Toscana parquetematizada

De Vicopisano a San Gimignano hay una hora de camino por carreteras comarcales que atraviesan prados, cultivos de girasol y de maíz, campos recién segados y en barbecho, construcciones apaisadas y colinas tapizadas de abedules, encinas, cipreses, viñedos y olivos.

San_GimignanoLa llegada a San Gimignano a primera hora de la mañana es verdaderamente hermosa. El sol baña el paisaje de los bucólicos aledaños y la población se despereza en un levantar persianas de comercios rezagados, ante la mirada de los primeros y todavía escasos transeúntes. Las torres que la distinguen desde lejos –llegaron a ser más de 70, hoy quedan en pie poco más de una decena- fueron levantadas por las familias más adineradas como símbolo de ostentación, aunque la peste negra borró de un plumazo el apogeo de la ciudad a mediados del siglo XIV. A pesar de la más que notable mercantilización de la renombrada aldea medieval, el paseo por sus callejuelas permite admirar su magnífica arquitectura civil en piedra y ladrillo, con sus arcos ojivales y de medio punto y sus bellos trabajos de forja y ebanistería.

Sobre la puerta de la Universita degli studi di Siena pende una lona vertical: del 24 al 27 de agosto tendrá lugar el “XXIII International Summer School on Religions in Europe” bajo el lema Violenza e religioni. Leo el programa y me temo que solo reflexionarán sobre los recientes actos de terrorismo sociópata, no acerca de la violencia ejercida contra menores. En fin.

En la Piazza della Cisterna nos detenemos a tomar un helado en la Gelateria Dondoli. Se autodefinen como Pluripremiata Gelateria Artigana y se autoproclaman vigías de la tradición heladera italiana, cuya embajadora más conocida es Catalina de Médici, quien exportó a Francia la moda de los helados en el siglo XVI. Yo opto por un cucurucho con una bola de helado de higo, cremosamente dulce, y otra de helado de mango que me retrotransporta a Mérida, en el mexicano Yucatán, donde saboreé un sorbete de mango tan delicioso que durante 20 años lo he recordado como un sabor insuperado. Hasta ayer.

– Mamá, si hacen helados tan buenos, ¿por qué es tan pequeña esta heladería?

– Porque eso es, exactamente, lo que quieren seguir haciendo: buenos helados.

La experiencia WC da una idea de las turbas de turistas que han pasado por San Gimignano a estas alturas de agosto. A la entrada, una maquinita de acceso acepta la tarjeta del parking como opción para abonar los 50 céntimos de importe del uso de los servicios, no obstante está averiada. Otro artilugio electrónico que facilita cambio me devuelve monedas por valor de 5 euros, aunque yo he introducido un billete de 10. Ya en el interior, de los cuatro inodoros disponibles, solo funciona uno. La sufrida señora de la limpieza, que únicamente habla italiano, se desvive por cumplir su cometido y, a la vez, resolver las mil y una incidencias. Sí, consigue que venga un funcionario municipal que se demora una eternidad en acudir para devolverme mis 5 euros perdidos. ¡Gracias, amiga!

San_Gimignano_vistas.jpgHacia las once de la mañana la afluencia de visitantes empieza a ser insostenible, de modo que tomamos una vía lateral y nos escapamos a una deliciosa y sombreada vereda que orilla el perímetro exterior de la muralla. Jalonada de pinos, cipreses e higueras, proporciona unas preciosas vistas sobre la campiña y un efímero paréntesis de serenidad.

Antes de abandonar San Gimignano, llaman nuestra atención el truculento Museo de la Pena de Muerte y el recurrente Museo de la Tortura -en Volterra y en Siena hay sendos recintos con la misma temática, qué afición a lo gore-, aunque el verdadero suplicio es visitar en plena canícula lugares tan abarrotados. Los seres humanos somos inverosímiles.

De camino a Siena la carretera bordea el bonito recinto fortificado de Colle di Val d’Elsa y Monteriggioni, una imponente ciudad amurallada edificada en el siglo XIII sobre una colina.

Antes de entrar en Siena y sumergirnos en la marea humana de turistas nos detenemos a almorzar en Fontebecci, Via Fiorentina 133, un restaurante frecuentado por lugareños. El interior es fresco y acogedor y todo lo que tomamos está exquisito –a mis hijas les chiflan las olive all’ascolana que pedimos como aperitivo-. Por un momento nos olvidamos de dónde estamos. Pero no, enseguida retomamos el hilo del turisteo multitudinario: aparcar en Siena, incluso soslayando el Palio, es toda una aventura.

SienaAl final conseguimos estacionar el coche en un curioso parking que rodea el campo de fútbol local. Penetramos en las adoquinadas calles de Siena con talante optimista, dispuestos a mostrarles a nuestras hijas un par de pinceladas de su centro histórico. Nos asomamos casi a codazos a la Piazza del Campo, donde el suelo todavía exhibía la tierra que habían pisado los caballos la jornada anterior. En efecto, barandillas y andamiajes de madera atestiguan que se había celebrado allí el famoso Palio, una carrera hípica que se disputa desde el siglo XVI cada 2 de julio y cada 16 de agosto. Los jinetes de las diecisiete contradas de Siena compiten cabalgando el corcel que les ha tocado por sorteo. Durante cuatro jornadas se celebran distintas pruebas, la última de las cuales tiene lugar el 16 de agosto por la mañana y dura dos minutos. Antes que con su ciudad, los sieneses se identifican con su contrada, a la que defienden a ultranza. Cada una de las diecisiete contradas tiene su escudo, sus colores, su lema, su día festivo, su sede e incluso su página web. Es el sentimiento de pertenencia a la tribu llevado al extremo. Inquietante.

Duomo.jpgDesde la Piazza del Campo nos dirigimos al Duomo, cuya polícroma fachada gótica, obra de Giovanni Pisano, brilla ahora con especial intensidad. La verdad es que tanto el Duomo de Siena como el de Florencia lucen soberbios, supongo que de tanto en tanto conviene pulir las joyas de la república para que sigan generando pingües beneficios.

De regreso al coche nos sorprende la forma de bandurria de los jamones de una charcutería. ¿Quizás son de jabalí y por eso son diferentes? Aquí preparan con la carne de ese gorrino salvaje hasta el ragú, si se dieran un paseo por la sierra de Collserola se pondrían las botas.

VolterraEl camino de vuelta a casa es largo y se nos hace pesado –yo todavía me estoy recuperando del golpe de calor en Siena-, así que decidimos hacer un alto imprevisto para merendar en Volterra, que se eleva sobre la campiña toscana haciendo gala de su ecléctico patrimonio etrusco, romano, medieval y renacentista. Atravesando encantadoras callejuelas que se cuelan entre soberbias construcciones se llega al impresionante Palazzo dei Priori, el más antiguo de Toscana –se edificó entre 1208 y 1257-. Sirvió como ejemplo para construir el Palazzo Vecchio de Florencia y todavía luce en su fachada escudos de familias florentinas. Tanto el edificio como la plaza a la que se asoma sirvieron como escenario en 2009 para el rodaje de “Luna nueva”, una de las películas de la saga de vampiros para púberes, así que, por supuesto, hay un New Moon Tour a disposición de los turistas. That’s entertainment!

Así son las vacaciones en Toscana en pleno agosto, un recorrido por un populoso parque temático. Aunque, eso sí, los decorados son de piedra de verdad.

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2 comentarios en “Toscana parquetematizada

  1. Q pena q no he podido acompañarlos. Me encanta lo q cuentas t como lo cuentas. Es como estar allí viviéndolo, saboteándolo! Gracias amiga por llevarme contigo igual!

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