Miedo y asco en Barcelona

Esta mañana, en la frutería del barrio donde suelo comprar, una señora bien de Sant Gervasi se queja a Marlén con tono de reproche.

– Ayer vine a hacer una gran compra y no estabas tú –como si la maravillosa persona que, hoy domingo, nos atiende, tuviera que acomodar su descanso semanal a sus pequeñoburgueses designios-. Esa otra chica que había, ¿es tu hermana?

– No, ¿por qué? -responde Marlén, sorprendida.

– Es que como todas os parecéis…

Entonces Marlén demuestra que la verdadera dama es ella: no pierde su dulce y eterna sonrisa y la mira con una envidiable mezcla de indiferencia y perplejidad.

En cambio esa vecina sí que se parece a otra madama: mientras paseo con mi madre por el jardín de la residencia donde la atienden, critica que la principal lengua de los cuidadores sea el castellano. Curiosamente, de cómo velan, lavan, peinan, dan friegas, curan llagas, alimentan, cambian pañales, limpian vómitos, abrazan, arropan, acompañan, consuelan, sonríen, acarician o susurran con cariño, no comenta nada. Haría bien en sacar de allí a su madre y contratar a una auténtica pubilla para que se ocupara de ella a base de ratafia mientras le canta el Virolai.

Los nietos de ambas arpías son dignos depositarios de ese etnicismo esencialista que ha mutado el xarnegos por castellans –como si el cambio de un término por otro camuflara el desdén con que lo escupen-, aunque su profundo desprecio sigue siendo el mismo: de igual manera que invaden los espacios y servicios públicos que son de todos, obstaculizan el acceso a clase a los universitarios que no piensan como ellos. Y si queman el mobiliario urbano, sus madres salen a la calle a gritar que a sus niños no los toca nadie, con lo monos que han quedado en los selfies que se han hecho junto a sus vistosas fogatas verbeneras. Aunque muy avispados no son: se cubren la cara y el cabello y luego lo comparten todo en redes sociales. Bueno, no todo, a veces editan las imágenes, al fin y al cabo es por una buena causa.

El vídeo en su versión íntegra empieza así: en un cruce del Ensanche, un grupo de púberes cataborrokos envuelve en cartón unos contenedores y los transforma en inminente pira. Antes de que les dé tiempo a prenderles fuego, se aproxima la muchachada del aguilucho. Al apercibirlos, la mayoría de los vándalos incendiarios pone pies en polvorosa. No obstante, uno de ellos se queda y se encara con los cafres rojigualdos, incluso les desafía con un lenguaje gestual bronco. No es valentía, es temeridad. O tal vez exceso de sustancias deshinibidoras en sangre.

Después de la tremenda paliza, algunos medios resumen la noticia: fascistas apalean a un antifascista. A pesar de la gravedad del linchamiento, el titular me parece tendencioso. Stricto sensu, fascistas lo son todos, porque fascista es quien impone y no admite la discrepancia. Quien se toma al pie de la letra els carrers sempre seran nostres -qué cosas, lo mismo decía el ínclito Manuel Fraga Iribarne-. Digo yo que la calle será de todos los barceloneses y barcelonesas, en nuestra variopinta diversidad y nuestras eclécticas discrepancias.

La etnocracia se ha incrustado en la sociedad y las instituciones catalanas espoleada por Torra, un activista de última hornada que, en cambio, hace ocho años se indignó cuando el movimiento 15-M rodeó el Parlament. Un presidente que admira a los hermanos Badia –reitero, ¿quién era fascista?-, los gestapillos de Estat Català, da miedo y asco. O asco y miedo, no sé en qué orden.

CapitàCollons

Un comentario en “Miedo y asco en Barcelona

  1. Gracias Helen por compartirlo Increíble lo q describes. Da asco y siento el sabor a asco q Te da a ti. Nos queda ese sabor q sabes Renán Igor como nadie. Gracias por tus reflexiones

    Enviado desde mi iPhone

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