Liberación

Durante todo 4º de ESO, una de las compañeras más aplicadas de Ángela compartió los apuntes de Sociales con todos los alumnos de la clase –la asignatura hueso del colegio-. Esa generosidad pasa de admirable a exótica cuando la comparo con el talante de los lumbreras de la clase de Mariola, quienes, además de picarse por media décima de punto, miran de soslayo a quienes consideran alumnos inferiores y los tratan con arrogancia y desdén, como si fueran insectos. Son el mejor ejemplo de que la excelencia académica tiene poco -¿nada?- que ver con llegar a ser buena persona. O persona a secas.

En Primaria a Mariola la apodaban vaca con gafas y hermanastra de Cenicienta. A una de sus amigas, león marino. Y a los niños y niñas que no eran populares los obviaban en los vídeos de final de curso –sí, algún profesor también ha fomentado el ninguneo, en connivencia con sus perversos pupilos Dorian Gray-. Hasta hace no tanto, a un adolescente con fibrosis quística le llamaban Desnutr –de desnutrido- y manifestaban públicamente que les daba asco. Ese es el horrigrupo con el que Mariola ha convivido desde P3: nuncajamásdelosjamases quiso cambiar de colegio, aunque se lo propusimos reiteradamente.

abrazoreparadorEstos trece años mi hija se ha mantenido a salvo -arropada y querida- gracias a su burbuja de amigas. Les pusieron el mote de Heidis a finales de Primaria de manera despectiva -“sois tan infantiles”-. Sin embargo ellas, exhibiendo una actitud muy queer, le dieron la vuelta y lo adoptaron con alegría de jilguero, paladeándolo como si fuera una piruleta: son cachorrillos amorosos, felices con la edad que tienen y alérgicas al postureo. Se buscan, se lamen las heridas, se enfadan, se achuchan, se quejan, se vienen arriba, se pellizcan y se dibujan corazones. En cuanto te ven, se iluminan con una sonrisa, trotan a darte un abrazo de koala y te estampan un par de besos, chuic, chuic, ruidosos como Peta Zetas.

Sus madres somos Las mamiheidis, todavía ahora. A base de confidencias, complicidades y risas, hemos urdido unos tupidos mimbres de protección que nos han salvaguardado de hostiles interferencias externas. Convocamos cócteles de urgencia si alguna de nosotras necesita desahogarse, y compartimos inquietudes y retazos de información para parchear la foto de cómo están nuestras adolescentes hijas. A estas alturas solo ansiamos salir corriendo del colegio, sin mirar atrás.

Queríamos celebrar el anhelado fin de etapa en privado: nos daba tremenda pereza –sobre todo a mí- cualquier despedida con las familias de quienes han maltratado durante años a nuestras polluelas -vale, ahora ya no, pero too late, honey-. Debatíamos sobre si paella, tapeo o incursión a merendero cuando Sigrid propuso un planazo insuperable: una barbacoa en su casa de Foixà.

Pedro y Sigrid no solo nos abrieron las puertas de su refugio del Baix Empordà, sino que además nos agasajaron con tomates autóctonos, cebolla, patatas y lechugas del huerto, pan de la tahona de Foixà y una carne de ternera euskalduna que nos chifló a todos, incluso a mí que soy poco o nada carnívora: tierna, jugosa, liviana, exquisitamente sabrosa aun sin condimentos. Cada familia aportó cosillas para completar el almuerzo. Nosotros nos ofrecimos a ir a por los imprescindibles bisbalencs a la pastelería Sans de La Bisbal: encargamos dos de hojaldre con cabello de ángel y un par más de bizcocho con mazapán. Las simpáticas reposteras nos aseguraron que aguantaban hasta una semana fuera de la nevera, aunque la veracidad de la afirmación quedó pendiente de confirmar porque volaron.

La brisa nos arrulló durante una larga y placentera sobremesa regada con café y licores. Conversamos sobre cuán anacrónico nos parece el currículo educativo vigente y cuán absurdo resulta hacer exámenes de manera compulsiva o memorizar información como quien se aprende un listín de teléfonos. De fondo nos acompañaban los graznidos de las ocas del vecino y las risas y aguadillas de nuestros cascabeles, que chapoteaban en la piscina ajenos al calor de la tarde.

Cuando empezó a caer el sol, Mariola se quedó en Foixà a pasar la noche con sus amigas y nosotros dos nos desplazamos a la cercana Corçà: habíamos reservado habitación en Cal Nou, una casa rural que descubrimos a través de Booking.

Corçà se recorre en apenas diez minutos, es una aldehuela apacible y mínima. Su arquitectura popular es elegante y abundan las casonas restauradas. Incluso hay quien ha esculpido su nombre y un flamante dos mil y pico en un pegote de cemento en mitad de la recuperada fachada -la arrogancia es tan inquietante como atrevida, suerte que no borraron la fecha de construcción del dintel de la puerta-. El entramado urbano está salpicado de banderas estelades, la mayor de ellas pende del ayuntamiento. En la misma plazoleta donde se alza la casa consistorial, justo en el edificio de enfrente, una vecina cañí regaba las plantas de su balcón mientras escuchaba un quejío flamenco que desgarraba el silencio de la incipiente noche. Un poco más allá, una melodía árabe señalaba el final de la jornada y del ayuno inherente al ramadán. Qué instructiva caminata.

Todavía nos sentíamos ahítos por la copiosa comida, sin embargo decidimos picar algo antes de retirarnos a nuestros aposentos. Compartimos tres tapas en el restaurante Raku –un rico carpacho de atún con tomate, una raruna ensalada con virutas de calamar y un bacalao mal desalado- y nos colamos por la estrecha puerta-rendija de nuestra habitación, a la que se accede directamente desde la calle: está habilitada en lo que había sido la antigua bodega de la casa, entre el subsuelo y la superficie, y goza de una agradable climatización natural. Gracias a los recios muros, desde la cama solo escuchamos las campanas de la iglesia, que marcan sin tregua los cuartos y las horas: al parecer las ordenanzas municipales de Corçà no contemplan el control de la contaminación acústica. O quizás consideran los tañidos como pintoresco patrimonio a preservar.

Cal Nou es un hotel rural de cuatro habitaciones regentado por una pareja encantadora, Sònia y Alfonso, quienes cuidan de cada detalle para que la estancia sea lo más acogedora posible: todo es sencillo y cuco a la vez. Las toallas huelen a flores y abundan las velitas en el dormitorio y las zonas comunes. El desayuno es también una delicia: zumo de naranja natural, minipanecillos recién horneados, una bandejita de pizarra con fuet, jamón york y serrano y queso, un escueto bufé con dados de piña natural, frambuesas, moras, magdalenas, galletas… Todo en su justa medida, ni mucho ni poco. Cuando pregunto si puedo tomar una infusión en lugar de un café, me sorprenden con un té rojo al cardamomo de Tegust, una empresa local que forma parte de la Xarxa Parc de les Olors, la red catalana de pequeños productores de plantas aromáticas y medicinales. Es fragante, delicado y redondo. No podría gustarme más.

A las diez de la mañana estamos de nuevo en Foixà. Nuestro automóvil se transforma en microbús y regresamos a Barcelona con Mariola y cuatro de sus amigas. Se les transparenta el sueño, las picadas de mosquito y el solete, y se despiden entre grandes abrazos, como si no fueran a verse mañana mismo. Nuestras crisálidas están nerviosas, desean apurar al máximo la semana larga que tienen por delante. Falta muy poco para el 21 de junio, el día en que abandonarán el nido-escuela y echarán a volar.

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