Barcelona desde la azotea

Desde el pasado viernes aprecio un poco más la azotea del inmueble donde vivimos: ahora sé que forma parte de la esencia mediterránea de Barcelona. Y es que anteayer mi amiga Iciar y yo disfrutamos de una de las expediciones de http://www.barcelonarooftops.com, una plataforma que organiza recorridos por los oteaderos vecinales de mi ciudad.

Plaça_Reial_-_Fanal_de_GaudíIniciamos el itinerario en plena Plaça Reial, al lado de una de las dos farolas que diseñara un jovencísimo Antoni Gaudí. Tras la primera explicación de nuestro cicerone-historiador, y previo ascenso por una angosta y caracoleante escalera, gateamos hasta lo más alto de un desvencijado edificio de la Rambla que se levanta frente al Gran Teatre del Liceu.

Allí supimos que, en plena industrialización, cuando Barcelona inició su transformación en Rosa de Foc -Rosa de Fuego-, las tradicionales construcciones de dos plantas –la de a pie de calle para el negocio, la superior para la vivienda- empezaron a crecer verticalmente a fin de poder hospedar a las familias de los trabajadores: cada nuevo piso que le crecía a la estructura era de menor calidad y de más difícil acceso –todavía no había ascensores-. Se empezaron a techar los edificios con azoteas porque resultaba más fácil y más barato que hacerlo con tejados. De ese modo se crearon unas zonas limpias –en aquella época las vías urbanas eran nidos de barro y heces equinas- que las familias proletarias enseguida convirtieron en ágoras de estar por casa.

En las azoteas se ubicaban los lavaderos, los palomares y la vivienda de la portera, y las mujeres más humildes, que por supuesto habitaban en las plantas más altas, se ocupaban de la colada o cosían mientras sus retoños correteaban a su alrededor, mientras que las criadas de las plantas más nobles, que también subían a lavar la ropa de sus adinerados patronos, se relacionaban con las comadres de los terrados colindantes. Por San Juan o con motivo de cualquier fiesta que diera pie a celebrar algo se montaban saraos en los que participaba toda la comunidad, mientras que en las noches estivales más calurosas había quien subía el colchón y dormía allí, al fresco. Claro que este pequeño edén vecinal llegó a su fin cuando se popularizaron la lavadora y el automóvil, que despojaron a las azoteas de su delicioso bullicio y las fueron llenando de unidades exteriores de aire acondicionado y pestilencia a fritanga de bar. Por lo menos, así luce ahora esa primera azotea que visitamos. Claro que luego vendrían un par más.

SantJustiPastorLa segunda altura hasta donde trepamos fue la de la Basílica dels Sants Màrtirs Just i Pastor, que se esconde de los turistas en la intransitada plaza a la que da nombre, justo detrás de la populosa Plaça de San Jaume. Se empezó a construir en el siglo XIV pero, al cabo de seis años, la peste negra que asoló la ciudad dilató las obras un par de siglos. Según se entra en el templo gótico, a mano izquierda, una escalerilla conduce a la recoleta terraza que da acceso al campanario. Yo me quedé en esa balconada porque mi indomeñable claustrofobia me impidió culminar la ascensión –la prieta escalera del campanario da la impresión de que te va a engullir-, sin embargo Iciar continuó hasta el final y quedó gratamente sorprendida: la torre es un soberbio mirador desde donde se disfruta de una hermosa panorámica del casco antiguo de la ciudad.

façanaAntes de encaramarnos en la tercera y última azotea de la tarde, nos asomamos a la fachada original de nuestro magnífico ayuntamiento, una muestra de gótico civil catalán que fue mutilada a mediados del siglo XIX a causa de las obras de construcción del actual acceso principal. El cortipegui que luce es espeluznante, aunque hubiera sido muchísimo peor que la tiraran abajo, tal y como pretendía el arquitecto municipal, Josep Mas i Vila. Por desgracia en mi ciudad abundan los crímenes urbanísticos, todavía ahora.

Pero regresemos a los terrados, que es donde estábamos. Nos despedimos de nuestro peregrinaje por las alturas en una solana desde la que se contempla la Plaça Sant Jaume como si fuera un tablero de Monopoly: desde allí arriba, todos quienes pasean por la afamada explanada con la pretensión de hacer historia parecen piezas diminutas de un juego tan entretenido como intrascendente. Cuánto ayuda a relativizarlo todo observar la vida desde la azotea.

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2 comentarios en “Barcelona desde la azotea

  1. Qué interesante saber la historia de lugares tan comunes como las azoteas, pues seguramente mucho (o al menos yo) nunca nos hemos preguntado por qué comenzaron a construirse. Me ha gustado mucho el post y aprender un poquito más de la historia de nuestra ciudad.

    • Gracias, Judith, a mí también me encantó adentrarme en esa pequeña historia de nuestra ciudad, tampoco me había planteado nunca el origen de las azoteas. A partir de ahora las miraré con nuevos ojos 😉

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