Gordes

Gordes

A pesar del chiste facilón que viene a la cabeza en cuanto se lee el nombrecillo en cuestión en catanyol (yo más bien lo considero una manera divertida de no olvidar el topónimo), Gordes se pronuncia gord en francés. Es una población bellísima que le ha crecido a una colina, tapizando sus laderas de hermosas casitas de piedra. Tuvimos la mala suerte de visitar Gordes un día tormentoso y gélido. Así y todo, la primera visión, desde el mirador estratégicamente ubicado para que piquemos todos los turistas de pro, simplemente corta la respiración. Nos hubiera encantado callejear un poco más, pero el viento hipohuracanado y la lluvia lateral nos hicieron desistir de tal idea. Un efecto colateral del clima hostil fue que tuvimos que refugiarnos en la coqueta cafetería-restaurante Aurore et Michel, donde sus dos simpáticas anfitrionas nos dieron todo tipo de recomendaciones e incluso nos escribieron una lista de pueblecitos cercanos que no podíamos dejar de visitar, a saber: Roussillon, Lacoste, Bonnieux y, un poco más lejos, l’Isle-sur-la-Sorgue y la Fontaine de Vaucluse. ¡Saludos para ambas desde aquí!

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Avignon

Una ciudad encantadora que merece la pena recorrer sin prisa. La Place du Palais es verdaderamente imponente. Nosotros tuvimos la suerte de verla sin apenas turistas e impresiona en su inmensidad. De camino hacia allí curioseamos en una maravillosa tiendecita de productos locales, “Le comptoir de Mathilde” (http://www.lecomptoirdemathilde.com). Compramos una botella-molinillo de sal de Camarga con hierbas provenzales y algunas otras gourmandises irresistibles.

Mientras hacíamos cola para acceder al Palais des Papes, tuvimos el típico incidente con una pareja de gabachos que se colaron artísticamente, camuflados bajo su aspecto de seres inofensivos. Seguro que eran hermanos, tenían los mismos terroríficos ojos saltones. Aunque les indicamos que la cola empezaba más atrás, su mirada batracia nos traspasó como si fuésemos transparentes y, en cuanto abrieron una nueva taquilla (cuyo cartel especificaba que era solo para grupos… o parejas de franceses, que lo mismo le daba al funcionario de turno), corretearon a por sus entradas con sus patitas hipotróficas y luego nos arrojaron una mirada triunfante, pequeño consuelo a toda una vida viéndolo todo a través de sus ojos de sapo (¿será porque Avignon fue, tiempos atrás, una especie de ciénaga de proporciones colosales?).

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A pesar de lo que cuenta la célebre canción, sobre Le Pont d’Avignon no se baila. Es más, ni siquiera se atraviesa el Ródano. Parece que está en marcha un proyecto para recrear un paseo virtual por el famoso puente en 3D. En teoría este espectáculo supercalifragilísticoespialidoso iba a inaugurarse en 2013, pero cuando nosotros lo visitamos solo proyectaban un documental explicando la fantasticulosa idea. Démosles un margen, aún le quedan unos cuantos meses a este año. En cualquier caso, es de agradecer que proporcionen a cada visitante, sin cobrarle más por ello, una práctica audioguía en el idioma de su elección, así fue más fácil que nuestra descendencia protoadolescente se interesara por la historia del famoso puente de Saint-Bénezet.

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Arles

Que las Arènes d’Arles estén perfectamente conservadas no causa tanto asombro como que hayan continuado, durante dos mil años, en constante funcionamiento para uso y disfrute de los arlesianos, que a día de hoy todavía acuden al anfiteatro romano a presenciar goyescas y piruetas equinas.

Paseamos por el centro histórico al atardecer, mientras los turistas más rezagados hacían sus últimas fotos y el sol amarilleaba las viejas piedras que configuran la majestuosa arquitectura urbana y el pavimento adoquinado de la zona peatonal. Nos regalamos una merienda espléndida -repostería casera y chocolate a la taza- en una cafetería en la que, comme d’habitude, no nos facilitaron ni una triste servilleta para compartir en familia. ¿Será una costumbre gala limpiarse los restos de chocolate, croissant o cerveza con la manga o con las faldas de la camisa? Por favor, que alguien nos alumbre y despeje esta gran incógnita que nos ocasiona desasosiego y episodios de insomnio.

Aix-en-Provence

Qué gran decepción. Tal vez fue porque todo el mundo nos había generado tantas expectativas que esperábamos demasiado. Quizás la ciudad patas arriba, en obras y desangelada, también contribuyó a crear una mala impresión. Pero, definitivamente, que nuestros encuentros con los lugareños fueran absolutamente desagradables acabaron de rematar la faena (huy, qué yuyu, he utilizado terminilogía taurina).

Le preguntamos a un par de vigilantes-hembra de zona azul dónde podíamos encontrar un parking:

– ¿Parking?, no entiendo…

– Un garaje cerrado donde guardar el coche (en plan “Barrio Sésamo”).

– ¡Ah! –dirigiéndose a su compañera, al parecer más avispada que ella- ¿Tú sabes dónde hay un parking?

Y su collègue nos dio unas instrucciones tipo película de los hermanos Marx (“¡y dos huevos duros!”) para enviarnos a Culimundi, la cuestión era putear a los turistas. Luego descubrimos (nosotros solos, qué clarividencia) que allí al lado había un magnífico aparcamiento subterráneo de varias plantas. Un “tout droit et après à gauche” habría bastado. Supongo que pretendían que recorriéramos algunos barrios más de su ciudad.

Ya peatones, nos detuvimos a tomar un café en una pequeña panadería que parecía encantadora. Nos atendió una dependienta con zarpas de porcelana (qué manicura tan espeluznante) que se pasó la mitad del tiempo trajinando en el obrador -en las catacumbas del local y encerrada a cal y canto- y desatendiendo el mostrador. Fue borde a más no poder y nos cobró de más, pero por no volver a ver su cara de estornino ni nos molestamos en reclamar.

Después de estas dos experiencias extrasensoriales con sustancias ectoplásmicas de hostilidad manifiesta, la cosa no mejoró mucho. Paseamos por las calles peatonales que rodean la Mairie (hay que reconocer que monísimas y muy pintorescas), cotilleamos un poco entre las paradas del mercadillo semanal emplazado en el Cours Mirabeau (bastante ordinario, por otra parte… el mercadillo, que no el regio paseo) y llegamos tarde al mercadillo que merecía la pena, ubicado delante de la Cour d’Appel. Qué lástima.

Tal vez tengamos que darle una segunda oportunidad a Aix-en-Provence.

Aigues-Mortes

– ¿Por qué la ciudad de Aigues-Mortes tiene un nombre que no es francés?

– Sí que es francés, lo que pasa es que no lo pronuncias bien.

El chovinismo francés salpica con la misma creatividad y fantasía pósteres, folletos y conversaciones, y lo mismo ningunea el occitano -mientras Frédéric Mistral se revuelve en su tumba- que se mira el ombligo o analiza con precisión de entomólogo la pronunciación de los esforzados extranjeros, que nos sentimos más étrangers que el de Camus. Aunque no todos los franceses son chovinistas, por suerte para todos. Sobre todo para ellos.

La ciudad en cuestión existe gracias al trueque que hizo Luis IX de Francia (o San Luis si sois devotos) para alcanzar el Mediterráneo e irse de cruzadas a decapitar infieles (qué absurda es la naturaleza humana… todavía hoy). Suponemos que el trueque no fue demasiado difícil, porque esas tierras eran unas marismas fétidas y pantanosas (de ahí el nombre del villorrio).

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En fin, historietas aparte, la ciudad tiene mucho encanto, con esa fortaleza imponente jamás violada (no por nada: el puerto oficial de la monarquía francesa se trasladó a Marsella a la primera de cambio) desde la que se pueden contemplar tanto las espléndidas vistas hacia las cercanas salinas como las fascinantes azoteas de las casas de los lugareños. Algunas callejuelas deparan agradables sorpresas para la mirada curiosa, desde fachadas de casitas de cuento hasta pequeñas tiendas repletas de objetos de mil y un colores y cosquilleantes aromas que gritan “¡llévame contigo!”.