Marennes

Un frente laboral asilvestrado ha pulverizado hoy nuestras posibilidades de asueto. No tiene mayor importancia, son cosas de la vida mercenaria. Afortunadamente nos hemos refugiado en un rincón de Charentes-Maritime donde se está la mar de bien sin tener que recorrer largas distancias. A falta de tiempo para ir más lejos, siempre nos quedará Marennes.

Atardecer_caseta.jpg

El topónimo Marennes deriva del término latín Terra maritimensis, ya que, después de ser isla, fue una península prácticamente sitiada por el océano: a un lado, el golfo de Brouage, al otro, el de Seudre. Sus marismas, especialmente pródigas para las salinas y la cría de ostras desde la época de los romanos, son el fruto de miles de años de depósito de sedimentos.

Marennes es una pequeña y apacible localidad que se distingue desde la lontananza gracias al pináculo de su emblemático templo, la iglesia parroquial de Saint-Pierre-de-Salles, levantada en el siglo XI y posteriormente reconstruida y modificada en numerosas ocasiones. De la primera edificación, de estilo gótico flamígero, solo perdura el imponente campanario de 83 metros de altura, que en el pasado también hacía las veces de faro y señalaba la entrada del río Sedre. Hoy es un mirador excepcional para contemplar unas vistas panorámicas sobrecogedoras de los alrededores.

No muy lejos de Marennes, en mitad de la campiña ganada al mar, se divisa el recinto amurallado de Brouage. Cuesta imaginar que lo que hoy son verdes campos de pasto y cultivo fueron, en una época no tan pretérita, un puerto perfectamente resguardado por las mareas, con suficiente profundidad como para albergar a hasta 200 buques comerciales: los navíos echaban el ancla y sus tripulantes se desplazaban en gabarras por los canales.

Efectivamente, el municipio de Hiers-Brouage era un archipiélago ubicado en mitad del antiguo golfo de Santons, y cada isla tenía su propio puerto de sal. En 1555 Jacques de Pons fundó Jacopolis sur Brouage, fusionando su propio nombre con una derivación de Broatga y Broadgia –país de los lodos-. Gracias a su clara vocación mercantil, pronto se convirtió en el primer centro exportador de sal de Europa y, posteriormente, en el polvorín de la armada francesa: era allí donde se aprovisionaban las fragatas que zarpaban rumbo a Terranova. En una de ellas viajaba el geógrafo real Samuel de Champlain, que nació en Brouage y fundó la ciudad de Québec, por lo que es considerado como el padre de la Nueva Francia. Por lo menos en Brouage.

Hoy Brouage es una simpática aldehuela que rememora con cierta nostalgia su esplendoroso pasado, en plan vedette venida a menos, a través de un agradable recorrido perimetral intramuros, en el que se pueden curiosear el Polvorín de Saint-Luc, las antiguas letrinas, que evacuaban justo en la fosa que rodeaba el baluarte, o la Porte Royale y su rampa lateral, que conduce al camino de ronda. Por las escalerillas de esa rampa ascendía a llorar su malquerencia Marie Mancini, sobrina del cardenal Mazarino y amante despechada de un jovencísimo Luis XIV –que se excusó con el típico rollo de que él no podía escoger con quien casarse y tal y tal-.

La jornada no ha dado para más incursiones turísticas. Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, pienso en lo a gusto que estamos aquí, aun teletrabajando. Y me viene a la cabeza la banda sonora de estas vacaciones.

 

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