Dinamarca en familia

Se ha hecho esperar, qué largo se me estaba haciendo este mes de agosto por circunstancias que no hace falta detallar. No obstante, por fin ha llegado la anhelada escapada de nueve días a Dinamarca, el proyecto compartido para el que habíamos estado engordando la hucha familiar desde hacía tantísimo tiempo. Bueno, en realidad el destino soñado era Nueva Orleans, sin embargo esa señora de nombre alemán que está usurpando a mi madre -Frau Alzheimer- me hizo desestimar la idea: demasiados kilómetros de por medio.

Copenhague está a tres horas de avión de Barcelona y a dos de coche de Odense, la primera escala de nuestro periplo. En el mismo aeropuerto de Kastrup, previo paso por la oficina de alquiler de coches de Sixt, nos subimos a nuestro flamante y novísimo Renault Scenic, dispuestos a recorrer durante nueve días las islas de Selandia y Fionia y la península de Jutlandia. Mientras atravesábamos el puente colgante más largo de Europa, Storebaeltsbro, nos fascinaron la asombrosa luz del cielo escandinavo y las geométricas coreografías de las bandadas de gansos.

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Llegamos al Hotel Ansgar de Odense agotados, así que dimos un paseo por los agradables aledaños para otear las opciones que teníamos más a mano para la cena. Por suerte escogimos bien, www.papacucina.dk, una pizzería en la que nos atendieron una camarera griega simpatiquísima y un cocinero persa encantador. Aunque las pizzas tenían una pintaza impresionante, optamos por unos suculentos bocadillos. El pan lo preparan con la misma masa con que elaboran las pizzas y los rellenos son abundantes y sabrosos: el de bresaola con rúcula, parmesano y salsa pesto estaba exquisito. Sí, se puede comer bien y a un precio razonable en territorio danés. Por lo menos en Odense.

Al día siguiente, tras arrasar en el apetitoso bufé de desayunos de nuestro hotel –su otro punto a favor es que disponen de aparcamiento gratuito para los clientes-, nos dirigimos a Svendborg, desde donde parten los ferrys a la isla de Aerø. Aunque no habíamos reservado plaza para nuestro automóvil, pudimos embarcar sin problemas. Mientras disfrutábamos plácidamente de la travesía, un empleado de la naviera se acercó a cobrarnos los billetes, que a partir del 14 de agosto, día en que se inicia la cheap season, son muchísimo más baratos.

-¿Cuál es el número de matrícula de su coche?

– No, no figura en su lista, no habíamos hecho reserva.

Y entonces nos mira ojiplático.

– ¿No tienen reserva? Hoy todos los barcos van muy llenos, quizás no consigan plaza para regresar…

Pues qué bien. El empleado que nos había animado a subir, aun sin reserva, no nos advirtió de que luego tal vez no podríamos volver. Qué gran profesional. Enseguida telefoneé a la naviera y la chica que respondió cortó la comunicación –se ve que la cobertura era pésima y no me oía-. Mariola quiso insistir personalmente y a ella no le colgó -quizás su timbre de voz es más transoceánico-. Pero le aseguró que no quedaban plazas para automóviles. Que nos acercáramos a la hora de embarcar y que, si teníamos suerte y alguien no se presentaba, podríamos ocupar su lugar. Seguro que lo de encomendarnos a un santo no nos lo propuso porque era protestante.

Quise verificar por mí misma que no había ni una sola plaza disponible –llamadme desconfiada- y entré en la web de Aerøfaergerne desde mi móvil. Y comprobé que, a pesar de lo que acababa de afirmar la empleada del año, quedaba alguna plaza en el trayecto que salía a las 20:35 h, el último del domingo. Tardísimo. Pero reservé plaza a toda velocidad, mejor eso que nada.

Desembarcamos en el puerto de Aerøskøbing y, en lugar de empezar a callejear por la colorida población, nos dispusimos a recorrer la isla, al fin y al cabo contábamos con largas horas por delante. Comprobamos que es un lugar encantador, incluso cayendo chuzos de punta -el clima danés es así, a ratos sol refulgente, a ratos lluvia torrencial-. Mientras avanzábamos por la carreterilla, observábamos bonitas granjas pintadas de brillantes colores, algunas muy parecidas a los cottages de la campiña inglesa. Al cabo de nada ya estábamos en Søby, la diminuta población que se asoma al mar desde la otra punta de la isla y que cuenta con un embarcadero similar al de Aerøskøbing. Entonces volví a mirar el folleto que indicaba los horarios. Y se hizo la luz: desde Soby había un ferry a las 15:45 h que conectaba con Faaborg. Entré de nuevo en la web, ¡y había plaza disponible para nuestro coche! De modo que reservé, rauda cual plusmarquista. Enseguida me llegó un correo electrónico de la naviera, advirtiéndome de que anulaban la primera de mis reservas para evitar duplicidades. Qué cosas, la plataforma online es más eficaz que los empleados de a pie. Tomad buena nota: si queréis tomar el ferry que conecta la isla de Fionia con la isla de Aerø, reservad plaza para vuestro coche en http://www.aerøe-ferry.dk. No es necesario abonar nada por adelantado, solo indicar la matrícula.

Blog_2Ya más relajados porque teníamos el regreso garantizado a la hora que deseábamos, volvimos a Aerøskøbing para caminar por sus calles adoquinadas y contemplar sin prisas sus preciosas y coloridas casas de madera, que se conservan primorosamente desde hace cientos de años. Algunas viviendas disponen de espejos en las ventanas para poder ver quién llama a la puerta sin tener que salir a la calle. O para curiosear quién pasea por el vecindario. En otras, los vecinos exponen mercancías a la venta –los precios perfectamente indicados en cartelitos caligrafiados- junto con una hucha en la que insertar el importe. Un autoservicio así solo es posible en una comunidad honesta, confiada, íntegra. Me quedaría a vivir en Aerøskøbing. Si no fuera por el ferry.

Una taberna marinera del puerto de Aerøskøbing, aerørøgeri.dk, ofrece platillos de ahumados –arenques, salmón, incluso mejillones-, tanto en bocadillo como acompañados de pan o de patatas fritas. Cuentan con tres o cuatro veladores con sillas metálicas en el interior –ideales para mediterráneos como nosotros, que preferimos refugiarnos del clima hostil-, así como con mesas y bancos de madera junto a la entrada y en un patio posterior. Qué almuerzo tan agradable.

Antes de partir desde Søby en nuestro ferry, todavía tuvimos tiempo de acercarnos al pequeño faro –modesto, más semáforo que faro- que se levanta en el extremo de Aerø más próximo a la isla de Fionia. Sí, reconozco que tengo cierta fijación con esos pétreos periscopios, que lanzaban reconfortantes destellos de esperanza a los navíos sumidos en la negra noche del ancho mar. Quizás porque todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos faros que nos iluminen. Que nos ayuden a evitar los escollos. Que nos impidan naufragar.

 

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