La Côte Vermeille

La también llamada côte rocheuse -costa rocosa- se extiende desde la playa del Racou de Argelès-Sur-Mer hasta Portbou. Es un litoral escarpado que alterna peñascosos acantilados con colinas cuajadas de viñedos y poblaciones pesqueras que han preservado su carácter marinero.

BanyulsBanyuls-Sur-Mer se asoma al mar donde el Pirineo se funde con el Mediterráneo. Esta pequeña y apacible localidad es conocida por el célebre vino dulce que lleva su nombre y por ser la cuna de Aristide Maillol, cuyos restos reposan en el jardín de La Métairie, la casa donde residió de manera intermitente desde 1910 hasta 1944, cuando falleció en un accidente de coche. El refugio donde el escultor pasaba los inviernos es hoy un museo abierto al público. Algunas de sus obras también se pueden contemplar mientras se pasea por su ciudad natal.

PaulillesFabricaEntre Banyuls-Sur-Mer y Port-Vendres merece la pena detenerse en el Grand Site de l’Anse de Paulilles. Abierto todo el año y de acceso gratuito, es un espacio natural protegido donde desde 1870 hasta 1984 se ubicó la fábrica de dinamita Nobel. Aunque el político neogaullista Jean-Claude Méry intentó construir en esa área privilegiada un puerto deportivo de lujo, la oposición popular detuvo el proyecto. Tras importantes trabajos de recuperación y saneamiento, desde 2008 Paulilles es un paraje encantador donde el bucólico paseo se combina con la memoria del uso industrial del lugar, que se abre al mar desde sus tres playas, la del Forat, la de Paulilles y la de Bernadi.  En mi opinión merece especial atención l’atelier des barques, el taller donde se recuperan todo tipo de embarcaciones marineras catalanas, desde pequeños barcos de pesca o de recreo hasta pedalones: los visitantes pueden asomarse a la nave donde se desarrollan los trabajos desde una pasarela que orilla el techo.TallerBarcasDentro

Desde la playa Bernardi de Paulilles parte un sendero litoral de 6 km de largo -unas dos horas y media de camino- que llega hasta el faro de Cap Béar, en el municipio de Port-Vendres, el principal puerto pesquero de los Pirineos Orientales y el único de aguas profundas del departamento -atención, cruceros, olvidad Collioure y soyez les bienvenus a Port-Vendres-. Experiencia en las artes de pesca no les falta: su bahía natural ya era utilizada como fondeadero por los romanos.

CollioureGeneralLa hiperactiva Port-Vendres no puede competir con su vecina Collioure, la prototípica población del pintoresquismo mediterráneo, con permiso de Cadaqués. Para estacionar el coche hay que rezarle a alguna patrona de los imposibles, pero como somos ateos nos encomendamos al turista-hastiado-que-se-pira-y-nos-deja-un-hueco. Nuestra impía plegaria funciona y, por fin, conseguimos aparcar. Solo nos resta hacer cola ante el parquímetro: con esta moda de tener que indicar el número de matrícula en el tique, todo se ralentiza.

Nos encaramamos por las calles menos transitadas de Collioure para apreciar mejor tanto las alegres fachadas pintadas en tonos pastel y engalanadas con floridas macetas, como las tuberías de desagüe esmaltadas en vivaces colores. Al doblar una esquina, insospechadamente, nos topamos con una tiendecilla donde una tímida muchacha vende sus creaciones: tarjetas ilustradas con primorosos dibujos y cantos rodados decorados a mano. Mariola escoge una postal preciosa para escribir a su amiga Alzina y despierta toda mi ternura: en la era de internet, enviar cartas por correo es una prodigiosa excentricidad.

Por pura casualidad me reencuentro con la sombrerería donde hace unos años adquirí una pamela divina. Tras comprobar que continúan contando con tallas para cabezas hiperdimensionadas como la mía, adquiero otro sombrerazo: es un alivio poder cubrirse el cráneo sin peligro de obstruir el flujo sanguíneo ni coagular el cerebro.

ColliourePlayaEl gentío dificulta la caminata y un músico ambulante nos desgarra los tímpanos, de modo que nos parapetamos en un recodo de la playa de Boramar, desde donde, mientras el mar nos arrulla, contemplamos las limpias aguas y la torre de la iglesia de Notre Dame des Anges, que se incrusta en la playa y nos muestra su formidable perfil de faro-campanario -hoy alumbro la costa y mañana toco a maitines-.

Cuando pasamos junto al cementerio, una pequeña y silenciosa multitud se arremolina frente a la tumba de Machado. Mientras los examino -los rostros apesadumbrados, la conversación congelada-, pienso en que Pedro Sánchez la visitó hace un par de meses, así como la sepultura de Manuel Azaña en Montauban y la playa de Argelès-Sur-Mer, donde el estado francés habilitó el primer campo de concentración para albergar al desborde de republicanos que huyeron de España tras la victoria de Franco. Ha sido la primera petición de perdón institucional y la primera muestra de condolencias por parte de un presidente del gobierno de España en más de 40 años de democracia. Entre tanto, la momia del dictador todavía se carcajea en el Valle de los Caídos.

Mis hijas han recorrido también la ruta de la memoria con la Escola Massana, forma parte de sus viajes formativos. Collioure, Argelès-Sur-Mer y la Maternidad Suiza de Elne fueron tres de las etapas de su peregrinaje. Todos deberíamos hacer ese viaje en algún momento de nuestras vidas. Porque todos, absolutamente todos, se lo debemos no solo a alguno de nuestros familiares, sino también a nosotros mismos.

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El Vallespir

Además de una conocida calle del barrio de Les Corts de Barcelona, el Vallespir es la última comarca de esa Catalunya Nord que se anexionaron alegremente los franceses en 1659, tratado de los Pirineos mediante. Aunque el acuerdo estipulaba que se respetarían los Usatges de Barcelona y las instituciones catalanas con sede en Perpignan, solo un año después Luis XIV derogó todo ello y prohibió el uso público y oficial del catalán, que por algo era el Rey Sol.

oznorNo deja de chocarme que todavía se cuestione un tratado no muy posterior, el de Utrecht, y se reclame rojigualdamente Gibraltar, sin tener en cuenta las preferencias de los lugareños, que desean continuar siendo súbditos británicos, mientras se menosprecia ese territorio que, aun estando al otro lado de los Pirineos, preserva su catalanidad con la intensidad de la flamma del Canigó. De hecho, Yellowland rebasa las fronteras geográficas pirenaicas y se extiende, más allá de la Junquera, en extravagante desborde de lazos amarillos y senyeres.

En efecto, Céret, capital del Vallespir, es una pintoresca población donde abundan las estelades, los transeúntes salpicados de amarillo y los autos engalanados con adhesivos del burro catalán, ya demodé al otro lado de la frontera. Cualquiera diría que estamos en plena Rambla de Catalunya: en la terraza de Can Jordi, en el boulevard Jean Jaurès, nos soplan 6 euros por un café con leche y un panaché tamaño microcaña. Como de costumbre -se nota que ya estamos en Francia-, sin servilletas. Incroyable.

TomatsCeretEl colorido mercado semanal de los sábados de Céret ofrece el variopinto género de los productores locales: fruta y verdura orgánicas, infrecuentes caldos de pequeños viñedos, sabrosos quesos de cabra y de oveja, pescado y marisco de la cercana Côte Vermeille, vivaces creaciones del popular textil catalán, cerámica de mil y una tonalidades -turquesa deslumbrante, rojo incandescente, amarillo solar-, tapenades artesanas de pimiento, ajo o tomate secado al sol… Qué delicia pasear entre las distintas paradas, curiosear sin prisa y probar mil y un tentadores caprichos.

Nos alejamos de las populosas calles repletas de mercaderes y oteadores y jalonadas por imponentes plataneros bicentenarios, y nos adentramos en el corazón de la localidad para apreciar mejor su arrebatadora arquitectura popular, sus cafeterías con carácter y sus galerías de arte. Mariola se prenda de los óleos de Matthew Wright, un adorable pintor setentañero cuya dulzura conmueve y enamora. No es el primer artista a quien cautiva esta llamativa villa, retratada por Pablo Picasso, Georges Braque, Juan Gris, Manolo Hugué, Francis Picabia o Marc Chagall. Precisamente ahora puede apreciarse en el Musée d’art moderne de Céret una exposición temporal del célebre pintor de origen bielorruso que recoge una selección de coloridas litografías de inspiración circense.

MoulinDeGalangauNos alojamos en la ecogîte del Moulin de Galangou. Es una casita construida con cariño cuyos grandes ventanales dan a un agradable jardincillo arbolado. Nuestro hospedaje se ve cuidado y requetelimpio y la calidad de los detalles -lencería de algodón, artesanía local en la decoración, mobiliario de madera maciza a medida- delatan el buen gusto de Isabelle y Pascal, los propietarios, que además son amabilísimos. No obstante, echamos de menos un microondas y nos sentiríamos más a gusto con un chorro de ducha más abundante. Lo mejor, su estufa de hierro colado, que nos arropa e hipnotiza con su cálida llama.

SteMarieArlesAunque pertenece al municipio de Montferrer -un villorio retrepado en la montaña cuyo único interés es el mirador de La Creu, desde donde se divisa toda la región hasta el Mediterráneo-, el Moulin de Galangou está a cuatro minutos en coche de Arles-Sur-Tech, una apacible y decadente aldea que ha preservado su minúsculo centro histórico. Su joya más preciada es la Abbaye Sainte Marie d’Arles, una de las más antiguas de Cataluña, fundada en tiempos de Carlomagno en la vecina Amélie-les-Bains y trasladada a su actual ubicación en el siglo IX como precaución contra las invasiones normandas. El elegante claustro de delicadas columnas fue construido en el siglo XIII con mármol de Céret y piedra de Gerona. El recinto alberga un sarcófago paleocristiano del siglo VI que en su día preservó las reliquias de los santos Abdon y Sennen y al que los parroquianos atribuyen superpoderes: aunque los cuatro sillares de piedra que lo sostienen lo separan del suelo, desde el siglo XVI está documentada la milagrosa presencia de agua cristalina en su interior. Científicos que me leéis, por favor, averiguad la causa del acuático fenómeno y pulverizad tamaña estulticia.

MoulinDesArtsEl agua forma parte de la idiosincrasia de la población, cuyo devenir está ligado al curso del río Tech: l’aiguat de octubre de 1940 inundó y arrasó la zona industrial y liquidó la actividad de la renombrada fábrica chocolatera Cantaloup-Català, que se trasladó a Perpignan. También mermó la industria textil local, cuyos vestigios pueden observarse hoy si se visita Le Moulin des Arts et de l’Artisanat, donde se preserva uno de los antiguos telares y se han establecido artesanos de diversa índole más un gato de espléndido pelaje, que se ha enseñoreado de las naves.IMG-20190416-WA0062

En Arles-Sur-Tech nos asomamos al obrador de Florence Losa -sito en el número 12 de Baills Jean Vilar-, que nos abre las puertas de su taller aun cuando no es día de venta al público. Sus bombones son el súmmum para cualquier amante del chocolate: 97% mínimo de cacao de Ecuador, sin azúcar, ni aceite vegetal, ni soja, ni conservantes. Es tan puro que entras en trance en cuanto lo pruebas. Además de darnos a degustar un par de sabores, nos cuenta que solo trabaja con ingredientes orgánicos, pero que no puede publicitarlo porque el estado francés le crujiría con el impuesto especial de los productores bío. Mientras nos pesa las tres variedades de bombones que decidimos llevarnos -solo chocolate, jengibre, y cúrcuma y pimienta-, nos desvela que algunos clientes de Barcelona la buscan en el mercadillo semanal de Céret para comprarle sus golosinas para adultos.

Cambiamos de paisaje y nos desplazamos hasta el extremo suroeste del Vallespir, donde se ubica Prats-de-Molló, escenario de la Révolte dels Angelets de la Terra. El ya mencionado tratado de los Pirineos estipulaba que el rey de Francia mantendría las leyes catalanas y, en consecuencia, la exención de la gabelle, el impuesto sobre la sal, imprescindible en aquella época para garantizar la conservación de los alimentos. No obstante Luis XIV incumple lo acordado -ya sabéis, l’état c’est moi– y exige el pago de ese tributo, por lo que la sal pasa a costar dos veces más que la que se adquiría en la Cataluña Sur. Enseguida estalla la revuelta y durante 10 años se suceden la guerrilla y el contrabando de sal de los Angelets de la Terra, que finalmente son derrotados y descabezados -literalmente-. Así que cuando el Rey Sol le pide a Vauban, el famoso arquitecto militar, que amplíe la fortaleza de vigilancia, quizás no piensa tanto en avizorar la frontera española como en controlar a esos díscolos catalanes que osan resistirse a sus regios designios.

smartcaptureHoy la ciudadela de Fort Lagarde se eleva imponente sobre Prats-de-Molló, desde donde parten cuatro vías de ascenso para alcanzarla: una carreterilla asfaltada, un sendero que serpentea por la colina donde se asienta, el túnel por el que subía la soldadesca desde la villa en caso de ataque, y la vereda que orilla ese acceso subterráneo. La fortaleza recibe el nombre de la torre de señales medieval, llamada de La Guardia, corazón de la estrella que dibuja el recinto fortificado.

IMG-20190416-WA0028Encaramados sobre la muralla de Fort Lagarde divisamos, al fondo, el tupido mosaico de rojos tejados a dos aguas de Prats-de-Molló y enfrente, dominando el pico más alto de los aledaños, la Tour du Mir, otra de las torres de señales que formaban parte del sistema defensivo de los condados catalanes: desde allí los centinelas avisaban de posibles ataques de tropas enemigas con señales de humo durante el día y mediante hogueras por la noche. Esa afición a marcar territorio perrunamente es intrínseca a la especie humana, todavía hoy. En fin.

CorsavyA 10 minutos de coche de nuestro alojamiento, en Corsavy, se alza otra de esas torres-atalaya -o lo que queda de ella- que se erigían en guardianes de las cumbres prepirenaicas. Apacible y soleado, el paseo por Corsavy invita a curiosear sus fuentes, lavaderos y abrevaderos, aunque lo mejor de la aldehuela es Chez Françoise, un restaurante familiar al que se accede por la tienda de ultramarinos. Nos atiende Verònica, que atravesó el Pirineo junto a sus padres cuando era muy pequeña desde Molló. Con su encantador acento nos revela que el catalán es su lengua materna y que el francés lo aprendió en la escuela. La verdad es que viniendo de Barcelona es muy cómodo comunicarse con los lugareños aun sin saber francés: quien más quien menos habla catalán o se hace entender en esa lengua.

La carta de Chez Françoise es corta pero apetitosa. Compartimos un plato de embutidos preparados por ellas mismas -en la cocina, otra dama atiende los fogones-, otro con quesos de cabra y de oveja de la zona, el vino de la casa, más que correcto, un par de jugosas tortillas de ceps -cada una de cuatro huevos-, un par de ensaladas de hojas de roble con picada de almendras y una trucha de río con una contundente salsa casera de ajo y cebolla. Para acabar, una infusión de tomillo que nos sabe a gloria. Qué a gusto se almuerza en Chez Françoise, es lo más parecido a visitar a las tietes de Francia.

 

8 de marzo en Sevilla

Cuando los descendientes de los parabolanos que desollaron a Hipatia se incrustaron en el parlamento andaluz, decidí que el 8 de marzo estaría en Sevilla: quería apoyar a las hermanas andaluzas con conciencia de género y a los compañeros que nos quieren vivas, libres e iguales: la lucha feminista será compartida o no será. Mi amiga Eva se apuntó en medio nanosegundo, no tanto por acudir a la manifestación hispalense –aunque también- como por conocer la capital andaluza. Olé.

A las siete menos cuarto de la mañana, mi maleta de cabina violeta sufragista atruena las calles. La jornada de huelga no aplica para una tendera que abre su pollería de madrugada: es la vida de la autónoma, me la sé bastante bien. Ya en el bus que me lleva al aeropuerto, una señora encantadora entabla conversación conmigo por pura complicidad: mi camiseta con proclama, “Ni un paso atrás”, me delata. Eva y yo nos encontramos en la T1 y en menos que canta un Vueling nos plantamos en Sevilla.

Nos alojamos en el Hotel Goya, un alojamiento requetebién ubicado con un personal amabilísimo. A pesar del bullicio nocturno de esa zona, nuestro dormitorio es monacalmente silencioso y tanto el baño como la habitación lucen impolutos. Qué delicioso refugio.

Gracias a las recomendaciones de John, el viajado marido de Eva, almorzamos a dos minutos de allí, en el restaurante San Marco de la calle Mesón del Moro, que ocupa unos antiguos baños árabes del siglo XII. El intenso aroma a jazmín y los buqués de flores frescas diseminados por el recinto nos envuelven como un vaporoso abrazo.

smartcaptureDespués de comer nos acercamos en apacible paseo, atravesando la calle de las Cruces, a los Jardines de Murillo y después a la renombrada Plaza de España. Aunque sus dimensiones son imponentes, nos parece un homenaje cerámico rancio y trasnochado y enseguida nos escapamos al anejo Parque de María Luisa, mucho más agradable.

Proseguimos nuestra caminata buscando la sombra -el sol aprieta- y entramos en el Archivo General de Indias, cuya visita es gratuita. Una exposición temporal, “Sabores que cruzaron los océanos”, detalla cómo afectó el comercio con ultramar, sobre todo con Filipinas, a los hábitos alimenticios patrios. En uno de los plafones leo que algunos bodegueros descubrieron que el vaivén de las olas y la humedad beneficiaban a la evolución de los caldos que transportaban los barcos, de modo que empezaron a pasearlos para mejorar su envejecimiento. Los viajes son enriquecedores incluso para los vinos.

Se acerca la hora de la cita feminista en el Puente de Triana y nos encontramos con la otra Eva de esta escapada en el bar El Cairo, que queda muy cerquita de la cabeza de la manifestación. Nuestra Eva sevillana había trabajado conmigo en Barcelona y ahora reside en la capital hispalense para estar al ladito del padre de su pimpollo. Pero esa ya es otra historia.

En el baño del bar El Cairo, una coqueta setentañera se fija en el color de mi boca.

– Oh, ese pintalabios que llevas sí que es violeta -se dirige a mí, mohína.

– Bueno, mujer, el tuyo también lo es -la consuela su amiga.

– No, el mío es más granate. Esto el próximo 8 de marzo lo tengo que solucionar.

La comprendo perfectamente, yo también pienso que el feminismo no está reñido con la feminidad. Antes muerta que sencilla.

smartcaptureLa calle es una fiesta transversal donde todas tenemos cabida. Me fascinan algunas muchachas hermosas, desafiantes y a la vez risueñas, que alzan orgullosas las pancartas que han rotulado para la ocasión. También detecto a abuelas con mucha mani a las espaldas, la melena al viento o recogida en moño caracoleante. Una Dolly Parton andaluza agita el puño con tanto entusiasmo que su sortija de Shazán, preparada para un sortilegio, deslumbra con sus brillos carmesíes como un faro de Alejandría. Más adelante, una pandilla exhibe su actitud queer con mantillas en las que han bordado, en punto de cruz, “mujer tenía que ser”. Qué a gusto se está entre ellas. La única nota discordante la dan unos sindicalistas viejunos y desnortados: un macho alfa atrona desde su megáfono rodeado por sus compañeras. Así no, caballero. Así, de manera tajante, no.

Nuestra sevillana acompañante nos conduce hasta una abarrotada Alameda de Hércules para cenar y conseguimos mesa en la azotea del restaurante Al Aljibe. Ojipláticas nos quedamos cuando el camarero no incluye en la cuenta un risotto que no resulta de nuestro agrado, el servicio hispalense está en las antípodas del de Barcelona. La noche no se alarga mucho más, estamos exhaustas. Tras despedirnos de nuestra Eva sevillana, quien nos acompaña hasta la puerta del hotel, caemos en coma onírico.

toro disecadoEl sábado por la mañana nos sentamos en el recoleto comedor de la Bodega Belmonte todavía somnolientas. Cuando ya hemos pedido lo que nos apetece para desayunar, levanto la cabeza y me doy cuenta de que nos observan siete testas de toro disecadas. Casi me da un siroco. Y luego otro cuando diviso un gran lazo amarillo en la reja de la catedral. No me restriego los ojos porque me emborronaría la cara de eyeliner y parecería un mapache. Me acerco para verificar lo que tengo delante y sí, es un lazo amarillo, pero por el cáncer infantil, que era su primera adscripción hasta que lo expropiaron los independentistas catalanes. En fin.

Hemos concertado una visita a pie por el centro histórico de Sevilla. A la hora convenida aparecen en Puerta de Jerez cuatro guías de Free Tours y en un momento montan los grupos, uno en inglés, otro en francés y dos en español. Tenemos la suerte de que nos toca con Yis, una chica pizpireta nacida en Tánger y enamorada de Sevilla que nos va desgranando información a lo largo del paseo. Así nos enteramos de que en el barrio de Santa Cruz, las casas más pudientes protegían sus muros y sus esquinas con ruedas de molino y columnas, a fin de evitar el desgaste de los guardaejes de los carruajes al discurrir por las angostas callejuelas.smartcapture

Yis también nos desvela que, aunque se ve blanca, la Giralda es, en realidad, roja, como han manifestado los trabajos de restauración: al parecer la recubrieron para igualarla cromáticamente con la catedral. La función de las rampas de su interior era que los islamitas pudieran subir a rezar a caballo o en burro, ya que tenían que hacerlo cinco veces al día. Así mismo nos detalla que, en realidad, los musulmanes no se lavan antes de orar, sino después de expulsar de su cuerpo orina, heces o gases. Cada cual con sus costumbres.

Yis es antitaurina, sobre todo desde que supo cómo atormentan a los toros de lidia antes de arrojarlos al ruedo: les taponan con cera la nariz y las orejas, les cubren los ojos y los encierran en una angosta caja durante 24 horas, de manera que salgan tan desorientados como asustados a la plaza. La crueldad humana es esperpéntica. Me reafirmo en mis convicciones: la tortura no es arte ni cultura.

Enfrente de la Torre del Oro, Yis nos relata las visicitudes de su heroína, María Coronel, que se desfiguró la cara con aceite hirviendo para evitar que la violara el rey Pedro el Cruel. A pesar del suceso, vivió largos años y dejó instrucciones de que la momificaran cuando falleciera: deseaba ser la prueba fehaciente de que ese episiodio fue real y no leyenda. Quien desee verificar el lance, solo debe acudir al convento de clausura de Santa Inés el 2 de diciembre, único día en que pueden contemplarse sus restos –explicaciones novelescas a parte, el cadáver incorrupto de la aristócrata sevillana fue descubierto por casualidad, con motivo de unas obras que obligaban al traslado de su féretro-.

Nos despedimos de Yis antes de finalizar el periplo de Free Tours: hemos comprado en la web oficial las entradas para visitar los Reales Alcázares y el Cuarto Real y debemos ser precabidas con los horarios. Por suerte, nuestra encantadora guía nos da un consejo que nos resulta de gran utilidad cuando vagamos por los laberínticos jardines: para encontrar la salida, basta con que nos fijemos en que la muralla quede a nuestra derecha.

alcázar2El origen de los Reales Alcázares se remonta al siglo X, cuando Abd al-Rahman II manda edificar la Dar al-Imara, la casa del gobernador. El conjunto se va ampliando durante los sucesivos reinados, también cuando Fernando III invade Sevilla y los reyes de Castilla deciden establecer su regia residencia en los arrebatadores palacios almohades. Pedro el Cruel ordena construir el primer edificio civil de la Baja Edad Media en estilo mudéjar: en sus obras participan alarifes y carpinteros cristianos y musulmanes venidos de Toledo y Granada, y también sevillanos, prueba de que hubo un tiempo en que cristianos, judíos y musulmanes convivieron en provechosa armonía.

alcázar3Vendrían luego nuevas ampliaciones, una de las cuales es el Cuarto Real que, aunque puede visitarse, no es fotografiable porque hoy por hoy son los aposentos de los compiyoguis cuando pasan por Sevilla: si deseas que te invada una humillante sensación de súbdita, es el lugar ideal. El protocolo obliga a pasar los bolsos por un detector y, adicionalmente, guardarlos en unas taquillas. Unbelievable. En la cola, una doble de la difunta Cayetana –la misma boca de pato operada, idéntica pelambrera amarilla, blazer de terciopelo y sleepers en los pies- vive ajena a nuestro plebeyo ajetreo, ella lo comprende todo porque también pertenece a ese rancio abolengo que perdura por-los-siglos-de-los-siglos-amén. Una vez dentro, un segurata perruno husmea cualquier atisbo de abandono de las normas estipuladas, a saber: recorrer todos juntos cada estancia y escuchar, al unísino y de manera simultánea, las explicaciones de la audioguía, que de tan hagiográficas con los sucesivos inquilinos dan náuseas. Ganas de vomitar sobre algún horritapiz o sobre los reclinatorios de los adalides del yugo y las flechas. Nota marginal: el yugo por la inicial de Ysabel y las flechas por la de Fernando. Siempre se aprende algo nuevo, aunque sea intrascendente.

Tanto panegírico de la monarquía nos asfixia, necesitamos salir a tomar aire. Siguiendo la recomendación de nuestra guía de Free Tours, intentamos almorzar en la Taberna Coloniales de la calle Jimio. Imposible, es demasiado tarde para conseguir mesa: una pequeña romería de lugareños se agolpa en la entrada. Nos encaminamos hacia la calle Sierpes y entramos en el primer lugar que nos parece bien, la Taberna El Papelón, al principio de la calle Granada, donde nos atienden divinamente y picamos lo que nos apetece. Luego callejeamos Sierpes arriba. IMG-20190309-WA0016Optamos por no adquirir nada en la célebre Confitería La Campana porque sus nazarenos de chocolate o caramelo nos dan grima. A nuestro lado, unos turistas italianos creen que tienen algo que ver con el kukluxklan.

De cerca, el inexplicable mirador denominado Setas de Sevilla nos parece tan desconcertante como de lejos. Desestimamos subir a “la construcción de madera más grande del mundo” –no somos fácilmente impresionables- porque preferimos continuar nuestro paseo y regresar hacia el hotel. De camino compro algunas hierbas para infusión y unas pastillas de incienso en el Herbolario Esencias de Sevilla de la calle Córdoba, donde una mujer más maja que las pesetas nos da palique un buen rato. Claro que yendo con Eva lo raro sería que no entablase conversación con nosotras: mi locuaz amiga ha dedicido ejercer un pintoresco apostolado de catalanidad integradora.

Nos espera nuestra noche flamenca, así que urge una pausa en el hotel para reponer fuerzas. Me duelen tantísimo los pies que sopeso salir con mis zapatillas de satén de viaje de Woman Secret, pero desestimo la idea porque no coordinan con lo que llevo y soy incapaz de salir a la calle desconjuntada.

Cenamos muy cerquita del hotel, en Las Moradas de la calle Santa Teresa, un nombre que nos define requetebién, no tanto por el violeta feminista de nuestro fin de semana reivindicativo como porque nos ponemos ídem de jamón del bueno, pescaíto frito y un Emilio Moro que nos ventilamos a toda velocidad porque nos aguarda el tablao Los Gallos.mde

Llegamos cinco minutos antes de que empiece el espectáculo, y sin embargo Beatriz, la mejor camarera del mundo mundial, nos hace un hueco en primera fila. Mi amiga Eva se pide un gintonic.

– ¿Qué ginebra tienes?

– MG.

– No la conozco, ¿es buena?

– Nadie ha vuelto para decir que le había sentado mal…

– Bueno, pues tráeme un gintónic de MG.

smartcaptureMG es un bebercio que se fabrica en Vilanova i la Geltrú, pero entonces todavía no lo sabemos y caen dos rondas de combinado. El mío es facilón, Barceló con naranja, pero el de Eva es todo un reto. Suerte que es una hembra aguerrida y se lo bebe todo como si nada, qué grande. Entre tanto Beatriz, que se ha encariñado con nosotras –quizás ayude que seamos las únicas españolas del patio de butacas-, nos facilita una lista escrita de su puño y letra con el programa de la noche, que nos parece fabuloso y nos requetechifla. Que sí, que en el barrio de Triana quizás haya tablaos más auténticos, pero qué queréis, somos prácticas y preferimos la comodidad: en cuanto acaba la fiesta, solo nos separan de nuestras camas tres minutos de paseo, literalmente. Felicidad máxima.

El domingo hemos contratado con Naturanda una espléndida excursión a Itálica y San Isidoro del Campo. Nos recibe Patricia, historiadora, arqueóloga y guía turística, y disfrutamos del privilegio de viajar con ella y otra turista como nosotras en su monovolumen. Patricia es muy maja y el trayecto se nos hace muy corto. En la entrada de Itálica se suman algunos visitantes más, pero entre todos no sobrepasamos la docena.

Durante el recorrido del sitio arqueológico, Patricia pone en contexto todo lo que vamos viendo y nos glosa las costumbres y la manera de vivir de los antiguos moradores de la urbe. Así nos enteramos de que muchos gladiadores, los autoracti, venían a ser como los actuales deportistas de élite, y que no luchaban a muerte porque eran demasiado valiosos –nada que ver con la imagen que nos ha inoculado el cine hollywoodiense-. O que, como los excusados eran públicos, los patricios quedaban para conversar sobre sus negocios mientras depositaban sus heces. Para que luego digan que las tradiciones catalanas son escatológicas.

mdeFinalizada la visita de Itálica, nos subimos de nuevo al monovolumen y nos dirigimos a San Isidoro del Campo, una fortaleza monacal donde nos sorprende, como ya nos había sucedido en los Reales Alcázares, la presencia de elementos árabes en la construcción y la decoración del conjunto arquitectónico gótico: sus murallas presentan almenas almohades y en las paredes del claustro se pueden apreciar hermosos frescos de estilo mudéjar. Pura fusión.

El singular monasterio fue construido por ese ser conocido como Guzmán el Bueno, aunque bien debiera llamarse el Parricida: cuando los musulmanes que asediaban Tarifa le advirtieron de que ejecutarían a su hijo mayor si no se rendía, arrojó su propia daga para que lo hicieran. Eso sí, los apuñalados restos de Pedro Alonso de Guzmán reposan en el panteón familiar. Otro cadáver inverosímil que allí yace es el de Leonor Dávalos, dama de compañía de Urraca Osorio, a quien Pedro el Cruel condenó a morir en la hoguera: una ventolera le arremangó la falda a doña Urraca y doña Leonor corrió a bajársela, por lo que pereció carbonizada con ella. A menudo la estupidez humana no tiene límites.

El paseo por la historia de la mano de Patricia finaliza en La Pañoleta, que es como se conoce popularmente al bar San Rafael de Camas. En cuanto llegamos, un par de gorrillas acechan en la zona de estacionamiento. Patricia tiene esta práctica mafiosa tan interiorizada que les sonríe y les avanza que cuando salgamos abonará el extorsionante impuesto. Eva y yo nos sentimos tan invadidas como cuando en Barcelona, aprovechando un semáforo en rojo, un limpia arroja un trapo pringoso sobre el parabrisas. Qué ascazo. Y sin embargo se nos olvida todo en cuanto el bar nos engulle con sus parroquianos arracimados junto a la barra, sus tapas y raciones servidas en papel encerado y su cartelería cañí. Eva y yo pedimos sendas manzanillas que nos saben a gloria.

Aunque el taxista que nos acompaña al aeropuerto parece un tipo afable e inocuo, a mitad de camino deducimos que es votante de Vox. La banalidad del mal ante nuestras narices. Como estamos ya en la autovía y saltar del vehículo en marcha nos parece una idea extravagante, optamos por trivializar la conversación para que sea asimilable por su minúsculo cerebro. Que no se nos olvide que en estos tiempos hostiles es 8 de marzo durante todo el año.

A ver qué pasa el 28 de abril. Ibsen pensaba que la mayoría –desinformada, añadiría yo- tiene la fuerza, pero no la razón. Y sin embargo prefiero la sabiduría canalla, curtida en la calle, de mi amiga Eva.

– ¿No te preocupa que a tu hijo no le guste el fútbol? –le suelta un mentecato un día cualquiera.

– No, lo que me aterra es que tú votes.

Entre copas

Fue Gemma quien la lió, y eso que en teoría es la pusilánime del cuarteto. Celebrábamos nuestro tradicional almuerzo prenavideño en casa de Iciar y se vino arriba después de probar el vino de Bodegas Alodia que yo había aportado al ágape. “¡Va, va, pongamos fecha!”, exclamó mientras abría la agenda de su móvil. Cuando luego se nos unieron los boys –ellos solo estaban invitados a la sobremesa-, la decisión se acabó de perfilar: una vez consensuado el fin de semana que nos iba bien a todos, había que buscar en el Somontano una casa acondicionada para hospedar a cuatro parejas y, requisito indispensable, con chimenea. Escarbé por internet y solo cumplían esas premisas dos alojamientos. Joan Lluís, que como buen bombero es un hombre de acción, reservó a toda velocidad el que estaba mejor ubicado: Casa Clavería, en Abiego.

Iciar montó un grupo de whatsapp con el objetivo de quedar unos días antes de nuestra escapada para compartir información y opiniones. No obstante, aprovechamos esa auténtica ágora virtual para poner en común nuestras más profundas reflexiones. ¿Qué outfit escoger para las noches junto la lumbre? ¿Cuántas toneladas de croquetas serían necesarias para abastecernos? ¿Se mantendrían Guillem y Joan Lluís firmes en su boicot a los pijamas? ¿Qué afortunada pareja se acomodaría en el único dormitorio con tálamo matrimonial? A veces los inextricables misterios del universo plantean desafíos infranqueables.

FocLos primeros en llegar a Abiego, Iciar y Joan Lluís, se topan con la curiosa circunstancia de que nuestra morada cuenta con una montaña de leña pero el papel y las cerillas brillan por su ausencia. Suerte que Joan Lluís es una especie de MacGyver –pon un bombero en tu vida- y es capaz de prender fuego mirando intensamente un manojo de yesca o raspando una cucharilla con un pedernal, en plan Uri Geller.

Aunque salimos de Barcelona con Gemma y Miquel Ángel hora y media antes que Heidi y Guillem, llegamos prácticamente a la par gracias a la horrisalida de Barcelona, aunque también por la obstinación de mi consorte: los litros de alcohol que transportamos entre todos no acaban de convencer a su augusto paladar y peregrinamos de gasolinera en gasolinera en busca de su botella de vino ideal. Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya!

Casa Clavería es muy acogedora y su holgada cocina-comedor supera ampliamente nuestras expectativas. Cada uno de los cuatro dormitorios cuenta con su propio baño y en el patio hay suficiente espacio como para estacionar cuatro automóviles. Estamos derrotados porque es viernes y quien más quien menos arrastra el cansancio acumulado durante la semana, de modo que compartimos nuestras vituallas al calor del hogar –aunque no haría falta, la temperatura es primaveral- y alargamos poco la sobremesa. Cuando, antes de acostarnos, salimos fugazmente a estirar las piernas por el pueblo, el titilante cielo –qué distinto del de la opaca noche urbana- nos abraza como si nos quisiera arropar.

bodega3El sábado a las once de la mañana nos presentamos en Bodegas Lalanne para disfrutar de la visita guiada que habíamos reservado. En la recepción nos pasman tres vitrinas repletas de objetos que rinden homenaje a la Benemérita, por lo visto el extravagante dueño es un fanático de la Guardia Civil. En fin, cada cual con sus filias y sus fobias. Nos atiende una de sus hijas, Leonor –las otras dos se llaman Lucrecia y Laura, qué pintoresco apego a las excentricidades-, una cicerone excepcional que nos desvela la cautivadora historia de la bodega familiar, relacionada con Burdeos y la filoxera. Así, nos detalla que trabajan con las variedades bordelesas que sus antepasados empezaron a cultivar en Francia en 1842 y que su hacienda está dispuesta como un château francés, con los viñedos alrededor de la edificación para que la uva no fermente durante el transporte. Fueron los primeros bodegueros profesionales del Somontano y los pioneros en embotellar el vino para comercializarlo. Aunque atesoraban caldos envejecidos desde 1894, cuando se establecieron en Barbastro, la Guerra Civil liquidó sus existencias: ocupados por ambos bandos durante la contienda, la soldadesca esquilmó las reservas y tan solo se salvaron algunas barricas de 1936 que la familia pudo esconder y rescatar del expolio.

Finalizada la amena visita, le toca el turno a una estimulante cata en la que aprendemos a valorar un blanco, un crianza y un reserva de la mano de nuestra dicharachera guía. Además de hacernos con unas cuantas botellas, no podemos evitar adquirir algunos ejemplares de la primera novela publicada por Leonor Lalanne, también a la venta en la tienda: “El secreto de Kirschland”, un folletín corintelladesco de personajes planos y redacción mediocre. Lo gracioso es que cuando nos acercamos a almorzar a Barbastro nos encontramos a la autopretendida escritora comiendo en El Rincón, un restaurante ubicado en la calle Siervas de María que recomiendo al 100%: el menú es apetitoso y variado y los platos están preparados con ingredientes de primera y muchísimo cariño.

abiego1Al regresar a Abiego nos distribuimos entre sesteadores y paseantes y, mientras cae la tarde, nos dejamos mecer por el apacible silencio, las confidencias y las complicidades. Cuando los últimos flecos del crepúsculo se volatilizan, nos preparamos para nuestra esperada fiesta de pijamas, en la que la indumentaria se amalgama en jaranera miscelánea de franela, terciopelo, plumas y lentejuelas. La velada germina sin prisas y el regocijo se va trenzando entre platos, copas, risas, coreografías y parloteos. A nosotras nos conectan tres décadas de afecto, a nuestros chicos les basta con una partida de pimpón: vuelven del patio sudando y con los semblantes risueños, como chavales de una EGB madurescente.

Alquézar1El domingo nos despedimos de la comarca en Alquézar. Solo Iciar y Joan Lluís completan el Camino Natural del Somontano, que discurre, atravesando las pasarelas del barranco de Payuela, hasta las balsas de Basacol y su esconjuradero. Los demás nos refugiamos a la sombra de una breve arboleda a los pies de la colegiata de Santa María la Mayor, a la espera de acudir todos juntos a almorzar a Las Melias, un merendero situado a la salida de la popular aldea.

Partimos hacia Barcelona arrebujados bajo varias capas de cariño, apego y ternura. A nuestra provecta edad quizás le hayamos dado ya la vuelta al jamón, como afirma mi marido, pero lo más sabroso es lo que aún nos queda por paladear.

Bye bye Britain

Queríamos viajar a Londres antes del Brexit, just in case, así que compré cuatro billetes de ida y vuelta con ocho meses de antelación por 200 euretes: easyJet es la compañía más lowcost del mundo mundial. Con la misma anticipación reservé nuestro alojamiento a través de la web de AccorHotels en el Ibis London Shepherds Bush–Hammersmith: tres noches en dos habitaciones dobles, con desayuno bufé para cuatro, 400 euros, gentileza de mi tarjeta de fidelidad.

fly to londonEn octubre me llegó vía email una oferta del Club Cliente de Aena, oh albricias, que me ofrecía un descuento del 25% en el parking del aeropuerto de El Prat, válido para reservas anteriores al 31 de enero de 2019. Hay un orden cósmico. Tras desestimar cambiar moneda y decidir tirar de VISA, a falta de pocos días para nuestra escapada familiar solo teníamos pendiente solucionar el traslado de Gatwick al hotel. Después de investigar distintas opciones, descubrimos que la compañía ferroviaria Southern Railway conectaba ese aeropuerto con nuestro Ibis, solo había que hacer un cambio de tren en la estación de Clapham Junction. Reservamos los billetes online y guardamos el código para imprimirlos a nuestra llegada. Ya teníamos todo a punto, empezaba la cuenta atrás, tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Viernes 4 de enero. Londres. Comprobamos que nuestro hotel está cerquísma de la estación de tren, de la estación de metro Shepherds Bush de Central Line y de las paradas de ida y vuelta del 94, que conecta con Piccadilly Circus las 24 horas del día. Almorzamos con horario británico en el restaurante Leon del barrio. Nos lo recomendó mi amiga Susana para satisfacer las preferencias vegetarianas de la mitad de mi familia, cuentan con un montón de establecimientos por toda la ciudad. Sí, también en Shepherds Bush.

museo de historianaturalMariola insiste en visitar el Natural History Museum. Millones de familias con niños de todas las edades y un ejército de cochecitos se arremolinan en la sección de dinosaurios. La marea humana nos atrapa y escapar de ella es como liberarnos de unas arenas movedizas, pordiosquésuplicio. Suerte que la zona de mineralogía está mucho menos concurrida y podemos apreciar las rocas y cristales de mil y una tonalidades sin aglomeraciones. Cruzamos la calle y enseguida entramos en el Victoria&Albert: su colección de moda me requetechifla. Sesión de museos finiquitada.

birraLos dos séniors despedimos la agotadora jornada en el pub Red Lion, al lado de Carnaby Street: tenemos la suerte de entrar a las seis y poco, justo cuando acaban de abrir el comedor de la planta de arriba. Como podemos escoger donde acomodarnos, nos instalamos en una bonita mesa bajo los ventanales. Me zampo un fish&chips glorioso y tomamos algunas pintas de medio litro. Awesome.

british coreaEl sábado llegamos al British Museum cuando están abriendo puertas, así podemos cotillear mejor el ingente patrimonio expoliado por los ingleses en Egipto, Grecia y Oriente Medio. La visita de las plantas superiores, que albergan interesantes dibujos, así como algunas espléndidas piezas de Corea y Japón, es mucho menos populosa y nos permite curiosear con más tranquilidad.

En cuanto salimos nos dirigimos a Candem. Almorzamos estupendamente en The Ice Wharf, que funciona como un pub -eso sí, a escala king size por las dimensiones colosales del local-: pides en la barra platos y bebidas, das tu número de mesa, lo abonas todo y te lo traen enseguida. En la carta incluso te animan a usar una aplicación, la Wetherspoon app, para solicitar la consumición directamente, sin pasar por el mostrador ni moverte de la mesa. Qué cracks.

Después de comer damos una vuelta por las mil y una tiendas de los alrededores, sin olvidarnos de Gohil’s, cuyas carteras son de una manufactura superior –sí, cae otra más, y ya van no sé cuántas-. El entrañable artesano -¿artista?- del cuero nos revela, ay, que está a punto de jubilarse, y nos confía que su hija, que vive en Toledo, está desolada porque allí no encuentra queso cheddar. Le pienso en la cara, “será que no hay mil y un quesos mejores que ese engendro”, pero enseguida reflexiono que yo tampoco podría vivir sin aceite de oliva. Al fin y al cabo, somos animales de costumbres. Sobre todo gastronómicas.

En una zapatería regentada por unos pakistanís encantadores me pruebo unos botines fabulosos que, no obstante, no superan la prueba de mi dolorido y cada vez más deforme pie derecho, así que con gran pena desisto de comprármelos. Googleo la marca, New Rock Original, y la fábrica está en Yecla. Qué cosas.

tower bridgeDe mercadillo a mercadillo: el domingo por la mañana nos desplazamos hasta Old Spitalfields Market. El frío hiela hasta las ideas y, tras ampliar mi repertorio de vestidos Collectif Vintage con una nueva adquisición aprovechando las rebajas, nos refugiamos en una cafetería y nos escapamos a la carrera –por aquello de entrar en calor- hasta la London Tower y luego atravesamos, igualmente a paso ligero, el Tower Bridge, a fin de recorrer el tramo del muelle que jalona el Támesis por los aledaños del atómico City Hall. Almorzamos –mal- en el primer comedero con que nos topamos y nos dirigimos al Big Ben a petición de Mariola: qué decepción, está andamiado hasta su cúspide, y mudo desde agosto de 2017 –y hasta el año 2021- por trabajos de restauración. Y nosotros sin saberlo. Es lo que tiene haber ido a Londres en otras ocasiones, que ya ni buscas información sobre los sitios turísticos y vas improvisando, a la caída.

angelLa tarde discurre en apacible paseo desde Covent Garden hasta Regent Street. Compartimos nuestro periplo con muchos menos peatones que los dos días anteriores y sin apenas oropeles: en calles y avenidas están retirando las centelleantes mallas cuajadas de luces de Navidad. Se acabaron las Fiestas y nuestro viaje. Bye bye, Britain. Fue bonito mientras duró.

El nuevo hogar de mamá

Hoy hace dos meses que mamá vive a cinco minutos de casa. Su nuevo hogar está más cerca que cualquier panadería del barrio o que la cafetería en la que a veces desayunamos. Reside en Residencial Putxet, un centro geriátrico especializado en demencias.

Cuando mi hermana y yo lo visitamos por primera vez, fue un auténtico flechazo. Accedimos en coche por la rampa de acceso para automóviles –mi hermana vive fuera de Barcelona- y la primera impresión nos cautivó: el vasto jardín, jalonado por una hilera de pinos formidables, se extiende a los pies de un recoveco de la colina del Putxet, de manera que las instalaciones quedan perfectamente parapetadas del bullicio y los ruidos de la ciudad. Es una burbuja ajena al trajín de Barcelona.

Milagros, la directora, hace honor a su nombre -lo mismo que Amparo, quien tanto nos ayudó a cuidar de mamá en la fase más complicada de su Alzhéimer-. Mientras conversa con nosotras, observa a un abuelo que trastea con una de las sombrillas del jardín. Nos deja con la palabra en la boca y acude rauda hacia él para evitar que el artefacto le caiga encima. Luego nos acompaña en improvisado paseo para enseñarnos los espacios comunes, amplísimos y bañados por la luz natural que se cuela por el acristalado perímetro, y las habitaciones, todas ellas alegres, luminosas, con volátiles visillos y colchas de vivos colores.

– ¿Dónde dormiría mamá?

– Todavía no os lo puedo decir. Primero la tendríamos en observación algunos días en un cuartito junto al personal de guardia para analizar su adaptación y conocer sus hábitos, y luego ya compartiría dormitorio con quien pudiera congeniar mejor.

En cuanto salimos de allí, tanto mi hermana como yo sabemos, aliviadas, que la prospección ha cesado. Durante meses hemos recorrido la zona alta de Barcelona en busca de la residencia ideal para nuestra madre, pero hasta ese momento ninguna se había ajustado a los requisitos y las expectativas de ambas. Felicidad máxima.

El día acordado para su ingreso hay nervios, muchos nervios: no podemos acercarnos a visitar a mamá hasta que Milagros nos confirme que confía en el equipo de profesionales que trabajan con ella desde hace 20 años. Se me encoge el corazón cuando cavilo sobre su primera noche allí e imagino ese terrible momento en el que pensará que la hemos abandonado, aunque me reconforta la tranquilidad de que tanto mi hermana como yo coincidimos en que está en el mejor lugar posible. Sin embargo, en realidad todo es más fácil de lo que nos figurábamos: “Se ha hecho muy tarde, Roser, ¿te quieres quedar a dormir?”. Y sí, en cuanto cae el sol, mamá solo desea sentirse segura y protegida.

Cuatro días después de encomendarle mamá a Milagros, me escapo a visitarla. La encuentro radiante y feliz y me admira la velocidad a la que se ha adaptado. Claro que, bien pensado, cuesta muy poco acostumbrarse a lo bueno.

Cuando voy a verla, que es tan a menudo como puedo, paseamos juntas por el apacible jardín y nos entretenemos en oler las flores del exuberante jazmín, observar una charca donde moran cuatro tortugas, adivinar los movimientos de las urracas entre las copas centenarias o contemplar a un gato de vacuno pelaje que se cobija en los recodos más confortables. Muchas veces me la encuentro ya recorriendo el sendero que orilla el césped, mamá siempre ha sido muy andarina. A veces se nos suman Mercè, una enjuta madurescente con un grado de demencia un poco más avanzado –ya no sabe descifrar la hora ni responder a lo que le preguntas-, la elegante Maria, que camina a pasitos cortos, como si sus tobillos estuvieran trabados por un hilo invisible, o Montse, que lo observa todo desde sus ojazos con pestañas de femme fatal ampurdanesa. Esas visitas le hacen tanto bien a mamá como a mí: durante un vivificante paréntesis, el baño de realidad me hace concentrarme en lo que verdaderamente importa y desconectarme de lo demás. Sobre todo de mí misma.

Mientras caminamos o nos sentamos al sol, mamá se inventa que desde que está allí han crecido mucho las copas de los árboles, o que desde una esquina se puede avistar mi casa, pero también me cuenta que la cuidan muy bien, que todo el personal es muy cariñoso y que, incluso por la noche, los enfermeros de guardia se asoman de tanto en tanto por la puerta de su habitación para comprobar que está bien y arroparla si se ha desabrigado. Y es que desde hace varias semanas mamá ya tiene su propio dormitorio con vistas al parque del Putxet. Lo comparte con Concha, una entrañable abuelita de prístina mirada y dulce gesto que también se sienta con ella en el comedor.

Después de largos meses de angustia, de desazón, de incertidumbre, de irnos adaptando a la involución de su enfermedad y de que las personas que más quiero padecieran un pequeño infierno en mi insufrible compañía, se hizo la luz al final del túnel. Mi hija Ángela lo resumió requetebién en una sola frase: “Hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz, mamá, has estado viviendo en una nube negra”. Cuánta razón. Saber que mamá está en tan buenas manos las 24 horas del día no tiene precio.

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Día de vino y rosas

Somos novios. Solo disponemos de 24 horas, pero estamos más que dispuestos a apurar al máximo nuestro paréntesis de íntimo asueto. Destino: Alt Penedès.

Antes de partir desayunamos divinamente en Rosa Estrella, el flamante establecimiento que inauguraron el pasado jueves en los bajos del edificio de La Rotonda. En la zona de degustación, Juan Pablo, que hasta hace nada reinaba en la barra de Cortacans, se multiplica para que todos tomemos lo que nos gusta y nos sintamos cómodos. Ha arrastrado al nuevo local a cuantos le conocían en el barrio -para que luego digan que cualquiera puede ser camarero-.

bodega_llegadaNos subimos al coche y enseguida comprobamos que nuestro destino está aún más cerca de lo previsto, de modo que discurrimos sin prisas entre los ya cobrizos viñedos. Llegamos a la Masia Parés Baltà a tiempo para la golosa cata que reservamos días atrás: maridaje de vino y chocolate. En recepción nos presentan a nuestra cicerone, Gisela, una muchacha locuaz y encantadora, vecina de La Granada, que únicamente nos acompaña a nosotros. Más personalizado, imposible. Unbelieveble.

biodinámicaDurante dos horas y media, Gisela nos contagia su entusiasmo por todo lo que explica. Nos desvela los secretos de la agricultura biodinámica, una forma de relacionarse con el entorno inspirada por Rudolf Steiner que concibe la granja como un organismo holístico que sigue el ritmo de los ciclos lunares y el movimiento de las constelaciones. barricaAsí mismo nos muestra cómo se elabora el cava y nos revela las diversas crianzas de los caldos que allí se producen: en barrica de roble europeo, que es menos poroso que el roble americano, en cuba de acero inoxidable, en tinaja de cerámica, a la manera autóctona prerromana, o en damajuana de vidrio, el último experimento de las dos intrépidas enólogas de Parés Baltà, María Elena y Marta.

cavaLa ceremonia del maridaje se desarrolla en una sala exclusiva para nosotros. Plaisir privé. Probamos siete variedades de vinos y cavas, un aromático aceite de arbequina que solo comercializan allí y cuatro especialidades diferentes de la cercana chocolatería Simón Coll. Sin embargo aún nos queda un hueco para el almuerzo.

Ante la inviabilidad de reservar en El Convent –días atrás fue imposible conseguir que respondieran al teléfono-, comemos en el restaurante La Vinya del Mar de Vilafranca: exquisitas las ostras, soberbias las croquetas de marisco y sabrosísimo el arroz meloso con calamares y alcachofas.

De camino a nuestro alojamiento, la sierra de Montserrat se recorta al fondo como un gigantesco decorado de cartón-piedra. Qué cielo tan magnífico.

llegadab&b2Cuando llegamos a B&B Wine&Cooking Penedès, la luz del atardecer baña el paisaje con su manto centelleante y nuestra anfitriona nos recibe con una cordial bienvenida que nos arropa el ánimo. Magnus y Marta, dos urbanitas reconvertidos en posaderos, han sabido convertir la Masia Can Xup en un coqueto y acogedor hogar. Un payés se ocupa del viñedo anejo a la finca: lo acaban de replantar para mejorar la cosecha de uva que les compra la bodega Vallformosa.

En el comedor de Wine&Cooking, una vistosa nevera rosa chicle alberga refrigerios de emergencia, desde bandejas de embutidos y quesos para viajeros cansados y hambrientos, hasta bebidas, como nuestra botella de cava cortesía de la casa. Marta nos confiesa que los cursos de cocina que anuncian en su web están bastante enfocados a los numerosos turistas americanos, canadienses y europeos que frecuentan el cautivador hospedaje, sobre todo en verano: los platos que les enseñan a elaborar forman parte de nuestra gastronomía casera.

B&BllegadaDormimos plácidamente: nos hacía mucha falta un sueño reparador. El desayuno es espléndido y la puesta en escena de todos los ingredientes es tan pulcra como apetitosa. El pan, recién hecho, es de Ca l’Arseni, una tahona artesana de Sant Sadurní d’Anoia. Yo escojo probar un par de quesos mientras Marta nos prepara zumo de naranja natural, huevos fritos y tortilla. Enseguida llegan también nuestros cafés con leche, servidos en sendas tazas de loza de estilo provenzal –abundan los detalles cucos en la decoración y el menaje-. Mientras la mañana se despereza, la conversación se teje entre los tres con cálida complicidad.

De regreso a Barcelona, concluimos que, aunque la perfección no existe, el breve paréntesis del que hemos disfrutado se acerca mucho a ella.