Île de Ré

Qué añorado placer empezar la jornada con unas tostadas de pan, calentitas y acabadas de hacer, untadas con nuestras queridas rillettes de poulet. J’adore! Recién levantados, la calefacción radial de nuestro alojamiento invitaba a pasear descalzos por casa y a saborear los primeros minutos del día con perezoso regocijo.

Las subidas y bajadas de la marea son fenómenos que, a gentes mediterráneas como nosotros, nunca deja de admirarnos. Esta mañana plúmbea y encapotada, de camino a la Île de Ré, las barcazas embarradas en el lodo de los canales desnudos dibujaban un fantasmagórico paisaje lunar.

A la Île de Ré se accede, o bien por mar, o bien atravesando en automóvil el Pont de Ré, para lo que es necesario abonar un peaje de 8 euros en temporada baja, 16 a partir del próximo fin de semana. También se pueden recorrer sus 3 kilómetros en bicicleta o paseando.

Lo que hoy se conoce como Île de Ré fue en otro tiempo un archipiélago con cuatro islotes, Les Portes, Ré, Loix y Ars-Saint Clément. No obstante, la naturaleza, voluble y caprichosa, se encargó de aglutinarlos a todos en una misma ínsula. La islilla es un pequeño reducto de mediterraneidad que emerge de entre las aguas del Atlántico frente a la costa de La Rochelle. Por su superficie –unos 85 km cuadrados de extensión- se dispersan, como coquetas sirenas de escamas carmesí, blancas casitas con tejados a dos aguas, rodeadas de plácidos viñedos, reverberantes salinas y reminiscencias provenzales de pino y romero. Buena parte de su encanto radica en que ha sabido preservar su esencia a pesar de las hordas de turistas que la asolan cada verano. O quizás también gracias a ellos: los precios en temporada alta -y no tan alta- son desorbitados.

Île de Ré se recorre con facilidad a través de una carretera perimetral que atraviesa sus pintoresas poblaciones. Si se decide tomar el camino a la derecha según se deja atrás Rivedoux-Plage, merece la pena detenerse en La Flotte, pasear por los muelles de su puerto diminuto y asomarse a su mercado cubierto de inspiración medieval.

12.Burros_peludos.jpgMás adelante se alza la localidad más señorial de la isla, Saint-Martin-de-Ré, inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO –ahora que lo pienso, quizás la monumental estupidez humana también debería figurar allí-. Nos han dado la bienvenida unos rucios de la peluda raza autóctona, improbables descendientes del burro Platero y el wookiee Chewbacca.

El perímetro fortificado de Saint-Martin-de-Ré es obra del ingeniero militar Sébastien Le Prestre, Marqués de Vauban, el mismo que edificó las murallas de Mont-Louis y Villefranche de Conflent, en la Cerdanya francesa. En todas sus construcciones su técnica es siempre la misma: adaptar cada ciudadela a la particular orografía y desarrollar un proyecto defensivo imbatible. Vauban se convierte, en meteórica carrera, en la estrella arquitectónica belicosa de Luis XIV y se dedica no solo a diseñar fortalezas, sino también a mejorar las que le parecen frágiles. Todo un personaje, el señor Vauban.

De camino al Phare des Baleines desde Saint-Martin-de-Ré merece la pena hacer otra pausa en Ars-en-Ré, una pequeña aldea que invita al paseo por sus zigzagueantes callejuelas y en cuya iglesia se congregaba hoy una pequeña multitud de lugareños para escuchar misa. Aunque el templo en sí carecía de interés –lo hemos visitado a petición de Mariola, que nos ha salido un poco mística-, escuchar salmos y cánticos en francés ha sido una experiencia atómica.

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En el último extremo de la isla, oteando el horizonte desde su ojo ciclópeo, el Phare des Baleines es lo que se denomina un faro de aterrizaje, porque facilita el acceso de las embarcaciones al puerto de La Rochelle. O sea, como una torre de control, pero en versión Fresnel. Lo explica muy graciosamente uno de los vídeos que se proyectan en la vieja torre de vigía. Porque, en realidad, el Phare des Baleines son dos: la torrecilla levantada en 1682 por orden de Jean-Baptiste Colbert y bajo las directrices de Vauban con el objetivo de defender el puerto militar de Rochefort -el mismo que hoy alberga un simpático museo destinado al público infantil, ¡si Vauban levantara la cabeza!-, y el faro de 57 metros –madremíaquéagujetas- erigido en 1849. El nombre les viene de las manadas de cetáceos que se acercaban por allí cuando aún no estaban en peligro de extinción y cuya grasa se utilizaba, entre otras cosas, para alimentar la luz de ambos faros.

Regresando por la carretera de circunvalación se llega, tras atravesar la apacible villa de La Couarde-Sur-Mer, a Sainte-Marie-de-Ré, la que quizás es la villa más prototípicamente francesa de cuantas tapizan la isla.

Hoy hemos almorzado los primeros moules-frites de nuestra estancia, en parte porque siendo domingo, y además en la carisísima Île de Ré, era la opción más económica para nuestro almuerzo familiar, pero sobre todo porque nos encantan estos sabrosos moluscos. Nos ha acabado de convencer un menú de cazuelita de mejillones más Pelfort Blonde muy tentador. Yo he optado por los mejillones al roquefort –soslayando mi colesterol hostil- y lo cierto es que estaban exquisitos, cocinados en su propio jugo, con un poco de cebolla tierna y el queso sin más –o sea, sin la pertinaz crema de leche de la que tanto se suele abusar en la cocina gala-.

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Ya de regreso a nuestro confortable hogar charentés, hemos disfrutado de una agradable caminata y hemos aprovechado para comprar en la tienda del Restaurant Le Cayenne algunos bulots ya cocidos –tiernos y en su punto- y una botella de Pineau des Charentes para el aperitivo previo a nuestra cena. Tal vez Île de Ré es más glamurosa y renombrada, pero no la cambiaríamos por nuestro rinconcito de Marennes por nada del mundo.

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