Porque nosotras lo valemos

Mi amiga Iciar y yo somos fanáticas del termalismo. Nos apasiona pasar el día en albornoz, relajarnos entre burbujas, que nos masajeen, que nos embadurnen con mágicos ungüentos y, lo más importante, no pensar en absolutamente nada durante ese efímero paréntesis de felicidad. Hasta ahora habíamos disfrutado de escapadas saludables a balnearios catalanes, pero este fin de semana nos hemos obsequiado con una pausa de bienestar por tierras aragonesas.

El viernes nos presentamos en el Hotel Sauce de Zaragoza sobre las seis de la tarde y, tras reponer fuerzas en la cafetería de nuestro alojamiento con su famosa limonada rosa y una porción de pastel de zanahoria casero, salimos a callejear por los alrededores. Hicimos una parada técnica en Fulanita Retal, donde me compré un vestidillo pop y una falda pintada a mano, y nos llegamos hasta el Mercado Central (1903) para contemplar su magnífica estructura. Luego vagamos por Alfonso I, adentrándonos por la calle Antonio Candalija para ver de cerca la encantadora Plaza de San Felipe, donde se ubica el Museo Pablo Gargallo, y subimos hasta el Coso para alcanzar el Paseo Independencia: queríamos acercarnos al Edificio de Correos (1926) para admirar su fachada de inspiración mudéjar. Cenamos temprano en El Balcón del Tubo, donde, llevadas por nuestra gula, pedimos ricos platillos que luego no nos pudimos acabar. Desfilaron ante nosotras sendos vasitos de salmorejo, sendas tapas de pisto con pesto y cuatro raciones compartidas: una ensalada de tomate encebollado con bacalao, unas verduras a la brasa con salsa romesco, unos calamares a la andaluza –tiernos y fresquísimos- y unos mejillones de roca al vapor.

Salimos de la taberna con ánimo de pasear un buen rato para digerir mejor el condumio. Por el camino nos topamos con una tiendecita de frikicamisetas, El lado oscuro, en el número 23 de la calle Méndez Núñez, cuya propietaria era simpatiquísima y pospuso su hora de cierre para atendernos. Y bien que hizo, porque mi amiga Iciar le compró seis prendas, tanto para sus sobrinos como para ella misma, porque, a pesar de su apariencia estándar, contaban con una prestación insospechada: sus ilustraciones eran de realidad aumentada y, a través de una aplicación, se podía disfrutar de una animación que también se podía fotografiar o grabar en vídeo.

parroquietaTras el inesperado shopping continuamos nuestro garbeo por el centro histórico de Zaragoza, que de noche luce precioso. Nos acercamos a La Seo para enseñarle a mi amiga el admirable muro exterior de la llamada Parroquieta, la capilla lateral de San Miguel Arcángel, construida entre 1374 y 1379. Dos maestros azulejeros sevillanos, Garci y Lop Sánchez, fueron los principales artífices de la cerámica vidriada polícroma de este llamativo lateral mudéjar. Me requetechifla.

FachadaEspoz_y_MinaEl sábado recién levantada, curioseando desde la ventana de nuestra habitación, me detuve a observar el edificio que teníamos enfrente. Me sorprendió un inquietante embaldosado, inapreciable desde la calle –dormíamos en la última planta-, que rompía con el resto de motivos decorativos del inmueble. Lucía el yugo y las flechas de Falange e indicaba una fecha, 3 de mayo de 1937. Tras investigar un poco por la red, hoy he dado con la respuesta a tamaña apología del fascismo hispano: a las seis y media de la tarde de ese día, el ejército republicano bombardeó a la población civil de Zaragoza. El primer artefacto cayó sobre el alero de las casas números 44 y 46 de la calle Espoz y Mina. Allí mismo. Al final, siempre hay una explicación para todo, incluso para lo inverosímil.

No obstante, en ese momento no tenía esta información, así que no le di más vueltas. Además, nos estaba esperando un opíparo desayuno y, una hora de coche después, muy cerquita de Calatayud, el pequeño edén termal que había escogido Iciar amorosamente. Porque nosotras lo valemos.

Construido en 1848 y declarado de utilidad pública en 1850, el Hotel Balneario de Paracuellos de Jiloca es el más antiguo de Aragón. Las bondades de sus aguas sulfuradas cloruradas-sódicas, especialmente indicadas en terapias dermatológicas y respiratorias, atrajo desde sus inicios a las familias más pudientes de la época, ya que eran los únicos que podían permitirse tal lujo –había más empleados que huéspedes y todos los servicios se desarrollaban manualmente-. El uso estrictamente medicinal de las aguas –la parte lúdica llegaría mucho después- obligaba a permanecer allí durante largas temporadas, incluso meses (entre nosotros y sin que salga de Europa, yo también me quedaría unas semanitas en el paraíso del relax).

El balneario de Paracuellos de Jiloca cuenta con dos conjuntos arquitectónicos históricos, el correspondiente a Los Baños Viejos, que fue convenientemente restaurado hace algunos lustros y alberga tanto los dormitorios de los clientes como el nuevo y flamante pabellón de instalaciones termales, y el de Los Baños Nuevos, que fue habilitado como hospicio durante la Guerra Civil y hoy es poco más que una ruina que se asoma a una fabulosa finca con dos lagos naturales -uno para los humanos, el otro para los peces- y 40.000 metros cuadrados de jardín que transmite una tonificante sensación de apacible serenidad.

Paracuellos_de_Jiloca.jpg

Iniciamos nuestra jornada reparadora con los parafangos, que consisten en una bandeja de barro caliente y seco –no mancha- colocada estratégicamente entre la camilla y la espalda, de manera que actúa sobre toda la zona dorsal, desde la rabadilla hasta los hombros. A continuación nos destensamos todavía más con un masaje de media hora, que utilizaba una eficaz técnica de digitopuntura que deshacía los nudos con firmeza pero sin dolor alguno. Una gozada. Probamos el agua sulfurosa con la voluntad de adquirir alguna habilidad diabólica, pero desistimos al primer sorbo: olía a huevo duro en avanzado estado de putrefacción y sabía como la salmuera.

Después del almuerzo –alubias con almejas, perdiz en escabeche y cuajada casera, qué rico estaba todo- haraganeamos un poco en el jardín, parapetadas bajo una sombrilla, y luego disfrutamos del tratamiento facial que había seleccionado especialmente Iciar. Fue suavemente delicado y muy gratificante, repleto de esencias perfumadas y bálsamos reparadores. Nunca antes me había solazado tanto con una experiencia así. Wonderfulloso. Tendremos que volver a por más.

Lástima que el circuito termal no cumplió con las expectativas. A las instalaciones se les entreveía la falta de mantenimiento –un botón que no va, una baldosa desprendida, un surtidor que no acaba de arrancar…- y había un claro exceso de humanoides pululando entre las aguas y acaparando ciertos burbujeantes rincones. Habrá que explorar las horas y las fechas menos populosas.

Después de cenar, y ante la parquedad de la oferta etílica de la cafetería del hotel, optamos por rememorar nuestra juventud y pedimos sendos Bailey’s con hielo –hacía siglos que no tomaba la crema de whisky irlandés-, que nos supo a hombreras, maquillaje y ropa de colores y peinados imposibles. Que es como, en el fondo, continuamos sintiéndonos. Porque hemos llegado a ese provecto momento de la vida en que, cuando ves a alguien de tu generación, le lees los años y piensas “¡qué mayor!”, pensando que tú te ves mucho más joven. Y no, no lo eres. Tienes su misma edad. Así que te miras en el espejo y descubres, sin reconocerte, a una señora que cada vez se parece más a tu madre o a tu abuela -según el día-, con las love handles enseñoreadas de tu abdomen y las incipientes bingo wings adueñándose de tus brazos.

Claro que eso es a primer golpe de vista. Porque luego te fijas con más atención y enseguida adviertes que la niña que fuiste se ha hecho fuerte en lo más profundo de tu mirada y se resiste a abandonar esa última guarida. De modo que trátala bien. Mímala. Y esfuérzate en ser, todos los ratos que puedas y a diario, intensamente feliz.

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