Selandia

De regreso hacia Selandia en la penúltima etapa de viaje, con pernocta en Esbjerg para no desplazarnos hasta Copenhague del tirón, Ribe nos parece una reparadora bocanada de aire fresco. La villa más antigua de Dinamarca está perfectamente preservada y resulta muy agradable para pasar el día sin hacer nada especial, salvo observarlo todo con los ojos bien abiertos: en cada callejuela se alinean primorosas casitas que atesoran siglos de historia. Ribe_RestaurantAprovechamos para almorzar en Postgaarden, un hostal coqueto y risueño en el que trabaja una camarera tan alta como la luna de la canción. Al principio pensamos que hay una tarima tras el mostrador, pero no: en cuanto viene con los platos que hemos pedido, comprobamos que es enjuta y larguirucha como una espiga de trigo. Los daneses están supervitaminados e hipermineralizados.

Pasear un sábado soleado por Copenhague puede resultar muy estresante, sobre todo cuando Radhus Pladsen y Kogen Nytorv, sus dos plazas más emblemáticas, están patas arriba, blindadas con vallas infranqueables -tanto para los pies como para los ojos- y solo practicables por los laterales. De entrada nos sumergimos en la marea humana que asola Strøget y Nyhavn, pero al final optamos por soslayar las hordas de turistas como nosotros y nos escabullimos por la intransitada Laederstraede. Tras un reparador almuerzo en la cafetería Spis, nos acercamos a Gråbødretorv y permanecemos un buen rato escuchando absortos a un músico callejero que interpreta piezas de Joaquín Rodrigo con su guitarra española. RundetaarnAdemás de las preciosas casas que se conservan intactas desde hace siglos, en el centro histórico nos impacta especialmente la Rundetaarn. Construida entre 1637 y 1642, su rampa caracolea hasta una azotea que alberga un observatorio astronómico, el más antiguo de Europa todavía en funcionamiento. A mitad de camino hasta lo más alto de la torre se puede curiosear el espacio donde se ubicó la primera biblioteca universitaria de la ciudad, aunque en 1861 hubo que traladarla de allí por falta de espacio.

Mis adolescentes hijas están menstruantes y agotadas, aborrecen la ciudad y se niegan a entrar al decimonónico parque de atracciones Tivoli. Así que las escoltamos hasta nuestro hotel Cabin Express y nos dedicamos a inspeccionar los alrededores. Comprobamos que en nuestro barrio abundan los establecimientos orientales e italianos y, tras un agradable paseo por el vecindario, subimos al coche para nuestra particular panorámica de la ciudad. Las siete de la tarde de Copenhague son como las diez de la noche de Barcelona. Todo se ve tranquilo e intransitado y recorremos la ciudad sin prisas -qué hermosa arquitectura- hasta Churchill-parken. En efecto, nos dirigimos a perpetrar el crimen recurrente de todo turista que se precie: ver Den Lille Havfrue, la archiconocida Sirenita. A última hora son ya escasos los visitantes que se hacinan en el perímetro de esa escultura insignificante y absurda, una especie de Elsa Pataky de los iconos urbanos. Aún no le acabo de ver la gracia.

De regreso a nuestro hotel estacionamos el automóvil en el parking y, un par de calles más allá, nos instalamos en un rincón de la barra de la coctelería Salon 39. Cuánto necesitábamos este paréntesis a solas. Yo me tomo tres cócteles como si fueran Fanta y el alcohol con sus necesarios aderezos me sienta de fábula. Pequeños placeres mundanos. Como en la habitación familiar no disponemos de demasiada intimidad, acabamos en el coche muertos de la risa, rememorando nuestra lejana juventud.

Decidimos pasar el domingo explorando Selandia. Cuando llegamos al Vikingeskibs Museet de Roskilde a primera hora, nos topamos con algunos ánades que todavía duermen. Lo hacen de pie sobre una pata, la otra recogida y la cabeza acurrucada, escondiendo el pico entre su plumaje.

BarcosVikingosEl Vikingeskibs Museet es más que recomendable. Expone lo que queda de cinco naves vikingas que se hallaron en 1962, durante unas excavaciones en el fiordo de Roskilde. Formaban parte de un sistema de barreras defensivas y han ayudado a reconstruir cómo se relacionaban los vikingos con el mar. En la dársena del museo se pueden contemplar algunas embarcaciones ensambladas allí mismo como un gran rompecabezas, siguiendo antiguas técnicas de carpintería naval recuperadas. Durante el instructivo recorrido los visitantes conviven con diferentes artesanos, que trabajan en nuevos prototipos destinados a mejorar el fondo museístico.

Nos acercamos a la imponente catedral de la población, la Roskilde Domkirke, y decidimos cambiar de lugar y almorzar en la cafetería del Louisiana Museum. No obstante, nos vemos obligados a desistir: hay tal concurrencia de visitantes que cualquiera diría que toca una banda de rock. Y es más o menos así, porque del 24 al 27 de agosto se celebra “Louisiana Literature, Festival Events in English”. Así que sin bajar del coche ponemos rumbo a Helsingør –la Elsinore shakespeariana-. Por suerte: la carretera que bordea la costa del estrecho de Øresund, jalonada de preciosas casas de veraneo, es un placer inesperado. KronborgEl mayor atractivo de la localidad costera, con su majestuoso perfil divisándose desde varios kilómetros a la redonda, es Kronborg, el castillo de Hamlet. A pesar de la parquetematización ad nauseam, el entorno es agradable e invita al paseo. Rodeando la fortaleza hasta su zona posterior, que linda con el mar, se llega a una plácida playa de guijarros desde la que se divisa Suecia.

Sobre las cuatro insistimos en llegarnos al Lousiana Museum. En esta segunda ocasión  sí que conseguimos estacionar nuestro auto de alquiler y adentrarnos en el renombrado recinto expositivo, tan interesante o más que las numerosas y eclécticas obras que alberga. Museo_pulgarMientras nuestras hijas juegan a las cartas en el jardín, recorremos pasillos, salas y veredas –hay esculturas también en el exterior-, absorbiendo aproximaciones diversas de artistas daneses y foráneos. Aunque lo más hermoso es el lugar en sí, todavía más mágico envuelto con el manto de purpurina del atardecer.

Regresamos a Copenhague por el litoral, disfrutando de la puesta de sol, y decidimos obsequiarnos con una cena por nuestro barrio. La camarera de un pub donde solo sirven pastel de carne con patata –Mariola se pone estupenda y rehúsa tomarlo, aunque huele que alimenta- nos recomienda Madklubben, en Vesterbrogade 62. Es un establecimiento con onda y de cuidado diseño a precios ajustados –para ser Copenhague y en la franja noche-. Está abarrotado y los adultos amenizamos la espera con un cóctel buenísimo, Dark’n’stormy. Lleva ron, cerveza al gengibre y lima. Espectacular. Las adolescentes se quejan todo el tiempo y prefieren comprar el postre en el supermercado de al lado: una tarrina de arándanos para cada una. En fin.

Esta mañana, en la cotidiana normalidad de un día laborable -las bicicletas circulando en colorida diversidad-, Copenhague lucía radiante y despierta. Puente_MalmoNos despedimos de Dinamarca en Dragør, desde donde se contemplan unas excelentes vistas del puente de Øresund, que enlaza Copenhague con Malmö. Al otro lado, Suecia. A diez minutos de allí, el aeropuerto. Y a tres horas de vuelo, de nuevo nuestras vidas. También el Alzheimer de mi madre, pertinaz e implacable. Qué duro regresar a esa realidad.

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