Un brindis (o los que haga falta) por el 2020

PenjatsSanMillanEmpezamos el año en Ezcaray con la intención de explorar sus aledaños y, de entrada, San Millán de la Cogolla se nos resiste: nuestro coche empieza a renquear poco antes de Berceo. Nos detenemos en el arcén y, tras cruzar algunas llamadas con nuestra compañía aseguradora y el servicio de asistencia de Nissan -cielos, ¿cómo sobrevivíamos antes de que existiera el teléfono móvil?-, esperamos pacientemente a la grúa que nos ha de llevar a la capital de La Rioja. Entre tanto, a nuestro automóvil-refugio le abraza un gélido aliento de Mordor: estamos a -3°C y la densa niebla se podría enrollar como algodón de azúcar.

pochasLogroñoPrimera lección del año: tomarse cualquier contratiempo de la mejor manera posible. Por ejemplo, con unas pochas con almejas en la calle del Laurel de Logroño.

SanMillánDayAfter24 horas después, insistimos en acudir a la cuna de la lengua castellana. Inasequibles al desaliento, detenemos nuestro vehículo de sustitución en la misma esquina de la carretera donde nos quedamos tirados. En esta ocasión, luce un sol radiante y aprovechamos para otear los campos salpicados de escarcha y los árboles desnudos, que de tanto en tanto sostienen racimos de muérdago. Más adelante atisbamos, por fin, San Millán de la Cogolla, la aldea que les creció a dos monasterios cuyos nombres derivan del latín: Suso, de sursum, arriba, y Yuso, de deorsum, abajo. En efecto, una toponimia digna de Barrio Sésamo.

SusoInfantesLaraEl origen del pequeño monasterio de Suso es la gruta donde el eremita Millán oraba entre los siglos V y VI: nuestra guía nos explica que el santo vivió 101 años. También nos refiere abracadabrantes milagros y pérfidas maniobras de los infieles, e hilvana un relato entre trasnochado y maniqueo en el que no falta la pincelada gore de los cadáveres decapitados de los siete Infantes de Lara, que yacen en el claustro del monasterio. El malvado personaje culpable de todas las fechorías es Al-Mansur bi Allah –el victorioso de dios-. Sí, el mismísimo Almanzor.

SusoCapitelesAlabastroLos devotos de Millán fueron mejorando poco a poco la cueva que cobijaba los retiros espirituales del santo. Así, pronto llegó una primera construcción visigótica y, ya en el siglo X, una interesante ampliación mozárabe, entre cuyos vestigios destacan los característicos arcos de herradura y dos primorosos capiteles de alabastro, que sobrevivieron al incendio provocado por las huestes de Al-Mansur en el año 1002. El recinto se recuperó con alguna última mejora en estilo románico antes de trasladar las reliquias de San Millán al flamante monasterio de Yuso, que se levantó, entre otros motivos, para consolidar la nueva liturgia romana y finiquitar los ritos mozárabes hispanos del viejo cenobio emilianense -obviamente, nuestra católica y apostólica guía omite esta información-.

SusoMozárabeLa iglesia es lo único que se conserva del famoso monasterio, cuya importancia radica, más que en el santo que propició su fundación, en los manuscritos que se crearon en su desaparecido scriptorium, uno de los más prestigiosos de la Edad Media: la Biblia de Quiso (664), una copia del Apocalipsis del Beato de Liébana del siglo VIII, el Códice Emilianense de los Concilios (992), las famosas Glosas Emilianenses y la Vida de Santa Oria de Gonzalo de Berceo, primer representante del mester de clerecía.

YusoAunque ya hice la visita guiada a Yuso con mis amigas Maite y Marta hace un par de meses, me encanta volver a hacerla: además de disfrutar de los nuevos detalles que aporta Leire -ninguna guía comenta el recorrido de manera idéntica-, me arrebata volver a escuchar de primera mano el fascinante uso del alabastro para preservar frescos y cantorales.

Nuestro interés por el tinto graciano nos conduce a la Bodega Abel Mendoza, en San Vicente de la Sonsierra. Nos recibe Maite, enóloga y esposa de Abel, quien enseguida nos invita a acomodarnos en una cálida cocina-comedor que se nota muy vivida -al fondo, un jamón en proceso de mengua, detrás de nosotros, una chimenea colosal en la que todavía se aprecian las cenizas de la última velada entre amigos-. Es una afable mujer que nos va desgranando los orígenes de su proyecto de vida, hace ya 30 años, las peculiaridades de la orografía de la zona -es un territorio riojano que comparte margen del Ebro con Álava en alegre promiscuidad- y cuánta enjundia encierra cada una de sus botellas de vino.

BodegaAbelMendozaMaite nos detalla el proceso de maceración carbónica con que elaboran sus caldos: la uva se recoge a mano, se transporta a pequeña escala y se vierte en un lago -así es como se denomina el gran depósito abierto de cemento-, donde los granos enteros fermentan intracelularmente. En ese inmenso lagar se sigue prensando la uva como antaño: pisándola. Mediante este proceso se obtienen tres calidades distintas de vino: el de lágrima o yema, procedente de los racimos rotos, el corazón, que proviene de la pulpa de los granos de uva enteros, y el de prensa, fruto del último estrujado. En Abel Mendoza solo embotellan el vino corazón, el de lágrima y el de prensa lo venden a empresas que comercializan vinos a granel.

Cinco familias viven de su producción vitivinícola, que por decisión propia se restringe a 70.000 botellas al año. Comercializan quince vinos distintos, uno de los cuales combina las cinco variedades de uva blanca autóctona que cultivan: malvasía, viura, garnacha blanca, torrontés y tempranillo blanco. Por desgracia, nos quedamos con las ganas de probarlo, porque ya no les queda ninguna botella. Sí que nos llevamos, entre otras preciosas adquisiciones, su vino 100 % graciano, aunque nos advierte de que debemos dejarlo envejecer unos meses más en su botella, cuantos más, mejor. Así lo haremos.

Haro_decadenteDurante nuestros días de asueto riojano visitamos también Haro, cuya sobrecogedora decadencia nos conmueve, y Santo Domingo de la Calzada, en cuya catedral un gallinero gótico alberga dos insólitos y plumíferos huéspedes: los mitos y leyendas de la zona nunca dejarán de sorprenderme. Ambas poblaciones despiertan en nosotros entre compasión y ternura: los carteles de inmuebles en venta, los más tan regios como desvencijados, son legión.

Desde nuestro subjetivísimo punto de vista, nada puede compararse a Ezcaray, tan pequeña y, a la vez, tan afín a todo aquello que nos gusta.

Los lugareños se muestran quejosos por la falta de nieve, que impide abrir las pistas de esquí de Valdezcaray, aunque se consuelan con los preparativos de la cabalgata del 5 de enero. Desde las ventanas de nuestro apartamento contemplamos la comitiva, encabezada por Herodes, que conduce un carro romano tirado por un burro, y un grupúsculo de centuriones con las piernas y los brazos al aire, eso sí que es ardor guerrero. A pesar del rucio, la puesta en escena promete. Pero no: tras la guardia pretoriana del rey de los judíos, avanza una colorida locomotora (¿?), luego tres comparsas de películas infantiles en plan carnaval anticipado y, por fin, las tres carrozas de los magos de Oriente. Y sí, lo habéis adivinado: Baltasar es Al Jolson en “The Jazz Singer”, pordiosquédespropósito.

Pero no hemos venido a aquí a ver la cabalgata, sino a almacenar botellas de vino para los próximos meses y a saborear las exquisiteces locales.

PulpoCasaMasipReservamos mesa en Casa Masip y no puede gustarnos más. El salón es clásico pero acogedor, y nos instalan en una mesa soberbia, bajo una de las ventanas que dan a la calle. Me pido una sensacional carbonara con setas capuchinas y trufa negra, y perdiz escabechada con una vinagreta muy particular, suave, dulce y jugosa. Regamos el almuerzo con un Allende Graciano de 2005 y salimos del restaurante pletóricos.

En cambio El Cuartito del Echaurren nos decepciona terriblemente. La ensalada de aguacate y langostinos es un cóctel de gambas versionado que nada en salsa rosa -un aderezo que me repugna-, el tartar de salmón estilo salpicón, que podría ser un plato exquisito, está innecesariamente bañado en mayonesa, y la pasta fresca con huevo escalfado, verduritas y gambas está ahogada en mantequilla. Tras ese abuso de aliño a traición, salgo del restaurante con el estómago revuelto. Nadie es perfecto, ni siquiera los Paniego.

De todos modos, nuestro restaurante preferido ezcarayense es el coqueto bistrot que improvisamos cada noche en nuestro cálido apartamento abuhardillado, alumbrados por el hipnótico fuego de nuestra chimenea de hierro colado. Por muchas cositas ricas y muchos descorches más.

CenitaEnCasa

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