Île d’Oléron

La mayor isla francesa del Atlántico queda a unos 20 minutos en coche del puerto de La Cayenne. A la derecha del puente que conecta el continente con Île d’Oléron, un pontón reverdecido y desvencijado se adentra en el mar, cual lengua de decrépito hormigón, para interrumpirse abruptamente, como si un coloso le hubiera descuajado un pedazo de un zarpazo. Más allá, como una herradura gigante varada eternamente frente a la costa de Bourcefranc-Le Chapus, se divisa Fort Louvois, la fortificación marítima del siglo XVII que proyectara Vauban con un curioso diseño en forma de suela equina, que se aprecia mejor con la marea baja.

FortLouvois.jpg

Fort Louvois lleva el nombre del secretario de defensa de Luis XIV, el marqués de Louvois, quien decidió reforzar la protección que se proporcionaba desde la ciudadela de Oléron al arsenal marítimo de Rochefort con un bastión de apoyo para el fuego cruzado. Para visitarlo –solo se abre al público en temporada alta, que empieza mañana- hay que tener en cuenta los horarios de las mareas, ya que su única vía de acceso terrestre permanece sumergida mientras la marea está alta.

Trabada al continente por el primer puente que unió a Francia con alguna de sus islas, Île d’Oléron es tan parecida a los alrededores de Marennes que casi se pierde la noción de estar abrazados por el océano: en el abigarrado paisaje insular de camino a Le Château-d’Oléron –tal es el nombre de la capital histórica de la isla- se suceden salinas, marismas de ostricultura y toscas casitas de pescador pintadas de colores brillantes, al estilo de las que abundan en la tupida red de canales que drenan el estuario del río Seudre.

La paradoja de Le Château-d’Oléron, que debe su nombre a la antigua fortaleza de los duques de Aquitania, es que ya no cuenta con tal edificación desde el siglo XVII: Vauban decidió arrasar tanto el castillo como el burgo medieval que se acogollaba a su alrededor –callejuelas, casas y edificios públicos y regiosos- para construir la ciudadela militar. Los crímenes arquitectónicos vienen de antiguo.

Hoy la capital económica de la isla es Saint-Pierre-d’Oléron, una bonita población cuyo ayuntamiento reside en una sencilla casona de dos plantas que bien pudiera acoger un albergue o un hostal. Cerca de esa muestra de arquitectura popular que es el Hôtel de Ville, un poco escondido en la misma place Gambetta, se ubica el diminuto Musée de l’Île d’Oléron, en cuya planta principal se invita a conocer un poco mejor la historia y las tradiciones de la isla, mientras que en su planta superior se exhiben exposiciones temporales. Gracias a esta visita hemos tenido conocimiento de los Rôles d’Oléron, una recopilación de documentos judiciales, creada en el siglo XII a petición de Leonor de Aquitania, que constituye el primer código marítimo europeo del que se tiene constancia. En los Rôles d’Oléron se tipifica, entre otras cuestiones, que el capitán de un navío debe mediar en las disputas de la tripulación y fomentar su cohesión, o que, en caso de naufragio, en lugar de ejecutar a los supervivientes para apropiarse de sus pertenencias, es necesario socorrerlos. A algún ministro que yo me sé le irían bien como lectura.

Callejeando por Saint-Pierre-d’Oléron, además de descubrir preciosas tiendecitas y pequeños restaurantes donde saborear cosas ricas, puedes toparte con la curiosa Lanterne des Morts, una esbelta torre que hace las veces de farola y que, por lo general, se ubica en los cementerios y se eleva 6 metros sobre el suelo. No obstante, la de Saint-Pierre-d’Oléron, que data del siglo XIII, triplica la talla normal y es la más elevada de Francia. Cuando no era un mero elemento ornamental y se utilizaba, la luz ardiente de la linterna evocaba las tinieblas, mientras que la cruz, colocada en el vértice del pináculo -en la foto, un pajarraco descreído la utiliza como pedestal-, representaba la redención divina.

lanterne des Morts.jpg

El microclima mediterráneo que comparte Île d’Oléron con la vecina Île de Ré -en parte por el mar interior que encierran ambas islas, pero también gracias a la corriente del golfo, que atempera las aguas atlánticas- facilita una vegetación meridional en la que florecen naranjos, higueras, mimosas e incluso algún olivo. No obstante, hoy nos ha compañado un lluvioso clima oceánico que le iba muy bien a la belleza salvaje de la costa norte de la isla. En su extremo más alejado, el Phare de Chassiron facilita la entrada de los barcos por el estrecho de Antioche, el brazo de mar entre las islas de Ré y Oléron. Su historia corre pareja al de su homólogo de Île de Ré.

El primer Phar des Baleines, en Île de Ré, y el de Chassiron, en Île d’Oléron, se construyen por orden de Colbert como avispada avanzadilla para proteger el flamante puerto de Rochefort. Siglo y medio después, aquel primer faro, de 29 metros de altura, le queda pequeño a la lente ideada por Fresnel y, tras valorar su remodelación, la Commission des Phares estima que “la construcción de una nueva torre le parece más favorable que la restauración de la antigua” a causa de su avanzado estado de degradación y su excesiva proximidad al mar. De modo que, de 1834 a 1836, se levanta un nuevo faro de 43 metros de altura a tan solo 100 metros de distancia del viejo, que es demolido sin demasiadas contemplaciones.

Cuando se inaugura, el nuevo y fantasticuloso Phar de Chassiron es visible a 7 leguas -hoy sus ocho haces luminosos se aperciben a 28 millas de distancia-. En 1926 se pintan sobre su fachada circular tres anchas bandas negras, en parte para mejorar su visibilidad con mal tiempo, pero también para evitar confusiones con el Phar des Baleines.

Faro_Chassiron.jpg

La visita al Phare de Chassiron es más que recomendable, no solo por la panorámica de la que se disfruta tras ascender sus 224 escalones, sino también por su logrado recorrido museístico automatizado en dos vueltas.

La primera teatralización, con actores que atronan desde los altavoces mientras las puertas y ventanas se abren y se cierran solas, ayuda a comprender mejor qué papel desempeñaban los faros cuando las tempestades desataban tragedias y sacudían buques como sábanas al viento.

El segundo periplo, que combina material expositivo y audiovisuales de tipo documental, detalla las estrategias desarrolladas por los lugareños para sobrellevar las particulares condiciones de la isla, desde cultivar hortalizas resistentes al viento salado, hasta suplir la falta de abono animal con algas. O, lo más fascinante, aprovechar las mareas para atrapar a los peces a través de largos muros de piedra creados por puro encaje, sin mortero, des écluses à poissons -en Île d’Oléron tan solo restan 14-, un método de pesca tradicional que perdura desde la Edad Media, aunque sus orígenes se remontan a la época galo-romana.

Mientras regresábamos por la carretera que orilla el litoral desde el faro, unos extravagantes árboles en crecimiento oblicuo nos han mostrado que, antes que plantarle cara a la tormenta en un quebrar de leños, conviene usar la ventisca a tu favor para crear un nuevo movimiento, hermoso por lo inesperado. Con la feroz belleza de lo que no es impostado, sino genuino y verdadero.

Árboles_inclinados.jpg

Anuncios

2 comentarios en “Île d’Oléron

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s