Pompeya, Herculano y Paestum

Hace 8 años mi amiga Iciar y yo viajamos a Campania para visitar los yacimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano. Nos alojamos en un delicioso Bed&Breakfast napolitano ubicado frente al mar, en la Via Partenope, y utilizamos los transportes públicos para desplazarnos cómodamente y a un precio muy asequible, aunque una huelga de transportes nos obligó a pagar un trayecto en taxi a precio de limusina, peajes del turisteo. De aquella experiencia me llevé un sinfín de recuerdos memorables y también una certeza: que jamás de los jamases regresaría a Nápoles por voluntad propia. Me pareció una ciudad caótica, mugrienta y espeluznante.

Cuando hace meses supe que Easyjet había inaugurado su ruta low-cost Barcelona-Nápoles, reservé a toda velocidad nuestros vuelos para empezar mi año de homenajes con una escapada arqueológica en familia. Con el alojamiento me demoré bastante más: el presupuesto era limitado pero viajar en enero nos obligaba a escoger un lugar acogedor donde guarecernos confortablemente en cuanto cayera la noche -en esa época del año eso sucede a las cinco de la tarde-. Lo que iba encontrando no me daba demasiada confianza, de modo que finalmente opté por no hacer experimentos y recurrir a accorhoteles.com, cuyos estándares son siempre más que aceptables. Descartado el Ibis Styles de Nápoles por mi aversión a la capital campana, escogí el Novotel de Salerno, para alegría de mis hijas: “¿Cuatro días de desayuno bufé? ¡Yupi!”.

Cuando recogemos nuestro Fiat Panda de alquiler en el aeropuerto de Capodichino, el empleado de Maggiore nos recomienda que contratemos el seguro a todo riesgo. No lo hacemos porque a través de DoYouSpain –una web donde encontrar coches de alquiler a precios imbatibles- ya habíamos contratado una póliza de Allianz, pero no hay para menos: la conducción de los lugareños es, más que temeraria, arrojadiza. Adelantan con línea continua, circulan sin intermitentes, zigzagueando de manera imprevisible y con el morro adherido a tu trasera, y en los cruces entran al trapo, de forma abrupta y sin respetar la prioridad de paso. Lo más aconsejable para sobrevivir es mimetizarse con el entorno y manejarse al volante como ellos. Sin duda, toda una experiencia.

Llegamos a Pompeya a las nueve de la mañana y los primeros turistas -jubilados y japoneses- se arremolinan junto a sus guías en la zona de la entrada, como enjambres acogollados alrededor de sus abejas reinas. Nos saltamos todas las colas porque reservamos por Internet nuestro pase de tres días, que permite el acceso a los cinco sitios del Area Archelogica Vesuviana -20 euros por cada adulto, gratuito para mis hijas porque son menores-. Una vez dentro, es bastante fácil ubicarse incluso sin mapa: entrando por la Via Marina se llega al imponente Foro, que ahora luce mejor que nunca gracias a las esculturas colosales de bronce de Igor Mitoraj, una exposición póstuma del artista franco-polaco que finaliza este mes de enero.9.Estatuas_blog.jpg Desde allí parte la multitudinaria y concurrida Via dell‘Abbondanza, aunque madrugar ayuda -y cómo- a soslayar las hordas de turistas como nosotros que asolan -¿asolamos?- el conjunto monumental. Varias domus restauradas jalonan el recorrido hacia la Palestra y el Anfiteatro. Los trabajos de recuperación, que no tienen fin, han puesto al descubierto extraordinarios mosaicos y frescos que sorprenden por sus ricos colores y sus minuciosos dibujos, aunque en la Domus Della Venere in Conchiglia a la pobre diosa Venus parece que le hayan roto una pierna –spasticus autisticus es el punto de vista del autor, remoto antepasado de Ian Dury-. Personalmente os recomiendo que os encaraméis sobre la loma que se alza tras el Orto dei Fuggiaschi, donde un modesto mirador os permitirá distinguir con un poco más de perspectiva el entramado de esta otrora hermosa ciudad.19.Pompeia_vesubio.jpg

Lo más fascinante de la visita es que el paseante puede imaginar perfectamente el devenir cotidiano de los pompeyanos, con sus tabernas repletas de vasijas para almacenar mercancías y pintarrajeadas con sus rótulos de reclamo, sus mansiones reverdecidas mediante huertecillos, jardines y fuentes, sus vías empedradas con zonas de paso para soslayar las heces de mulas y rucios, sus numerosas y refrescantes termas, o su minúsculo lupanar -ahí se nota que era una actividad de lo más vulgar y que los precios estaban al alcance de los bolsillos menos pudientes-. Mariola comparte conmigo una curiosidad que ha aprendido en su clase de latín: “Jordi nos ha contado que lupa en latín es una palabra que tiene doble significado, loba y p-u-t-a (me lo dice así, deletreando la palabra maldita en su boca pudorosa), así que en la leyenda de Rómulo y Remo no queda claro quién amamantó realmente a los gemelos”. Para que luego digan que estudiar latín no sirve para nada.

Después de que la erupción del Vesubio la borrara de un zarpazo, Pompeya permaneció sepultada bajo capas y capas de lava y cenizas solidificadas durante siglos, hasta que ya entrado el siglo XVIII a Carlos III, que por aquel entonces solo era rey de Nápoles, se le antojó decorar su humilde palacio con algunas obras clásicas del siglo I -tal es el origen del descubrimiento del sitio arqueológico-. Primero había ordenado excavar en Herculano, pero los 23 metros de torrentes de tefra que sepultaban la población le hicieron desistir. Cuando el Vesubio escupió su vómito piroclástico, los herculenses que se habían desplazado hasta el mar para intentar ponerse a salvo perecieron al instante: a 600 grados de temperatura, en pocos segundos tan solo restaron sus esqueletos calcinados. Como Hiroshima, Nagasaki o Dresde, pero desde las entrañas de la tierra en lugar de desde las circunvalaciones cerebrales de algunas mentes enfermas. En efecto, en 1980 se descubrieron los restos óseos de cerca de 300 personas que habían huido hacia la playa con sus más valiosas pertenencias y se habían refugiado, en vano, en los Fornicis, unos almacenes abovedados donde se guardaban enseres portuarios y embarcaciones.

Las dimensiones de Herculano son mucho más modestas que las de Pompeya. Como, además, el grueso de los visitantes se concentra en el sitio arquelógico más visitado de Italia después del Coliseo de Roma, el recorrido es más apacible. Destacaría dos construcciones muy bien conservadas que conviven en buena vecindad porque una se anexionó a la otra. 23.Mosaico_Herculano.jpgMe refiero a la Casa de Neptuno y Anfitrite, con su precioso mosaico en pasta de vidrio, y la Tienda de Ultramarinos, que mantiene buena parte de su ebanistería: la explosión del Vesubio afectó a esta pequeña ciudad de manera distinta que a Pompeya, ya que la capa piroclástica que la cubrió la preservó intacta durante siglos. Gracias a ello se han conservado telas, papiros y maderas de hace casi dos milenios en perfecto estado.

El Museo Archeologico Virtuale (MAV) se ubica un poco más arriba del sitio arqueológico de Herculano. En su auditorio se proyecta un audiovisual de interesante contenido e irregular realización que explica, en inglés o en italiano, cómo se desarrolló la más famosa erupción del que todavía es el volcán más peligroso del planeta y el único que permanece activo en la Europa continental -si se tienen en cuenta los últimos terremotos que han sacudido Italia, es como para pensarse la incursión a Campania-. El recorrido museístico, especialmente recomendable para familias con niños, incluye rincones interactivos de limpieza de mosaicos o de chapoteo en estanques de ficción. Imágenes en tres dimensiones, tanto fijas como en movimiento, recrean cómo eran los espacios públicos y privados más relevantes de Pompeya y Herculano. Incluso el aroma de las instalaciones rememora los afeites de aquella época. Claro que en cuanto sales de nuevo al exterior, topas con el olor a pescado, embutido y fruta en estado de descomposición del nada apetitoso mercado de Herculano, que rodea el perímetro posterior del MAV. No obstante, ningún perfume local puede competir con el hedor putrefacto de una familia escandinava que, para nuestra desgracia, se instala en la mesa vecina a la nuestra a la hora del almuerzo. Tienen pinta de ecologistas radicales, de esos que están reñidos con el desodorante y el jabón y se duchan una vez por semana. Suerte que cuando se sientan a comer en la Pizzeria Luna Caprese ya estamos esperando los cafés que acabamos de pedir, que nos abrasan la garganta porque queremos escapar de allí a toda costa. ¡Qué bien se está fuera, aun lloviendo a cántaros! En cuanto esos seres pestilentes abandonen el establecimiento, tendrán que fumigarlo. Pordiosquévahído.

Si no nos hubiésemos desplazado en nuestro auto de alquiler, quizás no hubiéramos visitado Villa Popea, un lugar intransitado donde solo coincidimos con siete u ocho italianos que recorren las ruinas en pareja o entre amigos. La finca, cuyo nombre hace referencia a su primera propietaria, la segunda esposa de Nerón, es el único sitio arqueológico abierto al público del yacimiento de Oplontis -hoy Via Annunziata-, una localidad cercana a Pompeya que cuando estalló el Vesuvio orillaba el Mediterráneo. De hecho la balconada de Villa Popea se asomaba a un acantilado que se abría al mar desde una altura de 15 metros. Es fácil visualizar la apacible vida de sus ilustres inquilinos -qué sencillo es todo cuando dispones de esclavos-, aficionados a la vegetación frondosa hasta el extremo de optar por primorosas reproducciones florales en algunos frescos. Otras estancias lucen teatrales trampantojos, como si la regia edificación necesitara de ilusiones ópticas para resplandecer todavía más. Cosas de los ricachos, que cuando se aburren se ponen graciosamente creativos.25.Frescos_Villa_popea.jpg

Excepto esos selectos enclaves cuya principal actividad es banderillear a pijos e incautos -desde la isla de Capri hasta las pintorescas poblaciones de la costa amalfitana-, la Campania es un territorio hostil. Mientras escribo algunas notas para ir hilvanando esta crónica, Mylove googlea y lee, lee mucho cada vez que llegamos a nuestro hotel. Quiere intentar comprender cómo el sinsentido y la decrepitud han podido enseñorearse de todo de un modo tan inverosímil. Cuando nos dirigimos a los sitios arqueológicos, atravesamos kilómetros y kilómetros de tremendos despropósitos urbanísticos. Recorremos carreteras, avenidas y callejuelas con boquetes como cráteres, flanqueadas por edificaciones que ostentan un feísmo y una negligencia desasosegantes. Sin compartir en absoluto su ideología -más bien estamos en las antípodas-, incluso podemos llegar a comprender a los lunáticos de la Liga Norte. Pues bien, parece que los verdaderos amos del lugar son las mafias de la Camorra napolitana. Son quienes controlan ilegalmente la recogida de residuos -la basura campa por doquier-, garantizan la construcción exprés de viviendas en el Parque Natural del Vesubio -que no está autorizada-, gestionan la multinacional italiana que más rinde -el tráfico de estupefacientes- y, en general, dirigen las vidas de una población que sufre un 70% de desempleo y que a menudo confía más en la Camorra que en el aparato del estado. Hasta los pequeñajos que juegan en mitad de la calle miran al forastero de soslayo y con el ceño fruncido. Como si no acabaran de fiarse de nadie que no forme parte de los suyos. Visto así, la amenaza de un cataclismo volcánico apocalíptico es el menor de sus problemas.

Lo bueno de alojarnos en Salerno es que podemos acercarnos en menos de una hora a Paestum, donde se alzan tres templos griegos de estilo dórico magníficamente conservados que permanecieron inmersos en una ciénaga y sumidos en el olvido durante siglos. Conforme avanzamos hacia el sur, el paisaje va abandonando ese aspecto de escupitajo de cemento y hormigón que predomina en las laderas del Vesubio y sus colinas aledañas. Nuestro pequeño Fiat Panda discurre por carreteras igualmente mal asfaltadas, pero jalonadas de huertos de legumbres, labrantíos y ganaderías dedicadas a la cría de búfalas, los famosos caseifici, que finalmente no visitamos: la mozzarella hay que comprarla, sí o sí, en el aeropuerto, ya que el suero en que flota para mantenerse en óptimas condiciones le impide superar el control de seguridad.

30.Paestum_temploAtenea.jpgPor fin, en mitad de la campiña, se aparece ante nosotros el templo de Atenea de Paestum. Aunque los griegos denominaron a su asentamiento Poseidonia en honor al dios de los océanos, los lucanos prefirieron el topónimo que ha perdurado hasta hoy. El luminoso sol, la ausencia de visitantes a una hora tan temprana y el fragante verdor que han propiciado las lluvias del recién estrenado invierno, nos transmiten una conmovedora serenidad interior.

Cuando comenzamos la visita, un grupo de jardineros se afana en segar la yerba de la zona de viviendas cercana al heroon, un pequeño edificio con techumbre a dos aguas que en las antiguas colonias griegas solía conservar los restos mortales -verdaderos o presuntos- del héroe fundador de la ciudad. Llaman también la atención por su extensión más que notoria la plaza del foro, centro neurálgico de la vida romana, y la piscina, el santuario dedicado a la fortuna virilis por los primeros colonos romanos. Por su función política destacan el ekklesiasterion, el edificio más antiguo del ágora, sede de las asambleas de los ciudadanos, y el comitium, donde se desarrollaban los juicios y las elecciones de los magistrados. No obstante hay que reconocer que hace falta mucha imaginación para visualizar los maltrechos vestigios de Paestum y convertirlos en la población grecorromana que un día fue, a excepción de los tres templos que alberga el sitio arqueológico. Son deliciosamente arrebatadores.

El templo de Atenea, levantado en el siglo VI a.C., fue construido con piedra caliza de los alrededores. El uso de dos órdenes arquitectónicos distintos, dórico para el exterior y jónico para el interior, hace que esta estructura sea un interesante ejemplo de arquitectura tardo-arcaica.

36.Paestum_TemploNeptuno3.jpgEl templo de Neptuno -aunque algunos estudiosos consideran que estaba destinado al culto a Zeus, Apolo o tal vez Hera- se levantó a mediados del siglo V a.C. utilizando piedra caliza local. En la actualidad es uno de los edificios dóricos mejor conservados de la Magna Grecia. Su interior está dividido en tres naves de dos filas de columnas cada una, colocadas en dos pisos. Las rampas de escaleras ubicadas a ambos lados de la celda permitían alcanzar el tejado de madera para su mantenimiento.

El nombre del templo llamado Basílica se debe a su falta de frontones, circunstancia que en el siglo XVIII hizo pensar en una edificación civil. Datado en el año 530 a.C. a juzgar por las inscripciones y los ex votos hallados en el área, presenta algunos elementos que denotan su antigüedad, como su número de columnas dispares, su pronunciado biselado y sus capiteles aplastados. La comparación de sus elementos arquitectónicos con los del vecino templo de Neptuno permite hacerse una idea de la evolución del orden dórico durante unos 70 años.46.Paestum_both.jpg

Esta interesante información y otros muchos datos de la excavación nos los facilita una práctica y compacta guía que encuentro en la tienda del museo. A veces resulta difícil seguir el hilo, da la impresión de que se ha traducido del italiano al español utilizando Google Traslator. En fin.

Cuesta, cuesta mucho abandonar el recinto arqueológico de Paestum. Se está muy a gusto allí. Hasta que empiezan a llegar familias italianas en alegre algarabía y razonamos que bien podríamos tomar un cappuccino y asomarnos al museo. Además de la curiosa Tumba del nadador, fechada en el 470 a.C. y que presenta graciosos motivos pictóricos -resulta especialmente encantador el coqueteo de dos apolíneos mancebos-, coincidimos con una exposición temporal que exhibe muestras del pillaje arqueológico, requisadas a los amantes de lo ajeno. Ojipláticos nos quedamos ante tan pintoresca muestra.

Nos apetece acercarnos al Tirreno y decidimos almorzar en Agropoli, una tranquila localidad portuaria con un agradable lungomare que recorremos sin prisa para abrir el apetito. Casi todos los establecimientos con vistas al mar se ven cerrados, pero un par de ellos ofrecen menús turísticos aptos para familias. Nos decidimos por Lounge Bistrot y seleccionamos algunos platillos de la carta. Yo cambio los spaguetti vongole con que me he estado alimentando estos días por una deliciosa pasta de nombre impronunciable con frutos de mar: chirlas, mejillones, ajo, tomate y un golpe de pimienta. Buenísimo. Mariola se enamora del jovencísimo y simpático camarero, que le hace ojitos y le dedica un trato más que especial. Él nos pregunta si regresaremos de nuevo, ella se quiere quedar a vivir allí. O, mejor aún, que él se traslade a Barcelona. Sí, hemos llegado a esa maravillosa fase de la adolescencia tontorronamente feliz.

Nuestra última noche en Campania nos obsequiamos con una cena atómica. El criterio de búsqueda “los mejores restaurantes baratos de Salerno” en TripAdvisor nos lleva a Pulecenella, una pizzería a la que no llegas por casualidad. Está a 10 minutos en coche desde nuestro hotel, en una calle angosta y sin salida en los arrabales del Stadio Arechi, bastante más cerca de Pontecagnano que del centro de Salerno. Llegamos a las 19:45, su hora de apertura, y ya está medio llena. El comedor es una gruta en la que caben, apretados en menos de una decena de mesas, una veintena de comensales. Los dos camareros son encantadores y el pizzaiolo, que se declara merengue en cuanto le desvelamos que somos de Barcelona, simpatiquísimo. En la carta solo hay un entrante, mozzarellinas de búfala campana, y una lista interminable de pizzas, a cual más tentadora. Las bebidas son escandalosamente baratas: 6 euros la botella de vino, 1,5 euros el refresco, 1’5 el chupito de limoncello. Nos traen el entrante en un platito de plástico con diminutos tenedores desechables. Hacemos un pequeño centro de mesa con las bebidas y los vasos de usar y tirar para hacer espacio para las pizzas y nos las sirven sobre papel encerado, como el de envolver embutidos en la charcutería, precortadas y sin cubiertos –sí, se comen con las manos-. Son colosales, sabrosas y sorprendente ligeras. Las últimas porciones las engullimos para no arrepentirnos después, porque lo cierto es que a la mitad de la ingesta ya estábamos más que saciados.

El jueves por la mañana, antes de abandonar Salerno, hacemos una parada en la barra del Bar Hilton para tomarnos el último cappuccino. De camino al aeropuerto, mientras paladeamos la golosina para adultos recién ingerida, cae una tenue cortina de nieve. De hecho la cima del Vesubio se ve blanca, como solía suceder cada invierno hace ya largos siglos, poco antes de tener lugar la que quizás sea la erupción volcánica más famosa de todos los tiempos.

Nadie esperaba que el Vesubio reventara en llamaradas. Ni siquiera existía una palabra para designar a una montaña así –viva, impredecible, indómita, feroz-, de modo que hubo que inventarla. Así fue como Vulcano quedó etimológica y sempiternamente atrapado en cada colina que escupe fuego.

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