Escapada conchícola

Amanecer sanjuanero. Nos levantamos de un salto con aquella ilusión: por fin, vacuna de Pfizer mediante, ¡nos vamos! Me pinto los labios con arrobo adolescente -en Francia ya se puede ir sin tapaboca por la calle- y guardo en el bolso una de mis mascarillas preferidas, la ocasión bien lo merece.

Mèze, un punto en el mapa. Atravesamos la frontera -no, los gendarmes no nos piden nuestros flamantes certificados digitales de vacunación- y en tres horas de coche nos plantamos allí. Ante nosotros, el étang de Thau y sus criaderos conchícolas, enfrente, Sète, y a nuestra espalda, un mar de viñedos. Nos arropan el sol mediterráneo, una brisa vivificante y una serenidad que parece brotar de entre las piedras. Qué a gusto se está en Mèze.

Callejeamos un poco por el pueblo y enseguida nos acercamos a Ostréisud, el criadero de bivalvos donde hemos reservado mesa para almorzar. Nos atiende un molusquero de edad indefinida, aspecto desaliñado y dulce mirada que enseguida nos acompaña a una tarima de madera sobre el agua. Las vistas son terapéuticas. El minúsculo comedero, un rincón entre los aparejos de faena cubierto por un toldo, luce un aspecto tan industrial que cualquiera diría que acaban de hacernos un hueco. Pregunto si podemos tomar una brasucade de moules, los célebres mejillones a la brasa, pero por lo visto solo la preparan por encargo, y para a partir de cuatro personas. La oferta de Ostréisud es minimalista: ostras y mejillones crudos o gratinados y tielle, una especie de empanada local rellena de pulpitos sofritos con tomate. Y vino y pan con mantequilla, claro. Me sorprende gratamente el postre, el mejor helado de melocotón de viña que haya probado jamás, porque sabe a fruta y no a azúcar, ¡qué hallazgo! Leo en el envase que está elaborado en el obrador de Maison Antolin, maestro artesano heladero de Boujan-sur-Libron. ¡Sensacional! Ya no tomaré otro postre mientras esté por aquí -es el helado recurrente en las cabañas de productores-.

A primera hora de la tarde llegamos a nuestro alojamiento, la Maison du Pêcheur, que se ubica en una coqueta calle peatonal de Mèze. Aunque habíamos reservado el pequeño apartamento de los bajos, la propietaria nos obsequia con una mejora más que notoria y nos instala en el luminoso dúplex de la planta superior. Nickel chrome! Tras cotillearlo todo -es un alojamiento sensacional- nos escapamos a la carrera hasta La Plagette de Mèze.

La fina arena brilla como polvo de oro bajo el agua, que está tan limpia que permite ver los pececillos que nadan por la orilla. Es una playa apacible, familiar, balsámica, que me recuerda a las de Tarragona: hay que caminar un buen rato para lograr zambullirse. Permanecemos ahí, sumergidos en ese líquido amniótico marino, hasta que nos sentimos limpios de inquietudes y desasosiegos.

El viernes por la mañana nos llegamos a Sète y nos horripila el denso tráfico y la multitud de humanos con que nos topamos, con razón hay quien le encuentra cierto parecido con Nápoles -no me busquéis allí-. Supongo que, viniendo de Barcelona, vamos más que sobrados de caos. Cuando logramos escapar de la ratonera, retomamos la senda de la tranquila placidez y nos dirigimos a Villeveyrac para visitar la Abbaye de Valmagne, una abadía cistercense del siglo XII que fue abandonada por los monjes benedictinos en 1789. Treinta años después, su primer propietario privado, que era viticultor, tuvo la ocurrencia de instalar unas enormes barricas de roble en las capillas de la nave, lo que seguramente evitó que el templo fuera reconvertido en cantera de sillares, como sucedió en tantas iglesias del norte de Francia. La insólita bodega funcionó hasta 1996.

Ahora se pueden apreciar los voluminosos barriles al iniciar el recorrido del conjunto abacial. En una de las paredes de la nave, nos arrebata una composición artística de un crucifijo con sarmientos, y nos cautivan también el claustro, la sala capitular y una fuente que no ha dejado de manar desde la época de los romanos. En su origen dedicada a Diana, los monjes la usaban para sus abluciones antes de cada pitanza, por eso el refectorio abre sus puertas frente a esta fuente.  

Aunque en la abadía hay un restaurante que ofrece platillos preparados con los productos ecológicos de su granja y su huerto, preferimos continuar con nuestra dieta a base de moluscos. En Coqui Thau, un productor de Marseillan, nos regalamos con un soberbio homenaje que incluye sus ostras a la Nino, con un aderezo exquisito que, explican, les enseñó un amigo alicantino, su brasucade de moules, cuyo aliño provenzal es simplemente insuperable, y un par de botellas de Domanine La Grangette Picoti Picota, un piquepoul rosado cuyo efecto inmediato es una cabezadilla de más de tres horas. Suerte que nuestros ágapes siguen el horario francés y a pesar de la siesta nos queda tiempo para bañarnos en la playa y pasear por Mèze.

Los sábados por la mañana hay mercadillo en l’Esplanade, delante de Les Halles. Es un rastrillo desconcertante donde se vende ropa disforme de segunda mano y todo tipo de enseres usados y feúchos. Me pregunto quién comprará algo que yo iría a depositar al punto de recogida del ayuntamiento, aunque también reflexiono que quizás mis hijas darían con algún chollo que en su cuerpo luciría como una pieza vintage y en el mío como la bata de Doña Rogelia. En fin.

Antes de abandonar nuestro alojamiento nos damos un último y sedante baño en La Plagette. La verdad es que nos quedaríamos una semana más, nos han faltado días para seguir relajándonos y continuar recorriendo los alrededores.

Nos despedimos del mar interior de Thau en La Cabane de Marseillan. Aunque nuestro productor preferido es Coqui Thau, en este comedero de moluscos podemos presenciar cómo se prepara la brasucade de moules. El cocinero vierte algunos kilos de mejillones sobre una plancha que se calienta con fuego de leña y los moluscos se van cociendo en su propio jugo, lentamente -el proceso dura una media hora-. Al cabo de un buen rato, va rociando los bivalvos con una gran jarra llena de agua de mejillones. Cuando él considera que ya están en el punto necesario, agarra la plancha con sus brazos de Aquiles y vierte el caldo de la plancha en la jarra que usará en la siguiente brasucade. El toque final es el aliño, en el caso de La Cabane, un sofrito de limón, cebolla y ajo. Cuando los mejillones están a punto, reparte el contenido de la plancha en cazuelas individuales de un kilo y los camareros las sirven enseguida. Los mejillones quedan jugosos pero sin nadar en líquido, y muy sabrosos. Bon appétit!

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