Frankfurt-Barcelona-Frankfurt

Hacía siglos que no acudía al aeropuerto del Prat. Hago memoria y mi última escapada prepandémica fue a Córdoba, AVE mediante.

Adoro viajar en tren. Odio volar. Cada vez más. Mi incursión a Frankfurt para visitar a Val -un acto de amor, mi amiga tiene cáncer- no hace más que reafirmarme en ello: desplazarse en avión no solo es insostenible medioambientalmente, sino que además es inverosímil. Para empezar, el aeropuerto de Barcelona está tan mal comunicado que, o llegas allí en taxi a precio de limusina, o te acompaña alguien en coche -como ha sido mi caso-, o te tomas hora y media como poco si optas por un transporte público. Echando cuentas, entre lo que tardas en llegar, la anticipación con que debes asegurarte de que facturas tu equipaje y pasas el control de seguridad, y la espera antes de embarcar, te daría tiempo de escuchar un podcast con el Ulises de Joyce.

Luego hay curiosidades de la era COVID que me dejan, como poco, ojiplática. Mucha mascarilla y mucho gel hidroalcohólico, pero en el aeropuerto del Prat, si calzas botas te obligan a sacártelas y a pasear por un suelo roñoso que han hollado cienes y cienes de pasajeros antes que tú. Y cuando vuelves a calzarte haciendo equilibrios -ni un triste banco a la vista-, conservas contigo ese sustrato humano adherido a los calcetines. Después, cuando ya accedes a la zona de embarque, te fijas en esos pintorescos adhesivos “prohibido acomodarte aquí”, un asiento sí y otro no, antes de encerrarte en un avión para convivir con tus vecinos de una a catorce horas, según vayas a Mahón o a Tombuctú. En fin.

Como mis últimas experiencias con Vueling han sido abracadabrantes, esta vez vuelo con Lufthansa. Qué maravilla, desde la reserva online, todo es fácil, agradable, incluso armónico. Bueno, casi todo: mientras los pasajeros estándares -catalanes, árabes, manchegos- respetamos las indicaciones y somos educados y corteses, un par de ejemplares arios -cejas de esparto, piel traslúcida, ojos azul calzoncillo de niño- se cuela como quien está acostumbrado a avasallar sin pedir permiso. Luego, en el avión, mis germánicos vecinos de asiento me observan con curiosidad de entomólogo -como si yo fuera un insecto- cuando les saludo al llegar. En fin, en todas partes hay seres deleznables, como compruebo a mi regreso.

Seis días después, cuando Valery me deposita en la Terminal 1 del aeropuerto de Frankfurt -70 millones de pasajeros al año antes de la pandemia-, los mostradores de facturación automática de Lufthansa están extrañamente vacíos, por fortuna para mí: nunca he facturado el equipaje de esa manera y las novedades tecnológicas me estresan. Mi amiga les pide a los profesionales de tierra que pululan por allí que, por favor, me ayuden. Y desde luego que lo hacen porque, aunque es sumamente sencillo, no acierto a unir los extremos de la cinta adhesiva identificativa, cualquiera diría que necesito volver a ver algún episodio de Barrio Sésamo. Continúo mi recorrido en solitario y en el control de seguridad todo transcurre plácidamente: absolutamente todas las personas encargadas de cada etapa del protocolo están pendientes de mí. Me siento la pasajera del año. Me arrebata que una muchacha me invite a sentarme para sacarme las botas y, una vez lo hago, las deposite en una bandeja, a mi lado. Solo falta que me masajee los pies.

Igual que hice en Barcelona, aprovecho mi paso por el duty free para perfumarme con Le jardin de Monsieur Li de Hermès, una de mis fragancias preferidas, y me dirijo con calma hacia la puerta de embarque de mi vuelo de regreso. Cuando el empleado de Lufthansa acaba de dar las indicaciones pertinentes en alemán y en inglés, una catalana palurda exclama, indignada, “y si no sabes inglés, ¡que te jodan!”. Mientras la observo perpleja, una joven se compadece de ella y se ofrece a ayudarla, así que continúa con su diatriba, “es que es un vuelo a Barcelona, ya no pido que lo repita en catalán, pero por lo menos en castellano. ¡Cuando llegue, escribiré una nota!”. Claro que sí, señora, tiene usted toda la razón, la capital de Cataluña es el ombligo del mundo y la compañía Lufthansa no solo debe rendirle pleitesía, sino que tiene la obligación moral de contar con personal políglota que domine todas las lenguas del planeta. Y, si no, ¡que no vuelen a tantos países! Me pregunto qué carajo hace una analfabeta idiomática viajando en solitario, y estoy a punto de sugerirle que en próximas ocasiones escoja como destino Andorra, pero prefiero hacerme la loca, parapetarme tras mi mascarilla y contestar en inglés a quien me pregunta en inglés con acento de Arbeca para mimetizarme con el entorno.

En cuanto pongo los pies en el aeropuerto del Prat y me dirijo a por mi maleta la mar de ufana -hemos aterrizado 20 minutos antes de lo previsto-, compruebo que han amenizado nuestra llegada con un laberíntico y fluorescente circuito que me conduce hasta un muchacho con diversidad funcional, seguramente la persona menos indicada para el cometido que le han asignado.

-¡El código QR!

-¿Cuál? ¿El de mi tarjeta de embarque? -y se lo muestro.

-No, ese no, ¡el código QR!

-¿El de mi certificado de vacunación? -y se lo muestro también.

-No, ¡el código QR!

-¿Cuál? No tengo ninguno más…

-Pues apártese y váyase allí, que hay mucha gente.

-Pero ¿A QUÉ CÓDIGO QR TE REFIERES?

Un hombrecillo con chaleco amarillo intuye que voy a empezar a insultar a Rainman y me pregunta si rellené el formulario de control sanitario que exige el Gobierno de España para entrar al país desde el exterior. Le respondo que sí, pero que la plataforma del ínclito Ministerio de Sanidad no me permitió adjuntar mi certificado de vacunación.

-Le sucede a algunas personas, mis compañeras le entregarán el formulario impreso, lo rellenará en dos minutos.

Otro pasillo más allá, en un mostrador improvisado con dos mesas, dos señoras me atienden y me entregan un impreso.

-Todo esto ya lo rellené online, pero la plataforma no me dejó cargar mi certificado de vacunación digital, cada vez que lo intenté me daba error.

-¿Lo hizo desde Alemania?

-Pues claro, la plataforma no me permitió acabar de completar el formulario desde España hace una semana, debía hacerlo 2 días antes de regresar, y hace dos días estaba en Alemania.

-Bueno, la verdad es que no funciona muy bien, hay personas que no tienen ningún problema y otras que, como usted, no pueden subir el certificado de vacunación.

Relleno a mano el maldito formulario, lo entrego en una ventanilla sita unos metros más adelante y otra persona -ya he interactuado con cinco- me pide, esta vez sí, mi certificado de vacunación.

Me siento protagonista de un artículo de Mariano José de Larra.

Asqueada, voy a por mi maleta, que entre tanto ya está dando vueltas por la cinta. Miro el reloj y son las seis de la tarde, la hora de llegada que indicaba mi reserva de Lufthansa. Y pienso «bienvenida a España».

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