Salir sin salir

Hace millones de años, en la remota era precoronavirus, cuatro parejas de amigos buscábamos algún alojamiento acondicionado para disfrutar juntos de un fin de semana y, a un tiempo, disponer de cierta privacidad. Así llegamos a la Masia del Bell Solà, una casona milenaria ubicada a kilómetro y medio de Sant Joan de les Abadesses que cumplía con nuestros requisitos. Entre tanto, llegó el bicho, nos puso la vida patas arriba y nos vimos obligados a posponer nuestra escapada conjunta en un par de ocasiones. La última, hace nada. Sin embargo, siendo autónomos mi marido y yo, estábamos especialmente sensibilizados con las vicisitudes de los microempresarios en este pandémico año.

– Tenemos que posponer de nuevo nuestra estancia de a ocho… Una pregunta, veo en vuestra web que también disponéis de un alojamiento más pequeño, el loft. ¿Está libre para nosotros dos?

– Sí, lo está.

– ¡Pues ahí vamos!

Lo bueno de teletrabajar es que te llevas la oficina puesta allá donde vayas. Lo malo es que, en cuanto llegas ufana y feliz a las montañas, cual Heidi cuando descubre la cabaña del Viejo de los Alpes, compruebas que las conexiones son insuficientes para tus necesidades tecnológicas y entras en pánico –nasíapa’sufrí-, hasta que caes en la cuenta de que te puedes acoplar al móvil, que para algo dispones de consumo de datos ilimitado. En fin, peripecias del freelanceo.

Nos requetechifla nuestro acogedor alojamiento. La entrada da a la antigua era de la masía, ahora un inmenso patio con vistas a las montañas, y la luz natural que se cuela por los grandes ventanales baña el salón durante todo el día. El calor de la estufa de hierro colado -cuyo fuego ya está prendido a nuestra llegada- caldea rápidamente no solo la planta baja, sino también la espaciosa alcoba de la planta superior, por donde trepa la chimenea hasta el tejado. Se está muy a gusto en este coqueto refugio. Como curiosidad: en un dormitorio mínimo anejo a la cocina se escondió durante la Guerra Civil Joan Pujol García, “el Garbo”.

Lina, la propietaria, también cuenta con antecedentes familiares que la vinculan con el pasado republicano de la masía, espero que nos los detalle cuando regresemos con nuestros amigos en cuanto el bicho nos dé tregua. Aunque hace ya tiempo que nuestra madurescente anfitriona dejó atrás la setentena, en mi opinión se plantó mentalmente en los treinta: despliega una energía y una vitalidad envidiables y es absolutamente arrebatadora. “Mis amigas son de tu edad”, me confía mientras me permite cotillear el apartamento con cinco suites -todos los dormitorios disponen de su baño privativo- que nos ha de hospedar cuando volvamos en pequeña multitud. Me encanta cómo cuida de cada detalle y cómo combina lo rústico con lo chic, y me fascinan los mil y un proyectos que tiene pendientes, todos relacionados con mejoras en su finca. Lo más inminente es una depuradora para eliminar el olor del agua sulfurosa de su pozo. A mí ese aroma tan característico me teletransporta al balneario de Paracuellos de Jiloca -mis escapadas termales y yo-, aunque mi marido no comparte ni mi afición a las aguas mineromedicinales ni mi opinión, “huele a huevos podridos”. Qué quisquilloso.

Decididos a aprovechar nuestro singular alojamiento en esta época de restricciones sanitarias, en Sant Joan de les Abadesses adquirimos vino y cositas ricas para nuestros aperitivos y almuerzos al sol, en la era, y nuestras cenas a la luz de las velas, junto al hogar, mientras permanecemos absortos en la mera e hipnótica contemplación de las brasas. Nos enamoran especialmente los productos de la carnicería-charcutería Marc Coma. Qué gran hallazgo.

– ¿Tenéis pa de fetge?

– Sí, y también fiambre de peus de porc. Y jamón de pavo que elaboramos nosotros mismos. ¡Esos huevos son ecológicos!

– Ya lo veo, son de una granja de por aquí… También querría llevarme un queso de oveja o de cabra, ¿cuál me recomiendas?

– Este de oveja, el Mas Farró.

– ¡Eso te lo dice porque él es de la Garrotxa! -se ríe su compañero.

– No, no lo digo por eso, ¡es el que más me gusta! -se defiende el charcutero que me atiende.

– ¿Y esas patatas, de qué están rellenas?

– De lo mismo que nuestros canelones y nuestros pimientos.

– ¿Y cómo se preparan?

– Hay que rebozarlas con clara de nuevo, pero solo con la clara, ¿eh?

– Gracias por la recomendación. También me llevaré un litro de vuestro caldo casero.

A los pies de la masía discurre la Ruta del Ferro i del Carbó. Sus 15 kilómetros siguen el antiguo trazado del ferrocarril que transportaba el carbón desde las minas de Ogassa hasta Ripoll. Es un sendero fácil que discurre sin pendientes y orilla campos, colinas de escasa altura y algún que otro huerto, ideal para pasear a pie o en bicicleta. A primera hora de la mañana, la ruta del ferro amanece cromada por la blanca purpurina de la escarcha y celada por un gato de Botero, orondo como una cantimplora, que rueda y ronronea a nuestros pies.

Siguiendo el consejo de Lina, nos acercamos hasta el Gorg de Malatosca, un discreto salto de agua cuya leyenda nos cautiva: en las noches de plenilunio, al abrigo de avellanos, sauces y helechos, esas mujeres libres, salvajes y savias que fueron las brujas celebraban allí sus fiestas y bailes.  

Mientras observamos las evoluciones del fuego de la chimenea de nuestra guarida, pensamos en esas magas avanzadas a su tiempo que fueron condenadas a perecer abrasadas en la hoguera. Qué hermoso hubiera sido comprenderlas, aprender de ellas y celebrar la vida con vehemente euforia. Nuestro último brindis en la Masia del Bell Solà va por ellas.

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