Isaba y alrededores

IsabaIsaba es uno de los siete pueblecillos del valle de Roncal que se arraciman junto a los márgenes del río Esca, como tupidos cogollos de tejados a dos aguas. Es el enclave ideal para acercarnos a los lugares que deseamos recorrer. Nos alojamos en el Hostal Onki Xin, que en euskera roncalés significa Ongi Etorri. De modo que bienvenidos somos. Lo regentan Raquel y Simon, quien cambió sus clases de inglés para empresas por la oferta de dormitorios y desayunos de su hotelillo. Ojipláticos nos quedamos cuando nos desvela que aprendió a hablar español a los 32 años: su soltura y fluidez son pasmosas. Awesome. Nos recomienda que atravesemos la frontera y visitemos el lado francés para concoer sus tres must. Y sí, lo hacemos, aunque soslayamos el puente de Holtzarte y la cueva de La Verne y nos limitamos a las Gorges de Kakuetta.

VacaMilkaPara llegar hasta allí enfilamos la NA-1370 desde Isaba hasta Larra-Belagua, el techo del Roncal, desde donde las vistas son formidables. Nos rodean verduzcas cumbres peladas y laderas alfombradas de pastos de los que se alimentan vacas, caballos y ovejas. Cuando pasamos por El Ferial, una prieta y nutrida manada ovina dibuja un lunar blanco en el cerro. Ya en Francia, nos acechan barrigudas nubes de lluvia en gelatina. El día gris y las peludas ovejas autóctonas nos hacen sentir como en Escocia. En mitad de la carretera, la vaca de Milka nos mira con sus ojos lánguidos e impertérritos. No se mueve ni un milímetro ni muestra la menor intención de hacerlo, suerte que podemos vadearla.

GorgesKakuettaEl congosto de las Gorges de Kakuetta, aunque bello y frondoso, me parece un socavón de humedad asfixiante. Hay que abonar seis euros por persona para acceder a un recorrido incomodísimo, no solo por el sendero en sí, estrecho y resbaladizo, sino también -o sobre todo- por la afluencia de familias con niños pequeños, que ralentizan el avance de todos. Además de la mala educación de algunos padres, que crean monstruos cuellicortos insufribles. En fin. En agosto, el costado francés es muy evitable. Es infinitamente mejor el lado navarroaragonés. Ondevaaparar.

ValleBelaguaLa NA-1370 asciende hasta Francia desde Isaba atravesando el valle de Belagua, el único de origen glaciar de cuantos hay por estos lares. Por esa carretera se accede a tres de los 30 senderos imprescindibles por Navarra. O eso nos cuentan en la oficina de turismo de Isaba. Nos atrevemos con el camino de Zemeto, que parte del refugio Belagua, ahora cerrado y en proceso de reconstrucción. En el folleto informativo que nos han facilitado indica que es un recorrido circular de 4,5 km y una hora y media de duración, y que solo debemos seguir las balizas azules y rojas para hacerlo. Sin embargo, las balizas con que nos topamos son blancas y rojas o blancas y amarillas, así que al final vamos un poco por donde nos parece, sin mapa ni cobertura. En efecto, somos, más que osados, arrojadizos. Penetramos en un hayedo tan hermoso y refrescante que proseguimos nuestra caminata, ufanos e inasequibles al desaliento. Hora y media después, al no avistar de nuevo el punto de partida, nos encaramamos a una cima para atisbar por dónde andamos. Pues no era la ruta circular, no. Subimos la siguiente ladera para averiguar por dónde continúa la vereda, pero por fin decidimos desandarlo todo, a ver si entre tanto llegamos a Roncesvalles y nos ponemos a recitar La Chanson de Roland. Cuando salimos de nuevo a los alrededores del refugio Belagua, es ya la una del mediodía y el sol implacable nos saluda.

VentaJuanPitoLo bueno -además de que no nos hemos topado con absolutamente nadie desde hace horas- es que se nos ha hecho tan tarde que ya podemos acercarnos a almorzar a la Venta de Juan Pito, que tanto nos habían recomendado. Aunque es temprano, el comedor está casi lleno. Nos sientan en una de las grandes mesas de madera que comparten todos sus comensales, nos entregan dos cartas y nos hacen esperar un buen rato hasta que vienen a tomar nota de los platos: atienden con calma a todo el mundo por escrupuloso orden de llegada. El menú es tentador y ultrabarato, pero yo quiero, sí o sí, migas de pastor. Están riquísimas, y también los pimientos de piquillo rellenos de merluza que escojo como segundo, aunque lo que más me emocionan son sus natillas caseras, que me teletransportan a mi infancia feliz.

Mata de HayaOtro de los famosos 30 senderos imprescindibles está en la misma NA-1370, pero un poco más abajo: Dronda-Mata de Haya. Es mucho más accesible. De hecho, es un itinerario recomendado para familias. Incluso dispone de un paseo por el inmenso hayedo por el que pueden circular sillas de ruedas, el Sendero de los sentidos. Nunca habíamos conocido nada así. Impresiona bastante iniciar este recorrido circular por la entrada de la derecha desde la zona de estacionamiento: las hayas dibujan un arco ojival perfecto que recuerda a una catedral gótica, solo que verde y exuberante.

No muy lejos de Mata de Haya, una pastora catalana, Marina, fabrica sus quesos con la ayuda de su madre, que llega en primavera, cuando se inicia el ordeñe de las ovejas. La joven artesana quesera seBordaMarengo formó con el anterior pastor, quien le cedió el negocio. Moscas, perros y el intenso olor de los fermentos lácteos nos dan la bienvenida en cuanto bajamos del coche. En la pared, un brillante eguzkilore nos saluda con su luminosa corola. La Borda Marengo, una construcción de una sola planta, lo mismo sirve de quesería que de tienda: basta con bajar un tablón de madera para convertir la entrada en un improvisado mostrador. Nos ofrecen un queso de tres meses de maduración, todavía le faltan tres o cuatro semanas para alcanzar su punto óptimo, de modo que nos dan instrucciones para prolongar el proceso en casa: debemos mantener el queso, bien arropado por el papel de embalar con que nos lo envuelven, en el último cajón de la nevera. Una vez abierto, hay que guardar la porción restante en el frigorífico dentro de una fiambrera, junto con un trozo de pan seco, que absorbe la humedad y evita que se enmohezca. Cuando el pan de reblandece, hay que retirarlo y sustituirlo por otro mendrugo. Esos buenos trucos de pastora.

Museo del quesoAl lado de Isaba, en Uztarroz, se anuncia un flamante museo del queso. Cuando, llenos de curiosidad, nos acercamos a verlo, nos topamos con una quesería que, con más buena intención que criterio, ha acumulado una especie de almacén de antiguallas relacionadas con el producto más conocido del valle, incluso exhiben una rueca y lana de oveja sin hilar. A cualquier cosa le llaman bicicleta. O museo del queso.

davEl valle de Roncal limita al este con la Jacetania: desde Isaba, el valle de Hecho queda a menos de una hora de coche. La carretera serpentea entre agradables colinas y brinda unas preciosas vistas de los montes circundantes. La primera población aragonesa, Ansó, ha sabido preservar su encanto y luce, coqueta, sus bonitas callejuelas y sus primorosas fachadas de piedra cuajadas de trabajos en forja, que siempre me hacen pensar en mi abuelo paterno y sus bíceps de Popeye, fraguados a golpe de yunque. El último domingo de agosto, un bullicio excepcional se cuela por todos los rincones de la villa: es la jornada en que se exhiben los trajes tradicionales ansotanos, cuyo origen se remonta a la alta Edad Media. Los lugareños visten sus mejores galas, orgullosos de sus basquiñas de lana abatanada, sus sayas plisadas en abanico y sus camisas, enaguas y calzones de hilo.

HechoMuy cerca de Ansó, la localidad de Hecho también ha conservado sus arrebatadoras casonas, que se caracterizan por sus vistosas balconadas y sus airosas chimeneas cilíndricas, uno de los distintivos arquitectónicos del valle. Tiempo atrás estas chamineras se remataban con espantabrujas, para evitar que las hechiceras se colaran por ellas volando sobre sus escobas. Para reforzar esta protección, en los fogariles donde desembocaban las chamineras se dejaban unas tenazas abiertas en forma de cruz, o bien, una vez apagado el fuego, se dibujaba una cruz sobre las cenizas, antes de retirarse a dormir.

CorderoEn Hecho almorzamos en el Restaurante Gaby, cuyo nombre puede llevar a confusión: su actual cocinero, sobrino de la Gabriela fundadora, se llama José Félix, aunque todos lo conocen como Pepo. Es todo un personaje, gracioso, carismático y excelente anfitrión. Realmente merece mucho la pena comer allí, no solo porque los platos son exquisitos -soberbias las pochas-, sino porque, además, todos son más majos que las pesetas. Claro que los maños suelen ser muy buena gente.

Selva de OzaMás allá de Hecho, y una vez hemos dejado atrás Siresa y su sobrio monasterio románico, la carretera abre un boquete en la montaña y penetra en el desfiladero que ha esculpido el río Aragón-Subordán, la llamada Boca del Infierno, y finaliza en la Selva de Oza, un bucólico paraje que ofrece numerosas opciones para practicar el senderismo o la observación faunística y megalítica, aunque a nosotros nos basta con mantenernos a salvo del calor adentrándonos en el espeso hayedo que cubre buena parte del bosque.

Selva de IratiLos polícromos hayedos forman parte del paisaje allá a donde vamos, aunque donde son los grandes protagonistas es en la Selva de Irati. La carretera que parte desde Ochagavía hacia la mayor masa arbolada peninsular es una lengua gris que discurre sobre un centelleante tapiz esmeralda de hayas, abetos, musgo y helechos. Estacionamos nuestro coche en la zona habilitada a tal fin en las Casas de Irati y abonamos los 5 euros que nos solicitan para colaborar en el mantenimiento del lugar. En la caseta de información, una mujer muy amable nos facilita los detalles relevantes del camino circular que deseamos recorrer: Errekaidorra. A lo largo de tres horas, paseamos por tramos de pista forestal, nos encaramamos en veredas aptas para cabras montesas y nos detenemos en los rincones que explican la explotación de la madera de Irati, desde la construcción de mástiles para navíos hasta cómo se acarreaban semejantes troncos a lo largo de vastas distancias. El itinerario está perfectamente señalizado y lo seguimos sin problemas, otra cosa son los abruptos ascensos con que nos topamos de tanto en tanto, que nos duelen hasta el resuello. En cualquier caso, la inmersión en el inmenso hayedo es sobrecogedora y el agradable silencio nos colma de serenidad.

FInalSe acabaron las vacaciones de verano. Estas tres semanas de asueto nos han proporcionado la renovación necesaria para afrontar el último cuatrimestre del año. Me siento afortunada. Ahí voy. Ahí vamos.

Anuncios

Ezcaray

echaurrenHoy hace un año que falleció Marisa Sánchez, la cocinera y gastrónoma tan añorada en su ciudad natal, Ezcaray. Hemos brindado por su legado en su querido restaurante, el Echaurren Tradición, que comparte fogones con El Portal, el único establecimiento riojano galardonado con dos estrellas Michelin. Desde 1898, una misma familia se ha estado ocupando de aquella antigua posada para diligencias que reconvirtieran en hotel y restaurante Pedro Echaurren y Andrea García. La quinta generación, los hermanos Paniego, se multiplica entre las distintas áreas del negocio familiar: Francis, reputado chef, José Félix, sommelier, y Marisa, quien nos acomoda en nuestra mesa con una sonrisa.

echaurren croquetasOptamos por el menú degustación porque incluye las renombradas croquetas de Marisa Sánchez, uno de los platos estrella de la casa desde hace décadas. Marisa Paniego nos sugiere que, si nos gusta la casquería, podemos cambiar la albóndiga del menú por unos callos, “los preparamos muy ricos”. ¡Sí, por favor! Me requetechiflan. Para acompañar la comida, seleccionamos un caldo 100% graciano: es una variedad de uva tinta autóctona cuya existencia desconocíamos hasta hace nada y sentimos mucha curiosidad por probarla. ¡Nos encanta! echaurren carpaccioAnte nosotros van desfilando los platillos: las sensacionales croquetas, un carpaccio de gamba atómico, unos pimientos del cristal caramelizados exquisitamente melosos, unos suaves caparrones a la riojana, una merluza a la romana confitada que se deshace en la boca, unos callos tiernos y picantes más la albóndiga para mi marido y, para terminar, una tosta templada con queso de cameros, manzana reineta y helado de miel hipermegaultradeliciosa -y eso que yo no soy muy de postres-.

echaurren postreMientras saboreamos los ricos manjares que nos van presentando, entra en el comedor Félix Paniego, el anciano patriarca del clan, con uno de sus nietos, quien le toma del brazo para acompañar su pausado caminar. Se instalan en una mesa vecina a la nuestra junto con otra allegada. El joven Paniego está pendiente de su abuelo en todo momento, se le transparenta el cariño en cada mirada y cada gesto. A nuestro alrededor todos saludan a todos y se sienten cómodos y como en casa. Qué lugar tan entrañable.

IMG_9689La familia Echaurren, profundamente arraigada a su tierra, ha puesto en el mapa la ciudad de Ezcaray, cuya topinimia bebe de sus primeros pobladores vascos, allá por los siglos IX y X. Es una bonita localidad que ha sabido conservar sus calles jalonadas de soportales, sus casas solariegas y sus palacetes barrocos. Los ezcarayenses son tan distinguidos y tan amantes de su idiosincrasia que elaboran los banderines de sus guirnaldas de fiesta con paños de tejidos nobles.

IMG_9693Muy cerca del emblemático y multipremiado establecimiento de la cadena Relais-Châteaux se alzan dos de las construcciones más conocidas de Ezcaray: justo enfrente, la iglesia de Santa María la Mayor, que destaca por la gran balconada de madera apoyada en ménsulas románicas de su fachada, y, un poco más allá, la antigua sede de la Real Fábrica de Tejidos, que cesó su actividad en 1845.

telaresHoy el inmueble que albergaba la Real Fábrica de Paños aloja el ayuntamiento, mientras que el Edificio del Tinte funciona como albergue, restaurante y espacio expositivo. No obstante, la larga tradición textil de los maestros cardadores, tundidores, tintoreros y tejedores de la ciudad, que se remonta al siglo XV, perdura en Mantas Ezcaray, la empresa que fundara en 1930 Cecilio Valgañón y que todavía hoy fabrica artesanalmente sus mantas de lana, mohair, cachemira o alpaca. La tienda-almacén puede visitarse en la calle González Gallarza número 12. Presentan no solo sus renombradas flazadas, sino también bufandas, capas, abrigos e incluso coloridos cojines, especialmente confeccionados para abrazarse a ellos en las tardes de invierno. Nos ha resultado muy fácil hacernos con un par de adquisiciones porque en Ezcaray hemos experimentado nuestro particular episodio de The Twilight Zone: durante la pasada noche hemos atravesado algún atajo espacio-temporal y cuando nos hemos levantado por la mañana era otoño.

Aunque es una localidad pequeña, las opciones para degustar o comprar buenos caldos son infinitas. Mi marido, que no sabe -ni quiere- vivir sin vino, enloquece y carga con un surtido de Riojas desproporcionado, aunque conociéndole dará buena cuenta de sus provisiones vitivinícolas más pronto que tarde. En cambio, lo que a mí me arrebata de Ezcaray es una cautivadora buquinería -permítaseme el galicismo- donde me podría quedar a vivir: El velo de Isis. Está repleta de pequeños tesoros en cada rincón disponible. Una camiseta-pancarta colgada en la pared de la entrada es toda una declaración de intenciones: Aquí somos más de Faulkner. Como yo soy más de Martín Gaite, escojo “El cuarto de atrás”, obra con que la escritora salmantina conquistó el Premio Nacional de Narrativa en 1978. Fue la primera mujer que lo logró, olé por ella. Y olé por todas. Muchas, muchas ganas de leer mi particular y preciado botín.

Buquinería

Rinlo

Rinlocorregida.jpg

Rinlo es una parroquia del municipio de Ribadeo, la última ciudad de las Rías Altas antes de llegar a Asturias -o la primera según te adentras en Lugo, depende de cómo lo mires-. Cuajada de vistosas casas indianas y con un coqueto centro peatonal, durante nuestras vacaciones en la Mariña lucense es la localidad hasta donde nos desplazábamos en busca de servicios médicos y farmacéuticos -Ángela llegó con tremenda otitis- o a por víveres: en Rinlo, por no haber, no existe ni una pequeña tienda de ultramarinos, tan solo un quiosquillo regentado por una dama octogenaria que vende alguna conserva y alguna bebida para casos de emergencia. Aunque nosotros no cambiaríamos la elegante Ribadeo por la minúscula y desportillada Rinlo por nada del mundo.

Puerto rinloDías y noches primaverales en pleno estío, silenciosas y solitarias mañanas, vivificantes paseos tan a mano que casi se podrían hacer en pantuflas y, de fondo, el olor y el murmullo del mar agreste y rocoso: Rinlo reúne las características que más valoramos en nuestra pequeña familia. Al no disponer de playas ni servicios, es un lugar poco frecuentado incluso en agosto, ya que la mayoría de turistas se acercan al recoleto puerto pesquero para almorzar o cenar en alguno de sus tres restaurantes de especialidades marineras.

percebesEn Rinlo nos alojamos en una casita sencilla pero requetelimpia, ubicada al lado del restaurante de la Cofradía de Pescadores, donde no pudimos reservar mesa porque no tenían hueco hasta el 28 de agosto. Sí que tuvimos ocasión de probar las otras dos marisquerías de la aldehuela: Porto Rinlo, donde nos dimos un homenaje de zamburiñas, calamares a la plancha, salpicón de buey de mar, pulpo a la brasa y percebes, y A Mirandilla, la recomendación de Mar, cuyos padres tienen casa en Ribadeo. Nos gustó tanto que regresamos una vez más para volver a disfrutar de sus percebes -mi marisco favorito- y del pulpo -el plato estrella del padre de mis hijas-.

Rinlo cetárea Vertical_corregida 2El paseo marítimo de Rinlo orilla el Cantábrico atravesando un paisaje áspero que enamora, en especial cuando se acerca el ocaso. Durante la caminata se pueden avistar las tres antiguas cetáreas de Rinlo, Estornín, Penacín y Ollo Longo -por orden de edificación y cercanía al puerto pesquero-, que aprovechaban las piscinas naturales creadas en los recovecos de los acantilados para recolectar los crustáceos autóctonos: langostas, centollas, bueyes de mar y bogavantes. El principal problema eran las algas que se depositaban en las compuertas que regulaban los flujos de las mareas y, al pudrirse, asfixiaban el marisco, por lo que había que recogerlas desde el exterior del muro de contención a fin de proteger a los preciados inquilinos de las cetáreas. Luego estas algas se utilizaban como abono en los cultivos vecinos.

BígarosRinloUna tarde cualquiera, sobre los peñascos de la tercera cetárea, la de Ollo Longo, una lluvia de bígaros desliza sus caparazones sobre la todavía húmeda superficie, que acaba de emerger tras el descenso de la marea. Mientras los contemplo fascinada, pienso en mi padre y se me escapa una sonrisa: él los hubiera capturado para cocinarlos con agua de mar y se los hubiera tomado como aperitivo para la cena.

El atardecer en los aledaños de Rinlo invita a embriagarse de brisa marina, dejarse arrullar por el vaivén de las olas, observar los cirros tintados de rojo por el crepúsculo y atisbar el vuelo de las aves marinas que se posan en los islotes. A pesar de que, según mi ocurrente marido, la ventisca alborota mi indómito cabello hasta parecer Bonnie Tyler en sus mejores tiempos.

Cuando oscurece -qué inmensa suerte haber coincidido esta semana con la luna llena-, sentados en un banco frente al puerto, las estrellas salpican el cielo con destellos de purpurina mientras la noche se llena de olor a brasas y caldero, risas y murmullo de conversaciones.

Esta mañana Rinlo nos ha despedido con una dulce y brumosa lluvia cantábrica y un atadijo de buenos recuerdos que nos ayudará a sobrellevar mejor los meses venideros.

crepúsculo.jpg

Asturias

CudilleroLlegadaRinlo está demasiado cerca de Asturias como para resistir la tentación de acercarse a curiosear esas tierras que todavía no habíamos explorado. Empezamos por Cudillero. En agosto conviene visitar este puerto pesquero a primera hora de la mañana a fin de encaramarse sin prisas por sus empinadas callejuelas, que trepan sin orden ni concierto, apelotonadas en alegre y ecléctico caos de arquitectura popular: aquí un embaldosado de inspiración nazarí, a su lado muros de piedra y carpintería rústica, allá una colorida y desconchada vivienda en venta y más arriba una pensión solo apta para inquilinos atléticos.

CudilleroMiradorLas veredas de cemento que discurren por el abigarrado entramado se distinguen por sus barandillas azules. Dos de estas serpenteantes pasarelas culminan en el mirador de la Garita-Atalaya -uno de los ocho que se elevan por las alturas de la pintoresca localidad-, junto a la torre de comunicaciones y el camposanto, donde, por cierto, una valla que anuncia el presupuesto de un proyecto ¡en pesetas! certifica que hay lugares donde el tiempo se detiene.

CudilleroAguaDe Cudillero nos sorprenden la transparencia cristalina de sus aguas, la hilera de banderas de todas las comunidades autónomas que ondean en el puerto -bienvenido seas, turista, sin importar de donde procedas-, y el contraste entre el flamante Audi de la policía local y la decrepitud de las infraestructuras urbanas, desde barandillas carcomidas por el óxido, hasta precarias construcciones en ruinas, a punto de precipitarse sobre la aldea. Cosas tenedes, Cid, que faran fablar las piedras. Literalmente.

AvilésEdificiosCuando Cudillero se pone imposible por la afluencia de visitantes, escapamos a la carrera hacia Avilés, tan cerca y, a un tiempo, tan lejos de allí. Injustamente erradicada de las rutas turísticas, su arrebatador centro histórico, recuperado tras ese pasado siderúrgico que lo sumió en el olvido, combina palacetes indianos con elegantes edificios de acristaladas balconadas.

AvilésGaliana2La calle Galiana, edificada en el siglo XVII durante la expansión barroca, preserva los soportales que antaño guarecían a los artesanos de las inclemencias atmosféricas y hoy cobijan a los parroquianos que se acomodan en las terrazas de bares y cafeterías. Su inusual pavimento todavía presenta el doble tipo de suelo original: cantos rodados para el ganado y las personas calzadas con madreñas, los populares zuecos asturianos, y losas de piedra para el resto de peatones.

AvilésGalianaPasear por Avilés obliga a detenerse a cada paso para admirar los primorosos azulejos de un zaguán, una filigrana de hierro forjado o la trabajada carpintería de unos ventanales. En cada esquina hay coquetos negocios que denotan las ganas de reinventarse y el gusto local por los pequeños placeres que nos alegran la vida.

De regreso a Rinlo, nos detenemos en Luarca. Mariola y yo necesitamos ir al baño y entramos en la trasnochada cafetería del Círculo Liceo, llamado popularmente “El Casino”. Suspendida en el tiempo desde 1912, incluso el camarero tiene aspecto de excantante de una banda de rock, con sus anchas espaldas y su melena gris de corte ochentero a lo Rod Stewart. Preside el baño de las damas el recurrente retrato de Audrey Hepburn caracterizada de Holly en “Desayuno con diamantes”, solo que en ese entorno cualquiera diría que permanece allí desde que estrenaron la película. Tan absorta estoy observando el decrépito lugar, que no apercibo el escalón de los excusados y me estrello en colosal trompazo contra el suelo. La costalada me deja tan dolorida que, tras estirar brevemente las piernas por la localidad, lo justo para intentar comprender porqué los balcones están infestados de banderas rojigualdas y la política urbanística es tan desconcertante, nos vamos. Y lo cierto es que sentimos un gran alivio cuando partimos: desestimamos Luarca no ya como lugar de vacaciones, sino como población visitable.TapiaCasariegoPuerto

Por suerte, siempre nos quedará Tapia de Casariego, la primera población asturiana con la que te topas en el litoral al salir de la lucense Ribadeo -con permiso de las fronterizas Castropol y Figueras-. Apacible y reconfortante como un abrazo soleado, se encarama sobre los riscos cantábricos proporcionando múltiples miradores y se desliza en suave pendiente hasta la ensenada natural de su puerto, que se utilizaba para fondear desde de la colonización romana. No obstante, el puerto que hoy admiramos fue financiado en el siglo XIX por Fernando Fernández-Casariego, Marqués de Casariego y Vizconde de Tapia -vamos, el amo y señor del lugar, que, por cierto, conserva un perturbador nomenclátor callejero franquista-.

TapiaCasariegoButacasUna antigua cetárea se está rehabilitando como piscina entre el puerto y la magnífica playa urbana de Anguileiro, la predilecta de los surfistas. Y es que, además de sus hermosos acantilados, en el municipio de Tapia de Casariego se extienden plácidas playas de fina y compacta arena, tan cómoda para los bañistas, que la voluble y caprichosa marea mengua o acrecienta a su antojo. La playa de la Paloma, la que escogemos nosotros, es un rincón frecuentado por familias con niños pequeños y algún abuelito. Se llega a ella por un camino de tierra que atraviesa un maizal y con la marea alta el espacio para depositar las pertenencias es mínimo, aunque suficiente, sobre todo para quienes no tenemos intención de extender toalla alguna y solo buscamos refrescarnos en el mar. Brincando con cada ola, y empapándonos muertos de la risa cuando alguna oleada viene más brava, rememoramos nuestra infancia feliz y disfrutamos como críos. En verdad están siendo unas estupendas vacaciones.

Mondoñedo

Beatriz se mudó a Mondoñedo hace siete años. Tiene dos hijas de la misma edad que las niñas de mis ojos y un marido, Paul, que bien podríamos apodar como el holandés errante: arquitecto especialista en recuperar edificios con solera, emigró con su familia desde los Países Bajos al Pirineo oscense para acabar en la Mariña lucense. De vacaciones por Galicia, ambos se prendaron de Mondoñedo y, con muy buen ojo, supieron apreciar las múltiples posibilidades de las numerosas casonas en venta. Una de ellas alberga hoy el hogar familiar y La Esmaltería, la tiendecilla donde Beatriz expone los preciosos objetos-joya que ha ido recolectando con su particular y divino gusto, desde las vajillas que dan nombre a su establecimiento, hasta piezas de bisutería únicas, con piedras semipreciosas engarzadas en trenzados de hilo. Qué agradable bienvenida nos dan Beatriz y su reconfortante conversación a su ciudad de adopción.

CasitaLa histórica población se asienta en el corazón del valle de su nombre. Rodeada de verdes colinas y refrescantes paisajes, las callejuelas de Mondoñedo están flanqueadas por encantadores edificios -algunos restaurados, los más desvencijados- que preservan el recuerdo de un pasado mejor: desde 1156 hasta 1833, año en que administrativamente fue absorbida por Lugo, fue la capital de una de las siete antiguas provincias del reino de Galicia.Rosetón

Cada jueves, también este 15 de agosto superfestivo, Mondoñedo alberga un mercado semanal que se extiende por su coqueta plaza Mayor. Uno de sus flancos está jalonado por un añejo soportal, quizás para echar la mañana o la tarde en la terraza de alguno de los bares que alberga mientras se contempla la imponente catedral basílica de la Virgen de la Asunción. Consagrada en 1246, también presenta elementos góticos, como el rosetón de cinco metros de diámetro que preside ciclópeamente la fachada, o barrocos, como las primorosas torres. La denominan “la arrodillada” por su poca altura, supongo que por comparación con otros templos, lo que vendría a ser confrontar a Juan Antonio Corbalán con Fernando Romay –sorry, me quedé en el baloncesto de mi adolescencia-. Sus tres gigantescas campanas cuentan con nombre propio, A Prima, A Ronda y Paula. Esta última, de 2500 kg de peso, ha dado nombre a todo el perímetro de Mondoñedo: se conoce como tierras de Paula hasta donde puede oírse su repicar, del que es responsable uno de los pocos campaneros que permanecen en activo -por cierto, al parecer existe otro tañedor de campanas en Rinlo, la ciudad donde nos hospedamos-.

Fonte VellaA dos pasos de la plaza Mayor, la Fonte Vella, edificada en el siglo XVI, marca el inicio de la ruta da auga, que conduce al Salto do Coro, la popular cascada del río Valiñadares, en una caminata de una hora y media que trepa por la montaña durante 3.800 metros. Como debemos acompañar a Ángela al aeropuerto de A Coruña para que regrese a Barcelona y disponemos de un tiempo limitado, desestimamos la tentadora excursión.

Mientras curioseamos por las calles de Mondoñedo, se dirige a nosotros un abuelito entrañable, de cabello cano, porte desgarbado y sonrojadas mejillas, que viste su traje de los domingos. Nos pregunta qué tal estamos pasando el día y nos desea una agradable jornada. Qué hombrecillo tan adorable.

MuiñosProseguimos nuestro periplo por el barrio de Os Muiñosque recibe su nombre de los molinos que utilizaban los lugareños para aprovechar la energía motriz del río Valiñadares. Los molinos de ayer hoy son deliciosas casitas y talleres de artesanos a cuyos pies discurren canales de agua que le dan un aire muy fresco al conjunto. Oficios tradicionales como el de cantero, el de titiritero, el de herrero o el de alfarero tienen también su espacio de trabajo y exposición en este rincón de Mondoñedo.

PontePasatempoSalvando las afanosas aguas del río Valiñadares, el Ponte do Pasatempo recuerda un suceso de intrigas eclesiásticas: aunque en la Edad Media era conocido como Ponte dos Ruzos, pasó a llamarse así porque, siguiendo la órdenes de Fadrique de Guzmán, obispo de Mondoñedo, unos canónigos entretuvieron a Doña Isabel de Castro para que el indulto real que había logrado por mediación de su propia prima, Isabel de Castilla, no llegara a tiempo para salvar a su esposo, el mariscal Pero Pardo de Cela, quien finalmente fue ejecutado públicamente junto con su hijo y Pero de Miranda. En este caso, al contrario de lo que asevera la expresión, la sangre sí que llegó al río.

TortillaCon tanta caminata hay hambre y a los cuatro nos apetece almorzar tortilla de patata. Llevada por la gula, en la taberna O Rincon de Mondoñedo insisto en pedir la más grande de su carta, la de doce huevos. Ojipláticos nos quedamos cuando nos la sirven, es el monstruo de las tortillas. Nota de cata: muy muy rica -para mi gusto, demasiado cuajada-, aunque no tanto como la de Casa Dani del Mercado de la Paz de Madrid. Y, por descontado, no admite comparación con la de mi amiga Laura, Lady Omelette. Como no podemos terminárnosla, nos preparan lo que queda de ella para llevar.

Además de los restos de nuestra sensacional tortilla de patatas, nos llevamos el recuerdo de esta hermosa ciudad.

Praia das Catedrais

entradaA quienes vivimos mediterráneamente nos fascina el flujo de las mareas. Durante nuestras numerosas incursiones a Francia y al norte peninsular hemos contemplado, embelesados, cómo afecta la fuerza de la gravedad al devenir de los océanos. Sin embargo, nada de lo que habíamos presenciado hasta ahora puede compararse con la bajamar en la playa de As Catedrais cuando el día empieza a clarear. Se llega allí desde Rinlo por una agradable carretera costera que orilla el singular litoral, la llamada ruta das praias. Desde ella se accede a las playas de Os Castros e Illas, tan vecinas que se convierten en una misma lengua de arena cuando la marea está baja, y a la de Esteiro. A la derecha, la abrupta roca tallada, a la izquierda, campos recién segados con balas de paja de reminiscencias normandas.

reflejosEn la playa de As Catedrais, denominada por los lugareños Augasantas, hay dos zonas gratuitas de estacionamiento para los vehículos: una a la derecha según se llega desde Rinlo, con vistas al mar, y otra a la izquierda, más cercana al acceso principal. Aunque nos registramos previamente como visitantes en la web que la Xunta de Galicia ha habilitado para tal fin, en ninguna de las tres ocasiones en que nos acercamos a la emblemática playa nos piden la autorización. Una pasarela de madera invita al paseo hasta la cercana playa Arealonga y ofrece un acceso alternativo, mucho menos concurrido, al extremo oeste de As catedrais. No obstante, el descenso es bastante más impactante por la escalinata que conduce al corazón del paisaje lunar de esta playa excepcional. Nosotros hemos tenido la suerte de poder disfrutar de la bajamar al amanecer y al atardecer, cuando la luz embellece todavía más las cautivadoras vistas.

puentesLos acantilados de cuarcitas y pizarras, cincelados por los movimientos tectónicos y la erosión marina durante millones de años, configuran un conjunto geológico que incluye paredes cóncavas y dentadas que se desploman sobre la playa, pedregosas y escurridizas grutas y arcos que desafían a ventiscas y marejadas. Recién replegadas las olas, la compacta y finísima arena, bruñida por la película de agua residual y los primeros rayos del sol, luce un tatuaje de acuáticos vasos capilares. De tanto en tanto, charcas de delicadas transparencias en las que han quedado presos pececillos, quisquillas y cangrejos. Sobre las rocas todavía húmedas, un tapiz de percebes, mejillones y lapas en los que se refugian pequeños crustáceos. Y a nuestro alrededor, esculturas pétreas que se disparan hacia el cielo y crean fascinantes juegos de sombras.

monjitasLa caminata por la playa de As Catedrais es un arrebatador ejercicio de observación, no solo geológico y faunístico, sino también sociológico: un pequeño grupo de monjas de alguna radiante congregación -sus hábitos son de un azul eléctrico reverberante- corretean apuradas sobre la arena dando pequeños brincos, como si llegaran tarde a maitines. Una de ellas se incrusta arácnidamente en el lateral de un promontorio y posa en plan Nosferatu mientras otra, vestida de negro ala de cuervo, la inmortaliza con su smatphone.

Más allá, un fotógrafo o un esnob, no sabría decirlo, pertrechado con una de esas cámaras-reliquia que ya nadie usa, muestra su irritación porque irrumpimos en el ángulo de visión de su objetivo. Madrugar para que turistas como nosotros arruinen tus planes resulta exasperante, pero pretender organizar una sesión fotográfica en pleno agosto es poco realista -por no decir inverosímil-. Entre tanto, no muy lejos de él, un promontorio muestra su perfil de moai de Isla de Pascua. Es tan instagrameable que los escasos visitantes que ya pululan por la playa están más preocupados por el encuadre y los filtros que por recrearse en los mil y un detalles de su pétrea figura. No somos nadie. Y sin las redes sociales, menos.

this is the endNos despedimos de As Catedrais a última hora de la tarde, antes de que se ponga el sol: el horario de las mareas de esta semana no nos da muchas más opciones para disfrutar de nuestra playa favorita con el tipo de luz que nos gusta. Aunque el mar se va retirando paulatinamente, lo perseguimos en su apacible retroceso para refrescarnos los pies y nos resistimos a abandonar ese conmovedor trocito de costa. Solo nos reconforta la certeza de que, cuando necesitemos una bocanada de aire fresco, nos trasladaremos mentalmente allí.

Rutas de España

Aunque salimos hacia León el sábado a las seis de la mañana, el repugnante calor atrapamoscas de Barcelona nos engulle sin piedad. Cualquier pausa durante el largo camino -Lérida, Zaragoza, Logroño- nos invita a soñar con un clima mejor. Entre tanto, miríadas de turistas ignífugos optan por nuestra viscosa ciudad como destino para sus vacaciones de verano. Para gustos, los calores.

Como llevamos demasiadas horas de conducción a cuestas, decidimos almorzar en Burgos. Tras peregrinar media hora a la búsqueda del restaurante ideal -el que no está cerrado por vacaciones no admite más reservas-, acabamos en Villalbilla con un chuletón de ternera fileteado -por el tamaño bien podría ser de mamut- que terminamos de asar en la parrilla que preside nuestra mesa. Pordiosquéhartura.

De camino a León nos saludan topónimos tan deliciosos como Villadiego, que forma parte de una de nuestras expresiones populares, Melgar de Fernamental, el primo burgalés de Galadriel o Boromir, Frómista, que suena a material de construcción, o Torneros del Bernesga, buen nombre para una saga novelesca o cinematográfica. En mitad del árido paisaje, prietos balines de paja salpican los campos como formidables terrones de azúcar y atestiguan que las mieses ya han sido segadas, mientras los agostados girasoles esperan, cabizbajos, a que los cosechen.

LeónLeón nos parece, desde nuestro subjetivísimo punto de vista, entre desvencijada e inquietante y tan acogedora como un puercoespín: abundan las fachadas alicatadas, la carpintería metálica y la decrepitud arquitectónica. Eso sí, el cogollo del centro histórico luce imponente, desde las extravagantes almenas de la casa de Botines, obra de Antoni Gaudí, hasta la soberbia Catedral de Santa María, la Pulchra leonina, cuyas arrebatadoras vidrieras góticas son, quizás, las más hermosas que haya contemplado jamás -con permiso de la Sainte-Chapelle de París-.Catedral

Horas después todavía perdura el hartazgo del patagruélico almuerzo burgalés, así que en Manjares de León ignoro los renombrados embutidos leoneses y selecciono algunas conservas de verduras asadas y frutas confitadas del Bierzo. Amo las tiendas de productos gourmet.

Suerte que el apartamento en el que nos alojamos está, cual Ricardo de las Cruzadas, en el corazón de León, y tardamos dos minutos en regresar a nuestro hogar provisional: nada nos apetece más que repantingarnos en casa para retomar nuestro periplo ibérico con energías renovadas.

CasaBotinesEl domingo a primera hora refresca. Nos arrebujamos, felices, en nuestras prendas, con el mismo placer que hemos experimentado mientras dormíamos cobijados bajo el nórdico. Las calles recién regadas e intransitadas -tan solo algún peregrino del Camino de Santiago- invitan a un último y vivificante paseo antes de partir.

AncaresNos separan dos horas y media en coche de Piornedo, una aldehuela perdida en mitad de la sierra de Ancares. Este macizo montañoso, declarado patrimonio de la biosfera por la Unesco, se desparrama entre León, Lugo y Asturias, ajeno a las fronteras que erigen los humanos. Nota mental: es un excelente lugar para disfrutar de asuetos estivales, ya que las caracoleantes y angostas carreteras son francamente disuasorias y la temperatura oscila entre los 10 y los 20 grados en pleno agosto. Adoro ese microclima otoñal.

Palloza1Rodeado de colinas verde esmeralda, Piornedo preserva una veintena de pallozas, esas viviendas de origen prerromano emparentadas con las casucas de los castros celtas. Son unas construcciones de planta circular u ovalada levantadas en piedra, sin más aberturas que su puerta de acceso y techadas con paja de centeno. Palloza2En las pallozas convivían familias y animales hasta no hace tanto: en Piornedo puede visitarse la Casa do Sesto, que estuvo habitada hasta hace 50 años.

Palloza3El restaurante y fonda del pueblo es la Cantina Mustallar, regentada por la misma familia que gestiona la palliza-museo. El menú del día es tan escueto como el diminuto comedor, pero casero, barato y muy rico: te dejan la sopera en la mesa y las patatas fritas de la guarnición de los segundos están cortadas a mano y fritas con cariño. El dulce de membrillo de mi postre gallego preferido me cautiva porque es frutal, un punto ácido y nada empalagoso. Sensacional.

RinloNos desplazamos hacia Rinlo, nuestro destino, por serpenteantes carreteras secundarias que se deslizan entre verdes paisajes que serenan el ánimo. Por fin, allá a lo lejos, divisamos el mar. En cuanto llegamos, la sorpresa: la casita que hemos alquilado está en el puerto, al lado del restaurante de la Cofradía de Pescadores. Qué felices vamos a ser aquí los próximos días, tan cerquita de esa fascinante costa rocosa, del mutante cielo atlántico, del embriagador olor del mar.