Barcelona en familia

Mis hijas están encantadas con esta semana al revés: dos días de clase y cinco de fiesta. Yo no tanto, me parecen inverosímiles los festivos incontrolados en un diciembre saturado de ocio navideño. Después el primer trimestre del año se hace eterno, ya se podrían repartir mejor los días de asueto en el calendario. En fin.

De todos modos he aprovechado para alternar el trabajo con el placer y he disfrutado de mi familia en Barcelona. ¿O quizás debería decir en la montaña de Montjuïc?

El miércoles presencié con mi hija Mariola Maria Estuard en el Teatre Lliure: por mi cumpleaños me regalaron el abono de temporada y estoy exprimiéndolo al máximo. Sergi Belbel condensa la obra de Friedrich Von Schiller en dos horas que transcurren en un suspiro gracias a la conmovedora interpretación de Sílvia Bel y el resto del reparto. Destacaría también la sencilla pero brillante y efectista escenografía de Max Glaenzel, que convierte el escenario en un protagonista más.

El jueves regresé a Montjuïc, pero un poco más arriba y acompañada de mi hija mayor, para disfrutar de otro obsequio de aniversario: un par de entradas para el concierto de Depeche Mode.

Pululaba mucho madurescente por el Palau Sant Jordi, suerte que Ángela rebajaba el promedio de edad, aunque nos topamos con algún otro binomio de madre-retoño con ganas de ver a unos de mis dinosaurios preferidos –los otros son The Cure-. Antes de empezar a tocar –reconozco que nos saltamos los teloneros, qué malérrimas-, apareció en la macropantalla un publirreportaje de la asociación de la banda con los ultracarisísimos relojes Hublot para una campaña de captación de fondos: “agua para acabar con la crisis del agua”. La banda sonora del vídeo era “Where’s the revolution”, uno de sus nuevos temas, que también cantaron luego durante su actuación. Me parece como poco curioso que se atrevan a entonar esa proclama en un concierto a chorrocientos euros la entrada. Mi pensamiento crítico y yo.

Un fibrado Dave Gahan –y avejentado, se le transparentan los excesos pasados- salió dispuesto a darlo todo, cual demonio de Tasmania. Los ojos embadurnados de negro, las axilas depiladas, un Jennifer Forever tatuado en el brazo y el sempiterno chaleco adherido a su torso cual segunda piel. Brincó, se contoneó, se agarró la entrepierna y transpiró como un géiser, encantado de haberse conocido: es un animal escénico y se crece ante los focos. Como tierno contrapunto, Martin Gore, todo él manicura gótica y lánguida mirada, se mantuvo discreto, retraído, casi hierático. Excepto cuando agarraba el micro y su voz de satén colmaba el recinto.

Depeche071217Cuando no reflejaba el directo, la pantalla plasmaba gráficamente cada melodía con el apoyo de trazos pictóricos, ilustraciones o hipnóticos videoclips de factura coreográfica, tal era la precisión con que evolucionaban al ritmo de la música. Las dos horas de concierto finalizaron con la esperadísima “Personal Jesus”. Fue breve pero intenso. Además de que no hubiera podido soportar ni un minuto más el apestoso hedor sobaquil de mi vecina de asiento. Tendré que añadir a mi neceser de básicos un frasco de Brise frescor marino.

MarylinWarholPor tercer día consecutivo, ayer me acerqué de nuevo a Montjuïc, esta vez con mi familia al completo: habíamos reservado cuatro entradas a través de la web de CaixaForum para la visita comentada de la exposición “Warhol – El arte mecánico”. Mariola ya había ido con su clase de primero de bachillerato y le entusiasmó tanto que insistió en que fuéramos todos. Qué fascinante inmersión en la revolución que promovió ese avispado diseñador gráfico, que elevó la banalidad de la sociedad de consumo a la categoría de arte. Si estáis en Barcelona podéis verla hasta el 31 de diciembre, aunque, por desgracia, las entradas para las visitas comentadas están prácticamente agotadas.

Al salir, los dos adultos de la casa hicimos un amago de curiosear “500 años de reforma protestante”, sin embargo la mirada asesina de nuestras hijas nos hizo desistir enseguida y, en lugar de eso, nos fuimos de merendola. Ya regresaremos sin ellas, todavía tenemos mucho invierno por delante para continuar saboreando nuestra ciudad.

Liberación

Durante todo 4º de ESO, una de las compañeras más aplicadas de Ángela compartió los apuntes de Sociales con todos los alumnos de la clase –la asignatura hueso del colegio-. Esa generosidad pasa de admirable a exótica cuando la comparo con el talante de los lumbreras de la clase de Mariola, quienes, además de picarse por media décima de punto, miran de soslayo a quienes consideran alumnos inferiores y los tratan con arrogancia y desdén, como si fueran insectos. Son el mejor ejemplo de que la excelencia académica tiene poco -¿nada?- que ver con llegar a ser buena persona. O persona a secas.

En Primaria a Mariola la apodaban vaca con gafas y hermanastra de Cenicienta. A una de sus amigas, león marino. Y a los niños y niñas que no eran populares los obviaban en los vídeos de final de curso –sí, algún profesor también ha fomentado el ninguneo, en connivencia con sus perversos pupilos Dorian Gray-. Hasta hace no tanto, a un adolescente con fibrosis quística le llamaban Desnutr –de desnutrido- y manifestaban públicamente que les daba asco. Ese es el horrigrupo con el que Mariola ha convivido desde P3: nuncajamásdelosjamases quiso cambiar de colegio, aunque se lo propusimos reiteradamente.

abrazoreparadorEstos trece años mi hija se ha mantenido a salvo -arropada y querida- gracias a su burbuja de amigas. Les pusieron el mote de Heidis a finales de Primaria de manera despectiva -“sois tan infantiles”-. Sin embargo ellas, exhibiendo una actitud muy queer, le dieron la vuelta y lo adoptaron con alegría de jilguero, paladeándolo como si fuera una piruleta: son cachorrillos amorosos, felices con la edad que tienen y alérgicas al postureo. Se buscan, se lamen las heridas, se enfadan, se achuchan, se quejan, se vienen arriba, se pellizcan y se dibujan corazones. En cuanto te ven, se iluminan con una sonrisa, trotan a darte un abrazo de koala y te estampan un par de besos, chuic, chuic, ruidosos como Peta Zetas.

Sus madres somos Las mamiheidis, todavía ahora. A base de confidencias, complicidades y risas, hemos urdido unos tupidos mimbres de protección que nos han salvaguardado de hostiles interferencias externas. Convocamos cócteles de urgencia si alguna de nosotras necesita desahogarse, y compartimos inquietudes y retazos de información para parchear la foto de cómo están nuestras adolescentes hijas. A estas alturas solo ansiamos salir corriendo del colegio, sin mirar atrás.

Queríamos celebrar el anhelado fin de etapa en privado: nos daba tremenda pereza –sobre todo a mí- cualquier despedida con las familias de quienes han maltratado durante años a nuestras polluelas -vale, ahora ya no, pero too late, honey-. Debatíamos sobre si paella, tapeo o incursión a merendero cuando Sigrid propuso un planazo insuperable: una barbacoa en su casa de Foixà.

Pedro y Sigrid no solo nos abrieron las puertas de su refugio del Baix Empordà, sino que además nos agasajaron con tomates autóctonos, cebolla, patatas y lechugas del huerto, pan de la tahona de Foixà y una carne de ternera euskalduna que nos chifló a todos, incluso a mí que soy poco o nada carnívora: tierna, jugosa, liviana, exquisitamente sabrosa aun sin condimentos. Cada familia aportó cosillas para completar el almuerzo. Nosotros nos ofrecimos a ir a por los imprescindibles bisbalencs a la pastelería Sans de La Bisbal: encargamos dos de hojaldre con cabello de ángel y un par más de bizcocho con mazapán. Las simpáticas reposteras nos aseguraron que aguantaban hasta una semana fuera de la nevera, aunque la veracidad de la afirmación quedó pendiente de confirmar porque volaron.

La brisa nos arrulló durante una larga y placentera sobremesa regada con café y licores. Conversamos sobre cuán anacrónico nos parece el currículo educativo vigente y cuán absurdo resulta hacer exámenes de manera compulsiva o memorizar información como quien se aprende un listín de teléfonos. De fondo nos acompañaban los graznidos de las ocas del vecino y las risas y aguadillas de nuestros cascabeles, que chapoteaban en la piscina ajenos al calor de la tarde.

Cuando empezó a caer el sol, Mariola se quedó en Foixà a pasar la noche con sus amigas y nosotros dos nos desplazamos a la cercana Corçà: habíamos reservado habitación en Cal Nou, una casa rural que descubrimos a través de Booking.

Corçà se recorre en apenas diez minutos, es una aldehuela apacible y mínima. Su arquitectura popular es elegante y abundan las casonas restauradas. Incluso hay quien ha esculpido su nombre y un flamante dos mil y pico en un pegote de cemento en mitad de la recuperada fachada -la arrogancia es tan inquietante como atrevida, suerte que no borraron la fecha de construcción del dintel de la puerta-. El entramado urbano está salpicado de banderas estelades, la mayor de ellas pende del ayuntamiento. En la misma plazoleta donde se alza la casa consistorial, justo en el edificio de enfrente, una vecina cañí regaba las plantas de su balcón mientras escuchaba un quejío flamenco que desgarraba el silencio de la incipiente noche. Un poco más allá, una melodía árabe señalaba el final de la jornada y del ayuno inherente al ramadán. Qué instructiva caminata.

Todavía nos sentíamos ahítos por la copiosa comida, sin embargo decidimos picar algo antes de retirarnos a nuestros aposentos. Compartimos tres tapas en el restaurante Raku –un rico carpacho de atún con tomate, una raruna ensalada con virutas de calamar y un bacalao mal desalado- y nos colamos por la estrecha puerta-rendija de nuestra habitación, a la que se accede directamente desde la calle: está habilitada en lo que había sido la antigua bodega de la casa, entre el subsuelo y la superficie, y goza de una agradable climatización natural. Gracias a los recios muros, desde la cama solo escuchamos las campanas de la iglesia, que marcan sin tregua los cuartos y las horas: al parecer las ordenanzas municipales de Corçà no contemplan el control de la contaminación acústica. O quizás consideran los tañidos como pintoresco patrimonio a preservar.

Cal Nou es un hotel rural de cuatro habitaciones regentado por una pareja encantadora, Sònia y Alfonso, quienes cuidan de cada detalle para que la estancia sea lo más acogedora posible: todo es sencillo y cuco a la vez. Las toallas huelen a flores y abundan las velitas en el dormitorio y las zonas comunes. El desayuno es también una delicia: zumo de naranja natural, minipanecillos recién horneados, una bandejita de pizarra con fuet, jamón york y serrano y queso, un escueto bufé con dados de piña natural, frambuesas, moras, magdalenas, galletas… Todo en su justa medida, ni mucho ni poco. Cuando pregunto si puedo tomar una infusión en lugar de un café, me sorprenden con un té rojo al cardamomo de Tegust, una empresa local que forma parte de la Xarxa Parc de les Olors, la red catalana de pequeños productores de plantas aromáticas y medicinales. Es fragante, delicado y redondo. No podría gustarme más.

A las diez de la mañana estamos de nuevo en Foixà. Nuestro automóvil se transforma en microbús y regresamos a Barcelona con Mariola y cuatro de sus amigas. Se les transparenta el sueño, las picadas de mosquito y el solete, y se despiden entre grandes abrazos, como si no fueran a verse mañana mismo. Nuestras crisálidas están nerviosas, desean apurar al máximo la semana larga que tienen por delante. Falta muy poco para el 21 de junio, el día en que abandonarán el nido-escuela y echarán a volar.

Olivia

Nunca me cansaré de repetirlo: los amigos son la familia que tú escoges. A Laura la elegí especialmente bien porque, además de regalarme su reconfortante amistad, me ha obsequiado con Olivia, una niña arrebatadora que vino al mundo para colmarnos de felicidad.

Olivia.jpgOlivia es pizpireta, cariñosa, divertida, requetelista y danzarina: a la edad en que otros bebés se agarran al andador, cimbraba sus caderas mejor que Shakira. Me recuerda a mi hija Mariola en el modo orgánico con que se relaciona con el entorno: adora probarlo todo, se descalza para corretear más ligera y disfruta pringándose con golosinas, helado o arena de la playa, que por algo es un espíritu libre. No tiene padre ni padrino, ni falta que le hacen. Su madre y su madrina, que soy yo, valemos por dos. O por mil, según se tercie. Y no digamos sus abuelos. Olivia crece desbordada de amor. Aunque haya quien opine -qué fea costumbre eso de juzgar al prójimo- que una familia monomarental es un anatema y que una criatura no se desarrolla bien sin dos progenitores –de distinto sexo, se entiende, que otra cosa también es reprobable-. Deberían charlar un rato con alguna de mis amigas divorciadas. Claro que, como puntualiza un grupo de Facebook, hay gente que el día de reparto de cerebros no estaba.

Hace unos días Olivia me invitó al apartamento que tienen sus abuelos en Pals, y allí hemos ido los cuatro miembros de mi familia este fin de semana, en plan invasión. En cuanto llegamos el viernes por la noche, trotó a mi encuentro como un cachorrillo loco, la alcé en volandas y apretó sus bracitos requetefuerte alrededor de mi cuello. Los médicos deberían prescribir los abrazos de Olivia, son infalibles para aliviar el cansancio, el estrés y la ansiedad.

Ayer Laura nos animó a pasear por el agradable camino de ronda que une Calella con Llafranc. Estacionamos el coche en Calella de Palafrugell y tomamos la vereda desde la Platja del Canadell, un pintoresco rincón costero que ha preservado su delicioso aspecto de puerto de pescadores. Los burgueses acomodados de Barcelona empezaron a acudir a Calella a finales del siglo XIX, siguiendo la moda de los baños de mar. Ahora bien, el verdadero auge turístico llegó en los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando los lugareños abandonaron la pesca y el cuidado de sus huertos y se centraron en aprovechar el tirón de los forasteros, que les reportaban copiosas ganancias. Por suerte la fiebre urbanizadora no destrozó la encantadora población, que se ha mantenido prácticamente intacta hasta hoy.

El camino de ronda discurre orillando el Mediterráneo y regalando unas vistas extraordinarias sobre el litoral. Abundan aficionados a la pintura que se plantan con su caballete frente a algún risco o sobre alguna cala, intentando reflejar, a través de pinceladas cortas y coloridas, los destellos del agua o los zarpazos del mar contra los acantilados. Al llegar a Llafranc el cautivador sendero culmina en una escalinata que casi se precipita sobre el puerto, que ayer lucía patas arriba y en obras, lo que no nos impidió disfrutar de nuestro aperitivo frente al mar. Así hemos pasado el fin de semana, todo el día en un pienso, como decía mi abuela la maña.

Después de almorzar en casa nos acercamos a Mas Sorrer, donde el sol teñía la tarde de polvo de oro. Como son tan hippys y llegamos poco antes de las seis, ni nos atendieron ni pudimos tomar nada, no obstante estuvimos bastante entretenidos observando las evoluciones de los jovenzuelos que trabajan en ese coqueto bar-jardín. Mientras haraganeábamos en un par de sofás rodeados de flores y arbolillos, ellos carreteaban cajas, trasladaban botellas y vasos e iban acondicionando la caravana vintage que hace las veces de gastroneta. Al cabo del rato decidimos cambiar de vistas y llegarnos a la playa de Pals, donde Olivia buscó piedras planas para sus manualidades, rodó duna abajo en plan croqueta, pateó los castillos abandonados por otros niños y se sepultó bajo su manta de arena. Todavía tuvimos tiempo de ir a por algunas piñas a un bosquecillo cercano al apartamento de los padres de Laura: me encanta vestir con ellas las macetas de mi balcón.

Por la noche llegó uno de los momentos más deseados del fin de semana: la ya mítica tortilla de patatas de Laura, tierna, densa y melosa. Es un plato legendario que en casa esperamos con ansia en cuanto se presenta la ocasión de paladearlo. Los ingredientes están tan bien ligados –imprescindible la cebolla- que se funden en la boca como el más suculento de los besos. Ángela y yo tragoneamos las últimas porciones y rebañamos nuestros platos hasta sacarle brillo. La cocina popular es insuperable.

La velada fue redonda porque coincidió con el Festival de Eurovisión, un certamen con reminiscencias familiares: de pequeña me instalaba frente al televisor para no perderme ni un detalle –Royaume-Uni, dix points, United Kingdom, ten points-, memorizaba las tonadillas y luego me inventaba las letras de las canciones para improvisar coreografías con mi hermana y mis primas. No había vuelto a verlo desde hacía siglos y me han sorprendido dos notables novedades. Una, muy gratamente: se ha convertido en un evento gay. La otra, de manera decepcionante: el inglés se ha adueñado de las letras, lo que me parece un innecesario empobrecimiento de la diversidad lingüística de Europa. Suerte que al final ganó un lisboeta cantando en portugués.

Reconozco que nos divertimos muchísimo opinando sobre las melodías, la escenografía y el vestuario. Despellejando y ovacionando, riéndonos de algunos gorgoritos y conjeturando el significado de algunas interpretaciones –sugiero subtitular las canciones como en las películas musicales-. Por cierto, Mariola fue la única que detectó el gallo de Manel Navarro, nos parecía tan infumable que ni lo notamos.

Poco a poco fuimos tomando posiciones y verbalizando quiénes eran nuestros favoritos. Como me perdí la actuación de Salvador Sobral porque me pilló marujeando en la cocina, me decanté por Kristian Kostov, el representante de Bulgaria, que me provocó tanta ternura con “Beautiful Mess” que incluso envié un sms para votar por él –sí, a veces soy muy friki-. Y sin embargo hoy me he pasado el día tarareando el estribillo de “City Lights”, la canción candidata de Bélgica, que al final será mi particular banda sonora de este magnífico fin de semana en Pals. Con ella os dejo.

https://www.youtube.com/watch?v=xbomdE81_mA

Señor, dame paciencia, ¡pero dámela ya!

gritoLevantarte por la mañana y ver que tus adolescentes hijas ponen la casa patas arriba para engalanarse para el carnaval, que en sus respectivas clases se celebra cada día de esta semana. Escaparte a tomar un té matutino con una amiga y, al regresar, toparte con pelotas de papel higiénico y tiras de salvaslips por los rincones, revoltijos de ropa diseminados aquí y allá –alegre fusión de prendas sucias y limpias, que bien tenían que hacer pruebas antes de decidir- y sus camas –de nuevo- sin hacer. Pasarte la jornada sorteando bragas, camisetas y sujes, porque te niegas a hacer su trabajo mientras intentas hacer el tuyo delante del ordenador. Tener que ausentarte por la tarde, a la vuelta detenerte en el súper y recibir una llamada mientras intentas, a la vez, pagar y embolsar la compra de supervivencia. Ver que quien te telefonea es una de tus hijas y decidir que ya le preguntarás qué quería en cuanto llegues. Escuchar “quería saber cuándo llegabas” mientras hueles la cera caliente, esperándote. Escabullirte con ladridos de bulldog a guardar las compras. Comprobar que -y ya van cien veces- tu otra hija ha dejado un envase vacío dentro de la caja de galletas, que ha vuelto a malcolocar –y ya van cien más-. Además de dejar su taza de la merienda sin recoger y con un asqueroso resto de leche con cereales que ya prácticamente se ha solidificado. Acudir a su dormitorio hecha un basilisco para recriminárselo –ella leyendo sin inmutarse en su catre, no ha cambiado la funda del nórdico desde hace meses- y estar a punto de caer desmayada por el fétido olor a cadáver de escualo de esa madriguera. Dominar las ganas de fumigar la habitación. O de quemarlo todo. Regresar a la cocina para preparar y congelar los bocadillos con que desayunan tus dos jóvenes parásitos y maldecir haber comprado un pan de miga alveolada y aromática, la próxima vez les compras una cutrebaguette. Arrojar dentro de él el fiambre, a pelo y sin los aderezos que les gustan –sin tomate, sin aceitunas, sin mostaza, sin guindillas-, y tomar nota mental de que, a partir de hoy, los emparedados se los harán ellas. Y sentarte en tu escritorio y empezar a aporrear el teclado para no ponerte a gritar.

A veces me divorciaría de mi familia. Hoy, sin ir más lejos.

La buena ventura

Ángela ha tenido la inmensa fortuna de compartir 13 años de escolarización con un grupo de alumnas y alumnos excepcional. Cohesionado. Respetuoso. Proclive a deliberar, a debatir, a reflexionar. Responsable, sensible, solidario. Y otras muchas cualidades que harán que su paso por Escola Projecte haya sido una experiencia transformadora no solo para Ángela, sino también para quienes la hemos compartido con ella.

Ayer, durante la despedida que se celebró en la sala de actos del colegio, disfruté del privilegio de poder observarlos de cerca una vez más -¡ay, la última!-. Y volví a constatar, en los detalles, cuán grandes personas son.

Una de las niñas líderes -esas que protagonizan obras de teatro, parlamentos y vocalías- llegó con un poco de retraso y tuvo que sentarse junto a una compañera de curso que suele pasar desapercibida -aunque anoche lucía radiante, iluminada por una luz interior-. No le importó. No buscó una ubicación alternativa en otro lugar. Al contrario: saludó educada, incluso cariñosamente, a su vecina de asiento, y se quedó allí, feliz, disfrutando de toda la velada desde aquella misma esquina.

Cuando el alumnado tomó la palabra en el estrado, el encargado de leer la nota escrita entre todos –aunque sé por Ángela que buena parte del redactado era del muchacho en cuestión- subió al escenario y enseguida exhortó a sus compañeros y compañeras –más que una petición, era una exigencia- a que abandonaran sus asientos y le acompañaran. Quiso dejar muy claro que no era él quien hablaba, sino toda la clase de 4º de ESO. Como una sola voz. Armónica. Compacta. Indivisible. Me cuesta imaginar a alguno de los -¿las?- insufribles “populares” de la clase de Mariola, en esa misma tesitura, exhibiendo tamaño gesto de compañerismo fuenteovejunil. En la clase de 3º de ESO son más de yo, yo, yo y luego yo. Parecen impermeables a la educación en valores del colegio. Están a un solo curso, pero a años luz en la escala evolutiva respecto a la promoción que hoy finaliza la primera etapa de su educación.

Muchas, muchas lágrimas en la entrega personalizada de las orlas –no solo en el escenario, también entre los adultos de platea-. Y tantas anécdotas compartidas como estudiantes. Como la pequeñaja que no quería ser la primera en bajar del autocar escolar para no perderse las payasadas de Dolors, su acompañante. O el niño grande que, cada viernes, todavía abrazaba y le plantaba un par de besos a Frank, su tutor de 4º de Primaria. O la adolescente que llegaba tarde a clase cuando había una buena amiga en el pasillo a quien consolar.

Y luego, el mediometraje –qué excelente regalo- que había preparado amorosamente Gemma, una de las profesoras que, estoy segura, más va a echar de menos al grupo de Ángela -me consta que esta mañana ha llorado a mares-. Aunque yo creo que todos, desde el director del colegio hasta “las Maris” de secretaría, guardarán un buen recuerdo de esa treintena de jóvenes que, cuando compartían aula, manifestaban una fortaleza omnipotente e inquebrantable. Para quienes hemos tenido el placer de conocerles, constituyen la prueba fehaciente y definitiva de que el futuro será colaborativo o no será.

Hoy acaba un ciclo, pero también se inicia otro. Próxima etapa: bachillerato artístico en la Escola Massana. Lo mejor está por llegar.

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Su primer concierto

Hoy Mariola se ha despertado a las seis de la mañana presa de la excitación, como si fuera el día de reyes. Mi cachorrillo loco, que de natural es más bien nocturno y permanece en estado de letargo hasta mediodía, ha saltado de la cama de un brinco, los ojos como platos y rebosante de euforia: por fin había llegado el día del concierto, largamente esperado, de su banda favorita: 5SOS. O 5 Seconds of Summer, como se prefiera. Locura adolescente en estado puro.

Seconds-Summer-Barcelona.jpg5SOS es una muchachada autraliana que alcanzó la fama hace un par de años como teloneros de One Direction, esos mamarrachos que osaron profanar “One way or another” de Blondie. Tremenda desfachatez. Mariola compró las dos entradas para escuchar al cuarteto de Sidney hace siete meses con el dinero de su hucha: como es menor de 16 años, tenía que ir acompañada de madre/padre/tutor. Desde entonces me ha estado recordando, prácticamente a diario, cuántos días faltaban para el concierto. Como la cuenta atrás para el cambio de milenio, pero en versión púber.

Estos últimos días he intentado familiarizarme con los temas que mi hija tararea infatigablemente y de memoria, como una letanía. No obstante, confieso que desistí enseguida –la paciencia no es una de mis virtudes- porque todo me sonaba un poco igual. Claro que peor sería que le gustara el reguetón o las melodías de xiruca i costellada, dos géneros musicales –por llamarlos de alguna manera- muy en auge entre el alumnado de su colegio. Quien no se consuela es porque no quiere.

Sin embargo, cuando esta mañana he observado atentamente a Mariola en modo cascabel, me ha emocionado el brillo de sus ojos, su sonrisa radiante, su contagiosa alegría. Y enseguida he decidido que iba a disfrutar de la noche por y para ella. No iba a ver a 5SOS, sino a Mariola en estado de gracia.

Hemos atravesado Barcelona desde casa hasta el Palau Sant Jordi primero en metro y luego en autobús –una horeja de nada-. En cuanto hemos llegado, hemos comprobado que la mayoría de seguidoras se agolpaba en uno de los dos accesos al recinto. “Por aquella puerta de allá en la que no hay cola, ¿pueden entrar igualmente menores?”, le he preguntado a uno de los hombretones de seguridad. “Sí, claro. Pero que lleve el DNI a mano, se lo pedirán”. Ya dentro, en la tienda de merchandising eran legión las 5SOSfollowers que se amontonaban en busca de su objeto fetiche de recuerdo. Ante tamaña multitud, Mariola ha decidido que ya compraría algo en la página web oficial al regresar a casa. Es tan práctica como yo.

El Palau Sant Jordi lucía a mitad de su capacidad. Unas colosales cortinas negras acotaban el aforo, mientras que en pista varias hileras de sillas reducían a la mínima expresión el espacio para presenciar el concierto de pie. El 90% de las asistentes eran fanáticas de la banda y sus entregadas madres, aunque de tanto en tanto se veía algún sufrido padre en compañía de las niñas de sus ojos. Justo delante de nosotras se ha instalado una bandada de pijas y mamás irritantes, todas superestupendas. Para nuestro alivio, antes de empezar el concierto, en vista de que unas hileras más adelante había asientos libres, han cogido sus bártulos y se han trasladado allí.

No sabíamos que había teloneros, así que los aullidos estridentes de los Sexy Zebras nos han pillado por sorpresa. Es el típico grupo que debe chiflar a un público con mucha testosterona, de modo que no dejaba de resultar chocante que intentaran encandilar a las jóvenes fanáticas que esperaban histéricas a sus mitos.

Unos veinte minutos más tarde de lo previsto han hecho su entrada triunfal las estrellas de la noche. Me ha enternecido ver a Mariola tan arrebolada, berreando y bailando al unísono con aquella fauna de muchachas enfervorecidas, que coreaban a voz en grito sus temas-himno y escuchaban atentamente los chascarrillos de sus ídolos. Los veinteañeros de Sidney han debido decir “hola Barcelona” como 243 veces, incluso han improvisado una canción con esas dos palabras. Y se han disculpado por no haber prestado más atención a su profesora de español cuando estudiaban –hace dos minutos – y por no poder comunicarse más que en inglés: nunca se habían planteado que llegarían aquí desde la lejana Australia.

Musicalmente hablando, me he aburrido soberanamente. Suerte que solo han tocado poco más de una hora –tampoco tienen tantísimo repertorio- antes de ese falso adiós teatralizado que precede a los bises. Y entonces he comprobado que aquel enjambre de jovenzuelas no sabía cómo pedir que el espectáculo continuara. Dudando entre “otra”, “one more song” o “another one”, se han limitado a graznar como grifos. Supongo que para dejar de escuchar ese chirrido tan ensordecedor, y a pesar de la poca pericia de la audiencia para reclamarlos sobre el escenario, han salido de nuevo y han tocado 10 minutos más. Dos temas. Rapidito. Y ya, que mañana estamos en Madrid. Qué lejos de los bises de hora y media de The Cure.

Antes de abandonar la pista, Luke Hemmings se ha envuelto en una rojigualda que alguien había dejado a sus pies junto con algún otro colorido trapo más. He pensado que quizás a alguna espectadora indepe le estallaría la cabeza tipo Hellraiser, pero no ha sucedido nada. Al contrario, la transtornada multitud ha ululado, una vez más, presa de su enajenación mental colectiva. Yo creo que, si hubiera depuesto un zurullo en el escenario, las fans de la primera fila lo habrían conservado en formol para guardarlo como reliquia, en plan “Las aventuras de Priscilla, reina del desierto”, esa encantadora película tan australiana como el cuarteto.

En fin, todo sea por Mariola, que ha salido del Palau Sant Jordi afónica, excitadísima, arrebatada. Ha sido su primer concierto. Y yo he estado allí.

Vernissage

Anteayer los compis de Ángela de Dibujo Artístico, a quienes se sumaron algunos exalumnos, presentaron en Casa Sagnier una selección de sus trabajos. El Punt d’Informació Juvenil del distrito les cedió una pequeña sala para la exposición Painting in the Moonlight, cuyo nombre se inspira en el tema de Toploader que han escuchado de manera recurrente mientras creaban sus obras.

Acudieron no solo Gàbor Mészáros, profesor de técnicas graficoplásticas y promotor de la iniciativa –mis hijas le adoran-, y los estudiantes de esa asignatura optativa y sus respectivas familias, sino también un nutrido grupo de alumnos de 4º de ESO, algunos profesores y la muy querida Anna Molas –alma mater de la educación en valores del colegio-, que desearon compartir esa puesta en escena colectiva.

IMG-20160528-WA0004.jpgFue un ejercicio de aproximación estimulante que invitaba a reflexionar sobre la mirada artística. Había algunos dibujos ejecutados con una técnica impecable que permitían apreciar el preciosismo de la reproducción. Otros sabían expresar con fuerza un pensamiento, un mensaje, una reivindicación, algunos con cierta destreza estética, logrando una pieza armónica en fondo y forma que removía y turbaba, otros con quizás no tanta pericia pero con una claridad de ideas meridiana.

Habilidades artísticas al margen, me fascinaron los ejercicios de experimentación. Me cautiva el hallazgo de una voz personal, única y genuina, capaz de rebelarse, de entusiasmarse, de utilizar un lenguaje propio para comunicar y transformar. Porque, cuando la encuentras, cuando das con tu manera de expresarte, se manifiesta una conmovedora epifanía que te colma de felicidad.

Dos exalumnas, Júlia Isern y Andrea Puig a la guitarra, nos obsequiaron con la banda sonora de la velada y desbordaron de emoción el pequeño aforo. Cuando Júlia canta -profunda, intensa, estremecedora-, el mundo es un poco mejor.

Qué enriquecedora experiencia poder asomarme al vivero del que forma parte mi hija.