Una jornada particular

La Navidad es como un sarampión, hay que pasarla. Atrás, muy atrás quedaron las celebraciones cándidas, despreocupadas, risueñas. Las veladas alumbradas por ese asombro casi pueril que perdura en tanto que no hay ausencias, en tanto que no falta nadie en el cogollo básico y fundacional de la infancia feliz.

Claro que, cuando tienes hijos –dos adolescentes deliciosamente imperfectas-, brincas en graciosa pirueta sobre el cable de funambulista que es tu vida y reinventas la ilusión de esas fiestas ineludibles en el calendario familiar. De modo que te agarras firmemente al teclado del ordenador mientras te crecen setas laborales por doquier, flop-flop, y alternas la revisión de correos electrónicos con la de las listas de los preparativos -mis listas y yo como un todo indestructible-: los detallitos navideños, la cena de Nochebuena, las sorpresillas del Tió, la comida de Navidad…

Sin embargo, todo ese ajetreo se volatiliza en cuanto llega el 26 de diciembre, cuando, como cada año, los fastos se detienen para celebrar, en íntimo homenaje, nuestro aniversario. De modo que nos despedimos de nuestros pimpollos y de nuestra amiga Valery, que ha pasado con nosotros las Navidades –qué balsámica compañía la suya, siempre- y escapamos a la carrera a disfrutar del soleado día. Nuestro día.

casaPunxes.jpgEste lunes superfestivo no se divisa apenas nadie en la Casa de les Punxes. El palacete modernista diseñado por Josep Puig i Cadafalch ocupa una manzana irregular delimitada por la avenida Diagonal y las calles Rosselló y Bruc y puede visitarse fácilmente con audioguía –la ruta comentada, visto lo visto, casi que la podéis obviar-.

El recorrido empieza con un paseo audiovisual que glosa la leyenda de Sant Jordi, personaje mítico que protagoniza uno de los dibujos cerámicos de la fachada. Aunque pretende ser épica, el tono irritantemente rimbombante hace que la narración resulte insufrible. Además de que despierta en mí una franca aversión por esa fábula que ya conocía -quizás porque me enfrento a ella con acerado pensamiento crítico-. La vocecilla enlatada nos explica que todas las doncellas del reino van siendo devoradas por el dragón hasta que quien peligra es la princesa, ya que, pequeño detalle sin importancia, el monarca ha amañado el sorteo para intentar salvar a su ilustre descendiente -prevaricando que es gerundio-. Total, ¿qué son algunos centenares de plebeyas comparadas con una sola damisela de sangre azul? Luego ya casi llego a la náusea cuando reflexiono sobre la descripción maniquea del heroico Sant Jordi –apolíneo, valeroso, cristiano- y la ignominiosa bestia –horrenda, innoble, infiel-. Es, en definitiva, una experiencia no recomendable para menores, a no ser que os dediquéis con didáctico empeño a comentarla convenientemente.

El ejercicio de exaltación patriótica de la Casa de les Punxes continúa en la espléndida azotea, desde donde pueden apreciarse, soberbios y reverberantes, los pináculos que dan nombre a la finca. En los auriculares de la audioguía suenan piezas de Richard Wagner -quien, como decía Woody Allen, desata las ganas de invadir Polonia- y en los plafones se exponen textos pergeñados por un publicista con ínfulas de historiador: no es información, sino mera propaganda. Entre otras cuestiones para nosotros irrelevantes descubrimos que el egregio arquitecto se inspira en el castillo bávaro de Neuschwanstein, que a su vez rinde homenaje al músico predilecto de Adolf Hitler. Aprovecho para apostillar que Neuschwanstein fue utilizado por los nazis como depósito de obras de arte robadas en Francia y que Wagner fue el compositor que más se escuchó durante el III Reich.

CanFanga.jpgPetulancia panfletaria al margen, también recabamos algunos datos interesantes, como la innovación técnica que aportaron algunos elementos estructurales, principalmente los pilares y cinturones de refuerzo en hierro colado. No obstante, el gran hallazgo es conocer el origen del sobrenombre con que las afables gentes de comarcas se refieren a mi ciudad: Can Fanga –a los lugareños suelen denominarnos, con igual cariño, pixapins, meapinos-. Se ve que hasta 1906 la pavimentación del barrio del Eixample era responsabilidad tanto del consistorio municipal como de los vecinos, que debían hacerse cargo de los 2,5 metros de acera que jalonaba cada inmueble. Como los propietarios preferían invertir lo justo –que no necesario- en esta partida, en cuanto caían más de cuatro gotas, Barcelona se convertía en un auténtico fangal. De aquellos polvos, esos lodos. Literalmente.

façana_praktikBakery.jpgLa Casa de les Punxes está a dos minutos del regalo con que nos hemos obsequiado para celebrar nuestro aniversario: una noche en el hotel-panadería Praktik Bakery. Pequeño y muy bien ubicado, las habitaciones son básicas pero están pensadas al detalle: la lencería de cama de algodón arropa confortablemente, mientras que la espaciosa ducha dispone de una presión vivificante. No obstante lo mejor del sencillo alojamiento es que se levanta sobre el establecimiento del Eixample de Baluard, la mítica tahona de la Barceloneta. Hay quien dice que elaboran los mejores panes de mi ciudad.

pa_llescat.jpgEl rincón de desayunos de Praktik Bakery comparte pared de hierro y vidrio con el obrador de Baluard y culmina en un jardín interior que se prolonga, cristalera mediante, hasta una agradable terraza. El mobiliario de estilo escandinavo contrasta con el amarillo corporativo que salpica desde las puertas hasta las americanas con que viste el personal de recepción. Sobre el bufé, dispuestos de manera armónica y ordenada, nos esperan, junto a la cafetera, dos jarras de zumo de naranja, tres grandes frascos de mermelada, una variada selección de bollería de mantequilla, hogazas ya rebanadas –de aceitunas, de higos, de nueces…-, una bandeja con algunas lonchas de queso, jamón york y jamón serrano y, por descontado, tomatitos en rama y una aceitera. Mediterráneamente.

Desayunamos temprano, hoy es martes más que laborable y a las nueve en punto hay que volverse a instalar frente al ordenador. La vida sigue, sí. Aunque no exactamente igual.

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