Saint-Rémy-de-Provence

Saint-RémNiñas_saltandoy-de-Provence es un pueblecito encantador cuyo centro histórico, surcado por serpenteantes callejuelas peatonales, alberga preciosas tiendecitas y boutiques maravillosas, buena parte de ellas con objetos tan exquisitos como inasequibles para nuestros bolsillos. Ahora bien, el comercio de proximidad de St Rémy permite disfrutar de fresas que saben a fresa (nada que ver con los fresones porexpánticos que abundan en grandes superficies), tiernos brotes para preparar sabrosas ensaladas y delicioso queso fresco, ingredientes que nos ayudaron a improvisar el restaurante en casa.

En vacaciones intentamos comer bien sin cocinar mucho. Una de las cosas que más nos gustan del país galo (quizás por eso lo visitamos con tanta asiduidad) es la facilidad para hacer provisión de productos frescos y especialidades típicas para nuestros desayunos y cenas. En cuanto al almuerzo, cuando las niñas eran más pequeñas siempre había un estupendo menu enfant para ellas y un plat du jour para nosotros. Ahora todos tomamos el plat du jour y pedimos une carafe d’eau (una jarra con agua del grifo, os la servirán en todas partes) y, a veces, un pichet de vin rouge (una jarrita de vino tinto de la casa). El vino embotellado lo reservamos para cuando estamos en casa, a los restaurantes franceses los fríen a impuestos con las bebidas y el vino un poco decente suele ser prohibitivo.

 

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Gordes

Gordes

A pesar del chiste facilón que viene a la cabeza en cuanto se lee el nombrecillo en cuestión en catanyol (yo más bien lo considero una manera divertida de no olvidar el topónimo), Gordes se pronuncia gord en francés. Es una población bellísima que le ha crecido a una colina, tapizando sus laderas de hermosas casitas de piedra. Tuvimos la mala suerte de visitar Gordes un día tormentoso y gélido. Así y todo, la primera visión, desde el mirador estratégicamente ubicado para que piquemos todos los turistas de pro, simplemente corta la respiración. Nos hubiera encantado callejear un poco más, pero el viento hipohuracanado y la lluvia lateral nos hicieron desistir de tal idea. Un efecto colateral del clima hostil fue que tuvimos que refugiarnos en la coqueta cafetería-restaurante Aurore et Michel, donde sus dos simpáticas anfitrionas nos dieron todo tipo de recomendaciones e incluso nos escribieron una lista de pueblecitos cercanos que no podíamos dejar de visitar, a saber: Roussillon, Lacoste, Bonnieux y, un poco más lejos, l’Isle-sur-la-Sorgue y la Fontaine de Vaucluse. ¡Saludos para ambas desde aquí!

Aix-en-Provence

Qué gran decepción. Tal vez fue porque todo el mundo nos había generado tantas expectativas que esperábamos demasiado. Quizás la ciudad patas arriba, en obras y desangelada, también contribuyó a crear una mala impresión. Pero, definitivamente, que nuestros encuentros con los lugareños fueran absolutamente desagradables acabaron de rematar la faena (huy, qué yuyu, he utilizado terminilogía taurina).

Le preguntamos a un par de vigilantes-hembra de zona azul dónde podíamos encontrar un parking:

– ¿Parking?, no entiendo…

– Un garaje cerrado donde guardar el coche (en plan “Barrio Sésamo”).

– ¡Ah! –dirigiéndose a su compañera, al parecer más avispada que ella- ¿Tú sabes dónde hay un parking?

Y su collègue nos dio unas instrucciones tipo película de los hermanos Marx (“¡y dos huevos duros!”) para enviarnos a Culimundi, la cuestión era putear a los turistas. Luego descubrimos (nosotros solos, qué clarividencia) que allí al lado había un magnífico aparcamiento subterráneo de varias plantas. Un “tout droit et après à gauche” habría bastado. Supongo que pretendían que recorriéramos algunos barrios más de su ciudad.

Ya peatones, nos detuvimos a tomar un café en una pequeña panadería que parecía encantadora. Nos atendió una dependienta con zarpas de porcelana (qué manicura tan espeluznante) que se pasó la mitad del tiempo trajinando en el obrador -en las catacumbas del local y encerrada a cal y canto- y desatendiendo el mostrador. Fue borde a más no poder y nos cobró de más, pero por no volver a ver su cara de estornino ni nos molestamos en reclamar.

Después de estas dos experiencias extrasensoriales con sustancias ectoplásmicas de hostilidad manifiesta, la cosa no mejoró mucho. Paseamos por las calles peatonales que rodean la Mairie (hay que reconocer que monísimas y muy pintorescas), cotilleamos un poco entre las paradas del mercadillo semanal emplazado en el Cours Mirabeau (bastante ordinario, por otra parte… el mercadillo, que no el regio paseo) y llegamos tarde al mercadillo que merecía la pena, ubicado delante de la Cour d’Appel. Qué lástima.

Tal vez tengamos que darle una segunda oportunidad a Aix-en-Provence.

Camarga y Provenza

AlojamientoLas pasadas vacaciones de Semana Santa decidimos acercarnos a una zona de Francia que está a cuatro horas de coche desde Barcelona. Gracias a la recomendación de nuestra amiga Alicia Billon nos hospedamos en el Domaine des Clos, entre Bellegarde y Beaucaire. Os lo recomendamos mucho (siempre en temporada media o baja, en pleno verano es escandalosamente caro), tanto por su ubicación (“entre Provenza y Camarga”, como reza su publicidad), como por la calidad y el buen estado de sus instalaciones, la amplitud de espacios y las diferentes posibilidades de alojamiento. Nosotros optamos por uno de sus apartamentos por razones obvias (somos dos adultos y dos no-tan-niñas y hacer todas las comidas fuera de casa durante una semana es insostenible), pero también disponen de habitaciones que comparten algunos espacios comunes, como comedores o pequeñas cocinas. Si queréis, podéis echar un vistazo a su web: http://www.domaine-des-clos.com

Nuestro apartamento, Le Pigeonnier, tenía las camas ya hechas a la llegada y, además de toallas para todos, contaba con trapos de cocina e incluso un mantel de algodón para la mesa. Impecable, bien decorado, acogedor, muy luminoso y con limpieza final incluida. Para nosotros, perfecto.

En Camarga y Provenza hay tantos lugares de interés para visitar que se nos hizo muy corta la estancia. Hubiéramos necesitado por lo menos una semana más para, además de completar la lista de incontournables, disfrutar de nuestro excelente alojamiento. Definitivamente, los días de fiesta deberían ser de goma elástica. En fin, à la prochaine, que dicen los franceses.