La buena gente

Aunque he quedado con Jordi a las ocho y media para tomar el tren que lleva a Sant Cugat, llego a la cafetería del andén con quince minutos de antelación. La encargada es de aquellas personas de aspecto anodino cuyo rostro se olvida de inmediato tras haberla visto. No obstante, tras compartir con ella unos minutos, su recuerdo perdura para siempre. Mientras me sirve me fijo en que luce una pulcra manicura que desafía a su trabajo manual: sus uñas sin esmaltar se ven cuidadas y bonitas. Aunque su jornada laboral trascurre en un zulo sin luz natural, con su dulce sonrisa ilumina la larga cola de viajeros en tránsito, todavía somnolientos antes de ingerir su apremiante dosis de café.

Me acodo en una esquina de la escueta barra para tomarme el café con leche y el pequeño bocadillo que he pedido y me entretengo en observar lo que sucede a mi alrededor. Me sorprende que haya quien tantee la máquina tragaperras tan temprano, pero enseguida desvío la mirada hacia un hombrecillo canoso y desaliñado -la barba larga y sucia, el gesto hosco, las enormes y ennegrecidas bambas bailándole en los pies- que se refugia en un rincón del local, intentando mimetizarse con las baldosas de la pared mientras los clientes van pidiendo su desayuno para llevar.

– ¿Cuánto vale el café con leche?

– Un euro con cuarenta y cinco.

– ¿Y un cortado?

– Un euro con treinta y cinco.

– ¿Me lo dejarías por un euro?

Quien regatea es un joven viejuno -la piel tersa y arrugada a la vez-, con esa edad indefinida de quien vive en la calle. Enjuto y de escasa estatura, lleva las manos limpias y el pelo corto pero pringoso. El arañazo que surca su mejilla izquierda atestigua que dormir al raso no es fácil. Es un Scarface enclenque, vapuleado, maltrecho.

La encargada no duda ni media décima de nanosegundo.

– Claro. Toma, te lo he llenado más -o sea, “finalmente te he puesto un café con leche”.

Él da las gracias, rasga dos sobres de azúcar, vierte su contenido con presteza en el vaso de papel y lo agarra como si fuera un cáliz. Estoy tan absorta en asimilar la escena que acabo de presenciar que ni siquiera caigo en comprarle un bocadillo. Cuando me doy cuenta de que ya no está, me parece casi obsceno acabarme el mío.

Ha pasado la hora punta. Un par de trenes han partido ya y la cafetería se ve, de repente, vacía, casi desangelada. El abuelo desaseado se hace visible y se acerca al otro extremo de la barra, donde la encargada anda trajinando con platos y tazas vacías. En cuanto le ve, le regala una de sus diáfanas sonrisas y le interpela alegre.

– ¡Hola, Manolo! ¿Qué quieres tomar?

andanaFGC.jpgConsulto el reloj y pienso que Jordi está al caer, faltan un par de minutos para la hora convenida. Como de costumbre, me despido al salir. Sin embargo, mi saludo pasa desapercibido: urge servirle algo al añoso e indigente amigo. Y entonces aparece en el andén Scarface, el sintecho -¿sinsuerte?- de la cara marcada, que me parece aún más bajito que desde el taburete de la cafetería. Me escudriña como un niño viejo y me pide una moneda, que agradece risueño.

Mientras se va, alcanzo a comprender a esos vagabundos ebrios que se tambalean mientras mendigan migajas de dinero: les duele tanto la mera existencia que prefieren permanecer sedados. Entumecidos. Lelos. Y pienso que tal vez les aliviaría un poco que la encargada de la cafetería les acariciara el alma.

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Un comentario en “La buena gente

  1. Amiga mía! Q dolor!!! Estoy en Cartagena sonde estoy viendo a casa segundo a casa paso en casa lugar varios de esos hombres. Buscando Sobreviviendo Es una vida dura! Una vida q no asomamos a conocer Besos del cuore!

    Enviado desde mi iPhone

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