Nuestro hogar es el vuestro

Ayer gocé del privilegio de presenciar en directo el Gran Concert per a les Persones Refugiades, una iniciativa ciudadana que cristalizó gracias al apoyo de cuantos participaron desinteresadamente en ese acto de reinvindicación colectiva, entre quienes figuraban mi buena amiga María, que cantó y actuó en el montaje de La Fura dels Baus junto con otros miembros de la coral Cármina.

Aunque las puertas se abrían a las ocho de la tarde, cuando llegamos a las siete y media algunos asistentes se agolpaban ya en los dos accesos al Palau Sant Jordi. El viento glacial hacía que nos apelotonáramos los unos con los otros en alegre marabunta, respetando el orden de fila con disciplina inusitada.

En cuanto entramos, nos acercamos al bar a por los bocadillos que nos iban a servir de cena. Dos adorables Teresinas que hacían cola delante de nosotras escucharon muy atentas las opciones que le recité a Ángela.

– Muchas gracias, así nosotras también sabremos qué pedir. Yo me tomaré un bocadillo de tortilla de patata.

– Será de esa prefabricada.

– ¿Y qué? ¿Acaso tú haces tortilla de patata en tu casa? ¿A que no?

– Es que ya no puedo pelar y cortar las patatas…

– Pues eso. Yo me lo voy a pedir igual, sea como sea la tortilla.

– No, si yo también.

– Entonces, ¿por qué te quejas de cómo la hacen?

Nos instalamos en nuestros asientos a contemplar cómo iban llegando los espectadores: las entradas se agotaron en seis días y la organización recomendó ir llegando paulatinamente, desde la apertura de puertas hasta las diez de la noche, hora oficial del inicio del concierto. Que no oficiosa: a las nueve y media empezó a tocar una deliciosa banda de gitanos, que amenizó los últimos minutos de espera con sus cíngaras melodías.

La Fura dels Baus llevó en todo momento la batuta de la escenografía y arrancó la noche con el primer capítulo de su teatralización de la guerra y el exilio. El presupuesto de la producción era ajustadísimo, de modo que emularon la mortífera destrucción de los bombardeos con grandes globos y cajas de cartón. Fue un inicio absolutamente arrebatador.

Después se sucedieron, con ágil ritmo, tanto activistas con parlamentos encendidos como músicos diversos que compartían una misma causa, de modo que se formaron efímeras e interesantes parejas mestizas, como Lluís Llach y Manolo García, Marina Rossell y Paco Ibáñez, In Crescendo y African Gospel Choir o Sopa de Cabra y Amaral. Nos hizo saltar, bailar y agitar los brazos el incombustible Macaco, y nos conmovió Joan Dausà con “Com plora el mar”, que escuchamos con dificultad porque las potentes voces de la coral Cármina le pasaron por encima como el maremoto que simbolizaban. Tras tomarle el relevo a una Gemma Nierga en estado de gracia, Jordi Évole levantó una estruendosa ovación cuando proclamó que, en un concierto así, no debería haber un palco reservado a las autoridades. Enseguida apostilló, muy en su estilo, que proporcionar asilo a las personas refugiadas no era solo una cuestión de competencias, sino también de incompetencia.

Por causas ajenas a mi voluntad, cuando apareció en escena el esperado Joan Manuel Serrat, que ayer estuvo inmenso, tuve que abandonar el Palau Sant Jordi. Justo a medianoche, igual que Cenicienta, pero sin zapatos de cristal y en versión maternal: mi adolescente hija se encontraba mal y tuvimos que regresar a casa.

Nadie tiene culpa de donde le nacen o de que una guerra aniquiladora fulmine el lugar donde eras feliz con tu vida sencilla y corriente. No es fácil tomar una decisión tan drástica como arrancar de cuajo tus raíces y arrastrar lo poco que queda de ellas en una huida desesperada. Tampoco es fácil intentar escapar de la muerte certera optando por una muerte probable en ese Mare Mortum en que se ha convertido el Mediterráneo. Y, sin embargo, es fácil, muy fácil, ponerse en los zapatos de las personas refugiadas. Lo que les ha sucedido podría pasarle a cualquiera de nosotros.

Hannah Arendt nos lo advirtió en esa larga reflexión que es “La banalidad del mal”: durante la II Guerra Mundial, la inacción convirtió en cómplices de atrocidades a personas aparentemente inofensivas, que miraron hacia otro lado mientras el exterminio seguía su curso en los campos de concentración. Si ahora no tomamos las riendas de la situación, perderemos un poco más de humanidad. Y en estos tiempos no andamos precisamente sobrados de ella.

Ayer se cumplió el sueño de dos periodistas que ejercen activamente el voluntariado, Clara y Rubén, “¿y si pudiérmos llenar el Palau Sant Jordi de solidaridad?”, y así fue: el recinto se colmó de ilusión y esperanza. La energía transformadora, las ganas de cambiar el discurrir de los acontecimientos, nos envolvió a todos con una fuerza formidable. Pero esas buenas intenciones no bastan. Hay que continuar en pie, reclamando medidas urgentes por parte de nuestras instituciones.

Todos a la mani del sábado 18 de febrero a las cuatro de la tarde. No podemos fallar.

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