Las almagras atacan de nuevo

Acudir al Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro se ha convertido en uno de los momentos más esperados del verano. Este año se nos sumó mi hija Mariola, y mi amiga Val ya se ha reservado en la agenda el primer fin de semana de julio de 2019. La expedición va creciendo por momentos, a este paso tendremos que desplazarnos en microbús. Entre tanto es Miguel, nuestro taxista, quien viene a buscarnos a la estación del AVE de Ciudad Real y nos traslada en un plis hasta el corazón de la aldea manchega: nos alojamos en un apartamento ubicado en el número 6 de la calle de San Agustín, al lado de todo lo que nos interesa.

PlazaMayorNocheA las ocho y media de la tarde el calorazo es denso y asfixiante, no obstante nos hace ilusión cenar en una de las terrazas de la Plaza Mayor.

– Aquí pasamos al verano de golpe, el calor aprieta desde mayo hasta octubre.

– ¿Y qué coméis con estas temperaturas?

– A ver, gazpacho, salmorejo, ensalada… Claro que también legumbres, porque el verano es muy largo y hay que ir variando -ojipláticas nos quedamos, y nuestra interlocutora matiza-: las guisas, esperas que se enfríen y, si queman, soplas un poco.

Grandes logros de la comunidad almagreña: ingerir cocido a chorrocientos grados y sustituir el Fortasec por manchego seco.

El escenario de la representación de nuestra primera noche es el Hospital de San Juan. Como espectadora de sexo femenino, “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina, versionada por Borja Ortiz de Gondra, me indigna la mayor parte del tiempo: contemplar el devenir cotidiano de los roles de género de no hace tanto -de hecho, para según quién continúan tan inmutables como las leyes del universo- me saca bastante de mis casillas. Eso sí, la escenografía y el vestuario son espléndidos y los actores de la Compañía Nacional de Teatro Clásico desempeñan sus múltiples papeles de manera magnífica. Con su irritante talante machirulo y su sombrero de gángster enroscado en la cabeza, el Don Juan de Raúl Prieto me recuerda bastante a Loquillo. En fin.

Después de desayunar en la cafetería Teo, en una esquina de la Plaza Mayor, nos acercamos al Museo Nacional del Teatro, una entretenida panorámica por el devenir de la dramaturgia ibérica que, sin embargo, ni conmueve ni emociona. Tratándose del único recinto expositivo dedicado a la historia de las artes escénicas patrias, una se esperaba un poco más de creatividad en su planteamiento, llamadme fantasiosa. Lo más destacable es la colección de réplicas de antiguos mecanismos de efectos especiales, que se exhiben en el perímetro del bonito claustro mudéjar del edificio y se pueden manejar para comprobar su funcionamiento. En la Iglesia de San Agustín, la exposición temporal “El arte de crear ilusiones: sonido, luz e ingeniería en el teatro barroco” redunda en la misma experiencia interactiva. Allí, por cierto, aprendemos de dónde procede la expresión “dar la matraca”: el ingenio ruidoso de ese nombre atronaba en las iglesias por Semana Santa, cuando no se podían repicar las campanas.

Nos parapetamos en la escasa sombra que se arrima a los soportales para llegarnos al Palacio de los Condes de Valdeparaíso, que perteneció a Juan Francisco Ruiz de Gaona y Portocarrero, primer Conde de Valdeparaíso, Ministro de Despacho UnivePlaza de Santo Domingorsal de Fernando VI, regidor perpetuo de Almagro y Caballero de Calatrava. Ya veis, un hombre sencillo. Frente a esta mansión señorial se alzaba, hace 12 meses, un inspirador árbol cuajado de libros que desparramaba sus páginas por un parquecillo ahora desnudo de literatura y, por ello, un poco huérfano.

A su vera, en la adoquinada Plaza de Santo Domingo, se elevan, solemnes, la Casa del Capellán de las Bernardas, del siglo XVI, y el Palacio de los Marqueses de Torremejía, levantado entre finales del siglo XV y principios del XVI, aunque sus herederos, ya en el siglo XVIII, lo remodelaron y modificaron la portada.

La Tabernilla es desde ya nuestro mesón de referencia en Almagro. Eduardo, el dueño, es un aparejador tan entrado en años como en kilos que siempre había soñado con abrir un restaurante. En el acogedor comedero se almuerza y se cena divinamente porque lo preparan todo ellos, desdeTorrezno las anchoas hasta las alcachofas en aceite. Los huevos lucen esa yema amarilla que delata la felicidad de las gallinas que los pusieron, y su cerveza de barril, por supuesto Estrella de Galicia, expande su vivificante frescor desde el gaznate hasta las entrañas. Su plato más célebre es un torrezno con berenjena tamaño diplodocus, aunque durante su horneado extraen el 50% de su grasa y resulta soprendentemente liviano.

– Ten, tómate esto, es lo que nos preparaban nuestras madres de pequeños cuando andábamos estreñidos.

– ¿Qué es?

– Judías verdes con caldo de berenjena de Almagro.

Ya veis, Eduardo nos ha adoptado y se ocupa de nosotras con ternura. Lo mismo que Montse, la dueña de “El baúl de Iris”, a quien conocimos el año pasado. O cualquier otro lugareño con quien entablemos conversación: los almagreños son acogedores y familiares.

CorralDeComediasNuestra segunda noche de teatro clásico es gloriosa. En el Corral de Comedias presenciamos “Desengaños amorosos”, una versión libre de diez narraciones de María de Zayas (Madrid, 1590-1661), la primera mujer española que escribió y publicó obra de ficción con su nombre. Es el contrapunto perfecto del Don Juan de la noche anterior: la trama hilvana reflexiones sobre temas tan abracadabrantes en el Siglo de Oro como la libertad de la mujer, la educación como origen de desigualdad de género o la homosexualidad. Fascinante. Cuánto debió sufrir nuestra heroína protofeminista por nacer varios siglos antes de lo que le hubiera tocado. Cuando acaba la función, Mariola y yo nos ponemos en pie y aplaudimos a rabiar. Hubiera dado un abrazo a Nando López por su maravillosa adaptación, a Ainhoa Amestoy por la dirección de escena, y a Silvia de Pé, Manuel Moya, Lidia Navarro y Ernesto Arias por sus soberbias interpretaciones. Qué experiencia tan memorable.

PlazaMayorDíaEl domingo nos despedimos de la población manchega, cómo no, desayunando en la Plaza Mayor. El próximo año, más, pero no mejor, porque es imposible, que diría El Gran Wyoming.

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