24 horas en Madrid

– ¿Haces algo el fin de semana del 28 de abril?

– Bueno, nada que no pueda moverse.

– Esos días estaré en Madrid, ¡te invito!

Dicho y hecho, mi amiga Valery me montó una escapada inesperada en lo que dura una conversación por teléfono. A veces los mejores regalos surgen de la espontaneidad y la improvisación.

Tomar el metro a las seis de la mañana de un sábado es una edificante experiencia sociológica. Los pasajeros son una ecléctica mezcolanza de profesionales soñolientos a punto de empezar la jornada laboral, rostros surcados por las ojeras del turno de noche y fiesteros todavía adheridos a una lata de cerveza o a una litrona de botellón. Una indefensa criatura, atrapada en su carrito, luce una horridiadema rosa con un lazo que se le desparrama por media cara, la infortunada no puede defenderse de la fechoría perpetrada por sus progenitores. En el andén de enfrente, un grupo de postadolescentes estruendosos generan una onda expansiva de huida a su alrededor. Una de las crías -no tendrá más de 18 años, aunque el maquillaje le hace parecer la madre de todos- persigue a su novio allá donde va, mientras otro miembro de la pandi la busca a ella, sin ser consciente de ello. De hecho, creo que ninguno de los tres ha aprendido a descifrar la reveladora elocuencia del lenguaje corporal.

Un grupo de cincuentañeras llenan de risas y cómplices cuchicheos el vagón número 18 del AVE en que me desplazo a Madrid. Hacemos una única parada en Zaragoza antes de llegar a la Estación de Atocha, 2 horas y 45 minutos después.

Subo por Alfonso XII arrastrando mi maleta de cabina con resonante traqueteo de ruedas, y a mi paso observo algunas de las Meninas de fibra de vidrio que permanecerán instaladas en la ciudad hasta julio. Mientras continúo por Serrano, el viento sopla con tal fuerza que temo que alguna de las ondulaciones de la colosal rojigualda que preside la Plaza de Colón -294 metros cuadrados de nada- me saque un ojo.

tortillaCasaDaniLlego, por fin, a la casa en Madrid de mi amiga, un refugio colmado de luz y plácido silencio desde el que se divisan las azoteas del barrio de Salamanca. En la misma manzana de su edificio, en la cafetería Casa Dani del Mercado de la Paz, se puede paladear la mejor tortilla de patata de Madrid -yo diría que del universo-. Es jugosa, suculenta y, exceptuando la que prepara mi amiga Laura, que cuenta con ese ingrediente tan singular que es el cariño, diría que es la mejor que haya probado jamás.

Una vez bien desayunadas -en mi caso resayunada-, nos acercamos paseando hasta el Museo Thyssen-Bornemisza: tenemos entradas para visitar las exposiciones temporales de Sorolla y Louis Vuitton.

SorollaPara recorrer “Sorolla y la moda” disponemos de las indispensables audioguías, que nos amplían interesante información sobre el pintor valenciano y su afición a ejercer de estilista de su familia. Nos fascinan tanto el retrato de la llamativa transición indumentaria de su época, como la mirada tierna y amorosa del artista que, ante todo, es esposo y padre, así como esa cautivadora capacidad de reflejar la luz mediterránea y la cantábrica.

LouisVuittonEn cuanto entramos en “Time capsule. Louis Vuitton”, una muchacha se nos acerca para invitarnos a una explicación de la sección expositiva que le han asignado. Es muy instructivo contar con distintas informadoras según se avanza -todas monísimas y ni un chico, la política de género la dejamos para otra ocasión-, sus comentarios enfocan con efecto lupa los objetos que se aprecian en las vitrinas. Me parece especialmente sugerente un maletín para guardar el neumático de recambio, pensado para los primeros automóviles que se fabricaron. Resulta curioso presenciar la evolución de los baúles, maletas y bolsones ideados por los Vuitton al ritmo de los tiempos. Hoy son el paradigma del lujo estratosférico y de esa afición a las marcas que me parece inverosímil, pero en sus inicios fueron unos auténticos pioneros. Tremendas ganas de ir a París para visitar la Fondation Louis Vuitton.

Cuando salimos de la Thyssen es tan tarde para almorzar que, tras intentar tomar algo en un abarrotado Mercado de San Antón, decidimos ya casi merendar en Celicioso, la coqueta cafetería del hotel Only You. Tomamos fuerzas con unos exquisitos huevos pochés sobre tostas con guacamole, nos hidratamos con sendos licuados recién hechos y proseguimos nuestra larga caminata desde Chueca hasta Salamanca.

Nos falta tiempo para ponernos al día y las horas se escapan a toda velocidad. Cenamos en Martinete, un restaurante que recuerda un poco a aquella Norma Desmond que interpretara Gloria Swanson de “El crepúsculo de los dioses”. Es sábado por la noche y la clientela es escasa y poco estimulante. El lugar preserva el particular encanto de lo clásico y los camareros son amabilísimos, sin embargo la cocina es simplemente correcta. Por suerte nos da un poco igual porque continuamos enfrascadas en nuestras confidencias, que se prolongan luego en casa de mi amiga hasta que nos vence el sueño y nos retiramos a descansar.

El domingo se despierta lluvioso y frío. Nos escapamos a la carrera hasta la pastelería Mallorca, protegidas por el minúsculo paraguas Samsonite que siempre llevo encima. Cuando le pregunto a la camarera dónde está el azúcar para mi cappuccino, me responde muy resuelta que están recomendando a sus clientes que no tomen azúcar, pero que sí, que si lo prefiero blanquilla o moreno -pero no panela o moscovado-. Además de parecerme una impertinencia, me resulta del todo incongruente -por no decir rayano a la estupidez- que se formule tal advertencia en un establecimiento tradicional -muy tradicional, tremendamente tradicional- donde más de la mitad del mostrador es repostería y bollería y preparan casi todos sus bocadillos con croissants y brioches. Márketing socioconsciente impostado.

Me despido de Val con la sensación de que todavía nos queda mucha charla pendiente, no obstante su vuelo y mi tren no admiten esperas. Gracias, amiga, por regalarme una escapada tan reconfortante. Aunque, como bien sabes, el verdadero obsequio es tu amistad.

Anuncios

Madrid-Barcelona

No sé vosotros, pero yo en los hoteles paso la noche en una especie de duermevela, apenas descanso. Me he despertado de madrugada y he mirado la hora: ¡horror, las cuatro y media! Imposible conciliar de nuevo el sueño. Cuanto más te concentras en aprovechar el par de horas que te quedan, más te despabilas. Recién abierto, el salón de desayunos parecía una cámara frigorífica -o una morgue, según se mire-. Desangelado. Triste. Gris. Un grupo de turistas chinos pululaban silenciosos entre las opciones del bufé, solo se oía el chirrido de las suelas de goma de sus deportivas y el sordo bisbiseo de sus anoraks. El pan estaba recién hecho pero mal horneado, con la miga cruda. El refresco de naranja con ínfulas de zumo, helado. El café, como de costumbre -de verdad, el gremio de hostelería debería desterrar para siempre estas diabólicas máquinas expendedoras de infecto líquido laxante-. No obstante, me ha dado todo un poco igual: regresaba a casa y nada podía arrancarme mi íntimo regocijo. Iba a volver esta noche, pero las urgencias que me esperaban en Barcelona y lo poco que podía aportar ya en Madrid -por no decir nada- me han impelido a adelantar la vuelta. Cosas de mi mutante agenda laboral.

Poco después de las siete le he preguntado a la recepcionista del hotel si podía pedirme un taxi para Atocha.

– ¿Cuánto tarda en llegar? ¿Me da tiempo de ir al baño?

-Claro, mujer. Si no, ya lo entretengo yo.

– ¿Le amenizarás la espera con unos bailes regionales?

Y ya hemos hecho unas risas. El taxista era un hombrecillo parlanchín que me ha hecho francamente ameno el trayecto. Iba con prisa porque una señora le esperaba a las ocho nosedónde -él me iba desgranando direcciones, atajos y rutas como si yo fuera madrileña y supiera de lo que me hablaba-. Sí que me he quedado con un dato: que para viajar en AVE hay que pedir que te dejen en la entrada de Méndez Álvaro. “Aquí solo dejamos a los amigos, te evita una buena vuelta. A mí la carrera me sale peor porque pierdo unos euros, pero si no no llego a recoger a mi clienta. ¿Ves aquel estanco? Pues a la derecha está el acceso que lleva al jardín botánico, la entrada a las vías del AVE está allí mismo”.

Me he plantado en el control de seguridad en un momento y, 20 minutos antes de la salida, ya estaba sentada en mi asiento del vagón número 8, llamado “Coche en silencio” de manera ornamental. Un orondo sujeto con barba recogemigas chupeteaba caramelos mientras, sin prisa pero sin pausa, sus dedos gordezuelos se dedicaban a estrujar los correspondientes envoltorios de celofán. Más allá, una fémina con acento argentino o uruguayo encadenaba conversaciones a través de su smartphone de penúltima generación –en cualquier caso mucho mejor que el mío-. No muy lejos de ella un jovenzuelo roncaba con tal estruendo sísmico que, a intervalos regulares, se despertaba a sí mismo y refunfuñaba quejándose de los demás hasta que volvía a cerrar los ojos. A mí este paisanaje me ha parecido la mar de entretenido, porque no disponía de conexión a Internet ni me apetecía ver la película “Pompeya”, así que he querido compartirlo y he empezado a escribir estas letrillas en el iPad familiar. Ya veis qué fácilmente se entretiene una.

SantsEstacióAdentrarse en el metro de Sants Estació y sortear las barras giratorias de acceso con una pequeña maleta –no digamos con una de verdad- es una prueba de gincana. Digo yo que quienes se ocupan de actualizar esas vías subterráneas no viajan en tren. Quizás ni en metro. O tal vez sí, pero no por esos barrios. Porque la multiestación de Diagonal-Provença es supercalifragilisticoespialidosa. Hasta dispone de cintas que te teletransportan y salas de exposiciones. Es lo más. En breve instalarán un rincón donde geishas y geishos nos masajearán los pies, estoy convencida de ello. Mientras tanto, quienes lleguemos en tren a la estación con más tráfico de pasajeros de la ciudad, nos mantendremos en forma gracias al último reducto de la Barcelona olímpica: la valla de obstáculos de la entrada al metro de Sants Estació. Alborozada estoy.

Tres días en Madrid

La publicidad funciona. Primero fue el sobrecogedor vídeo del Museo del Prado que alguien compartió en Facebook. Y luego el emailing de AccorHotels recordándome que tenía un montón de puntos acumulados en mi tarjeta de fidelidad. ¿O fue al revés? En cualquier caso, calendario escolar en mano, hice la reserva para el pasado fin de semana en medio nanosegundo. A golpe de ratón. Prepagado. No había vuelta atrás.

El viernes salimos temprano de Barcelona –pasmados nos dejó descubrir, entre otras sorpresas del dial, la emisora Radio María por el camino- y fuimos directamente al Museo del Prado. Bueno, casi. Entre tanto se nos había hecho la hora de comer y paramos en el primer lugar con el que nos topamos al salir del parking. Ni fu ni fa, pero nos daba un poco igual, aquel día nuestro objetivo era otro.

Poder observar de cerca “El Jardín de las Delicias” del pintor holandés El Bosco ya merecía la postergada visita -demasiado tiempo desde la última vez-. El asombroso tríptico, sobre todo la fabulosa alegoría del infierno de la tabla derecha, se adelantó a Dalí en más de 400 años. En mi opinión, el pintor ampurdanés se pasó la vida emulándolo. Es verdaderamente turbador.

Otro de los múltiples motivos por los que visitar el Museo del Prado es poder contemplar las más emblemáticas obras de Francisco de Goya, desde las Pinturas Negras que en otro tiempo decoraran la Quinta del Sordo, hasta sus reveladores retratos de la familia de Carlos IV, sus estampas de la Guerra de la Independencia y, cómo no, sus dos famosísimas Majas. Hasta el 7 de junio se puede disfrutar además de una exposición temporal, “Goya en Madrid”, que exhibe sus cartones para tapices –como soy amante de los felinos me encantó “Riña de gatos”-.

Al Prado conviene ir con una previsión un poco realista, resulta imposible abarcar todo lo expuesto en una sola visita –pequeño detalle: las imprescindibles audioguías están disponibles en todas las lenguas oficiales del Estado-. Lo mejor es seleccionar previamente los óleos según las preferencias de cada cual y, solo luego, recorrer las salas con los ojos muy abiertos y sin prisa, porque, además de lo que se busca, siempre hay pequeños-grandes hallazgos. En mi caso, fue “El caballero de la mano en el pecho” de El Greco, que me conmovió mucho más que esas obras figurativas de Doménikos Theotokópoulos que forman parte de nuestro imaginario colectivo: me sorprendió su profunda mirada, tan real, tan cercana y a la vez tan enigmática.

Tras nuestro agradable periplo por el Prado nos dirigimos a Chueca sin ningún objetivo en concreto. Simplemente nos dejamos llevar para dejar atrás el Madrid señorial y adentrarnos en el otro. El de las aceras repletas de residuos variopintos –los servicios de limpieza municipales parecen soslayar según qué barrios y aplicarse a conciencia en según qué otros-. Callejeando felices y sin rumbo nos topamos con el Mercado de San Antón, de arquitectura menos interesante que el de San Miguel, pero más espacioso. E incluso más tentador. En su planta superior Trinkhalle, la taberna de Espacio Trapézio, se abre a una coqueta terracita que invita al refrigerio caprichoso entre mobiliario casi playero. Es un agradable y colorido rincón muy recomendable.

VinitoAltarosesAl salir de allí, en la calle Barquillo número 11, nos apeteció entrar en El Botiquín, que se autodefine como cava-bar y está regentado por un par de catalanes –de Granollers, para más señas-. Ofrecen productos de la terra tanto para degustar como para llevar y nos recomendaron un crianza biodinámico de Montsant exquisito, Altaroses. Tendremos que visitar esa bodega y hacer acopio de botellas.

El Novotel donde nos alojamos –atención familias: los niños duermen y desayunan gratis si comparten dormitorio con dos adultos- está muy cerca de Las Ventas, al otro lado de la M-30, junto a esa enorme mezquita que compite en tamaño con la famosa plaza de toros –horrorizadas se quedaron mis hijas cuando les contamos que allí todavía torturan y matan de manera festiva a imponentes toros de lidia-. A 10 minutos de nuestro hotel, la parada de metro de Parque de las Avenidas -línea 7- nos conectaba fácilmente con el centro de la ciudad. A mis hijas y a mí –por motivos de trabajo mi marido está muy familiarizado con la capital del reino- nos chocó un poco la disposición de los andenes: en Madrid los trenes entran por la derecha y salen por la izquierda.

Otro medio de transporte público que teníamos muy a mano era el autobús: en la puerta del hotel había una parada del 53, que lleva hasta la Plaza de Canalejas –al lado de Puerta del Sol-. Allí merece la pena hacer una pausa en el Café del Príncipe, cuyos formidables granizados de limón exprimido se agradecen cuando la elevada temperatura exterior funde el asfalto y asola los cráneos de los peatones. Es un café con preciosas arañas de cristal que cuando fuimos exhibía un primoroso ramo de flores frescas en la barra, tras la cual destacaba una hermosa vitrina de licores con destellos blancos, tostados, azules y verdosos. También preparan cócteles, pero no los probamos, así que no puedo opinar.

El sábado dedicamos la jornada a pasear por Malasaña, Fuencarral, los alrededores de la Plaza de Santa Ana –qué agradables terrazas para tomar aliento- y La Latina. JardínLaLatinaPrecisamente allí, cerca de la bulliciosa Plaza de la Paja, nos asomamos al encantador Jardín del Príncipe Anglona, que toma el nombre del palacete contiguo y ofrece un recoleto y vivificante refugio que es casi un huertecillo vallado –apenas 800 metros cuadrados-.

Aunque nos habían recomendado excelentes propuestas de restauración –que atesoraremos para próximas ocasiones de a dos: Álbora, Astrid&Gastón y Vinoteca Moratín-, llevados por el ánimo de ir improvisando según nos apeteciera, que por algo nos acompañaban dos adolescentes con las hormonas desbocadas, optamos por almorzar por donde nos pilló de paso. Sí que quisimos acercarnos a la hora de la cena al Pintxos-Bar Juana la Loca, en el número 4 de la Plaza de Puerta de Moros. Sus pinchos son pequeñas creaciones tan contundentes como divertidas. Yo probé el de crêpe de espinacas rellena de gulas con trigueros y el de canelones de calabacín con brandada de bacalao. El hummus lo sirven con unas crujientes y caracoleantes tostadas que se hunden en la crema de garbanzos formando un vistoso ramillete, ¡atómico!

Claro que, para experiencias extravagantes, el peculiar vehículo rodado compartido que vimos circulando por la Plaza de Cibeles, bbike.es, una especie de guagua a pedales que en la web definen como beer bar o bici bar, según convenga. Hasta docena y media de personas a bordo de una bicicleta multitándem, con grifo de cerveza incorporado. Hay que tener valor, juventud, ganas y, por supuesto, cierta dosis de alcohol en vena para mover semejante artefacto con el sol achicharrándote la espalda. A mí me resulta inverosímil, pero hay gente para todo.

El domingo nos levantamos prontito para poder cotillear un poco entre las paradas del Rastro sin perecer aplastados por la muchedumbre. No obstante, a pesar de la hora temprana, no pudimos evitar la pequeña procesión de curiosos que se arremolinaba por los aledaños de la Plaza de Cascorro -donde por cierto merece la pena detenerse en ese remanso de buenrollito que es la cafetería La China Mandarina-. Entre las innumerables paradas de cutreobjetos para turistas, una señora encantadora vendía preciosos abanicos de madera, tanto pintados a mano como lisos, algunos de ellos con ese apabullante tamaño que rinde homenaje a los entrañables Locomía. Gracias a ella este verano voy a estar más ventilada que nunca, zas, zas, zas –aleteo de brazos en plan aspas de molino-.

ClaraObligadoDejamos atrás aquella marea humana para adentrarnos en otra: la de la Feria del Libro de Madrid, que se aloja en los Jardines del Buen Retiro –en la zona que queda detrás del lago si se entra desde la calle Alfonso XII-. Mientras paseábamos por esa concurrida cita anual de libreros, editores y distribuidores, descubrimos que el BOE tiene caseta allí –madremíaquégrima-, que los comerciales de Editorial Planeta deben de tener cutis ignífugo o quizás sangre de reptil –vestían traje y corbata, era verlos y aumentar el sofoco- y que Ediciones Libertarias compartían divisoria con Biblioteca de Autores Cristianos en armónica vecindad. Como tantos otros adolescentes que pululaban por allí, mis hijas enloquecieron en cuanto apercibieron al youtuber AuronPlay firmando su libro –aunque no tanto como para querer comprarlo y hacerse con él la foto de rigor-. Por lo que a mí respecta, salí de la feria con un ensayo recopilatorio de la editorial El Viejo Topo, “Contra la ignorancia – Textos para una introducción a la pedagogía libertaria” y con una antología de relatos cortos, “Por favor, sea breve” –la editora, Clara Obligado, me dedicó el librillo con un bonito “A Helena, estas píldoras de ingenio”-.

CRISTO-ZOMBIAlmorzamos por el Barrio de las Letras y pasamos la tarde, oreja en audioguía, deteníendonos ante algunas de las obras de la exposición permanente del Museo Thyssen. Edward Hopper aparte –su “Habitación de hotel” resulta pavorosamente inquietante-, me impactaron bastante los ojos enrojecidos del jesuzombi del “Cristo resucitado” del pintor renacentista Bramantino. También nos encantó el pintor alemán George Grosz, de modo que antes de irnos pasamos por la tienda del museo para llevarnos un póster de su obra “Metrópolis”, aunque no descarto pedir en línea una impresión sobre lienzo –en la web del Museo Thyssen proponen la opción “impresión a la carta”, qué peligro-.

CieloMadridMientras contemplamos nuestra última puesta de sol en Madrid, recordaba las palabras de Paloma, que tiene el corazón partío entre su Madrid natal y esa Barcelona en la que echó raíces hace tantísimos años: “Disfruta del cielo de Madrid, por algo se dice de Madrid al cielo, en según qué noches parece que lo tocas con la mano. Y la luz es muy diferente”. Doy fe.

Volveremos.

Madrid envuelto para regalo

Las últimas Navidades mi amiga Iciar tuvo una idea fabulosa: obsequiarme con una escapada a Madrid para ver el espectáculo AmaLuna del Cirque du Soleil. Ahora puedo afirmar que la espera merecía la pena. Y cuánto.

Salimos ayer de la Estación de Sants –que necesita urgentemente una remodelación, pordiosquégrima- y tres horas después, AVE mediante, llegamos al precioso recinto en hierro y ladrillo visto de Atocha, que fue inaugurado en 1892 y un siglo después lo reformó y amplió el arquitecto Rafael Moneo. El jardín tropical que alberga bajo la marquesina de la antigua estación le da un curioso aspecto de invernadero decimonónico.

Habíamos almorzado sobre la una y a las seis de la tarde ambas estábamos verdaderamente hambrientas, así que, tal y como nos había recomendado mi amiga María, nos precipitamos al bar El Brillante, nos encaramamos en los taburetes de la mugrienta barra y engullimos sendos bocadillos de calamares, acompañados de sus respectivas cañas –Mahou, por supuesto-. Lo cierto es que la ingesta se nos quedó trabada como un travesaño en el estómago y ya no pudimos tomar nada más durante el resto de la jornada.

Subimos paseando por una calle de Atocha extrañamente vacía a causa de las fiestas de San Isidro y tardamos relativamente poco en llegar a nuestro efímero alojamiento, el hotel Suites Alhambra, que ocupa un par de plantas del número 8 de la calle Espoz y Mina –qué extraordinaria escalinata en madera de roble-. Nos abrió la puerta un vecino muy amable que tomamos por hípster porque lucía una gorra y un chaleco medio abierto, aunque en cuanto salimos de nuevo a la calle supimos que iba vestido de chulapo informal porque la rúa –ayer Madrid lucía más villa que nunca- estaba invadida por ellos. Y por ellas, con el indispensable mantón de manila y el pañuelo blanco atando moño y clavel. Ojipláticas nos quedamos ante el pintoresco y abundante chulapeo.

Como el centro de la capital del reino estaba vallado y el tráfico rodado proscrito, nos llegamos en agradable caminata hasta la Casa de Campo, en cuyos lindes se levantaban las fantásticas carpas del Cirque du Soleil. Intentamos en vano tomar un refresco en una cafetería cercana –el bocata de calamares permanecía, impertérrito, atravesado en nuestro estómago-: la única camarera no daba abasto para atender al nutrido grupo de espectadores que querían cenar algo rápido antes de entrar. Entre tanto, tres parroquianas entradas en años se entretuvieron escuchando algunos chotis por el móvil y, lo que es peor si cabe, cantándolos. En fin.

Mi primer Cirque du Soleil fue uno de los mejores espectáculos que yo recuerde haber presenciado jamás. Todo -pero absolutamente todo- fue maravilloso. La concepción del espacio, el impresionante casting, el grupo de música que tocó la banda sonora en directo –100% femenino, tanto voz como percusión y guitarreo-, la elaborada escenografía, el fascinante vestuario, el trabajado maquillaje… Fue mágico. De principio a fin. Un hombre-iguana que se movía de manera idéntica a un reptil. Hombres y mujeres atléticos que, a mitad de camino entre la coreografía y la disciplina olímpica, desafiaban cualquier proeza y prácticamente volaban ante nuestros ojos. Una bailarina-cisne capaz de hacer ondular la musculatura de su espalda como si fuera el suave oleaje de la mar en calma. Un marinero prodigioso que trepó por un poste plantado en mitad del escenario como lo hubiera hecho el hombre-araña –llegué a conjeturar que tal vez llevaba imanes en los pies-. AmalunaÁrbolY el momento culminante: una voluptuosa joven, hermosa como una diosa griega, levantó ante nuestros ojos, asiendo sinuosamente largos tablones de madera y superponiéndolos en frágil equilibrio los unos sobre los otros, un asombroso árbol volátil y móvil, tan cautivador que lo mismo hubiera podido emerger de un manglar. Si tenéis ocasión de asistir a AmaLuna, no dejéis de hacerlo. Es una experiencia memorable.

A pesar del cansancio que arrastrábamos regresamos al hotel a pie, en parte porque nos apetecía, pero también porque nos dio cierto repelús que, por aquellas casualidades de la vida, paráramos un taxi y fuera uno de los que publicitan la cara –¿más bien la jeta?- de la lideresa. No es una leyenda urbana, alguno vimos, en efecto. Que, por cierto, menudas pintejas de Condesa de Bhátory luce en la foto de campaña.

Hoy hemos empezado la mañana en el Museo Thyssen. Habíamos reservado entradas y audioguías para visitar la exposición temporal de Raoul Dufy, que acaba mañana. El recorrido, que sigue un riguroso orden cronológico, se inicia con su primera etapa, que evoluciona del impresionistmo al fauvismo, continúa con su etapa constructiva, se detiene en los grabados que desarrolló para el Bestiario de Guillaume Apollinaire –se pueden apreciar tanto las ilustraciones finales como algunos bocetos- y en su obra de deelCampoDeTrigocoración cerámica y textil, y concluye con su madurez artística. La sobrecogedora tela “El campo de trigo” (1929) refleja su dominio de lo que él mismo denominará “color-luz”: manchas de color que se escapan del objeto que representan y, encima, un dibujo suelto, casi de filigrana, perfilando cada elemento del lienzo. Es un cuadro hipnótico.

Antes de irnos se nos ha ocurrido pedir en la elegante cafetería del museo un café con leche y un cappuccino, que hemos dejado casi intactos: eran –además de carísimos- infectos. Hemos subido hasta Sol por la Carrera de San Jerónimo –aunque el Congreso de los Diputados estaba cerrado algunos gorilas uniformados merodeaban por los aledaños- y hemos decidido callejear un poco por los alrededores de la bulliciosa Plaza Mayor –sí, la de la “relaxing cup of café con leche”-, cuyos pórticos están invadidos por espeluznantes tiendas de recuerdos inolvidables, valga la redundancia, por el daño que causan a la vista. Son idénticos a los que pueden observarse en las Ramblas de Barcelona, cosas de la globalización turística mal entendida. En la plácida Plaza de la Villa hemos podido contemplar la Casa y Torre de los Lujanes, la Casa de Cisneros –no del famoso cardenal, sino de uno de sus familiares- y la Casa del Ayuntamiento. Nos han sorprendido las cóncavas fachadas de la Cava de San Miguel –que es una calle, no una bodega de espumosos- y hemos optado por comer temprano en El Pimiento Verde, un restaurante vasco sito frente a una de las puertas del encantador Mercado de San Miguel. Lo cierto es que el opíparo almuerzo ha superado ampliamente nuestras expectativas. Si vais no dejéis de pedir las flores de alcachofa, tan tiernas que se funden en la boca. Y otro detalle revelador: las croquetas de calamar estaban tanto o más ricas que las del Bar el Pla de la calle Montcada de Barcelona.

Tras nuestro pequeño homenaje gastronómico nos hemos dirigido al Paseo del Prado, atravesando, sin prisas, la agradable calle Huertas, sobre cuyos adoquines pueden leerse algunas citas literarias -seleccionadas con un criterio bastante extravagante, me atrevería a decir- de, entre otros autores, Quevedo, Cervantes, Pérez Galdós, Larra y Bécquer. Hemos aprovechado nuestros últimos minutos disponibles en el Real Jardín Botánico, un parque rebosante de fragantes perfumes florales que alberga robustos y frondosos árboles centenarios: algunos de ellos observan el devenir de los tiempos desde el siglo XVIII.

En un par de semanas regreso a Madrid en compañía de mi familia –qué mayo tan castizo-, así que ya os seguiré contando. Nos vemos por aquí.

Tres días muy intensos en Pozuelo de Alarcón

060314-Kinépolis-Sala-25-06_0Eso de tres días en Pozuelo es un decir, porque lo cierto es que han sido tres jornadas laborales maratonianas, durante las que apenas me he movido de la Ciudad de la Imagen. Cosas de permanecer entre las bambalinas de una convención.

Como curiosidad, quisiera compartir aquí un artefacto que me ha parecido sensacional: el espejo de aumento con luz nocturna. Me explico. La primera noche en Pozuelo, que fue eterna, llegué agotada a la habitación del hotel y caí en la cama fulminada por el agotamiento, aunque mi cerebro, que no tiene interruptor –con lo bien que me iría tener instalado uno-, se quedó funcionando a toda máquina durante un buen rato. Y en esas que veo que, desde el cuarto de baño, se proyecta sobre el parqué un haz luminoso tipo Poltergeist -“¡camina hacia la luz!”-. Así que me acerco a cotillear y veo, oh sorpresa, que el perímetro del espejo de aumento –sí, el que pone en evidencia las arrugas y esos pelos a los que les da por brotar en los rincones faciales más inverosímiles- es una aureola incandescente. Qué práctico, a ver si me puedo hacer con uno de esos aparatejos para tenerlo en casa. Sería lo más.

El hallazgo de mi segunda noche –la que tocaba desmelenarse un poco tras dos jornadas de infarto- fue tan terrenal como estratosférico: mi querida Eva, siempre fabulosa, decidió que nos merecíamos un homenaje, así que le pidió a nuestro hombre de recursos, Xavi Barenys, que buscara un buen restaurante en Pozuelo. Por supuesto, lo hizo. Y con nota. Zurito, en el número 2 de la calle Lope de Vega –de Pozuelo, que no de Madrid-, es un restaurante de decoración un poco trasnochada –demasiada moldura de madera por todas partes- donde, no obstante, el servicio es afable y acogedor y la carta, memorable, que al fin y al cabo es lo que verdaderamente importa.

A veces pasa que, cuando pruebas un restaurante, hay platos que son sublimes, pero otros simplemente correctos. Pues no. En Zurito, todo, absolutamente todo lo que tomamos, estaba exquisito: jamón ibérico de bellota recién cortado, alcachofas confitadas con vieiras, trompetas de la muerte y lenguas de vaca -me refiero a las setas- sofritas con jamón ibérico y aderezadas con yema de huevo en el momento de servir, bolitas de risotto de calamar, merluza rellena de erizo y espinacas, cocochas de bacalao al pil-pil, chuletón de ternera a la brasa, tan tierno que se fundía en la boca… ¡Espectacular!

Así que ahora, ya en casa, me quedo con ese sabor de boca y decido que Pozuelo de Alarcón sabe a crema de níscalos y chips de morcilla de arroz, con permiso de los millonetis que viven allí.

Y os dejo con un poco de publicidad de la buena. Tuve el placer de descubrir este spot en la susodicha convención -no se emite por televisión- y me encantó. Lo protagonizan los habitantes de Valdelinares, espero que os guste.

http://www.guardianesdelinvierno.es/