La huida

Dice mi amiga Pepi que la pubertad es una estrategia de evolución biológica para acabar de cortar el cordón umbilical. Doy fe de que lo es, pero bidireccionalmente: el pasado fin de semana nos escapamos, de manera improvisada y a la carrera, de los brotes adolescentes de nuestras hijas. Aunque las adoro, la convivencia con ellas es, a menudo, insufrible.

Hacía tres años que no pisábamos la Cerdanya. Cuánto necesitábamos ese hálito tonificante, esos recodos nunca olvidados, esa serenidad que se te cuela por los recovecos del ánimo nada más llegar. A las nueve de la mañana del sábado –y a 10 grados de temperatura, qué escalofriante placer- ya estábamos desayunando en la Pastisseria La Rosella de Bellver de Cerdanya, una panadería con servicio de degustación donde, además de poder tomar zumo de naranja recién exprimido, te preparan el bocadillo con pan de chapata si se lo pides. Ñam.

Pletóricos y con ilusión casi infantil, nos dirigimos a toda prisa a Les Pollineres vía Aransa para pasear en alegre ascenso hasta los Estanys de la Pera, cuyo nombre no procede del fruto del peral, sino de la palabra pedra –piedra-, como tantos otros topónimos catalanes –Peratallada o Peralada son los dos primeros ejemplos que se me ocurren-. Durante la agradable caminata apreciamos un apacible remanso de agua repleto de renacuajos que me hizo pensar en Olivia, mi ahijada –cinco añitos el próximo 29 de julio-. Algún día habrá que mostrarle estos senderos tantas veces recorridos.

Al subir no nos topamos con nadie por las rampantes veredas, que a aquellas horas todavía lucían intransitadas. Yo me detuve en el primer estanque, que alcanzamos en 40 minutos. Para avistar el segundo basta con un cuarto de hora más, pero opté por sentarme sobre un saliente para disfrutar del fresco y de la infrecuente soledad, mientras mi love trotaba feliz hasta completar el circuito. De regreso a Les Pollineres sumergimos los pies en las aguas glaciales del río del Molí, que es como hacerlo en una torrentera de cubitos de hielo. Aunque su aspecto era puro e inmaculado, en la espumilla de alguna esquina se le adivinaban las heces bovinas.Estanydelapera.jpg

A la una y media nos dispusimos a almorzar en el restaurante de la Fonda Domingo de Lles de Cerdanya. Optamos por algunos ricos platillos del menú que nos sorprendieron muy gratamente. Yo tomé un vivificante salmorejo con dados de melocotón y gelatina de Bloody Mary, un estofado de pies de cerdo y morro de ternera de toma pan y moja, y, de postre, una deliciosa sopa de fresas con panacota y espuma de Bayley’s. Nos gustó tanto que decidimos cenar allí, ya que nos hospedábamos al lado.

En efecto, la víspera habíamos reservado habitación, Booking mediante, en Cal Rei, un hotel rural con encanto de esmerada decoración, cuyo jardín se abre como un mirador sobre la sierra del Cadí. Nos propusieron cenar y desayunar en la mesa colectiva del alojamiento, con todos los huéspedes compartiendo vituallas y conversación. No obstante, sin menospreciar la cordial iniciativa, declinamos la propuesta: preferíamos confraternizar con nosotros mismos, en preciosa intimidad, que buena falta nos hacía.

Tras la indispensable siesta, holgazaneamos un buen rato desparramados por las hamacas del parquecillo de Cal Rei, sumidos en la indolencia de mantener la mente en blanco sin esfuerzo y pensar en nada de manera natural. Nos concentramos en escuchar cómo se deslizaba el viento entre los árboles en murmullo de hojas salpicado de abejorros y cigarras. A lo lejos, muy de vez en cuando, se oía algún tractor y un terco gallo de gorgorito afónico, insasequible al desaliento.

Cuando logramos desperezarnos –demasiado vino durante el almuerzo- nos acercarmos en coche a un altozano que nos chifla. Ubicado al inicio de la pista forestal que une Aransa con Bescarán, es un cerro solitario desde el que se contempla, imponente, la sierra del Cadí en su magnífica grandeza. Nos mimetizamos hasta tal punto con el paisaje que unas marmotas –espléndidas, las más recias que hayamos observado jamás- se asomaron desde sus madrigueras, excavadas en mitad del praderío. Nos supo un poco mal porque nunca antes, yendo con nuestras hijas, habíamos advertido por allí a esos simpáticos animalillos. Tampoco ningún cérvido como el que se nos cruzó después por la pedregosa pista. A Ángela y Mariola les hubiera encantado avistar la fauna local.CimBescaran.jpg

Claro que también experimentamos un insólito fenómeno que no hubiera sido tan de su agrado. Si paseas por la campiña a la hora bruja del crepúsculo, a menudo te ves atrapado por una nube de minúsculos insectos en frenético vuelo, tal vez enloquecidos por la caída del sol. Pues bien, sucedió que, cuando subimos a nuestro vehículo para empezar a regresar, nos rodeó un repulsivo enjambre de moscas estercoleras que no cesaban de rebotar, alborotadas, contra los cristales. Suerte que quedaron atrás en cuanto nos pusimos en marcha, como las estrellas del firmamento cuando el Halcón Milenario arranca en modo hipervelocidad.

Después de cenar temprano en la Fonda Domingo –qué delicado y jugoso rodaballo a la donostiarra, con sus tiernas patatitas al horno- salimos a garbear para admirar la preciosa luna lunera conviviendo con el ocaso y, de paso, empaparnos de ese frescor estimulante que invita a enfundarse en una prenda confortable y a dormir bien arropado.

El domingo a primera hora acudimos a Cap del Rec a desayunar –tomamos un excelente café con leche y sendos bocadillos de tamaño brontosaurio- y a dar un plácido paseo bajo los abetos antes de volver a Barcelona. En el Forn d’en Jordi, parada obligada cuando atravesamos Martinet, nos hicimos con sabrosas provisiones elaboradas en su horno de leña, a saber: panes de nueces, de aceitunas y de chocolate, y carquiñoles rebosantes de frutos secos.

Mientras mordisqueo una de esas golosinas almendradas, me viene a la cabeza la advertencia escrita a la entrada del albergue de Cap del Rec: “No tenemos wifi, tenemos paisaje”. Y reflexiono que, de esa manera, la conexión con uno mismo y con quienes te acompañan, o sea, con el ombligo del mundo, es indudablemente mejor.

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