Lluvia de dólares sobre Reims

La Primera Guerra Mundial casi borra del mapa la ciudad de Reims. El 19 de septiembre de 1914, la estructura de madera de la catedral arde a causa del impacto de un obús alemán. El calor del incendio funde las 400 toneladas de plomo del tejado y las gárgolas escupen por sus fauces el metal colado, que cuando se solidifica se amalgama con la piedra. Durante los cuatro años que dura el conflicto bélico, unos 300 obuses estallan contra el calcinado templo y los bombardeos alemanes dañan buena parte de los edificios de Reims, aunque apenas perjudican las calles ni -importante en la capital del champagne– las bodegas ni las redes subterráneas.

Una vez finalizada la guerra, hay quien prefiere dejar en ruinas el amasijo de piedras y cenizas para convertirlo en catedral-mártir -el victimismo siempre cuenta con adeptos-, aunque por suerte son mayoría quienes prefieren que el templo gótico flamígero -más que flamígero, abrasado- recupere su magnífico esplendor.

Sin la intervención de dos grandes magnates estadounidenses, John Davidson Rockefeller Junior y Andrew Carnegie, la reconstrucción del templo arrasado y sus aledaños no hubiera sido tan rápida ni quizás tan llamativa. Es, tal vez, la enseñanza más relevante de la visita al Palais du Tau, que en su recorrido incluye un reportaje de la restauración de la vecina catedral: la exhibición del ajuar y la vestimenta relacionados con la coronación de los tropecientos reyes de Francia o el bautizo de Clovis me interesa más bien poco -por no decir nada-, y todavía menos los grimosos tapices y la exposición temporal con los horridibujos de Corinne Deville, cuyo único mérito fue ser la consorte de Jean Taittinger y la madre de sus hijos: aunque sus composiciones tienen cierta gracia, la técnica da vergüenza ajena. En fin.

Tras la devastación de la Grande Guerre, la restauración de Notre-Dame de Reims se inicia en 1919 y se prolonga hasta 1937, justo a tiempo para la Segunda Guerra Mundial -todo un detalle-. Antes de pasar por caja, Rockefeller pone como condición que el estado francés invierta una suma similar a la suya -llamadle quisquilloso-. El hijo del primer billonario estadounidense sufraga toda la reconstrucción del techo. En la excursión guiada a las torres -249 escalones de nada, atléticos que somos- puede apreciarse de cerca la magnitud de esos trabajos, liderados por el arquitecto Henri Deneux. En lugar de usar madera para los arcos que sostienen el tejado, se ensamblan piezas de hormigón armado numeradas para que no vuelva a hundirse la cubierta en caso de un nuevo incendio, pero también para abaratar costes -la postguerra encarece la madera notablemente- y porque, en caso de que haga falta alguna reparación, bastará con cambiar la pieza deteriorada. Esta novedosa solución arquitectónica es, además, más ligera que la antigua estructura de madera, por lo que se ejerce menos presión en el resto del edificio. Así que las sólidas entretelas de la catedral de Reims le deben mucho no solo a Rockefeller, sino también a la escuela de Chicago.  

Vale, la catedral derruida fue reedificada, pero, ¿qué pasó con las vidrieras? Aproximadamente la mitad de las que había quedaron pulverizadas. Qué dolor tan doloroso. La luz natural tamizada por los vítreos colores me conmueve hasta a mí, que soy una descreída. Me declaro devota de las vidrieras. O lo que es lo mismo, vidriófila.  

En plena guerra, entre bombardeo y bombardeo, algunas mujeres-urraca escarban entre los escombros a la caza de fragmentos, muy preciados para la creación de piezas de joyería. Entre tanto, el vidriero Jacques Simon, con la ayuda de los bomberos, va desmontando las vidrieras que desafían a los obuses y, al finalizar la guerra, las restaura y las instala de nuevo junto con su equipo, bajo la supervisión del ya mencionado Henri Deneux. A lo largo de los años se crean nuevas vidrieras, como las de Marc Chagall y Charles Marq, que visten la capilla axial desde 1974, o las del artista alemán Imi Knoebel, que en 2011 ilustra la reconciliación con Alemania -más vale tarde que nunca-.      

Muy cerca de ese santuario de la vida contemplativa y la fe que es la catedral de Reims, puede visitarse de manera gratuita ese lugar sagrado de la reflexión y el pensamiento crítico que es la Biblioteca Carnegie. En efecto, el otro mecenas que patrocina la restauración de la arrasada ciudad es Andrew Carnegie: la Fundación Carnegie para la paz mundial invierte 200 000 dólares de la época en la construcción de la nueva biblioteca municipal -en Estados Unidos, 2 500 bibliotecas públicas se apellidan Carnegie-.

Inaugurada en 1928, la Biblioteca Carnegie es una joya art déco que arrebata y enamora. Por lo menos a mí: en cuanto atravieso sus primorosas puertas de hierro forjado y entro, me teletransporto a Nueva York y me veo en el fascinante hall del Empire State. O en su azotea, contemplando el requeteprecioso perfil del Chrysler Building. Y eso que la zona de la biblioteca abierta al público es francamente diminuta. La recepción presenta un revestimiento de mármol verde y ónix blanco en el que destacan veinte pequeños mosaicos murales. En el centro, una fuente que simboliza el manantial de todos los conocimientos, ahora seca -qué curiosa metáfora-, coronada por una insólita lámpara obra de Jacques Simon -sí, el salvador de las vidrieras de la catedral-. Desde allí se accede a una salita para exposiciones temporales -ahora mismo, una muy friki, Du cabinet de curiosités à la chambre des merveilles-, a un cuartito para consultar las fichas de los libros, con sus archivadores originales de madera, y a la sala de lectura, con paneles y estantes de caoba, una cristalera cenital y tres vidrieras por donde se cuela la luz natural. J’adore!

Reims renació de sus cenizas literalmente, pero emerger de su crisálida fue un proceso largo, difícil y costoso. Por suerte, Rockefeller y Carnegie no fueron sus únicos mecenas: otras ciudades galas apadrinaron la reconstrucción, y las familias de los soldados estadounidenses muertos en Francia durante la guerra patrocinaron la edificación de un hospital pediátrico, el American Memorial Hospital.

Luego llegaría otra guerra, pero esa ya es otra historia.

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