Las almagras

El término lo acuñó Mimonti cuando nos preguntó vía móvil si habíamos iniciado nuestra incursión hacia los campos de Castilla: “¿ya estáis en marcha, almagras?”. Enseguida adoptamos el mote como nombre de guerra, nos pareció lo más.

Acudir al Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, que justo este año celebra su 40 edición, era uno de mis sueños, eternamente pospuesto por dos motivos fundamentales: que se celebra en julio, uno de mis dos meses laboralmente más complicados –el otro es diciembre-, y que la aldea manchega está mal comunicada con mi ciudad. No obstante, como Almagro era un must de mi año de homenajes, investigué cómo montar la largamente anhelada escapada y empecé a hilvanarla en febrero.

Lo primero que hice fue reservar alojamiento: la pequeña población es un pañuelo y las opciones se agotan enseguida, aun reservando con anticipación. Desconocía qué fin de semana empezaba el evento, así que a opté por bloquear los dos primeros fines de semana de julio a través de Booking. En ese momento ya intuí cuándo se iniciaba el encuentro de teatro clásico del año: del 7 al 9 de julio apenas quedaban opciones de hospedaje.

En Semana Santa se publicó el programa de este año y, mientras Ángela y yo decidíamos qué obras podríamos ver, se nos sumó mi amiga Eva: gracias a nuestra previsión, pudimos pillar entradas en la fila cinco tanto para la representación del viernes como para la del sábado, ¡yupi!

En mayo pudimos, por fin, comprar los billetes del AVE Barcelona-Ciudad Real que tanto nos habrían de facilitar el desplazamiento. El pasado viernes subimos a nuestro tren a las cuatro de la tarde y alcanzamos nuestro destino en menos de cuatro horas -como quien dice, un suspiro-. Al salir de la estación preguntamos a un taxista cuánto costaba la carrera hasta Almagro. Cuando nos respondió que 29 euros, no nos lo pensamos ni medio segundo y en 20 minutos nos estábamos instalando en nuestros aposentos, ubicados a unos 10 minutos de paseo de la Plaza Mayor de Almagro.

Almagro es una villa deliciosa: sus casitas de hasta tres plantas engalanan las callejuelas con su arquitectura popular en piedra, carpintería y forja, mientras que en el centro histórico, el firme adoquinado y los bordillos rematados por sillares le dan un aire a otro tiempo que enamora. La soberbia Plaza Mayor se desparrama entre elegantes soportales con columnas de piedra caliza y zapatas de madera, que sostienen las vistosas galerías con cuarterones pintados de verde. Tras deambular brevemente bajo los pórticos, optamos por instalarnos en la terraza del bar Platea. 3.MusclosTapaPedimos un tinto crianza de Valdepeñas y nos sirvieron una ración de mejillones a la vinagreta que nos dejó atónitas: viniendo de Barcelona no estamos acostumbradas a algo así. Luego continuamos con un variado de tapas que nos ayudaron a adentrarnos en la gastronomía local. Así supimos que las berenjenas de Almagro son encurtidas, que el asadillo se prepara con pimiento y tomate al comino, o que las magras con tomate manchegas, de magro de cerdo, son distintas de las aragonesas, que son de jamón. El camarero se multiplicó para atendernos y nunca nos perdió de vista, soslayando tanto el estrés por la atiborrada terraza como los rebuznos de un encargado con aspecto de troll. Cuánta paciencia.

5.ApuntdecomençarBien cenadas, así como reconfortadas por el vino local -las adultas, que no la menor-, nos dirigimos al Hospital de San Juan, donde la Compañía Nacional de Teatro Clásico representaba La dama duende de Calderón de la Barca. Debo reconocer que en algunos momentos me costó seguir el español antiguo de esta comedia de enredos barroca, no obstante la excelente escenografía y la interpretación magistral de absolutamente todos los actores hicieron que las dos horas de función nos pasaran volando.

El sábado desayunamos unas tostas con asadillo en la Plaza Mayor y callejeamos sin prisa por los alrede17.ClaustroCalatravas_detalledores, admirando los primorosos encajes de bolillos y recreándonos en los magníficos pórticos, vigas y ventanales de los edificios. Anduvimos hasta el Convento de la Asunción de Calatrava, donde la entrada de 2 euros incluye el uso de una audioguía. Su claustro renacentista presenta dos tipos de columnas distintas, jónicas en la planta baja, cercana al mundanal devenir de las monjas que lo frecuentaban, y dóricas en la planta superior, más próxima al cielo y a los próceres que las pastoreaban. Me irritó bastante escuchar el machismo rampante de toda la construcción –qué le voy a hacer, a veces el pensamiento crítico me abruma- y me chiflaron algunos frescos y la sillería del coro de la iglesia.

28bis.CorraldecomediasPor la tarde visitamos el ineludible Corral de Comedias, el único que se ha preservado hasta hoy. Claro que con él también se han conservado otras inquietantes reliquias: antes de entrar, a la izquierda, sorprende que todavía perdure un cartel franquista en su fachada, aguilucho incluido. Levantado en 1628, el Corral de Comedias consta de un zaguán por el que se accede al interior, un soportal llamado alojería, donde se vendían víveres y bebida, el patio, hoy reconvertido en platea pero en su día sin asientos y reservado a los espectadores menos pudientes, que presenciaban los espectáculos de pie, más dos galerías y, por descontado, el tablado o escenario. A modo de curiosidad: las mujeres accedían por una entrada diferente a los hombres y no se podían relacionar con ellos, en cambio las personalidades de la ciudad sí que podían mezclarse en rijosa fusión, además de que ocupaban las localidades que estaban más cerca del escenario, no solo para ver mejor, sino también para ser vistos. Sí, siempre ha habido clases.

29.ExposanagustínA sugerencia de Montse, la adorable dependienta de El baúl de Iris –en general los lugareños son encantadores y amabilísimos-, nos acercamos a la Iglesia de San Agustín, que este mes de julio alberga la exposición Festival de Almagro: 40 años vistiendo emociones, en la que pueden apreciarse 34 caracterizaciones utilizadas en algunas de las representaciones de estas cuatro décadas. A mí me dieron ganas de probarme un miriñaque o las galas de Don Gil de las calzas verdes, a Ángela le fascinó el traje de árbol de El Sueño de una noche de verano. Qué exhibición tan evocadora. Si tenéis ocasión de visitarla, no os la perdáis.

A la hora de cenar nos dirigimos, muy ufanas, al bar El Gordo, que nos había recomendado un comerciante de la calle Feria. Como era temprano y la terraza aún estaba vacía –el sol abrasador la hacía inhabitable- nos acomodamos en el interior y enseguida un solícito camarero llamado Pepe nos recomendó un sencillo tinto Tierra de Castilla que nos entusiasmó, Séptimo sentido, y nos sugirió que nos moderáramos al pedir porque las raciones eran abundantes. La tapa que acompañó a la bebida fueron unas rebanadas de pan con asadillo con atún –el mejor que probamos en Almagro- y al poco nos sirvieron los famosos duelos y quebrantos, un revoltillo contundente, sabroso y adictivo. La decepción llegó con la tortilla de patata que había pedido Ángela –reseca e incomible- y lo que sucedió después: Pepe cambió de escenario sin mediar palabra y se dedicó a atender la terraza, mientras que nosotras nos quedamos huérfanas en el interior, sin un solo camarero que nos atendiera -había tres más- o que nos mirara o escuchara cuando intentábamos reclamar su atención. Al final pagamos en la barra –todavía tuvimos que esperar a que Pepe apareciera para conseguirlo- y acabamos de cenar –a destiempo y con la digestión maltrecha- en la Taberna Candilejas. Entre nosotros y sin que salga de Europa: la experiencia gastronómica en Almagro ha sido un pelín irregular. Y mira que están ricos los platillos. En fin.

Suerte que luego se nos pasó todo en el Espacio Miguel Narros, donde presenciamos el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand, una de mis obras preferidas. Y qué Cyrano: aunque el conjunto de actores fue desigual –pésima Roxana la de Ana Ruiz- y la escenografía solo estuvo correcta, para nuestra sorpresa, el muy televisivo José Luis Gil estuvo inmenso. Contemplamos la función arrebatadas y, como el resto del público, que se puso en pie al finalizar, aplaudimos hasta desollarnos las palmas.

Qué a gusto hemos estado en Almagro. Sin polución. Sin prisas. Sin multitudes. Sin ruido. Y, lo más importante, transportándonos a otro tiempo a través del teatro. Ha sido un placentero bálsamo de paz y tranquilidad. Nos ha gustado tanto que hemos decidido institucionalizar la expedición, así que para la próxima edición del festival regresaremos a Almagro. Después de todo, la vida es puro teatro.

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