Mi vida es mía

Mamá ya no es mamá. Aunque a primera vista pueda parecerlo, si te fijas bien –algún lamparón en la ropa, el cabello apelmazado, la mejilla tiznada de tapaojeras-, enseguida te das cuenta de que algo no anda bien. Luego, cuando entablas conversación con ella y, al cabo de nada, te salpica con su verborrea vacua, reiterativa e imprecisa –no recuerda el nombre de algunos objetos básicos, inventa viajes imaginados, confunde términos y conceptos-, se le adivina la demencia.

La medicina moderna es, a veces, inverosímil al tiempo que perversa, porque confunde vida con constantes vitales. Pienso en mi suegra y la recuerdo tres años encogida en un lecho, toda ella piel y huesos, alimentándose de gelatina y sin mostrar respuesta a estímulo alguno. Los neurólogos recetan unas maravillosas píldoras que ralentizan el proceso degenerativo de la enfermedad de Alzheimer. Y sin embargo, no curan, tan solo prolongan la agonía con una falsa sensación de que el tiempo se detiene y, con él, la enfermedad. Para algunas farmacéuticas, que obtienen pingües beneficios de los pacientes crónicos, esos tratamientos constituyen un negocio muy lucrativo. Como leí recientemente en un foro, la ley que por fin regule la eutanasia llegará cuando la sanidad pública no pueda soportar el envejecimiento de la población y prescinda de la subsistencia vegetativa: al parecer, recortar gastos es una razón de estado más importante que la dignidad de las personas. Qué triste.

Sugiero que los neurólogos atiendan también a los familiares y nos prescriban ansiolíticos, antidepresivos y somníferos. Quizás así podremos sobrellevar mejor las noches en blanco, el pertinaz nudo en el estómago, la implacable impotencia ante una situación imposible de controlar que puede dilatarse durante años. Como una condena. Ahora comprendo a la perfección la súplica de Julianne Moore en la imprescindible “Still Alice”: ¡Ojalá tuviera cáncer!

eutanasia.gifMe niego a acabar así. A dejar de ser yo. A permanecer conectada a una máquina o a perderme en el limbo de la enajenación e ir desapareciendo poco a poco y de manera inexorable, sin opción a despedirme de las personas a quienes más quiero. A sufrir ese macabro embalsamamiento en vida que es la existencia vegetal, sin conciencia y despojada de mí misma. Exijo, llegado el caso, elegir cómo y cuándo morir. Y hacerlo plácidamente, rodeada de los míos. Con cariño. Con amor. En paz conmigo misma. E idealmente sin tener que viajar a Suiza para conseguirlo.

Lo comparto aquí, en público y a la vista de todos. Es mi testamento vital. Que cada cual haga con su vida lo que le parezca, pero mi vida es mía.

Anuncios

2 comentarios en “Mi vida es mía

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s