Museo Leonardiano de Vinci

44.VinciA Leonardo le nacieron en Vinci –no está claro si en el castillo de su familia paterna o en una casa de Anchiano, a 3 km de allí-, una apacible aldehuela toscana cuyo mayor mérito es que la joven campesina Caterina pariera allí al hijo ilegítimo del acaudalado notario florentino Ser Piero Fruosino di Antonio. Gracias al poder adquisitivo de su progenitor, que reconoció en él un portentoso talento, pudo ingesar como aprendiz en el taller del artista florentino Andrea Il Verrocchio. Permaneció luego 17 años en la corte milanesa de Ludovico Sforza en calidad de pinctor et ingenierius ducalis. Tras dos breves estancias en Mantua y Venecia, regresó a Florencia y posteriormente fue alternando la capital de Toscana con Milán. Sus útimos años trascurrieron en el Vaticano y en Francia, donde dispuso ser enterrado. Enumero todos los lugares donde se desempeñó Leonardo para reflexionar sobre el escaso –o nulo- interés de que hubiera nacido en Vinci o en San Quirico d’Orcia y la ecasa –o nula- querencia que mostró por su ciudad natal. Paradójicamente, lo que expone el Museo Leonardiano de Vinci se refiere, fundamentalmente, a todo lo que su inquieta mente ideó bastante lejos de allí. En fin.

Aunque en su época fuera principalmente valorado por su obra pictórica, hoy todavía asombra la ingente producción del protípico hombre del Renacimiento en ámbitos tan variados como la arquitectura, la biología, la cartografía o la ingeniería. Es justamente a su faceta científica a la que está dedicado el recorrido expositivo del Museo Leonardiano de Vinci, que se desarrolla en tres inmuebles diferentes. Bueno, en realidad en dos, porque la presunta Casa Natal de Anchiano, aparte de estar ubicada en un lugar muy agradable, carece de interés: no aporta nada que no pueda encontrarse fácilmente en estudios de referencia.

foto_vinci_131En la Pallezina Ucelli se presentan algunas máquinas de construcción, haciendo especial hincapié en la cúpula de la catedral de Santa Maria dei Fiore de Florencia, obra de Brunelleschi en la que colaboró Leonardo cuando era aprendiz de Andrea Il Verrocchio. En la sección dedicada a la producción textil se explica que la hiladora proyectada por Leonardo, cuya reconstrucción se expone en el museo, se basa en la rueca con huso de aleta. Otros avances relacionados con la manufactura textil son diferentes dispositivos de corrección de incidencias, uno de los aspectos que obsesionaban a Leonardo por su pertinaz perfeccionismo.

vuelaLa segunda parte del trayecto leonardino continúa en el Castello dei Conti Guidi, donde se hace un repaso a otras vertientes del sabio del Cinquecento: una lira construida a partir de unos textos de Vasari nos acercan al músico y lutier, otra sala nos habla de su vertiente como ingeniero militar, y otra más de su afición a mecanismos tan ingeniosos como un dispositivo antifricción, mutte, para el campanario de la catedral de Saint-Étienne de Metz, algunas de sus mejoras para ruedas dentadas y maquetas de sus artilugios voladores. Un higrómetro, un inclinómetro, un anemómetro a láminas y un medidor de la velocidad del viento o del agua son algunas de sus originales invenciones para medir elementos atmosféricos y determinar mejor las posibilidades de éxito del hipotético vuelo humano al que tanta energía destinó. Su cerebro vasto y portentoso se desplegaba en los mil y un detalles de cada propósito que se marcaba, a fin de que no hubiera margen de error. Así es cómo funcionaba su mente. Esa obcecación en su búsqueda de la perfección le convirtió en un experto de tribología: siempre tenía en cuenta la fricción para predecir el comportamiento de las ruedas, los ejes y las poleas de sus aparatos, ya que sabía que limitaban su rendimiento.

motor-vinciEn el piso de arriba se muestra un cabrestante florentino del siglo XVII o XVIII y una reproducción de la grúa de linterna de plataforma anular de Bonaccorso Ghiberti, que ayudan a comprender mejor la construcción de la linterna que culmina la cúpula de Brunelleschi. En la sección automoción pueden verse un modelo de bicicleta atribuido a un discípulo de Leonardo, Gian Giacomo Caprotti, alias Salai, y el protopipo de un motor de autopropulsión, aunque se sospecha que más bien se trata de un automatismo creado para representaciones teatrales. Más adelante se pueden apreciar una recreación de la escafandra ideada por Leonardo, una máquina para pulir espejos y estudios anatómicos sobre el ojo humano que le llevaron a interesantes conclusiones sobre óptica, como la cámara oscura. El último tramo del itinerario está destinado a las norias que Leonardo diseñó para que funcionaran como motores de embarcación. Si todavía no se hubiera inventado la rueda, seguro que hubiera sido capaz de imaginarla.

Al finalizar el periplo museístico leonardiano me pregunto qué hubiera pasado si, en lugar de patrocinar sus dotes artísticas, los nobles de la época se hubieran dedicado a financiar sus inventos. Quizás ciencias y humanidades hubieran discurrido en paralelo y en armonía y el mundo sería hoy un poco mejor. O tal vez no, las ciencias hubieran tomado protagonismo de manera más temprana y ya ni tan siquiera existiríamos.

En cualquier caso, qué personaje tan fascinante fue Leonardo da Vinci.

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Île de Ré

Qué añorado placer empezar la jornada con unas tostadas de pan, calentitas y acabadas de hacer, untadas con nuestras queridas rillettes de poulet. J’adore! Recién levantados, la calefacción radial de nuestro alojamiento invitaba a pasear descalzos por casa y a saborear los primeros minutos del día con perezoso regocijo.

Las subidas y bajadas de la marea son fenómenos que, a gentes mediterráneas como nosotros, nunca deja de admirarnos. Esta mañana plúmbea y encapotada, de camino a la Île de Ré, las barcazas embarradas en el lodo de los canales desnudos dibujaban un fantasmagórico paisaje lunar.

A la Île de Ré se accede, o bien por mar, o bien atravesando en automóvil el Pont de Ré, para lo que es necesario abonar un peaje de 8 euros en temporada baja, 16 a partir del próximo fin de semana. También se pueden recorrer sus 3 kilómetros en bicicleta o paseando.

Lo que hoy se conoce como Île de Ré fue en otro tiempo un archipiélago con cuatro islotes, Les Portes, Ré, Loix y Ars-Saint Clément. No obstante, la naturaleza, voluble y caprichosa, se encargó de aglutinarlos a todos en una misma ínsula. La islilla es un pequeño reducto de mediterraneidad que emerge de entre las aguas del Atlántico frente a la costa de La Rochelle. Por su superficie –unos 85 km cuadrados de extensión- se dispersan, como coquetas sirenas de escamas carmesí, blancas casitas con tejados a dos aguas, rodeadas de plácidos viñedos, reverberantes salinas y reminiscencias provenzales de pino y romero. Buena parte de su encanto radica en que ha sabido preservar su esencia a pesar de las hordas de turistas que la asolan cada verano. O quizás también gracias a ellos: los precios en temporada alta -y no tan alta- son desorbitados.

Île de Ré se recorre con facilidad a través de una carretera perimetral que atraviesa sus pintoresas poblaciones. Si se decide tomar el camino a la derecha según se deja atrás Rivedoux-Plage, merece la pena detenerse en La Flotte, pasear por los muelles de su puerto diminuto y asomarse a su mercado cubierto de inspiración medieval.

12.Burros_peludos.jpgMás adelante se alza la localidad más señorial de la isla, Saint-Martin-de-Ré, inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO –ahora que lo pienso, quizás la monumental estupidez humana también debería figurar allí-. Nos han dado la bienvenida unos rucios de la peluda raza autóctona, improbables descendientes del burro Platero y el wookiee Chewbacca.

El perímetro fortificado de Saint-Martin-de-Ré es obra del ingeniero militar Sébastien Le Prestre, Marqués de Vauban, el mismo que edificó las murallas de Mont-Louis y Villefranche de Conflent, en la Cerdanya francesa. En todas sus construcciones su técnica es siempre la misma: adaptar cada ciudadela a la particular orografía y desarrollar un proyecto defensivo imbatible. Vauban se convierte, en meteórica carrera, en la estrella arquitectónica belicosa de Luis XIV y se dedica no solo a diseñar fortalezas, sino también a mejorar las que le parecen frágiles. Todo un personaje, el señor Vauban.

De camino al Phare des Baleines desde Saint-Martin-de-Ré merece la pena hacer otra pausa en Ars-en-Ré, una pequeña aldea que invita al paseo por sus zigzagueantes callejuelas y en cuya iglesia se congregaba hoy una pequeña multitud de lugareños para escuchar misa. Aunque el templo en sí carecía de interés –lo hemos visitado a petición de Mariola, que nos ha salido un poco mística-, escuchar salmos y cánticos en francés ha sido una experiencia atómica.

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En el último extremo de la isla, oteando el horizonte desde su ojo ciclópeo, el Phare des Baleines es lo que se denomina un faro de aterrizaje, porque facilita el acceso de las embarcaciones al puerto de La Rochelle. O sea, como una torre de control, pero en versión Fresnel. Lo explica muy graciosamente uno de los vídeos que se proyectan en la vieja torre de vigía. Porque, en realidad, el Phare des Baleines son dos: la torrecilla levantada en 1682 por orden de Jean-Baptiste Colbert y bajo las directrices de Vauban con el objetivo de defender el puerto militar de Rochefort -el mismo que hoy alberga un simpático museo destinado al público infantil, ¡si Vauban levantara la cabeza!-, y el faro de 57 metros –madremíaquéagujetas- erigido en 1849. El nombre les viene de las manadas de cetáceos que se acercaban por allí cuando aún no estaban en peligro de extinción y cuya grasa se utilizaba, entre otras cosas, para alimentar la luz de ambos faros.

Regresando por la carretera de circunvalación se llega, tras atravesar la apacible villa de La Couarde-Sur-Mer, a Sainte-Marie-de-Ré, la que quizás es la villa más prototípicamente francesa de cuantas tapizan la isla.

Hoy hemos almorzado los primeros moules-frites de nuestra estancia, en parte porque siendo domingo, y además en la carisísima Île de Ré, era la opción más económica para nuestro almuerzo familiar, pero sobre todo porque nos encantan estos sabrosos moluscos. Nos ha acabado de convencer un menú de cazuelita de mejillones más Pelfort Blonde muy tentador. Yo he optado por los mejillones al roquefort –soslayando mi colesterol hostil- y lo cierto es que estaban exquisitos, cocinados en su propio jugo, con un poco de cebolla tierna y el queso sin más –o sea, sin la pertinaz crema de leche de la que tanto se suele abusar en la cocina gala-.

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Ya de regreso a nuestro confortable hogar charentés, hemos disfrutado de una agradable caminata y hemos aprovechado para comprar en la tienda del Restaurant Le Cayenne algunos bulots ya cocidos –tiernos y en su punto- y una botella de Pineau des Charentes para el aperitivo previo a nuestra cena. Tal vez Île de Ré es más glamurosa y renombrada, pero no la cambiaríamos por nuestro rinconcito de Marennes por nada del mundo.

El parque faunístico de Lacuniacha

A petición de Ángela hoy hemos abandonado el Sobrarbe y nos hemos adentrado por unas horas en la Jacetania. Hemos atravesado el túnel de Cotefablo y el río Gállego para acercarnos hasta Piedrafita de Jaca a visitar el parque de Lacuniacha, tremendo palabro que usaban los lugareños para referirse a la laguna natural que antaño cubría lo que hoy es un prado de bisontes. Me imagino el diálogo durante el que se gestó:

-Pero hijo mío, ¡cómo te has puesto de barro los zaragüelles!

-Es que he estado persiguiendo ranas, mamá…

-¡Pues no te acerques más a la lacuniacha esa, que todavía no se ha inventado la lavadora!

Lacuniacha es un monte boscoso tapizado de helechos donde los animales -desde grandes herbívoros como corzos, muflones o renos hasta predadores como linces y lobos- campan bastante a sus anchas, cada especie en su perímetro delimitado, aunque está a años luz del maravilloso parque de Cabárceno, en Cantabria. Los visitantes siguen un itinerario pautado a través de una senda no apta para sillas de ruedas ni carritos de bebé: el firme es suelo pedregoso y algunos tramos son muy empinados. Aunque advierten que se necesitan unas tres horas para recorrer todo el recinto, sin peques de corta edad bastan dos horas y media para completar el circuito.

gamos1En Lacuniacha hemos comprobado de primera mano que las manchas blancas del pelaje de los gamos, que desaparecen en cuanto llega el invierno, les ayuda a camuflarse mejor: imitan el juego de luces y sombras que filtran las hojas de los árboles en el sotobosque. Mientras los observábamos, las blancas pestañas de una frágil hembra albina aleteaban lánguidamente.

A veces las reservas de animales creadas por el hombre son el último reducto para intentar salvar algunas especies. El lince boreal –qué hermoso su felino movimiento- es una especie en peligro de extinción, lo mismo que el oso pardo europeo –en el Pirineo ya ha desaparecido, tan solo sobreviven algunos ejemplares en Cantabria y en Escandinavia- o el lobo. Que, por cierto, es el único enemigo natural de los poderosos ciervos –escopetas de cazador aparte-. De hecho, hubo un tiempo en que los antecesores de nuestros perros se alimentaban de los cérvidos más viejos y de los más débiles, con lo que ayudaban al equilibrio del ecosistema y a fortalecer la especie.

La zona más elevada del parque faunístico es el mirador de Telera, al que se asciende por una cuesta muy pronunciada. Un agradable banco de madera, al cobijo de un frondoso pino, permite tomar aliento antes de retomar el recorrido.

Un poco más allá, andaba yo tan concentrada en fijar los ojos entre la maleza para distinguir a los animales que, sin darme cuenta, he pisado una babosa –había muchas, quizás por la lluvia de ayer-. Ángela ha tenido un pequeño disgusto porque las encuentra muy monas –qué niña tan friki-, a ver si le va a dar por adoptar una y traérmela a casa, con el asco que me dan.

cabra_montesaMientras se desarrollaba nuestro pequeño drama familiar, un paseante un poco despistado ha confundido una cabra montesa con un rebeco. Ya puestos, como el animal se había encaramado a una roca, lo mismo podría haber pensado que era la cabra de la legión –que tampoco es una cabra y en realidad es un carnero-. En fin.

Más adelante, desde el mirador que hay encima de la pradera de los bisontes europeos, hemos podido contemplar una radiante panorámica de la sierra de Tendenera. Sí, la misma que enmarca el valle de Otal, pero desde el otro lado. Hoy parecía que las nubes brotaran del pico de Peña Blanca.

caballos2A partir de ese punto, ya hemos empezado a bajar. Y entonces, sí, hemos podido contemplar, por fin, los hermosos caballos de Przewalski, extintos en estado salvaje desde 1970. No obstante, gracias a que se conservaban algunos ejemplares en cautividad, han podido ir reintroduciéndose de nuevo en su hábitat natural, las estepas de Mongolia, aunque el mayor peligro que corren es su hibridación con caballos domésticos.

El recorrido de Lacuniacha finaliza con la guarida de los lobos, unos animales fascinantes, sociales y monógamos: en época de celo el macho corteja a la hembra y, si ella lo acepta, permanecen juntos para siempre. “Claro, por eso los hombres-lobo solo se enamoran una vez en la vida”, ha reflexionado Ángela al saberlo. Mis dos hijas están ahora en plena fase de películas y novelas pobladas de seres fabulosos. No obstante, ahora mi cachorro mayor ha empezado a leer “La sombra del viento” de Carlos Ruiz Zafón, por su propia iniciativa. Cuánto me conmueve verla crecer.

Valle de Otal

Esta mañana las niñas de nuestros ojos han preferido quedarse en casa remoloneando, así que nos hemos ido solos a hacer nuestra expedición al valle de Otal. Un vericueto parte de Oto hacia allí en un trayecto que, según las indicaciones, recorre unos 11 km montaña arriba y dura aproximadamente 5 horas –qué cálculo tan optimista-. No lo hemos tomado porque esa opción nos resulta del todo inverosímil, sin embargo lo indico por si algún aficionado al senderismo se ve capaz de tamaño logro. Nosotros, desde luego, no: nos hemos desplazado en coche hasta San Nicolás de Bujaruelo para emprender nuestra excursión desde allí.

El paraje se veía bastante solitario cuando hemos llegado al Refugio de Bujaruelo, a excepción de los campistas, que empezaban a asomar desde sus tiendas. Mientras desayunábamos para tomar fuerzas, las simpáticas chicas que nos han atendido en la barra nos han confesado que hoy habían abierto incluso un poco antes, a las siete menos cuarto, a petición de un grupo de 40 personas. No les quedan habitaciones libres hasta septiembre.

Para el primer tramo hacia Otal hemos optado por la vereda que orilla el Ara por su margen derecho hasta el puente de Oncins: es más placentero que la pista forestal que hemos enfilado desde allí. Llegar desde el refugio hasta la entrada del valle de Otal nos ha tomado una hora larga. Aunque el recorrido se hace un poco pesado por la pendiente, el camino es bastante fácil y las vistas son magníficas, de modo que es apto para familias con niños con ganas de disfrutar de la jornada en un lugar idílico y poco concurrido.

61.OtalLa entrada al valle glaciar está cercada. Se accede por una puerta metálica que indica que debe permanecer siempre cerrada para que no se escape el ganado: en la vaguada enseguida se divisa una pequeña multitud de reses pastando apaciblemente, con las moscas incordiando, pertinazmente acechantes y adheridas a sus afables ojos –qué bichejos tan impertinentes-.

Para atravesar el circo de Otal de extremo a extremo por la misma pista forestal, desde la entrada al valle hasta los pies de la sierra de Tedeñera, se necesita poco más de media hora. Además de gozar del espléndido paisaje, durante el paseo podemos detenernos a observar unas lindas estrellas lilas de seis pétalos que brotan a ras de suelo y tapizan el pasto. Son las merenderas, unas florecillas típicas de los prados de montaña frecuentados por rebaños.

66.Otal6Al fondo del valle, el río Otal cae en pequeña cascada sobre una poza de aguas límpidas en la que apetece sumergirse para refrescarse un poco, aunque nosotros nos hemos conformado con remojarnos hasta la rodilla y lavar la fruta fresca que llevábamos como tentempié. Más arriba, una senda de vacas conduce al cercano valle de Ordiso, pero hemos desestimado la opción porque ya nos dábamos por satisfechos con lo recorrido hasta allí y tampoco nos podíamos demorar tanto: nuestros cachorros nos esperaban para comer.

Ya de regreso, ante la multitud de paseantes que habían tomado el Refugio de Bujaruelo, hemos hecho una breve pausa en Torla para regalarnos un merecido y frugal aperitivo. Aquí me estoy aficionando al vermú casero, que siempre apetece. ¡Salud!

Valle de Bujaruelo

Lo bueno de madrugar un poco es que no solo soslayas el calor que impide disfrutar al 100% de la caminata, sino que también te beneficias del raro privilegio de gozar del entorno prácticamente en solitario –eso sí, las moscas nunca te abandonan-. Así se aprecia todavía más la obligada siesta, un tesoro mediterráneo que en casa preservamos con auténtico fervor.

Hoy nos hemos levantado sobre las siete y nos hemos acercado a desayunar a Torla, la bonita población desde donde parten los autocares que llevan al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido –en temporada estival no se puede acceder allí en vehículo particular por la elevada afluencia de visitantes-. Un poco más arriba de Torla se unían las masas de hielo que desdendían desde Panticosa, Tendenera y Ordesa y alimentaban la lengua glaciar que formó con el devenir del tiempo el valle del Ara. Singular paisaje el de estos pagos.

1.CaminoBujarueloHay vida más allá de Ordesa. Cuando dejas atrás Torla y atraviesas el puente de los Navarros, la entrada al renombrado parque queda a la derecha, pero a la izquierda empieza la pista forestal que conduce al valle de Bujaruelo. A fin de explorar un poco la frondosa hondonada de jugosos pastos nos hemos adentrado en esta estrecha vía rápida a bordo de nuestro vehículo. Por suerte, a esas horas de la mañana no nos hemos cruzado con demadiados automóviles en dirección contraria: hay tramos francamente complicados.

Hay otra opción mucho más bucólica para alcanzar San Nicolás de Bujaruelo. El camino de La Escala, una senda que orilla el río Ara, lleva desde el puente de los Navarros hasta el de los Abetos, y desde allí otra vereda para andarines entrenados, el camino del Cobatar, serpentea entre los árboles hasta San Nicolás de Bujaruelo. Este era el atajo que utilizaban los aguerridos habitantes del valle, que se plantaban en San Nicolás de Bujaruelo en poco más de tres horas.

En la plana de San Nicolás de Bujaruelo se extiende el camping de ese mismo nombre, cuyo aspecto de terreno de acampada libre lo convierte en paraíso montaraz y objeto de deseo de familias neohippies y jóvenes aventureros –seguro que en invierno regresan con sus tablas de snowsurf-. Allí tienen muy a mano el río, los servicios que necesitan y un acogedor refugio donde, por primera vez desde que estamos aquí, nos han atendido con una sonrisa: los sobrarbenses exhiben, por lo general, un carácter tosco y adusto.

2.PuenteSan Nicolás de Bujaruelo es el páramo donde se erigió el antiguo hospital de viajeros y peregrinos que le da nombre, construido en el siglo XII por la Orden de San Juan de Jerusalén. En 1795 tropas francesas en retirada tras la Guerra contra la Convención –también conocida como de los Pirineos y en catalán como Guerra Gran- provocaron un incendio que lo redujo a escombros. Hoy los únicos vestigios que perduran del desaparecido conjunto arquitectónico son los restos del ábside de la ermita y el puentecillo de un ojo sobre el río Ara.

3.BunkerAtravesando ese puente medieval –de los pocos que quedaron en pie tras la Guerra Civil-, una ruta ornitológica invita al tranquilo esparcimiento. A mano derecha, nada más empezar el camino, un diminuto búnker que parece la guarida de un hobbit recuerda la extravagante pretensión del pequeño guardián de las españas: en los años cuarenta del siglo pasado hizo construir tales refugios militares, la denominada “Línea P” –comparada con la Línea Maginot es de risa-, para blindar la frontera con Francia contra posibles invasiones enemigas. Como si a algún europeo le importara entonces lo que pasara en este lado de los Pirineos. Claro que ahora viene a suceder lo mismo. En fin.

Llegados al puente de Oncins hemos atravesado el río Ara para regresar a San Nicolás por el otro camino, aunque al ser una polvorienta pista forestal el recorrido no es tan placentero. A 200 metros del mencionado puente, la fuente de la Femalla permite rellenar las cantimploras con agua de deshielo, así como lavar las refrescantes piezas de fruta que hacen la marcha bajo el sol más llevadera.

4.AguasUn poco más abajo no hemos permitido, a modo de solaz, sumergir los pies en las gélidas aguas, aunque no hemos resistido más allá de los 10-12 segundos por inmersión, tal es la intensidad del frío, que se clava en la piel como afiladas agujas de faquir.

Tan limpia y transparente se veía el agua que podríamos habérnosla bebido de un sorbo. Pero mejor una copita de vino del Somontano durante la cena, ¿verdad?

Cumplir años al borde del mar

Cada familia es un pequeño microcosmos que comparte rituales propios que forman parte de su cotidiana intimidad. En casa tenemos una costumbre muy nuestra: cada vez que uno de nosotros suma un año más, sus deseos se cumplen sin rechistar. Incuestionablemente. Y, a poder ser, con una sonrisa. Esa es la idea.

Hoy, 14 de agosto, me he pedido pasar el día en Camaret-Sur-Mer y un trocito de esa península quintaesencia del paisaje bretón llamada presqu’Île de Crozon, que forma parte del Parc Naturel Régional d’Armorique y también del Parc Naturel Marin d’Iroise, aunque a los fondos marinos ni nos hemos acercado -no, todavía no me ha dado por el submarinismo, por-dios-qué-angustia-.

Camaret-sur-Mer es una pequeña población costera que existe prácticamente desde siempre. Los menhires que pueden visitarse en Lagatjar fueron levantados hace miles de años, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo en la datación: hay quien conjetura que se remontan al año 2.500 aC, pero también quien argumenta que fueron los celtas quienes los levantaron. Los celtas, efectivamente, habitaron estas tierras en el siglo X aC –ya nos vamos acercando un poco- y practicaban una religión animista cuyo epicentro era el culto a los difuntos. Luego, durante la época galo-romana, la cristianización adaptaría las creencias populares celtas a su liturgia –adaptarse o no prosperar, esa era la cuestión-. Ello no impidió que quedara un interesantísimo sustrato de ritos ancestrales que forman parte de la cultura bretona.

Hoy Camaret-sur-Mer invita al visitante a un agradabilísimo paseo por el muelle que orilla su puertoBarco hasta Le Sillon, el espigón al final del cual se levantan la Tour Vauban –una torre defensiva que figura en la lista de Patrimonio mundial de la UNESCO, en estos momentos cerrada por obras de recuperación- y la acogedora y marinera Capilla de Nuestra Señora de Rocamadur, a cuyos pies yacen, como una sombría metáfora de quienes perecieron a causa de incontables naufragios, algunos navíos de oxidado esqueleto, Camareteternamente varados en el cementerio marino. La marea baja nos ha permitido pasear por el embarcadero desaguado junto a estos desvencijados navíos y más allá, muy cerca de las voraces gaviotas, que picoteaban infatigablemente sobre las algas y la arena, en busca de alguna almeja o algún mejillón.

Todo cumpleaños se merece un pequeño homenaje gastronómico –por lo menos en nuestra casa-, y el mío ha sido una marmita con mejillones, almejas, cigalas, gambas, langostinos, bulots –el caracol de mar francés- salmón, bacalao y hasta langosta. De postre, fresas de Plougastel –sabrosísimas- con chantillí. Y no me refiero al espeluznante engendro que se vende por las españas en formato spray, sino al de verdad, casero y exquisito. Mariola, nuestra pequeña gourmet, ha escogido sopa de pescado y un buey de mar gigantesco del que, no obstante, ha dado buena cuenta.

Camaret_aacantiladosLuego, claro, había que ir a patear un poco para bajarlo todo. Pero opciones no nos faltaban. Saliendo de Camaret-sur-Mer se llega a la Pointe de Pen-Hir y sus Tas de Pois –así se llaman los peñascos que sobresalen del mar ante el gran saliente-, desde donde se disfruta de unas vistas impresionantes sobre la bahía de Brest, a pesar del Monumento a los Bretones de la Francia Libre, un crimen escultórico inaugurado por De Gaulle que distorsiona las idílicas vistas con su aberrante presencia. En la Pointe de Pen-Hir los acantilados son tan altos que un letrero indica que no se moleste a los escaladores, quienes se han adueñado del lugar –con permiso del inevitable enjambre de turistas- para descender y trepar los 70 metros que separan las borrascosas y evocadoras cumbres de las procelosas aguas del Mar de Iroise.

Unos kilómetros más hacia el sur por la costa desde CamarePlaya_Camarett nos topamos primero con la extensa playa de la cala de Dinan y, más adelante, atravesando las pintorescas poblaciones de Kergonan y Dinan –una pequeña aglomeración de preciosas casas de piedra bretonas, con la cuidada carpintería pintada en blanco o azul-, la Pointe de Dinan, un fabuloso promontorio desde el que se contemplan, a la derecha, la Pointe de Pen-Hir, y, a la izquierda, el Cap de la Chèvre, que recorreremos en una próxima ocasión, hoy no podíamos pedirles más a nuestras adolescentes hijas. Ni siquiera yo.

Todavía me quedaban algunas horas de efímero reinado, así que esta noche he soplado las velas de mi delicioso pastel de albaricoque y pistacho gracias a la repostería casera de Ti-Forn –la mejor panadería y pastelería del mundo mundial está en Audierne-. Como siempre, mi deseo ha sido que seamos muy, muy felices. Y lo cierto es que, por ahora, lo somos.

Salitre, crêpes y arces japoneses

Hortensia_trepadoraEsta mañana, nuestra hija mayor, Ángela, nos ha propuesto visitar el Parc Botanique de Cornouaille de Combrit. A todos nos ha parecido muy buena idea, así que hemosCipres_tibet podido disfrutar de un encantador espacio repleto de hortensias de mil y una variedades -incluso una trepadora-, camelias, rododendros y frondosos árboles de todos los rincones del mundo, entre ellos, un espectacular magnolio de Maryland, una secuoya, un sinfín de arces japoneses –son preciosos, dan ganas de escaparse al país del sol naciente para verlos en su hábitat natural- y un curioso ciprés del Himalaya, que es como un sauce llorón, pero con hojas de ciprés. Hemos descubierto que los pobres eucaliptos sufren, como los humanos, el efecto estrías: su corteza no soporta su rápido desarrollo, por lo que se quiebra y se cae a tiras.

En el maravilloso y tranquilo parque arbolado –hemos estado allí prácticamente solos- se puede pasear, además, por un Estanqueplácido jardín acuático, donde hemos aprendido que la sombra de los nenúfares frena el desarrollo de las algas de los estanques, así que las ninfáceas vienen a ser como un alguicida natural. Y que el bambú, capaz de crecer a una velocidad prodigiosa, lo mismo sirve para hacer con él una silla, que para levantar la pared de una choza, que para hacer pasta de papel, y también para tomarlo guisado, claro. ¡Quien tiene un bosque de bambú, tiene un tesoro!

Y quien tiene púberes en casa, tiene que estar preparado para dos episodios muy frecuentes: modo adolescente agresivo, “el mundo contra mí” (su versión suave, “hoy no os soporto”, cambia los ladridos por una ostentosa indiferencia y/o una sordera selectiva), y modo adolescente lelo, “voy a taladrarte tanto que tendrás ganas de estrangularme”, con sutiles variaciones entre la risa tonta incontrolada, la canción enervante, los movimientos y/o grititos inverosímiles o todo a la vez. Una vez que te queda claro que existe la posibilidad de uno de esos brotes adolescentes en cualquier momento, te vuelves más precavido. E intentas adaptarte a sus caprichosos deseos por puro instinto de supervivencia –más que la tuya, la de tu cachorro-.

Odio las crêpes. Me parecen absurdas, insípidas y aburridísimas. Y a mi marido, otro tanto. PeBrittro Ángela quería, sí o sí, comer en una crêperie. Así que, puestos a sufrir, hemos escogido la que recomendaba nuestra guía, La Crêperie Bigoudène de Pont L’Abbé. Hemos callejeado por esta tranquila población cuando la marea estaba baja, así que hemos aprovechado para observar detenidamente esas quillas clavadas en la arena todavía húmeda, como si alguien hubiera quitado el tapón de la bañera sin avisar. La Crêperie Bigoudène cumple con los requisitos paradigmáticos del imaginario creperil: decoración típicamente bretona, música celta, crêpes bien elaboradas y una sempiterna sonrisa para atenderte. Yo he escogido la reina de la casa, con vieiras y puerros, y luego, de postre, una crêpe flambée de banana. Lo mejor, la cerveza local que nos han propuesto, Britt Rousse. Ya está. Ha sido un acto de amor para con una de nuestras hijas adolescentes. La mayor de ellas. Porque tenemos dos. Así que más tarde tendría que llegar, necesariamente, el momento de Mariola.

Nos hemos acercado a Île-Tudy, una lengua de tierra que se adentra en el mar repleta de abigarradas casitas construidas de espaldas al litoral –unas tipo pennti, otras nuevas- que, no obstante, guardan cierta armonía en su ecléctica diversidad. Están todas muy juntas, casi amontonándose, porque, además del poco espacio disponible, los vientos que soplan son tan fuertes, que se protegen las unas a las otras –en invierno tiene que ser un lugar francamente hostil-. Por su inusual disposición, podríamos decir que es un núcleo urbano-refugio: aunque ahora es una península gracias al Dique de Kermor, que se construyó a mediados del siglo XIX, Île-Tudy había sido una isla muy expuesta a las adversas condiciones climatológicas y, siempre que había temporal, se cubría de arena y agua salada.

Un transbordador une Île-Tudy con Loctudy, renombrado puerto pesquero, que por mar dista unos cinco minutos, pero por tierra obliga a dar un rodeo dFaroe 17 kilómetros. El asequible precio del billete de ida y vuelta -3 euros los adultos y 2 los niños- y la corta duración del trayecto, apto para quienes son propensos a los mareos, hacen que sea una muy buena opción para atravesar la ría en familia bajo la atenta mirada de La Perdrix, un faro que viste un elegante traje de tablero de ajedrez. Así que Mariola también ha podido vivir su momento loco de cachorrillo feliz.

Ya de regreso a casa, nos hemos detenido en La Maison du pâté Hénaff, no por sus productos porcinos, sino porque es la única marca que conocemos –y ya hemos probado unas cuantas- cuyas rillettes de poluet en conserva pueden compararse a las que tomamos cuando estamos en Francia. He estado a punto de padecer un vahído: las fétidas axilas de algunos nauseabundos lugareños me han atacado sin piedad. Apuesto a que son seres de sobaco pelón: el hedor les ha tenido que pudrir el vello. Pues a ver si no compramos tanto paté e invertimos más en un buen desodorante. O en un desodorante, a secas.