Su primer concierto

Hoy Mariola se ha despertado a las seis de la mañana presa de la excitación, como si fuera el día de reyes. Mi cachorrillo loco, que de natural es más bien nocturno y permanece en estado de letargo hasta mediodía, ha saltado de la cama de un brinco, los ojos como platos y rebosante de euforia: por fin había llegado el día del concierto, largamente esperado, de su banda favorita: 5SOS. O 5 Seconds of Summer, como se prefiera. Locura adolescente en estado puro.

Seconds-Summer-Barcelona.jpg5SOS es una muchachada autraliana que alcanzó la fama hace un par de años como teloneros de One Direction, esos mamarrachos que osaron profanar “One way or another” de Blondie. Tremenda desfachatez. Mariola compró las dos entradas para escuchar al cuarteto de Sidney hace siete meses con el dinero de su hucha: como es menor de 16 años, tenía que ir acompañada de madre/padre/tutor. Desde entonces me ha estado recordando, prácticamente a diario, cuántos días faltaban para el concierto. Como la cuenta atrás para el cambio de milenio, pero en versión púber.

Estos últimos días he intentado familiarizarme con los temas que mi hija tararea infatigablemente y de memoria, como una letanía. No obstante, confieso que desistí enseguida –la paciencia no es una de mis virtudes- porque todo me sonaba un poco igual. Claro que peor sería que le gustara el reguetón o las melodías de xiruca i costellada, dos géneros musicales –por llamarlos de alguna manera- muy en auge entre el alumnado de su colegio. Quien no se consuela es porque no quiere.

Sin embargo, cuando esta mañana he observado atentamente a Mariola en modo cascabel, me ha emocionado el brillo de sus ojos, su sonrisa radiante, su contagiosa alegría. Y enseguida he decidido que iba a disfrutar de la noche por y para ella. No iba a ver a 5SOS, sino a Mariola en estado de gracia.

Hemos atravesado Barcelona desde casa hasta el Palau Sant Jordi primero en metro y luego en autobús –una horeja de nada-. En cuanto hemos llegado, hemos comprobado que la mayoría de seguidoras se agolpaba en uno de los dos accesos al recinto. “Por aquella puerta de allá en la que no hay cola, ¿pueden entrar igualmente menores?”, le he preguntado a uno de los hombretones de seguridad. “Sí, claro. Pero que lleve el DNI a mano, se lo pedirán”. Ya dentro, en la tienda de merchandising eran legión las 5SOSfollowers que se amontonaban en busca de su objeto fetiche de recuerdo. Ante tamaña multitud, Mariola ha decidido que ya compraría algo en la página web oficial al regresar a casa. Es tan práctica como yo.

El Palau Sant Jordi lucía a mitad de su capacidad. Unas colosales cortinas negras acotaban el aforo, mientras que en pista varias hileras de sillas reducían a la mínima expresión el espacio para presenciar el concierto de pie. El 90% de las asistentes eran fanáticas de la banda y sus entregadas madres, aunque de tanto en tanto se veía algún sufrido padre en compañía de las niñas de sus ojos. Justo delante de nosotras se ha instalado una bandada de pijas y mamás irritantes, todas superestupendas. Para nuestro alivio, antes de empezar el concierto, en vista de que unas hileras más adelante había asientos libres, han cogido sus bártulos y se han trasladado allí.

No sabíamos que había teloneros, así que los aullidos estridentes de los Sexy Zebras nos han pillado por sorpresa. Es el típico grupo que debe chiflar a un público con mucha testosterona, de modo que no dejaba de resultar chocante que intentaran encandilar a las jóvenes fanáticas que esperaban histéricas a sus mitos.

Unos veinte minutos más tarde de lo previsto han hecho su entrada triunfal las estrellas de la noche. Me ha enternecido ver a Mariola tan arrebolada, berreando y bailando al unísono con aquella fauna de muchachas enfervorecidas, que coreaban a voz en grito sus temas-himno y escuchaban atentamente los chascarrillos de sus ídolos. Los veinteañeros de Sidney han debido decir “hola Barcelona” como 243 veces, incluso han improvisado una canción con esas dos palabras. Y se han disculpado por no haber prestado más atención a su profesora de español cuando estudiaban –hace dos minutos – y por no poder comunicarse más que en inglés: nunca se habían planteado que llegarían aquí desde la lejana Australia.

Musicalmente hablando, me he aburrido soberanamente. Suerte que solo han tocado poco más de una hora –tampoco tienen tantísimo repertorio- antes de ese falso adiós teatralizado que precede a los bises. Y entonces he comprobado que aquel enjambre de jovenzuelas no sabía cómo pedir que el espectáculo continuara. Dudando entre “otra”, “one more song” o “another one”, se han limitado a graznar como grifos. Supongo que para dejar de escuchar ese chirrido tan ensordecedor, y a pesar de la poca pericia de la audiencia para reclamarlos sobre el escenario, han salido de nuevo y han tocado 10 minutos más. Dos temas. Rapidito. Y ya, que mañana estamos en Madrid. Qué lejos de los bises de hora y media de The Cure.

Antes de abandonar la pista, Luke Hemmings se ha envuelto en una rojigualda que alguien había dejado a sus pies junto con algún otro colorido trapo más. He pensado que quizás a alguna espectadora indepe le estallaría la cabeza tipo Hellraiser, pero no ha sucedido nada. Al contrario, la transtornada multitud ha ululado, una vez más, presa de su enajenación mental colectiva. Yo creo que, si hubiera depuesto un zurullo en el escenario, las fans de la primera fila lo habrían conservado en formol para guardarlo como reliquia, en plan “Las aventuras de Priscilla, reina del desierto”, esa encantadora película tan australiana como el cuarteto.

En fin, todo sea por Mariola, que ha salido del Palau Sant Jordi afónica, excitadísima, arrebatada. Ha sido su primer concierto. Y yo he estado allí.

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