Cinque Terre desde el mar

La principal razón por la que escogimos nuestro alojamiento en Toscana fue que quedaba a una distancia bastante razonable de La Spezia, desde donde parten con más frecuencia los ferris de la empresa Consorzio Marittimo Turistico Cinque Terre Golfo dei Poeti, que bordean la costa de los deliciosos pueblecitos de Cinque Terre.

A las siete de la mañana se circula sin tránsito por la autopista. Reparo, una vez más, en que el calzio es, sin duda, el deporte rey en Italia, por lo menos por el norte: los campos de fútbol forman parte de la señalética básica y el recurrente pictograma del balón junto con la palabra stadio figuran en la cartelería de cualquier población.

Llegamos a La Spezia poco después ocho. A la entrada ya indican dónde se toman los transbordadores que conectan ese puerto con Portovenere y Cinque Terre. Luego encontrar el muelle desde donde salen los ferris es fácil si te fijas en la aglomeración de turistas e imposible si esperas alguna indicación clara. Ojo con confundirse con el deslumbrante edificio Golfo dei Poeti – Cinque Terre Cruise Terminal, que acoge a los pasajeros de los buques de gran eslora.

Suerte que hemos ido con tiempo, estacionar el coche se convierte en toda una aventura. No vemos ningún parking público por ningún lado, lo que nos parece bastante surrealista, y la zona más cercana al puerto tiene un tope de dos horas. Por fin damos con una zona azul en la que se permite aparcar sin restricciones horarias, pero cuyo parquímetro únicamente admite monedas. A 1’50 euros la hora, vaciamos nuestra hucha –turista que te mueves por la Toscana, y también por Liguria, intenta llevar siempre muchas monedas encima- y nos da para regresar a por nuestro automóvil sobre las cuatro de la tarde. Tendremos que adaptarnos a esa hora límite.

Desayunamos en un quiosco del puerto y nos subimos al primer barco de la jornada, que sale a las nueve y cuarto. Por fin salimos al Mar de Liguria. Mientras disfrutamos de la fresca brisa marina en el sombreado interior, decidimos quedarnos en la embarcación hasta el final del trayecto de ida, ¡se está tan a gusto sin tener que soportar el sofocante calor estival!, ya bajaremos a estirar las piernas en el de vuelta donde más nos apetezca.

61.Pueblo_portovenere6.jpgLa primera población en la que recalamos es Portovenere, cuyas recoletas playas se ven pobladas de bañistas. Sus viviendas de color ocre, teja y marfil, salpicadas por el verde de la carpintería de sus ventanales, dan color y vivacidad a la falda de las colinas en las que se asientan. Se nos suma una pequeña multitud de turistas y la navegación placentera se volatiliza como si nunca hubiera existido. Cuando abandonamos el puerto, madrugadores veraneantes se solazan en los breves arenales de la isla Palmaria, situada a nuestra izquierda. A nuestra derecha, la abrupta costa tapizada de pinos se zambulle verticalmente en el mar.

Mientras el resto de su familia se instala en uno de los balcones de proa, una adolescente italiana se acomoda en el asiento con peor visión y masca, visiblemente asqueada, algunas galletas. Entre tanto, mis hijas sestean, que es otra manera de escabullirse de la navegación panorámica. Tres o cuatro pasajeros pasean por el barco empapados, al parecer alguna maniobra ha originado una salpicadura hostil. Otros lucen un rostro de alabastro que evidencia desagradable marejadilla. Amo la biodramina, afortunadamente los cuatro hemos tomado nuestra primera dosis antes de embarcar.

52.Riomaggiore.jpgLas casas de Riomaggiore se apiñan en alegre promiscuidad en una hendidura entre dos colinas. Desde nuestro transbordador se distigue, como si estuviera dibujada sobre la roca, la barandilla de la vereda que orilla la costa hasta Manarola. Se adivina una bonita caminata entre ambas poblaciones al atardecer. Bastante más arriba se ve la carretera que permite acercarse allí por vía terrestre, el regreso al parking ha de ser como una penitencia. En cambio el tren atraviesa el pueblo muy cerca del litoral, lo que reafirma el recurrente consejo para visitar Cinque Terre: mejor en ferrocarril o por mar.

53.Manarola.jpgTras fondear en Riomaggiore, recuperamos la baja densidad de pasajeros y enseguida llegamos a Manarola, cuyas edificaciones se retrepan a algunos metros de altura sobre el puerto. Quizás por ello es la localidad menos populosa si exceptuamos Corniglia, que carece de acceso por mar y vive a espaldas a él, a pesar de tenerlo tan cerca. Y sin embargo, qué bonita estampa ofrece desde nuestro ferri.

Enseguida aparece Vernazza, que se apoya sobre un estuario que le resta verticalidad. En efecto, su estructura urbana es más apaisada, aunque no tanto como la de Manarossa, la mayor población de esta lengua costera de a cinco y último enclave del periplo.

Sobre las once y media, una vez completado el recorrido de ida, nos damos cuenta de que los horarios de la naviera son un tangram y nos obligan a hacer una pausa de poco más de media hora en Vernazza y luego desplazarnos a Portovenere para almorzar y tomar el único ferri que llega a La Spezia antes de las cuatro. La vida del turista es, a menudo, trepidante.

Mientras esperamos para desembarcar en Vernazza –antes debe salir un catamarán que va en dirección contraria a la nuestra-, nos entretenemos en contemplar los huertecillos dispuestos escalonadamente sobre las laderas. Es una manera respetuosa y sostenible de adaptarse a la orografía que por estos pagos se practica desde hace siglos.

Vernazza es un pañuelo abigarrado de tiendas y restaurantes en cuyas fachadas han hecho mella los zarpazos de la erosión marina. La estación de tren queda en el corazón de la aldehuela, de modo que es una muy buena opción para alojarse si se viaja con maletas y se puede invertir más tiempo en recorrer la zona. Mientras saboreamos unos helados artesanales, observamos la frenética actividad de tres ancianas lugareñas, que refrescan las candelas y las flores de su minúscula capilla mariana.

49.mar.jpgLa embarcación que nos traslada desde Vernazza hasta Portovenere es más modesta y sus asientos son de madera. A mí me gusta muchísimo más. Ingerimos nuestra segunda y necesaria dosis de biodramina y nos dejamos acariciar por el agradable vientecillo, la mirada prendida del estimulante paisaje. Mientras observo las casitas diseminadas por las cimas de las montañas costeras, reflexiono que, cuando el nivel del mar ascienda a causa del deshielo ocasionado por el cambio climático, esas coquetas villas tendrán las aguas al alcance de la mano. Y el resto perecerá bajo el mar.

62.Pueblo_portovenere5Al ir a contrapié de los horarios locales –en Italia se almuerza requetetemprano-, nos colamos en la Via Giovanni Capellini de Portovenere, que se desliza justo por detrás de las terrazas del puerto, y a las dos encontramos mesa para comer en la minúscula osteria Bacicio. Nos atiende una camarera simpatiquísima que nos habla en perfecto castellano. Cuando se lo comento, me responde que ha vivido 15 años en Valencia y que su hija reside allí. Enseguida añade que ella también se mudará allí más pronto que tarde porque ya no aguanta más a sus compatriotas. “Y eso que yo soy italiana, ¿eh?”

Mientras paladeo unos sabrosos spaguetti vongole, mi plato de pasta preferido, me digo que, en realidad, insufribles somos todos los que llegamos en pequeña invasión. Conviene tenerlo presente y ser lo menos intrusivos posible, porque, turisteo al margen, qué hermosas vacaciones proporciona la costa de Liguria a quienes adoran el mar mediterráneamente.

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