Varietés valleinclanescas

Segundo capricho concedido con mi año de homenajes como pretexto: escaparme a Zaragoza para comer ternasco y presenciar el espectáculo del cabaré El Plata. Lo que iba a ser un mano a mano en Mañolandia con mi amiga Eva, acabó convirtiéndose en una pequeña expedición. En cuanto se enteraron de nuestros planes, se nos sumaron tres amigas más, entre ellas mi prima Marta, a quien me unen, además de lazos de sangre, una veterana complicidad.

Las que veníamos desde Barcelona, AVE mediante, depositamos nuestras maletas en el recurrente Hotel Sauce y nos lanzamos a la calle en busca de algún bar donde desayunar. Con un buen pincho de tortilla de patata en el cuerpo, la lluvia te molesta menos, aunque lo cierto es que el paseo bajo el tenue aguacero no continuó mucho más allá porque se detuvo en Monge Joyeros, cuyas piezas de oro y plata funde Eva. Allí nos sentimos enseguida un poco como en casa, en parte porque todas las creaciones en exposición eran muy de nuestro gusto –a destacar una interesante e inusual vitrina de joyería masculina-, pero sobre todo porque se nota que le tienen cariño a mi amiga, que además de ser una gran profesional tiene una personalidad arrolladora.

Entre una cosa y otra casi nos quedamos a vivir en la coqueta joyería maña. Chantal se nos añadió a la una y pico –una tormenta de aguanieve ralentizó su viaje desde Andorra- y al cabo de nada ya era la hora del almuerzo: a las dos teníamos mesa reservada en El Fuelle, restaurante típico aragonés donde Eva y yo queríamos comer el esperado ternasco al horno con pataticas a lo pobre. Cómo rebañamos la marmita. Chantal e Iciar prefirieron croquetas –croquetones más bien-, y mi prima, caracoles a la brasa. Cayeron un par de botellas de Viñas del Vero y algunos chupitos, gentileza de Antonio, nuestro baturro camarero. Mi prima y yo no pudimos resistirnos a culminar la opípara ingesta con unas natillas caseras, para mi gusto un pelín empalagosas, aunque me las zampé igual.

ochoymedio_zapatería.jpegPor la tarde optamos por digerir lo engullido paseando bajo un impertinente chaparrón, que no nos impidió callejear por los aledaños. Gracias a Javier, de Monge Joyeros, descubrimos una zapatería imprescindible, 8 ½, en la calle Refugio número 12. El establecimiento es una antigua panadería que ha preservado su encanto y un primoroso suelo de baldosa hidráulica, el mejor marco posible para lucir arrebatadores zapatos de manufactura impecable y original diseño. Al fondo hay un habitáculo en el que también venden vinilos. Es un lugar fascinante.

Tras nuestra agradable caminata recalamos en el hotel para descansar brevemente y engalanarnos un poco. Eva compartió conmigo un truco infalible que le confió un amigo gay petardísimo: si el cansancio ha hecho mella en tu rostro, calma la hinchazón con un poquito de Hemoal. Al parecer es mano de santo, y tiene su lógica: si alivia las almorranas, cómo no va a mitigar unas simples bolsas en los ojos. Total, de ojo a ojete solo distan unos gramos de maquillaje.

ElPlata.jpegPicoteamos unas tapas de camino a El Plata y sobre las diez y media llegamos al popular cabaré ibérico urdido por Bigas Luna, ya que habíamos reservado mesa para la sesión de las once de la noche. El local es espacioso pero su distribución es, como poco, exótica: el minúsculo escenario y la ínfima barra le van pequeños, y las columnas que lo atraviesan dificultan la visibilidad desde algunas zonas. El mobiliario es otra pintoresca curiosidad: los espectadores se ubican en prietas hileras de mesas y sillas de fórmica, como en los comedores escolares, de modo que contemplan la función hacinados e incomodísimos, con el cuello torcido permanentemente, a pesar de que los artistas desarrollan sus piruetas en diferentes rincones del local.

Más que ibérico, tanto el elenco como la representación me parecieron esperpénticos –interprétese el calificativo en su acepción más valleinclanesca-. Teresa Cuesta, una púdica –y falsa- mujer barbuda de exuberante anatomía, no enseñó más allá de su poblada perilla, en tanto que la voluptuosa rubia Inma Chopo, una zaragozana con aspecto de valquiria, se desnudaba con soltura a la mínima ocasión. También se despelotaba con bochornosa alegría Alberto Espallargas, un muchachón profusamente tatuado de glande mínimo, mientras que el orondo cantante de jotas Rafael Gutiérrez, camuflado entre el público, todo lo más que mostró fue su corpachón de osezno.

La representación que presenciamos el sábado discurrió de manera ecléctica, entre el pasmo, la sonrisa y la franca indiferencia. Me chiflaron tres canciones de Edith Piaff cantadas divinamente durante una de las pausas –anteayer en El Plata escuché algunas voces soberbias-, así como las ejecuciones de la asombrosa gimnasta Marité Queralt. Me divirtieron las caracterizaciones de Daniel Velázquez y Carla Torbellino –desternillante su imitación de Tina Turner- y me sobraron la lánguida muchacha de peinado ochentero y aspecto enfermizo de cuyo nombre no quiero acordarme y, sobre todo, el taconeo flamenco en toples: qué angustia ver a la pobre bailaora con las tetas temblando al viento.

En fin, visto está. Ahí queda El Plata para el recuerdo, que no para la reincidencia. Aunque nunca se sabe.

El domingo desayunamos sin prisas en nuestro hotel: tortilla de patata recién hecha, zumo de naranja natural, pan con tomate, croissants de mantequilla y litros y litros de café con leche para Chantal. Mi andorrana amiga se fue de Zaragoza la primera, en el petit país del Pirineo continuaba nevando y debía apresurarse para soslayar lo peor de la tormenta. Las demás desafiamos el viento hipohuracanado del soleado día y atravesamos el Ebro por el Puente de Piedra, orillamos el río por el Paseo de la Ribera y lo volvimos a cruzar por el Puente del Pilar, más conocido como Puente de Hierro.

Para redondear la mañana visitamos el Museo del Teatro de Caesaraugusta, que ayer disfrutaba de acceso gratuito. El recinto alberga los restos arqueológicos del anfiteatro romano de Zaragoza, que permanecieron sepultados bajo viviendas hasta los años 70 del siglo pasado –en la capital maña sucede como en Tarragona, que a la que excavan un poco en cualquier recoveco, emergen reliquias romanas-. La edificación se empezó a levantar en la época del emperador Tiberio, aunque en el siglo III ya se había sumido en una franca decadencia y sus sillares empezaron a reutilizarse para otras construcciones.

cafe-nolasco-zaragoza.pngEn cuanto sales del yacimiento del anfiteatro casi te das de bruces con el Café Nolasco, un delicioso remanso de bienestar. Nos acomodamos plácidamente en una de las mesas redondas de la esquinera entrada, arropadas por el jardín vertical y los jarros rebosantes de flores frescas, que multiplicaban la luminosidad de los amplios ventanales. A pesar de la tentación, nos mantuvimos firmes y resistimos la llamada de las tartas caseras que nos observaban desde la vitrina: disponíamos del tiempo justo para saborear un café o una infusión antes de empezar a regresar.

Cuán seratonínica ha resultado nuestra pequeña-gran evasión. Para Eva ha sido la primera desde que nació su cachorrillo –siete añitos la próxima semana-, pero no la última. Felicidades, amiga. Y por muchas escapadas más.

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4 comentarios en “Varietés valleinclanescas

  1. Gracias Hellen. Como siempre gracias! Me encanta viajar por todos lados contigo! Pero más me gusta compartir tu vida! Así te conocí y me hice tu amiga. Con tus capacidad infinita de contarme cómo son las cosas y con esa pasión por la palabra q permitió q me atrajeras como un imán.

    Gracias amiga!

    Besos de colores

    Val Enviado desde mi iPhone

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