Dormir en un faro

No sé de dónde viene mi pertinaz fijación por esos vigías oceánicos, en general odio la playa porque soy más de tierra adentro. Claro que el mar salvaje es otra cosa: me fascina observar cada movimiento brusco del oleaje contra las rocas y contemplar cómo acecha la tormenta desde el cielo procelosamente plúmbeo, henchido de rayos y truenos.

faroDormir en un faro era un deseo largamente codiciado pero nunca cumplido, de modo que hace trece meses decidí finalizar mi año de autohomenajes materializándolo. Husmeé y escarbé por los entresijos de Google y fueron cayendo alternativas en Holanda, Escocia y Croacia: ninguna igualaba siquiera el Phare de Kerbel, quizás porque estoy más acostumbrada a moverme por territorio galo y me manejo bastante mejor en francés que en inglés. Así que enseguida envié por correo electrónico mi petición de reserva e hice una transferencia con la paga y señal para bloquear la fecha. También planteé mis dudas por cibermensaje.

– Veo que el contrato de alquiler especifica que no están incluidas las toallas.

– Es que la gente se las llevaba, así que optamos por eliminarlas.

En ese momento pensé que, por el precio estipulado, bien podrían regalarnos no solo las toallas, sino también la tetera de la abuela. No obstante preferí no ponerme borde.

– Viajaremos con maleta de cabina y no dispondremos de espacio para toallas. Por favor, ¿sería tan amable de proporcionárnoslas?

– Está bien, lo indicaré en su dossier.

La primera noche cuesta una pequeña fortuna, pero para las sucesivas la tarifa es más normal, de modo que decidí que una duración de tres días sería ideal para amortizar mejor mi inversión. Y de paso la expedición milkilométrica.

El Phare de Kerbel se levanta en la costa del departamento de Morbihan, que en bretón significa mar pequeño, y para llegar hasta allí desde Barcelona hay que subirse a un avión de Vueling -la única compañía con conexión sin escalas- y luego alquilar un automóvil en el aeropuerto de Nantes.

El horario del vuelo Barcelona-Nantes nos obligó a llegar el día de Navidad y pernoctar en un Ibis Style cercano. Hasta la mañana siguiente no podíamos ir a por nuestro coche de alquiler y nos acercamos a una de las navettes que transportan pasajeros desde el aeropuerto hasta Nantes. Tras cruzar con él una breve conversación, el conductor, amabilísimo, se ofreció a acercarnos a nuestro hotel, aunque no se ubicaba en su ruta y tuvo que desviarse para acompañarnos. Sin embargo hizo mucho más que eso: rodeó la rotonda de la autovía y nos depositó en la mismísima puerta de nuestro alojamiento. Atómico.

El 26 por la mañana pedimos un taxi para acudir al aeropuerto a por nuestro coche de alquiler y su chófer corrigió –reiteradamente- mi forma de pronunciar Morbihan. “Bon, ça viendra”. Qué fácil es mofarse de la dicción ajena cuando la complejidad fonética de tu lengua materna te permite imitar cualquier sonido de cualquier idioma. Y no, no me estoy refiriendo al francés, sino al árabe. De hecho, nuestro segundo islamita políglota de la mañana nos atendió en el mostrador de Sixt en un castellano más que correcto. Además era joven y guapetón, a mis hijas les hubiera requetechiflado.

Hicimos las dos horas de conducción hasta el Phare de Kerbel del tirón. Madame Muin, el ama de llaves, nos acompañó hasta nuestro alucinante apartamento a ras de cielo. Subió los 126 escalones con pasitos cortos: era la segunda o tercera vez que lo hacía aquella misma mañana y se le notaba el agotamiento en el casi inaudible jadeo. Como para que se te olvide algo antes de alcanzar la cúspide.

vistas3Depositamos nuestras maletas, tomamos nota mental de las escuetas instrucciones y desandamos la caracoleante escalera para almorzar en Port-Louis, solitario en esa semana de vacaciones escolares de Navidad. Después, la larga y reparadora siesta en nuestro querido faro, mecidos por la tormenta. Y al despertar, acurrucados en nuestra cama, el devenir del atardecer, de la marea, de las gaviotas, de los matices que dibuja la luz en el paisaje. El mundo podía esperar. Por lo menos unas horas.

A unos sesenta minutos de nuestro singular alojamiento, en la playa de Port Maria de Quiberon, el oleaje trepa por los muros del muelle intentando agarrarse a ellos. Continuando por carretera hasta el último extremo de la Presqu’Île de Quiberon se llega a la Pointe du Congel, un paraje surcado por senderos de arena con vistas al Phare de la Teignouse, que se empezó a levantar en 1843 y empezó a funcionar un par de años después.

le café de mariaLa caminata al borde del mar nos abre el apetito. La placha gourmande de Le Café de Maria consiste en sopa de pescado, salmón, atún –se habían acabado las sardinas-, merluza, vieiras, langostinos, mejillones tan minúsculos como carnosos y un pequeño rodaballo. Todo tierno y jugoso, sin aderezos -ni falta que hace-. El sol nos acaricia a través de la ventana, pero resulta engañoso: en cuanto salimos del restaurante, la glacial ventisca nos azota como un cilicio.

Regresamos a nuestro faro por la Côte Sauvage de Quiberon, que orilla el océano sobre acantilados que hienden sus afiladas rocas en el abrupto oleaje. La arisca galerna es implacable y hiela hasta las ideas. Las sendas que serpentean por lomas y riscos se ven sorprendentemente populosas estos últimos días de diciembre. Es fácil imaginar que, en cuanto llegue la temporada alta, cada sendero acogerá tumultuosas romerías.

Otra deliciosa excursión que se puede hacer desde el Phare de Kerbel es visitar Aurey y su cautivador puerto, Saint-Gustan, que en coche quedan a unos 40 minutos. En Aurey se puede estacionar en la Place Notre-Dame, llegarse a la cercana Place aux Roues y continuar por la peatonal Rue du Belzic hasta la Rue Gachotte, jalonada de casitas con entramado de madera. Más allá, la empinada Rue du Château, con sus coquetas tiendas de artesanos, conduce al puerto de Saint-Gustan, donde ya habíamos recalado hace tres años durante nuestro viaje a Finistère en familia.

Como el obsequio de bienvenida al faro es una botella de champagne, no tenemos más remedio que comprar un par de docenas de ostras para hacerle los honores. Bretonas y del número 2, nos alternamos en abrir nuestros sabrosos bocados de mar con la habilidad que nos otorga un práctico tutorial de menos de un minuto. Que viva Google.

El sol de invierno bretón no calienta, tan solo irradia su fría luz septentrional para crear un trampantojo: estamos a -1 °C. De camino hacia el interior de Morbihan, los campos de cultivo ocultan su manto verde esmeralda bajo el níveo tul de la escarcha.

josselin2El Château de Josselin es idéntico a mi castillo Exín infantil, cuyas piezas guardaba como un tesoro en el cubo de detergente Colón que me cedió mi abuela paterna -los que estáis en edad provecta sabéis de lo que os hablo-. Me hospedaría en el hotel que lo contempla desde la otra ribera del Canal de Nantes a Brest para observarlo durante horas, apoyada en el alféizar de la ventana. Por desgracia, permanece cerrado desde noviembre hasta abril, así que debemos conformarnos con callejear por Josselin. La antigua capital del condado de Porhoët fue fundada en 1008 por Guéthénoc, quien decidió bautizar el incipiente villorrio con el nombre de su vástago. Amor de padre. Nota marginal: sus descendientes, los Rohan, hoy pertenecen a una de las más antiguas familias de la nobleza francesa. Ducados al margen, fueron los artesanos y los comerciantes de Josselin quienes dinamizaron la villa: las 54 casitas en pain-de-bois que todavía se conservan –la más antigua data de 1538- dan fe de sus prosperidades pasadas.

A pesar de que la mañana avanza, como no superamos el umbral de los 0 °C intentamos tomar un café con leche en una taberna. Ya es mediodía y tienen las mesas dispuestas para el almuerzo, de modo que la camarera nos mira con desdén y nos escupe que nos instalemos en la terraza. Cuatro parroquianos, acodados en la minúscula barra sin consumir nada, no hacen el menor gesto de cedernos un hueco, de modo que desistimos y abandonamos el pueblucho hostil a toda velocidad. Eso nos pasa por cambiar de tercio y adentrarnos en el interior en lugar de seguir saboreando la arrebatadora costa. En fin.

Desde la Presqu’Île de Gâvres se ve, al otro lado de la Petite Mer de Gâvres, nuestro faro, al que se llega dando un largo rodeo por tierra, aunque está a tan solo un kilómetro y medio atravesando las aguas. Cuando entramos en Gâvres la marea está baja y hay quien aprovecha para ir con un cubo a por frutos de mar. Y quien pasea bajo la lluvia como si fuera verano. Sin calcetines. Sin paraguas. Con un liviano chubasquero. Son la versión bretona de los superhéroes de Marvel.

Nos acercamos a cotillear el Fort de Porh Puns, construido para proteger Port-Louis de las huestes británicas, y coincidimos con la visita guiada de unos friquis de los asuntos bélicos, que soslayamos a toda velocidad: además de que el tema no nos interesa demasiado, el chubasco arrecia y nos guarecemos en una cálida librería-cafetería donde nos tomamos un café con leche y un chocolate caliente. Hipótesis que formulamos mientras permanecemos allí, al abrigo de las inclemencias atmosféricas: la circunspecta muchacha que lo regenta se recluyó en la pequeña población marinera por amor, de modo que decidió crear un rincón de doméstica tertulia literaria para sobrellevar mejor los inviernos bretones y arrebujarse con sus autores preferidos durante las lánguidas tardes de atlántico hastío. Tras esta reflexión de estar por casa, nos retiramos a nuestro añorado aposento.

vistas7Cuando el cielo está despejado, el Phare de Kerbel ofrece una vista panorámica circular que corta el aliento. Por la noche, al abrir los ojos desde la cama, te sientes en un íntimo y acogedor observatorio astronómico. En cuanto asoma el sol, el mar se funde con el cobrizo alborear y las embarcaciones parecen ancladas en una pradera de escamas de espejo. Alojarse más de una noche en ese torreón-guarida invita a saborear con más matices cada momento, desde las caprichosas tormentas, que balancean el aéreo refugio como un balandro entre las nubes y envuelven su perímetro de crepitantes silvidos, hasta las silenciosas calmas, que colman cada minuto de luz y serenidad.

Qué reconfortante paréntesis de raro sosiego disfrutamos hace ya una semana en el Phare de Kerbel.