Barcelona-Vicopisano

Han tardado en llegar, pero por fin están aquí nuestras esperadas vacaciones de verano. Ayer salimos en coche desde Barcelona y pernoctamos en Nîmes para hacer el viaje más llevadero –aprovecho para advertiros que jamás de los jamases, bajo ningún concepto, os alojéis en el mugriento aparthotel Adagio Access Nîmes-.

Hoy a media mañana hemos abandonado la autopista para hacer una pausa en la apacible localidad de Fréjus, famosa por su anfiteatro romano –los franceses le llaman arènes, palabro que también utilizan para nombrar a las plazas de toros-, y hemos podido comprobar que en la Côte d’Azur abundan los veraneantes altos, guapos y rubios. También que les sobran los euros: un minitramo de 2 kilómetros de autopista nos ha costado 3,40 eurillos de nada. Sacrebleu! Los peajes continúan hasta Mónaco con aquella joie de vivre de Ferraris y Porches al galope, que comparten autopista con plebeyos como nosotros porque no les queda otra. Cuando lo pienso, me viene a la cabeza la reflexión en voz alta de un ínclito prócer de la publicidad que luego se pasó a la política: “Deberían poner más caros los forfaits, eso de que ahora todo el mundo pueda ir a esquiar es una lata”.

Lo cual es absolutamente cierto: en los alrededores de Niza, ese monstruo de hormigón armado que daña la vista, al paisaje le da un siroco y las elegantes villas de las elites conviven, en abracadabrante esquizofrenia urbanística, con los edificios colmeneros en los que moran las clases medias.

Cuando cambiamos de país y pasamos a Italia, persiste la construcción desaforada cual vómito de ladrillo hacia el mar, aunque toma cierto cariz horticultícola por los numerosos invernaderos, que se solapan pendiente abajo cubriendo las mediterráneas laderas. La estampa me recuerda vagamente al Maresme.

Mientras pasamos por San Remo, esa población con reminiscencias de festival veraniego, descubrimos Radio Maria, desde la que un capellán explica algo que no acabo de comprender sobre Jesús –mis nociones de italiano son muy limitadas-. En una cuña de publicidad burbujeante, unas simpáticas jovenzuelas animan a seguir a la emisora por Facebook y Twitter. Como son muy completos, también retransmiten misas, que no se diga que la tecnología no puede estar al servicio de los feligreses.

Al observar detenidamente un cartel de la autopista, me doy cuenta de que la tipografía de Milano es la misma que utiliza el logotipo de las gomas de borrar de toda la vida, esas que se llaman como los primogénitos de futbolistas chulescos y colombianas que cantan como si hicieran gárgaras. En fin.

túnelEl camino desde la frontera con Francia hasta la salida hacia La Spezia es una infinita sucesión de túneles. Con tanto paso intramontañoso, al GPS le da por desconectarse sin previo aviso, qué hartura de perforaciones rocosas. A veces, entre conducto y conducto, asoma el cauce seco de un río –madremíaquéagostamiento-. Otras, alguna pequeña estación de servicio. Paramos en una de ellas para estirar un poco las piernas y el café con leche nos sabe a gloria. Nadie, absolutamente nadie sobre la capa de la tierra, prepara el café como los italianos.

Por fin, poco antes del límite de Liguria con Toscana, en plan niña de Poltergeist, caminamos hacia la luz y dejamos atrás los túneles. A nuestra izquierda, con los Alpes Apuanos al fondo, encantadoras aldeas coronan las cimas de las colinas con sus perfiles ocre, teja y marfil. A nuestra derecha, los níveos bloques de mármol de las fábricas de Carrara refulgen como purpurina blanca bajo el sol del atardecer.

Enseguida llegamos a Vicopisano y a la morada donde, Airbnb mediante, residiremos durante los próximos días. Es un apartamento que ocupa la planta baja de la casa decimonónica de Elena, locuaz arquitecta italiana que nos proporciona todas las indicaciones que necesitamos para acomodarnos. A nuestras adolescentes hijas nuestro alojamiento toscano les da miedo: aseguran que es un nido de fantasmas. En cambio, a mí me chifla. Tiene el encanto de lo muy vivido, una cocina antigua que me recuerda a la que tenía mi abuela en Esplugues y dos dormitorios que distan lo suficiente como para preservar cierta intimidad.

Por ahora las vacaciones empiezan bastante bien.

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