El Gran Hotel La Toja

La meca del termalismo. El templo de las burbujas terapéuticas. El legendario establecimiento de referencia para los fanáticos de masajes, parafangos y pediluvios, entre quienes me incluyo. Siempre había fantaseado con conocer de primera mano las bondades del mítico balneario del Gran Hotel La Toja, tan lejano en todos los sentidos. Y sin embargo, mi amiga Iciar ha hecho realidad ese sueño. Ya me lo advirtió Mylove -la sonrisa cómplice ante mi exultante felicidad dibujándosele en los labios- en cuanto supo de mi adelantadísimo regalo de cumpleaños: “Es el mejor obsequio que vas a recibir, no voy a poder superarlo”.

El viernes pasado desgrané la mañana con la misma ilusión desatada e impaciente de mis vísperas de Reyes infantiles, revisando mi petate –se necesita muy poco equipaje para disfrutar de un fin de semana largo en albornoz- y observando el reloj de mi móvil, que arrastraba los dígitos a velocidad de caracol. Luego los desplazamientos –al punto de encuentro con Iciar, al aeropuerto de Barcelona, a Vigo, a la Isla de La Toja- discurrieron mucho más rápido. Por fin, antes de las ocho de la tarde, alcanzamos nuestro destino.

Llegando de Barcelona y sus áridas aguas calcificadas, sorprende abrir el grifo para lavarse las manos y sentir en la piel un tacto ligeramente oleoso, casi de líquido balsámico. Las propiedades antiinflamatorias de las aguas de la isla están especialmente indicadas para tratar afecciones cutáneas y óseas, como ya aseguraba Emilia Pardo Bazán. La escritora coruñense popularizó la leyenda del lugar, según la cual un borriquillo tiñoso, pelón y minado de costras, fue abandonado en La Toja por su dueño porque le apenaba sacrificarlo. Cuando, al cabo del tiempo, el aldeano regresó a la isla, se sorprendió al toparse con el rucio, que lucía saludable y lustroso y se revolcaba en uno de los fangosos charcos anejos a un surtidor de agua en ebullición. Qué historia tan tierna.

Tres noches de estancia en el Gran Hotel La Toja dan mucho de sí, pero es que además Iciar se había aplicado en programar actividades termolúdicas como si no hubiera un mañana. Como, por otra parte, el único garbeo que dimos por la isla nos acabó de convencer de que lo mejor nos aguardaba en nuestro privilegiado alojamiento, los momentos estrella de nuestra fabulosa escapada se desarrollaron en dos escenarios fundamentales: el comedor y el centro termal.

Los desayunos han sido espléndidos, imposible hacer un recuento de la extensa variedad de opciones con que contábamos. A continuación os detallo mis preferidas: zumo de naranja natural –te lo servías de un dispensador de varios litros-, tortilla de patata recién hecha con o sin cebolla, salmón ahumado con sus alcaparras y sus picadillos de cebolla o pepinillo, ibéricos y fiambres, quesos de diferentes tipos, membrillo, fruta fresca ya cortada o en macedonia, nueces mondadas, verduritas a la brasa, panes exquisitos… El único aspecto negativo, como suele suceder, fue la máquina de café. Como hace tiempo que me pasé a las infusiones, tampoco me ha afectado mucho, aunque sí a mi amiga Iciar. Qué lástima.

capvespre

Desde el restaurante Vista Mar disfrutábamos de una sensacional panorámica sobre la costa, el Illote Beiro y algunas mejilloneras. Supongo que de ahí procedían los maravillosos mejillones escabechados que tomé ayer para almorzar. Eran jugosos, suculentos y de un naranja luminoso que seducía por los ojos antes de enamorar por el paladar. Qué ricos frutos de mar hemos saboreado estos días. Y qué grata sorpresa que te sirvan estupendos Riojas y todo un Martín Códax como vinos de la casa. Ahí sí que al Gran Hotel La Toja se le trasparentan las estrellas.

No puede decirse lo mismo de quienes gestionan el hotel de la cadena Eurostars, que utilizan estratagemas de publicidad engañosa: dos días antes de llegar te envían un email recordándote que, gracias a haber reservado por Internet, te beneficias de un 10% de descuento en los tratamientos de balneoterapia. Así, en general. Sin embargo, en el momento de abonar los servicios -que además no comunican bien, o, mejor dicho, no comunican-, te informan de que se refieren a los tratamientos individuales con agua. La gestión del motivo de nuestra escapada, o sea, de los servicios termales, es pésima: en la web hay que escarbar como si buscaras tanzanita, no hay ninguna información del balneario en la habitación y no te entregan ningún folleto, solo te muestran las páginas de que disponen ellos, como si fueran las Glosas Emilianenses de San Millán de la Cogolla. Curiosa estrategia de marketing. Casi tan pintoresca como la de ofrecer sales y jabones de La Toja Manantiales con sendos logotipos de Schwarzkopf y Henkel impresos. Lo más.

A pesar de estas innecesarias cicaterías, pienso en los tres programas termales recién paladeados y se me olvida todo.

Nos estrenamos el sábado con el programa Bienestar, que empieza con una bañera individual de agua lodosa que ellos llaman Niágara. Para mi gusto el agua estaba demasiado fría, claro que yo me ducho en verano con agua hirviendo. A continuación te envuelven en plásticos y mantas, cual capullo de gusano de seda, bien embadurnada con unas algas que desprenden un intenso olor a puerto pesquero y nutren e hidratan la piel. No obstante, el colofón es, oh maravilla, el momento masaje. Primero te friccionan suavemente todo el cuerpo con un aceite de almendra y aloe vera que favorece la elasticidad de la piel, y a continuación aplican aceite de rosa mosqueta en un delicado y relajante masaje facial. Qué felicidad.

El domingo se levantó atlántico y permanecimos guarecidas en nuestro refugio termal, leyendo plácidamente hasta la hora de nuestro programa Gran Hotel La Toja, que incluía una bañera Península de aguas lodosas y marinas; una ducha jet que arrojó sobre nosotras su chorro de aguas terapéuticas a manguerazos, como antaño; un parafango cuyas virtudes no comprendimos muy bien, ya que la placa de barro caliente en seco no se aplicaba directamente sobre la piel, sino a través de una sábana de algodón -lo mismo hubiera funcionado una esterilla eléctrica-; y un masaje localizado en la espalda que me descontracturó buena parte de los nudos de los últimos días. Por cierto, quisiera aprovechar para hacer una sugerencia a los fabricantes de camillas: de la misma manera que se practica un hueco para encajar la cara cuando toca masaje dorsal, digo yo que costaría bien poco prever sendos huecos para colocar las tetas, que es ponerse una boca abajo e ipso facto aplastar los pectorales como cuando te hacen una mamografía, pordiosquédolor.

El solete de ayer por la tarde me arropó con su calorcillo primaveral en un breve sesteo en el balcón de nuestra habitación antes de acudir al centro termal, que parecía un congreso de bañistas. Demasiada gente a la vez, buf, deberían organizarlo mejor. Entre tanto, en uno de los salones del hotel se celebraba una timba multitudinaria que hubiera hecho las delicias de la madre de Iciar, que forma parte de una pandi de jugadoras de cartas. Luego cayó granizo y más tarde se dibujó un arcoiris sobre el litoral mientras cenábamos –el sol en Galicia se pone mucho más tarde-. El clima ha sido fascinante e imprevisible, hemos pasado de nubarrones barrigudos a vientos descacharrantes en medio nanosegundo. A lo loco se vive mejor.

Esta mañana hemos apurado nuestra estancia con el programa Mímate, que comienza con un peeling con sales de LaToja, que te deja la piel oleosa y teñida de una tonalidad terrosa y brillante.

– ¿Conoce usted esta bañera? –allí todo el mundo te llama de usted, incluso en la intimidad de la cabina, me parece inverosímil.

– Sí, es la Niágara. A ver -meto un dedo en el agua-. Sí, la temperatura está bien, el sábado estaba muy fría para mi gusto.

– Es que la temperatura va subiendo paulatinamente, si quiere luego añadimos agua fría.

– Lo sé. Gracias, no hará falta.

Sin embargo, igualmente asomó la cabeza cuando le faltaban nueve minutos a mi terapéutico baño de hidromasaje. Absolutamente todos los empleados del Gran Hotel La Toja son amables y solícitos, desde el técnico de mantenimiento, que te cumplimenta con un efusivo buenos días antes de encaramarse a una escalera para arreglar un aplique, hasta la limpiadora del turno de noche -a las diez sacándole brillo a una barandilla-, que te saluda mientras frota con energía y se cerciora de obtener el resultado deseado. Ahora bien, en recepción no parecen muy avispados. Cuando les consultas alguna duda, enseguida te envían a otro lado: pregunta en el comedor, en el balneario, en la bola de la pitonisa Pita. En fin.

Nuestro último tratamiento ha sido un masaje con aceite de sales de La Toja. Mientras la esteticista se aplicaba en intentar deshacer los nervudos nódulos que persistían en mi espalda, desde el hilo musical me acariciaba también la Première gymnopédie de Erik Satie. Una delicada melodía de otra época. Como los mármoles, los terciopelos y tapicerías adamascadas, las arañas de cristal y las columnas de hierro colado que todavía sostienen el techo del balneario. Quizás sean el último vestigio del edificio original, que fue inaugurado hace más de un siglo. Cada vez me gusta más lo vintage, tal vez porque yo también empiezo a serlo un poco.

Gracias, Iciar. Siempre nos quedará no solo La Toja, sino todo lo ya vivido juntas. Y nos inspirará de nuevo lo mucho por vivir.

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2 comentarios en “El Gran Hotel La Toja

  1. Q maravilla!!!!!!! No solo lo has disfrutado tantísimo sino q nos lo has hecho disfrutar a tus lectores. Lo he olido, sentido, saboreado! Solo tú logras eso y desde mi teléfono donde lo leo mientras espero me atienda la doctora y tú me teletransportas!!!!! Increíble Gracias Helen! Besos Iciar!!!!!! A presto!

    Enviado desde mi iPhone

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