistralmente- imágenes de archivo, entrevistas y grabaciones, con todo el sentido y con una notable coherencia argumental entre el aparente caos. A través de las vivencias e impresiones de los entrevistados, revela algunos entresijos de la industria musical estadounidense –hubo una época en la que no era fácil ser mujer y afroamericana… supongo que ahora tampoco- y contextualiza las circunstancias que favorecieron –y también, con demasiada frecuencia, entorpecieron- esa arrolladora eclosión de talento desbordante de las Background Singers –me niego a usar la palabra corista, que me recuerda a aquella película del príncipe y la ídem-.

El discurso narrativo se hilvana a través de las voces de las personas entrevistadas, entre las que figuran artistas consagrados –me cuenta mi consorte que Sheryl Crow inició su carrera musical cantándole los coros a Michael Jackson-, productores y, por supuesto, las verdaderas estrellas, esas Background Singers que son los pilares sobre los que se construye el documental: la pionera Darlene Love, la prima donna Merry Clayton, la entrañable Claudia Lennear, la encantadora Tata Vega, la ambiciosa Judith Hill y la gloriosa y orgánica Lisa Fischer, capaz de fundirse con su voz en piruetas vocales inigualables –sí, soy totalmente subjetiva: Lisa es, con diferencia, mi favorita-. Fue electrizante poder contemplarlas en pantalla grande, tan hermosas, tan fascinantes, tan magníficas, y a la vez tan vulnerables, y escuchar sus voces prodigiosas, envolventes, aterciopeladas y poderosísimas.

Quizás ellas estén a 20 pasos de la fama. Pero sus voces están 20 pasos por delante. De todo y de todos.

London Calling

Todavía recuerdo la primera vez que visité Londres, hace más de 20 años. Fue una estancia de diez días con mi gran amiga y cómplice de aquella época, Marielo, con quien hacía pareja creativa en una agencia de publicidad. Nos alojamos en un encantador bed&breakfast de Notting Hill, regentado por un matrimonio griego que se negaba a jubilarse, Mr. & Mrs. Demetrius –memorables los desayunos con huevos fritos, bacon y beans-. Nuestro alojamiento quedaba a dos minutos de Portobello Road, sus puertas y fachadas de colores y su mercadillo, entre cuyas paradas rebuscábamos, cual urracas, brillantes y añejas bisuterías: Marielo atesoraba hat pins vintage y allí amplió su colección con valiosas adquisiciones. También tuvimos la suerte de recorrer Candem Town cuando no era el horror espeluznante en el que se ha convertido de un tiempo a esta parte.

Entre ese viaje y otro que hicimos en cuanto se presentó la ocasión –entonces no existían los vuelos low cost-, Marielo y yo recorrimos aplicadamente cuanto museo se nos puso por delante, dedicándoles a todos su merecido tiempo, mal alimentándonos en infames pubs y celebrando una pequeña fiesta cuando hallábamos a nuestro paso algún restaurante italiano en el que poder tomar un café de verdad –mi amiga, sin su dosis diaria de cafeína, no era nadie-.

Al cabo de los años regresé un par de veces más, una en familia, con las niñas, y otra en pareja, así que mi escapada romántica del pasado fin de semana ha sido mi quinta incursión a la ciudad del Támesis.

Todo este prolegómeno de abuela Cebolleta es para explicaros que quizás sea más interesante para quien quiera información sobre Londres que lo mezcle todo un poco, en plan cóctel, así cada cual se quedará con el trocito que más le interese o mejor le convenga.

Pues ahí voy.

Chimeneas Pink floidVolamos a Londres-Gatwick desde Barcelona con EasyJet –atención, viajera que no facturas equipaje, permiten un solo bulto por persona, uno solo, así que lleva un bolso pequeño para poder meterlo en la maleta antes de embarcar-. Ahora existe una modalidad de conexión entre ese aeropuerto y la capital británica muy asequible, el EasyBus, pero hay que reservarlo con antelación porque no tiene precio fijo y, según se acerca la fecha del vuelo, va incrementándose. Como nosotros desconocíamos este detalle, finalmente optamos por reservar online los billetes del Gatwick Express, que nos costó el doble pero (1) no sufre retrasos por caravanas o accidentes de tráfico, (2) su libertad de horarios permite subirte al primer tren que te va bien y (3) desde los asientos del lado izquierdo, poco antes de entrar a Victoria Station, presenta unas espléndidas vistas a la imponente Battersea Power Station, la fábrica que se ve en la portada del mítico LP “Animals” de Pink Floyd.

Desde Victoria Station tomamos el metro hasta Baker Street, en cuyas inmediaciones se ubica el hotel donde nos alojamos, http://www.tenmanchesterstreethotel.com. Nos lo recomendó Monica, la voluptuosa novia italiana de nuestro sobrino Yukio, que trabaja allí –ambos viven en Londres-. El Ten Manchester Street es coqueto, acogedor y requetelimpio y está en el corazón del encantador barrio de Marylebone. Queda a pocas manzanas del popular Madame Toussauds, ante cuya puerta se propaga permanentemente, como una plaga humanoide, una larga cola de turistas. Jamás he comprendido esa afición a contemplar grimosos muñecos de cera. Supongo que la naturaleza humana nunca dejará de sorprenderme.

Os recomiendo un par de direcciones de nuestro efímero vecindario de adopción donde poder picar algún refrigerio: Coco Momo, 79 Marylebone High Street –el lavabo de chicas es muy curioso, incluye lo que queda de una antigua chimenea, consejos para sobrellevar la resaca y un anuncio de la empresa Scooter Man, you drink, we drive: chauffeurs to drive you and your car home, cheaper than a return cab journey-, y Carluccio’s, que, aunque comparte nombre con otro local de Covent Garden, no tiene nada que ver con él: su espacio es luminoso y agradable, el servicio, impecable, los ingredientes especialmente sabrosos y el baño –por lo menos el de señoras-, el mejor que haya visto jamás en Londres.Carluccio's fachada

Bloomsbury, Covent Garden y el Soho continúan siendo zonas muy recomendables -¿imprescindibles?- para todo paseante que se precie.

La ampliación de Norman Foster le dio al British Museum un nuevo aire espectacular, si bien la purulenta erupción de tiendecitas y ofertas, agazapadas en cualquier recoveco susceptible de ser aprovechado, desluce un poco el conjunto. Los constantes recordatorios a que dones 5 libras para el mantenimiento del museo –en Londres los de titularidad pública son gratuitos, cada cual deposita lo que quiere en las urnas destinadas a tal fin- le parecerán humor negro a cualquier griego, que tiene que desplazarse hasta allí para ver los frisos y esculturas originales del Partenón. O al egipcio que desee contemplar la Piedra de Rosetta. El British Museum se niega a devolver pieza alguna, acogiéndose a una ley promulgada por el parlamento inglés en 1753. Esta semana se estrenaba una exposición temporal sobre los vikingos, ¿a quién habrán expoliado esta vez? Ah, no, que con los países nórdicos seguro que no se atreven.

MeriendaEn Museum Street hay un par de coquetas cafeterías donde poder tomar algo –por ejemplo, una porción del popular pastel de zanahoria- antes de acercarse a la casa museo de Charles Dickens, que está a un corto paseo desde allí. Además, al lado del Charles Dickens Museum se puede recorrer Doughty Mews, una de tantas meaws –literalmente “calle de casas pequeñas”- londinenses. Al célebre novelista le tengo un cariño especial porque su “Cuento de Navidad” fue el primer libro que leí –cuando digo libro me refiero a una historia memorable y bien hilvanada-. Tenía yo 10 años cuando lo escogí, equivocadamente –su título me llevó a pensar que era un cuento-, en la hora de biblioteca del colegio. Me gustó tanto que desató mi pasión desaforada por los autores de verdad.

Desde Bloomsbury se puede ir a pie hasta Covent Garden, donde los amantes de las Dr.Martens tienen su increíble supertienda, con mil y un modelos originalísimos –aunque hay establecimientos de esta marca diseminados por toda la ciudad-. Tuvimos la desgracia de acercarnos a este agradable barrio poco antes de un importante encuentro deportivo –el fútbol es nuestra pesadilla particular-. Por lo visto se celebraba un partidazo entre dos equipos rivales y los hooligans de uno de ellos, ataviados con los mismos colores que el Atlético de Madrid, invadían los pubs de la zona y sus aledaños cerveza en mano y a voz en grito –al día siguiente todavía estaban de celebración, pordiosquépesados-.

Soho GaysHuímos despavoridos hasta el Soho y nos adentramos en Old Compton Street. Sentimos un gran alivio cuando nos topamos con dos musculosos gays bailando alegremente en un escaparate: por allí no iba a aparecer ningún futbolero, así que estábamos salvados. Aprovechamos para acercarnos al club donde trabaja Yukio, The Arts Theatre Club, 50 Frith Street, que se llena hasta la bandera de jóvenes con ganas de bailar música ochentera e ingerir los excelentes cócteles que prepara –no es pasión de tía, es la pura verdad-.

Puerta con puerta, en el 63-64 de Frith Street, puede uno probar alguna de las interesantes propuestas de Arbutus, que entre semana ofrece un Working Lunch a un precio razonable, e incluso un Plat Du Jour –lo indican así, en francés- por 10 £, copa de vino incluida. Se les nota la vena normanda en detalles como usar mantequilla para rehogar las verduras de la sopa o guisar la ternera con un intenso y consistente caldo corto de carne. Me chiflaron sus mesas de madera maciza pulida con las esquinas romas.

Todavía en el Soho, Carnaby Street merece una mención especial. Populosamente transitada desde hace medio siglo, esta emblemática calle londinense que incluso cuenta con su propia web continúa siendo una visita muy recomendable. Esta última incursión londinense descubrí allí Irregular Choice, http://www.irregularchoice.com/, donde sin lugar a dudas vestirían sus lindos piececillos Dorothy Gale, Blancanieves y la Cenicienta. Así que yo también.

ChanclazapatoContinuando con la sección calzado, me llamaron mucho la atención las cangrejeras con tacón que vi en alguna que otra zapatería. Aunque quizás solo estén de moda allí, para vadear mejor los charcos y pisar con más firmeza sobre un suelo empapado por la lluvia. Who knows!

No obstante, hay que desplazarse hasta el East End para adentrarse en el barrio del momento: el impronunciable –e irrecordable- Shoreditch. Lo mejor es tomar el metro hasta Liverpool Street Station y desde allí callejear sin prisas hasta Spitalfields Market, donde se encuentra un poco de todo, aunque su mayor atractivo son las interesantes piezas de jóvenes creadores. Yo aproveché para hacerme con dos vestidos estilo pin-up en Collectif Vintage, y una diseñadora asiática graciosísima me colocó una falda verde esmeralda: “la he diseñado y cosido yo misma, mira, ¿ves estas letras?, soy yo. No encontrarás otra igual en Barcelona, ¡ni siquiera en España!, y mira, es reversible, y como se ata se adaptará a ti aunque cambies de talla, hasta se la podrá poner tu marido, ¡le haría conjunto con su sudadera!”

El famoso paraíso del curry, Brick Lane, queda un poco más allá. Hay un sinfín de restaurantes hindús donde escoger –aunque más bien te eligen ellos: siempre hay un hombre en la puerta, a la caza del nuevo comensal- y el domingo por la mañana el ambientazo es insuperable. Según se sube por Brick Lane, pasamos de las paradas de venta de objetos variados a los chiringuitos improvisados donde comprar comida para llevar, que no catamos. Llamadme burguesa, pero yo a estas alturas necesito sentarme para comer… ¡y para tomar aliento, que la vida del turista es agotadora! Entre Bethnal Green Road y Columbia Road hay locales muy interesantes en los que te puedes cortar el pelo, hacerte la manicura, tomar una copa, probarte ropa o leer un poco. Todo muy hipster.

principespcEn las antípodas de Shoreditch están Buckingham Palace, St James’s Park, el emblemático Big Ben y la Abadía de Westminster. Nunca tuve demasiado interés en visitarlos, aunque esta última escapada londinense nos acercamos al famoso templo anglicano con la intención de entrar a cotillear. Sin embargo, un nutrido grupo de policías nos vetó el acceso y nos conminó a permanecer tras una valla porque, para nuestra sorpresa, acudieron al recinto los mismísimos nietos de la reina: William –qué calva tan mal llevada, tipo Charlie Rivel, que diría mi amiga Marta, pero en versión pelo liso- y Harry. Dos seres de la realeza a cincuenta metros de nosotros. Como ir al circo a ver a los payasos. Solo que a estos, por suerte, no los pagamos nosotros.

Ante algo así, una se pregunta qué merito tiene haber nacido en una familia y no en otra. Y reflexiona sobre la desigualdad en el reparto de la riqueza. Sí, hay personas más pudientes que otras. Y hay quien puede comprar en la lujosa New & Lingwood Ltd de Picadilly Arcade aunque no haya dado un palo al agua en su vida, porque es ver el escaparate de la lujosa boutique y pensar en el Duque de Feria y su hermanísimo, tan altos, tan guapos, con sus sleepers y sus americanas de terciopelo de colores eléctricos, todos ellos donosura y distinción. Si tuvieran que arrancar cebollas con las manos no podrían vestir así. Pero claro, entonces no serían ellos. En fin.

En Trafalgar Square se ubica la National Gallery y, detrás de ella, la National Portrait Gallery, para cuya visita se necesita un día entero, tal es la cantidad de óleos que albergan. Aunque hay obras tan emblemáticas como la “Venus del espejo” de Velázquez o los “Girasoles” de Van Gogh, yo recuerdo especialmente “La ejecución de Lady Jane Grey” de Paul Delaroche, que me impresionó tanto como la “Ofelia” de John Everett Millais que se exhibía en la antigua Tate Gallery, hoy doblete museístico: Tate Britain, en el espacio de siempre, y la nueva e imprescindible Tate Modern, ideal para ir con niños. Desde la Tate Modern se puede aprovechar para pasear por la orilla sur del Támesis –South Bank– y subirse al famoso London Eye. Otra opción es acceder al otro lado del río, atravesando el peatonal Millenium Bridge, y acercarse a la Catedral de St Paul y el Museum of London.

El Museum of London se aloja en el Barbican, un barrio que se levantó sobre una zona arrasada por los bombardeos del ejército alemán. Este museo expone de manera muy didáctica la historia de la ciudad, haciendo especial hicapié en The Black Death de mediados del siglo XIV, que en 18 meses acabó con la mitad de los londinenses –y de los europeos-, el Great Fire que asoló la ciudad en 1666 -¿será desde entonces el 666 el número del diablo?- y cómo vivieron los londinenses la Segunda Guerra Mundial: un documental explica de primera mano el dolor y la aniquilación que conlleva cualquier conflicto bélico.

En la City se alza también el recinto de la Torre de Londres, que además de preservar las Joyas de la Corona, mantiene el infame tajo de ejecución donde fueron decapitadas dos de las esposas del rijoso Enrique VIII. Menudo tiparraco.

Si vais a Londres en familia, vais a frecuentar mucho Kengsinton, porque es el barrio en el que se ubican Hyde Park y tres fabulosos museos para niños de todas las edades: el Natural History Museum, el Science Museum y el Victoria and Albert Museum.

El corazón de Londres es verde y se llama Hyde Park. Su inmensidad impresiona a cualquiera, pero a una barcelonesa como yo, que la máxima extensión de césped que ha visto en su ciudad es el Camp Nou, simplemente la deja ojiplática. En su origen fue la reserva de caza del ya mencionado Enrique VIII. De hecho, todos los grandes parques públicos de Londres fueron primero eso: el terreno de tiro al ciervo del reyezuelo de turno. Hay quien todavía le encuentra su qué a ejecutar elefantes.

Aunque solo tenía unos cinco años cuando lo visitamos con ella, Mariola nos pidió regresar otra vez al Natural History Museum. Dos voluntarias tuvieron una paciencia infinita e intentaron explicarles a nuestras dos hijas –entonces las pobres no entendían gran cosa de inglés- qué eran una esponja de mar, un asta, un mineral, una concha de tortuga, una mandíbula de tiburón y algunos otros objetos que tenían a mano para que los niños los tocaran. La galería de los dinosauros es la más concurrida –a mí ya me impactó mucho la primera vez que la vi, antes de que se pusieran de moda-, pero hay otras muchas que merece la pena recorrer, entre ellas las dedicadas al planeta Tierra. Está a años luz de su homólogo de Nueva York, por mucha “Noche en el museo” que se haya rodado allí. A no ser que hayan aprovechado el éxito cinematográfico para renovarlo, cosa que ignoro.

El Science Museum está especialmente indicado para mentes curiosas y espíritus inquietos. Además de un recorrido que busca la interacción con los visitantes, su tienda ofrece objetos sorprendentes a los que merece la pena echar un vistazo.

Aunque lo más destacable del Victoria and Albert Museum son sus colecciones permanentes –a destacar su abundante fondo de piezas de ropa de diferentes épocas-, este impresionante museo de las artes decorativas presenta diferentes exposiciones temporales, así como charlas y visitas guiadas gratuitas, que se pueden consultar en su propia web: http://www.vam.ac.uk/whatson/

Londres es mucho Londres y no se acaba en esta entrada. No obstante, creo que con estas cuatro pinceladas os podéis hacer una idea del sinfín de posibilidades que presenta la capital de Gran Bretaña. Os animo a que, si todavía no habéis ido, lo hagáis cuanto antes. ¡Y suerte con el cockney!